El montaje 45
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Sale de Madrid a las once menos veinte de la mañana y no se lo dice a nadie.

No avisa a Chema, que es a quien hay que avisar. No pone un correo. No manda un mensaje a Clara. No contesta al de Óscar de las nueve y cuarto, que dice ¿todo bien para el viernes? y que sigue con un tic gris de recibido.

Para una vez, en el área de servicio del ochenta y ocho, y no se baja.

Se queda con las manos en el volante y el motor apagado, en una explanada de gravilla con dos camiones, y se dice que si arranca hacia atrás todavía no ha pasado nada. Nadie sabe que ha salido de Madrid. Puede estar en la sala a las siete de la tarde y nadie va a preguntarle dónde ha estado.

Está siete minutos.

Después arranca y coge otra vez el carril de la derecha.

Ardal en febrero es otro pueblo.

En agosto había coches aparcados en doble fila hasta la salida y una carpa de plástico en la plaza.

Ahora hay cuatro coches, una furgoneta de reparto, y un hombre con un perro que la mira pasar despacio y sin disimular, porque en un pueblo de seiscientos diez habitantes en febrero un coche de fuera es un acontecimiento.

Irene aparca donde siempre, delante de la báscula.

Amparo la ve llegar desde la ventana y le abre antes de que llame.

—¿Y esto?

—He bajado.

—Ya veo que has bajado, hija. Si no te esperaba hasta el sábado.

Amparo se aparta de la puerta.

—¿Has comido?

—No.

—Pues siéntate.

Comen.

Comen lo que hay, que son unas judías de ayer y un filete, y Amparo habla veinte minutos de una gotera del cuarto de atrás y del seguro y de un perito que tenía que venir el martes y que no ha venido.

Irene contesta lo que hay que contestar.

La televisión está encendida sin voz, en el rincón de siempre, encima del mueble.

Dan la sobremesa. En un momento de la conversación de la gotera, entre dos anuncios, sale un cartón naranja de dos segundos con una tipografía muy grande y una banda blanca cruzada, y debajo, pequeño, EPISODIO FINAL · VIERNES .

Irene lo ve.

Amparo no gira la cabeza, porque está diciendo que el perito dijo que llamaba y no llamó, y sigue con lo del perito.

Encima del mueble, al lado de la televisión, sigue el marco de siempre con la foto de la comunión y con la de Julia en el instituto.

Alguien las ha cambiado de sitio: antes la del instituto estaba detrás y ahora está delante, y el cristal está limpio, y el resto del mueble tiene una película de polvo de dos semanas.

Irene calcula sin querer que alguien ha cogido ese marco, lo ha limpiado y lo ha vuelto a poner, y que ha sido en los últimos días.

Y a las cuatro menos veinte, cuando Amparo se levanta a poner el café, dice:

—Siéntate un momento.

Amparo se para con la cafetera en la mano.

—¿Qué pasa?

—Que te tengo que contar una cosa. Y son muchas.

Amparo deja la cafetera en la encimera, sin ponerla, y se sienta.

—Dime.

Y ahí Irene Bermejo hace la única cosa de toda esta historia que hace mal a propósito.

Lo cuenta desordenado.

Ella, que lleva veinte años cobrando por ordenar, que tiene un índice de cuatro columnas y doscientas once entradas, que ha construido en una pared seis materiales con celo y que sabe exactamente en qué orden va cada cosa para que se entienda.

Lo cuenta como le sale.

Empieza por lo peor, que es lo que uno hace cuando no está montando.

—Julia estaba embarazada.

Amparo no dice nada.

—De once semanas. Hay una cita en la clínica de Alcañiz el doce de agosto a su nombre, y está en el sumario desde 2009, y la archivaron como antecedente médico irrelevante.

—Ya.

Irene levanta la cabeza.

—¿Ya?

—Que ya —dice Amparo—. Que eso lo supe yo en 2011.

—¿Cómo?

—Que me lo dijo el forense en el pasillo de la Audiencia. Un señor mayor, muy educado. Me apartó y me lo dijo él, porque me dijo que era mejor que lo supiera por una persona que por un papel.

Se pone las dos manos en el regazo.

—Y le di las gracias. Y no se lo he dicho a nadie en dieciséis años. Ni a Ramón.

Irene sigue.

Y lo cuenta todo, y lo cuenta mal, saltando de un año a otro, volviendo atrás, repitiéndose dos veces en lo del agua.

Cuenta los mil seiscientos euros que llevaba encima, y de dónde salieron los mil doscientos que nadie supo nunca, y por qué en la furgoneta no apareció ni un céntimo.

Cuenta que Julia se iba aquella noche, que estaba todo preparado, que había un depósito lleno y un billete de autobús y una habitación en Zaragoza que no llegó a existir.

Cuenta que Damián Fuertes iba a llevarla.

Cuenta la carretera y la discusión y el hormigón mojado.

Cuenta el agua a diez grados y lo que le pasa a un cuerpo humano en agua a diez grados en el primer minuto y en los diez siguientes.

Cuenta lo de la mano. Ahí le tiembla la voz por primera vez, y no le tiembla por Julia.

Cuenta el folio 341 y las dos frases, y le explica cuál de las dos ha usado ella en la televisión y cuál no leyó nadie.

Cuenta que él subió al mirador, sacó la cinta y tiró la cámara.

Cuenta que la cinta lleva sesenta minutos y que ella solo ha usado los últimos cuarenta y un segundos, y que los otros cincuenta y nueve llevan cinco meses en un servidor.

Y cuenta lo que hay dentro.

Y aquí se para.

Porque hay una parte que no sabe cómo decir, y la dice como puede.

—Hay cuatro minutos tuyos.

Amparo levanta la cabeza.

—¿Míos?

—Tuyos. De esta cocina. Fregando, de espaldas, con la radio puesta.

—¿Cuándo?

—El catorce de agosto por la tarde. La grabó ella desde la puerta y tú no lo sabías. —Irene se aprieta las manos—. Y a los tres minutos dices una cosa hacia el pasillo.

Amparo no pregunta cuál.

Se queda quieta, muy recta en la silla, con las manos en el regazo, y no pregunta cuál.

Irene termina por el final, que es lo que no ha contado a nadie y por lo que ha conducido cuatro horas y veinte minutos.

—Amparo, en junio, cuando Damián te dijo lo de la cinta.

—Sí.

—Él sabía lo que había en esa cinta al final. Él sabía que el hombre de la cazadora clara era él.

Amparo la mira.

—Y sabía que nadie lo iba a poder identificar, porque son cuarenta y un segundos de noche, de espaldas y con grano. Lo sabía porque se ha leído el sumario entero cuatro veces y porque él estuvo allí.

Amparo aparta la vista.

—Y te lo dijo a ti, para que nos lo dijeras tú a nosotros.

Silencio.

—Y el doce de enero, tú firmaste un escrito con un nombre y dos apellidos dentro. Y eres la única persona de toda esta historia que ha dicho ese nombre delante de un funcionario público.

Amparo no se mueve.

—La serie no lo ha dicho nunca —dice Irene—. Y no lo va a decir el viernes tampoco. Lo has dicho tú.

Amparo Soro la escucha entera.

No la interrumpe ni una sola vez en cuarenta minutos.

No pregunta. No llora. No se levanta.

Cuando Irene termina, se queda un momento con las manos apoyadas en el hule de la mesa, mirándose los nudillos.

Después se levanta y pone agua a hervir.