El montaje 47
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Hay luz en el semisótano.

Irene lo ve desde la acera, por la reja, antes de meter la llave: la franja azulada de los monitores en el techo de la sala.

Baja.

Clara está en su silla, con una manta polar de las de rodaje sobre las piernas, dos vasos de plástico vacíos y el móvil boca abajo a la izquierda del teclado.

Tiene el pelo recogido con un boli. En la pantalla del centro hay una línea de tiempo montada entera, con las pistas plegadas, y en la esquina superior el nombre del proyecto.

EP06_CS_v04 .

—Has ido a Ardal —dice Clara.

—Sí.

—Vale.

No pregunta a qué. Ni una vez en toda la noche.

—¿Desde cuándo estás aquí?

—Desde ayer a las ocho.

—¿Has dormido?

—En el sofá de arriba, de cuatro a seis. —Clara se estira—. Siéntate, anda.

Irene se sienta en la silla de la pared, donde se sentó Damián Fuertes hace cuatro días, a metro y medio del trípode.

Clara le da a la barra espaciadora.

—Te enseño una cosa y luego te callas dos minutos.

Son ocho minutos.

Ocho minutos del episodio seis montados por otra persona, con el mismo material que hay en ese servidor, y Irene los ve enteros sin moverse.

Y funcionan.

Eso es lo primero que registra, y lo registra con la parte de la cabeza que no negocia: aquello funciona.

Entra rápido. El bloque de la Comandancia está limpio.

Hay un empalme en el minuto tres, entre el archivo de la riada del noventa y siete y la declaración del cabo, que ella no habría encontrado.

Y es peor.

Es peor de una manera que Irene podría escribir en una hoja mientras lo está viendo, y de hecho la mano se le va al bloc.

Los cuarenta y un segundos están puestos en el minuto seis en vez de en el treinta y cuatro, y ahí no valen nada, porque el espectador todavía no sabe qué está mirando.

Hay música debajo de una declaración que se sostenía sola.

El bloque de 2009 está reducido a cuarenta segundos de rótulos porque frena.

Y en el minuto siete y medio hay un plano de Amparo entrando en la cocina que dura dos segundos y medio y que debería durar cuatro, porque a los cuatro la mujer hace algo con la mano y a los dos y medio no hace nada.

—Para —dice Irene.

Clara para.

—El plano de la puerta.

—Ya lo sé.

—Le faltan segundo y medio.

—Ya lo sé —dice Clara—. Lo he probado con los cuatro y me descuadraba la salida de música. Y en vez de mover la música, he cortado el plano.

Se frota los ojos con la base de las manos.

—Y eso es exactamente la diferencia entre tú y yo, y por eso te contraté.

Clara se sirve lo que queda en el termo y no llega ni a medio vaso.

—Además, tú lo dices en la masterclass —añade—. Que un documento en pantalla no es un dato, es un plano. Que dura lo que tú decidas y significa lo que decidas tú. Lo dices en el minuto treinta y ocho.

Irene la mira.

—Yo no digo eso.

—Lo dices así. —Clara lo repite con el orden exacto, incluida la pausa—. Y lo dices bien, por eso me lo aprendí.

Irene no contesta.

En febrero de 2020, en un aula de la ESCAC con ochenta y un alumnos y una pantalla mal calibrada, había una chica pequeña en la segunda fila con una libreta de espiral que levantó la mano una sola vez.

Se quedan calladas.

En la pantalla del centro, la cara de Amparo Soro está congelada en el fotograma de entrada, medio cuerpo dentro del marco de la puerta, mirando fuera de campo.

—¿Qué vas a hacer? —dice Clara.

—Todavía no lo sé.

—Vale.

Y entonces Clara Sesé, treinta años, dos noches sin dormir, le dice sin ninguna amenaza en la voz lo que va a pasar si se va, y se lo dice como quien lee un plan de trabajo, porque para ella es un plan de trabajo.

—Si te vas ahora, a las cuatro de la mañana, yo entrego igual. —Señala la pantalla con la barbilla—. Cojo esto, meto tu bloque de la Comandancia, mejor que el mío, quito los ocho minutos de 2009 enteros porque frena y porque a mí me sobra metraje, y entrego a las dos.

—Óscar te va a preguntar por mí.

—Óscar me va a preguntar cuándo. —Clara se encoge de hombros—. Y yo le voy a decir que a las dos.

—¿Y el crédito?

—El crédito se queda. Está firmado en junio.

Irene señala con la barbilla el rincón, donde la cámara pequeña sigue con el piloto encendido.

—¿Qué es el epílogo?

Clara contesta enseguida, sin pensárselo.

—El making of. La plataforma lo pidió en noviembre, cuando vieron los datos del uno. —Se estira los dedos—. En vez de meterlo de extra, lo montamos como pieza suelta de cuarenta minutos y lo sacan una semana después del final. Ahora se hace así con todo.

—Ah.

—Está en el plan desde entonces. —Clara bosteza sin taparse—. Lo lleva Vero con la unidad C. A mí no me preguntes, que yo esa semana estaba en Teruel.

Es verdad.

Es verdad entera, y no hay un solo dato falso en las cuatro frases, y a Irene no se le ocurre la pregunta siguiente, porque la pregunta siguiente no existe todavía.

Irene mira el suelo.

—¿Tú sabes lo que hay dentro de esto? —dice.

—Sé lo que me has contado.

—No te lo he contado todo.

—Ya lo supongo. —Clara coge el vaso vacío, lo mira y lo vuelve a dejar—. Y no te lo voy a preguntar hoy, porque son las cuatro menos veinte y porque si me lo cuentas ahora tengo que decidir algo, y yo hoy solo tengo que entregar.

Lo dice sin ninguna cara. No es cinismo. Es un orden de tareas.

—Clara.

—Dime.

—Lo que estamos haciendo con esto no está bien.

Clara tarda tres segundos.

—Ya —dice—. ¿Y qué hacemos, lo dejamos las dos y lo monta un chaval de veintiséis por dos mil euros?

—No.

—Pues eso.

Se levanta, dobla la manta en cuatro y la deja en el respaldo, con cuidado, como se deja una manta de rodaje.

—La única diferencia entre tú y yo es que tú lo haces mejor —dice—. Y eso no es una virtud moral. Es un oficio, y encima lo cobras.

Suben a por café a las cuatro menos cuarto.

La máquina de la primera planta tarda cuarenta segundos por vaso y hace un ruido de bomba al final. Clara pone las dos monedas, y luego otras dos.

Se lo beben de pie, delante de la ventana, mirando la calle vacía y un contenedor de obra.

No se dicen nada más.

—Si te vas, lo monto yo —dice Clara al final, sin dramatismo, tirando el vaso—. Y lo voy a montar peor.