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Ignacio Berdún la recibe a las diez de la mañana con dos horas de aviso y sin cobrarle la consulta, y eso es lo primero que la asusta.
Escucha las cuatro horas y once minutos a doble velocidad y a saltos, con los auriculares puestos y un bloc delante, parando siete veces. Tarda una hora y veinte.
—¿Y bien? —dice Irene.
—Que le voy a contestar en tres bloques y que ninguno de los tres le va a gustar.
Bloque uno.
—Damián Fuertes Blasco fue juzgado y absuelto por la muerte de Julia Nadal Soro.
—Sí.
—Eso es cosa juzgada. —Berdún deja el bolígrafo en horizontal encima del bloc—. No se le puede volver a perseguir por ese hecho. Nunca. Ni por asesinato, ni por homicidio, ni por imprudencia, ni por omisión del deber de socorro, ni por nada.
—¿Ni con lo que acaba de contarme?
—Ni con eso, ni con una confesión firmada ante notario, ni saliendo mañana en el telediario diciéndolo. —Se echa hacia atrás—. Se llama ne bis in idem . Está en el artículo veinticuatro de la Constitución y en el Protocolo Séptimo del Convenio Europeo, y no se aplica al delito: se aplica al hecho .
—¿Qué significa eso?
—Que el hecho es aquella noche. Y aquella noche ya se juzgó. Y da igual con qué nombre lo llamemos hoy.
—¿Y la revisión?
—La revisión en España solo va a favor del reo —dice Berdún—. No existe la revisión contra el absuelto. No hay puerta.
—O sea que ese hombre es intocable.
—Ese hombre es intocable por lo de 2009 y lo va a ser hasta que se muera.
Bloque dos.
—Vamos por partes. —Levanta el pulgar—. Acusación y denuncia falsas, artículo 456. Exige imputar a alguien unos hechos ante funcionario judicial o administrativo que tenga el deber de proceder a su averiguación . ¿Ha denunciado ese hombre a alguien?
—No.
—¿Ha declarado en la causa?
—No.
—¿Ha firmado algún escrito? ¿Ha aportado un documento? ¿Ha ido al juzgado a decir una palabra?
—No.
—Entonces no hay 456. Ni cerca.
Índice.
—Calumnia. Artículos doscientos cinco y siguientes: imputar un delito a alguien con conocimiento de su falsedad. Ahí ya estamos hablando. —Berdún la mira por encima de las gafas—. Pero fíjese en el verbo. La calumnia la comete el que imputa , y la agravante de publicidad la tiene el que difunde .
—¿Y él no ha difundido nada.
—Él le dijo a una señora, en una cocina, en junio, que en una caja de efectos había una cinta que nadie había mirado. — Berdún abre las manos—. Y eso, además de no ser un delito, es verdad.
Irene se queda mirando la mesa.
—Entonces, ¿quién comete el delito? —dice.
—Si es que hay alguno.
—Si es que hay alguno.
Berdún tarda dos segundos.
—El que difunde.
—O sea la productora.
—La productora, la plataforma —dice— y la persona que firma que ese corte es ese corte.
Bloque tres.
Y este llega diez minutos después, cuando Irene ya está guardando el móvil y ya se ha levantado a medias, y llega porque Berdún ha estado repasando el expediente de la causa mientras hablaban de otra cosa.
—Una pregunta.
—Dígame.
—¿Quién ha imputado formalmente a Fernando Sardá Ibarra?
Irene se vuelve a sentar.
—¿Cómo?
—Que quién lo ha señalado ante un funcionario público. Con nombre, apellidos y firma. —Berdún pasa una página—. Porque la serie no lo hace, eso ya lo hemos visto. La serie no ha dicho ese nombre ni una vez en cinco episodios y lo tienen ustedes muy bien montado.
—No.
—Entonces alguien lo ha dicho en algún sitio, porque la causa lleva su nombre dentro.
Y ahí Irene ve, con una claridad física, el primer folio del escrito de personación encima de una mesa de despacho de Alcañiz, girado hacia ella, el doce de enero por la mañana.
Apartado tercero. Punto dos.
Fernando Sardá Ibarra.
Y a un metro, sentada, una mujer de sesenta y seis años firmando tres veces con la letra grande y aplicada de quien no firma papeles a menudo, y tardando ocho segundos en cada firma.
—Amparo Soro —dice.
Berdún la mira.
—¿La madre?
—La madre.
—¿Ella lo firmó?
—Ella lo firmó el doce de enero. Yo estaba delante.
Berdún deja el bolígrafo.
—Pues entonces, señora Bermejo, la única persona de toda esta historia que ha imputado a alguien ante un funcionario público es una mujer de sesenta y seis años que vive en un pueblo de seiscientos habitantes y que probablemente no sabe lo que eso significa.
Irene vuelve a la sala a las dos menos veinte y no come.
Y a los diez minutos, sin buscarlo, mira al rincón.
En el rincón, encima de un trípode bajo, hay una cámara pequeña con un objetivo fijo, apuntando a la mesa, con el piloto encendido.
Un punto azul.
Sube.
Vero está en la sala grande con dos ordenadores y una taza.
—Vero.
—Dime.
—La cámara de abajo.
—¿La de la esquina?
—Sí. ¿Desde cuándo está encendida?
Vero levanta la vista y contesta lo que contestaría cualquiera, sin ninguna pausa.
—Desde el cinco.
—¿Del cinco de qué?
—De febrero. —Coge la carpeta de plástico, la abre y le da la vuelta—. Semana de cierre. Cobertura continua de sala del cinco al doce, turnos de ocho horas, unidad C. Está en la hoja.
Y ahí está.
