El montaje 46
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Han fregado.

Han fregado a las cinco y media, las dos de pie, Irene lavando y Amparo secando con un paño de cuadros, sin decir prácticamente nada, y después Amparo se ha ido al cuarto de atrás y ha estado allí una hora y cuarenta minutos con la puerta abierta y la luz encendida.

Irene se ha quedado en la cocina.

Ha oído cajones. Ha oído una silla arrastrada. Ha oído papel, mucho rato de papel, ese ruido concreto de fotocopias gruesas pasando de dos en dos.

No ha entrado.

A las nueve menos cuarto Amparo vuelve con una carpeta de gomas azul, muy gastada por los cantos, con el borde inferior reforzado con celo transparente en dos sitios, y la deja encima del hule.

Se sienta. Se remanga la rebeca.

—Bueno —dice—. Ahora te pregunto yo.

Irene lleva siete meses viendo a esta mujer llorar delante de una cámara.

La ha visto llorar en el minuto once y en el minuto cuarenta y dos, y ha usado el primero y ha descartado el segundo porque el segundo tenía un camión pasando por la carretera.

Ha calculado cuánto duraba cada silencio suyo.

Ha decidido, en octubre, que Amparo Soro Gil funcionaba mejor en plano medio corto que en plano medio, porque en plano medio se le veían las manos y las manos distraían.

Y ahora Amparo abre una carpeta con la parte del sumario que le dieron en 2011 y Irene entiende, con dos horas de retraso, que esta mujer lleva diecisiete años haciendo lo mismo que ella.

Leer un material.

Buscar dónde falla.

—La primera.

Amparo pasa hojas. Sabe dónde está. No busca: llega.

Se para en una fotocopia con la esquina superior derecha doblada hacia dentro, la gira sobre el hule y la empuja quince centímetros hacia Irene.

Es el folio 341.

Irene lo mira desde el otro lado de la mesa, del revés, y aun así lo reconoce por la forma del bloque de texto.

Y ve, en el papel, una raya de lápiz.

La raya está debajo de la primera frase.

Erosiones lineales múltiples en ambas palmas, cara anterior de antebrazos y ambas rodillas, con costra, de 2-4 días de evolución, compatibles con arrastre sobre superficie rugosa.

Está hecha con regla, o con el canto de otra hoja, porque es perfectamente recta.

Debajo de la segunda frase no hay nada.

Ni raya, ni marca, ni una uña.

—Esto me lo subrayé yo en el once —dice Amparo—. Arrastre. Me pareció que arrastre quería decir que la había arrastrado alguien.

—Ya.

—Y en dieciséis años nadie me ha dicho lo contrario.

Irene tiene la boca seca.

—La pregunta —dice Amparo— es esta. Y contéstame como se lo contestarías a otro, no a mí.

—Vale.

—Este papel, ¿prueba que no la mató nadie, o prueba solo que no la mató Damián?

Irene tarda seis segundos.

Y contesta la verdad.

—Prueba que no peleó con nadie —dice—. Si un cuerpo tiene las palmas, los antebrazos y las rodillas así, y no tiene nada en los nudillos ni en el dorso de las manos, es que estuvo intentando salir de un sitio y no estuvo dando golpes. No hay defensa. No hay forcejeo.

—Pero.

—Pero no prueba que nadie la empujara.

Amparo asiente una vez, muy despacio.

—Entonces no prueba nada.

—Prueba mucho —dice Irene—. No prueba eso.

—Ya.

Y ahí Irene ve, con una nitidez desagradable, lo que acaba de pasar en esta cocina: que esta señora de sesenta y seis años acaba de encontrar el hueco en cuarenta segundos, y que es el hueco por el que ella misma metió media serie en noviembre.

—La segunda.

Amparo se apoya en el respaldo.

—Lo del agua.

—Dime.

—Yo llevo diecisiete años oyendo que el pantano acaba devolviendo lo que se traga.

Me lo han dicho en el bar, en misa y una vez un guardia civil.

—Se toca la muñeca—. Y ha bajado a menos de la mitad tres veces desde entonces, y en agosto estaba al diecinueve por ciento, y ha salido el pueblo viejo, y ha salido una era, y ha salido una furgoneta de los ochenta.

—Sí.

—¿Cómo es que ella no?

Irene se lo cuenta con números, porque no sabe contarlo de otra manera y porque tampoco quiere.

—El diecinueve por ciento es de volumen, no de profundidad. En la cola no hay agua desde el puente. Junto al muro hay treinta metros y no se han movido nunca.

—Treinta metros.

—A partir de los ocho o nueve, en agosto, el agua está a once grados y se queda ahí todo el año.

No sube, no se mezcla. En agua fría y sin oxígeno un cuerpo no flota, porque no se produce el gas que lo sube.

Se transforma. Hay un proceso que se llama saponificación, y lo que queda es una cosa dura, blanquecina, que se conserva y que pesa.

Amparo la escucha sin mover la cara.

—Y luego está el fondo —dice Irene—. Ese embalse recibe medio centímetro de sedimento al año, y un centímetro los años de riadas. Diecisiete años son entre diez y quince centímetros de limo encima de lo que haya.

—O sea que está.

—Está.

—Pero no va a salir.

—No va a salir —dice Irene—. Ni bajando al cinco por ciento. Habría que ir a buscarla con sonar de barrido y con buzos, en la zona del muro, sabiendo dónde, y aun así.

—Y nadie va a pagar eso.

—Nadie va a pagar eso por una causa contra persona no identificada.

Amparo mira la carpeta.

—Vale —dice—. Esa ya la sabía, pero quería oírtela a ti.

—Y la tercera.

Se queda un momento con las dos manos planas sobre el hule, mirándose los dedos, y cuando levanta la vista lo hace despacio.

—A ese hombre —dice—. A Fernando Sardá.

—Sí.

—Lo que le hizo a mi hija. Lo de dejarla embarazada con diecinueve años y mandarla sola a Alcañiz un miércoles de agosto y seguir con su vida.

—Sí.

—¿Hay alguna manera de quitárselo?

Irene no contesta enseguida.

—Te lo pregunto en serio —dice Amparo—. No me hables de la serie. Yo te estoy preguntando por lo otro. Por un juzgado, por una denuncia, por lo que sea. Si yo mañana voy con Ramón y cuento eso, ¿qué pasa?

—No pasa nada.

—¿Por qué no pasa nada?

—Porque ella tenía diecinueve años —dice Irene—.

Porque nada de lo que hizo ese hombre con ella es un delito.

Porque lo de la contrata y lo de las nóminas prescribió hace diez años y como mucho sería un pleito laboral de otra gente.

Y porque la única persona que podría contar qué pasó en esa oficina y en ese coche era ella.

—O sea que no.

—No.

—Que un señor puede hacer eso y no le pasa nada.

—No le pasa nada —dice Irene.

Silencio en la cocina.

La nevera arranca y para a los pocos segundos.

Irene, sin querer, calcula que este silencio dura once segundos y que once segundos es demasiado y que ella lo cortaría por la mitad, y a continuación se odia con una precisión de la que hace meses que no se libra.

—Pues entonces te voy a decir lo que quiero —dice Amparo.

Y lo dice sentada, con las manos en el regazo, sin levantar la voz ni una vez, y le sale ordenado, porque lleva tres horas ordenándolo en el cuarto de atrás.

—Uno. Nadie va a hacer una serie sobre una chica que se resbaló.

Irene abre la boca.

—Déjame acabar, hija.

—Perdona.

—Nadie la va a hacer. Ni tú, ni esa chica que dirige, ni la plataforma esa, ni nadie.

Y no lo digo con rencor: lo digo porque es verdad y tú lo sabes mejor que yo.

Si el viernes sale que mi hija se cayó, esto se acaba el sábado.

Se acaba la causa, se acaba el abogado, se acaba la gente que me escribe, y en octubre esto es una caja otra vez.

—Amparo.

—Y yo no quiero una caja. Yo he tenido una caja diecisiete años.

Se toca la carpeta con dos dedos, sin abrirla.

—Dos. Lo que me estás contando hoy no me devuelve nada. —Levanta la mano cuando ve que Irene va a hablar—. Nada. No me la trae, no me la saca del agua, no me dice dónde está. Solo me quita una cosa.

—¿Cuál?

—Diecisiete años de haber tenido razón.

Irene se queda muy quieta.

—Yo desde el primer día he sabido qué clase de hombre es ese.

Lo he sabido yo sola, sin papeles y sin que nadie me hiciera caso, cuando en este pueblo la gente cambiaba de acera.

Y ahora vienes tú y me dices que tenía razón en todo menos en el final.

—Se alisa la rebeca sobre las rodillas—. Pues el final me da igual.

—No te da igual.

—Me da igual —dice Amparo, y es la primera vez en toda la noche que sube medio tono—. Tú lo que quieres es que a mí me importe el final porque el final es tuyo. El principio es mío.

Irene no tiene nada que contestar a eso.

Es la primera vez.

—Y tres —dice Amparo, otra vez tranquila—. El que se llevó a mi niña de este pueblo fue él.

—Amparo, él no estaba en la presa.

—No estaba en la presa. Ya lo sé, ya me lo has contado tres veces, y me lo has contado desordenado y con la cara de las malas noticias, y te lo agradezco.

—Se inclina un poco hacia delante—. Pero mi hija aquella noche estaba en una furgoneta a las tres de la mañana con mil seiscientos euros y una bolsa, en vez de estar en su cama, por él.

Y estaba embarazada por él. Y estaba sola por él.

Todo lo que pasó en esa carretera pasó porque él la puso en esa carretera.

—Eso no es lo que va a entender la gente el viernes.

—Ya sé lo que va a entender la gente el viernes.

Lo dice sin ninguna inflexión.

Y ahí Irene ve, por fin y del todo, con quién ha estado trabajando desde julio.

—Y ahora te pido una cosa.

—Dime.

—Ese papel. —Amparo pone dos dedos encima del folio 341, en el hule, entre las dos—. Quítalo.

—¿Qué?

—Que lo quites. De la serie. De lo del viernes. Que no salga.

—Amparo…

—Tú me has dicho que las dos frases están en el mismo papel. Pues si sale el papel, sale la segunda. Y bastará con que la lea uno. Uno de cuatro millones, y ese uno lo cuenta, y se acabó.

Amparo la mira.

No hay súplica en la cara. Hay cálculo.

—Es lo único que puede romperlo —dice—. Lo demás no. Lo demás son opiniones. Esto es un papel de un médico.

Irene tiene las dos manos encima de la mesa y se está mirando los nudillos.

No dice que sí.

No dice que no.

No dice nada.

Amparo se levanta, recoge el folio, lo mete en la carpeta y cierra las gomas.

Se queda de pie, con la carpeta contra el pecho, y mira el rincón del mueble donde están los marcos.

—Julia —dice Amparo.

Es la primera vez en siete meses que Irene le oye el nombre.

—Se llamaba Julia y se iba a ir. Eso me lo quedo yo.

Deja la carpeta encima de la mesa.

—Lo demás dáselo a quien lo quiera.