En la hoja del día, con su tipografía de siempre, entre las citaciones y las localizaciones.
UNIDAD C (making of) — INTERIOR SALA DE MONTAJE, MADRID. Cobertura continua del 5 al 12 de febrero. Turnos de 8 h. No requiere citación de participantes. Participantes: BERMEJO OTAL, Irene — confirmado .
Irene baja las escaleras.
Y en los quince escalones hace la cuenta, y la cuenta le sale sola.
El lunes ocho de febrero, a las nueve y diez de la noche, un hombre entró en esa sala.
Estuvo en esa sala cuatro horas y once minutos.
Se sentó en la silla de la pared, que está a metro y medio del trípode y perfectamente encuadrada.
Y contó, por primera vez en diecisiete años, lo que pasó la noche del quince al dieciséis de agosto de 2009.
Y ella le pidió permiso para grabarlo con el móvil, y él dijo que sí inmediatamente, sin condiciones y sin preguntar para qué.
Irene se sienta en el escalón de abajo, en el rellano del semisótano, con la espalda contra la pared.
Y se queda ahí ocho minutos.
Porque acaba de entender que la grabación que ella tiene en el móvil, y que ha llevado esta mañana a un abogado como si fuera suya, no es la única.
Y que la otra la tiene la productora.
Y que en la otra, además, se le ve la cara a él.
Vuelve a llamar a Berdún desde el rellano, sentada en un escalón, a las dos y cuarenta.
—Perdone. Una última.
—Dígame.
—¿Y ella sabe lo que ha firmado?
—¿Quién?
—La madre.
Berdún tarda tres segundos.
—No lo sé —dice—. Se lo tendría que haber explicado su abogado, y por lo que usted me ha contado de ese hombre, se lo explicó.
—Se lo explicó.
—¿Entonces?
—Le explicó lo que firmaba —dice Irene—. No le explicó dónde la dejaba eso.
Al otro lado se oye una puerta.
—Pues alguien debería contárselo antes del viernes —dice Berdún.
Irene se queda en el escalón con el móvil en la mano y hace la segunda llamada sin levantarse.
Damián Fuertes contesta al cuarto tono y lo primero que se oye no es su voz: es el clic de un bolígrafo.
—Dígame.
—¿Está apuntando la hora?
—Las tres menos cuarto.
—Le voy a preguntar una cosa y le voy a pedir que no me conteste deprisa.
—Muy bien.
Irene mira los quince escalones que tiene delante.
—El dieciocho de junio del año pasado usted vio a un hombre cobrar dos millones y medio y se leyó la sentencia entera. Y me dijo que lo que le faltaba a usted era otro.
—Se lo dije.
—En junio le contó a Amparo Soro que en una caja de efectos había una cinta que nadie había mirado.
—Se lo conté.
—Y el lunes pasado, cuatro días antes de que se entregue el máster, subió a Madrid en tren, se sentó en esa silla y me dio, grabada y sin condiciones, una versión en la que usted es el que se metió en el agua a sacarla.
Al otro lado no hay nada durante cuatro segundos.
—Sí —dice Damián Fuertes.
Ni una palabra más. No lo explica, no lo matiza y no se defiende, y eso es lo que hace que a Irene le suba el calor a la cara sentada en un escalón de un semisótano.
—¿Y por qué a mí?
—Porque usted lo iba a poner.
Se oye un coche por su lado del teléfono.
—Yo llevo dos años buscando a alguien que ponga mi noche en una pantalla —dice—. Y la única que ha venido a Ardal a preguntar por mí en diecisiete años es usted.
—Yo no fui a preguntar por usted.
—Ya lo sé —dice él—. Por eso valía.
Irene tiene que apoyar el codo en la rodilla.
—Le voy a decir una cosa, señora Bermejo, y luego cuelgo, que estoy en el trabajo. —No hay reproche en la voz. No ha habido reproche en siete meses—. Usted y yo hemos hecho lo mismo. La diferencia es que a mí ya no me pueden juzgar por nada.
Cuelga.
Y en el registro de llamadas del móvil de Irene la conversación dura tres minutos y cuarenta y un segundos, y ella se queda mirando esa cifra más rato del que hace falta.
Berdún la llama él a las seis de la tarde.
—He estado mirando una cosa.
—Dígame.
—El artículo 2.3 de la ley del ochenta y dos.
—No sé cuál es.
—Ya lo sé. —Se oye papel—. Escuche: el consentimiento a que se refiere el apartado anterior será revocable en cualquier momento, pero habrán de indemnizarse en su caso los daños y perjuicios causados, incluyendo en ellos las expectativas justificadas.
Irene se queda de pie en mitad de la sala.
—Repítamelo.
—Revocable en cualquier momento —dice Berdún—. Usted cedió su imagen en la cláusula once. Y puede retirar ese consentimiento hoy, por escrito, sin dar explicaciones y sin que nadie se lo pueda impedir.
—¿Y qué pasa entonces?
—Que su imagen no se puede emitir.
—¿Nada?
—Nada. Ni un fotograma. Ni en la serie, ni en la promoción, ni en el material que hayan rodado en esa sala desde el cinco de febrero.
—Deme cuarenta minutos y voy —dice.
—¿Usted quiere hacerlo?
—Quiero saber cuánto cuesta.
Y a continuación Ignacio Berdún, sesenta años, derecho de medios, calcula.
En voz alta, con la calculadora del escritorio, sumando conceptos como quien hace un presupuesto de obra.
— Uno. Coste de la reedición de los seis episodios eliminando su imagen. Usted sale en cuántos.
—En cinco. Y en la promoción.
—Cinco. Reedición, mezcla, corrección y nuevos másteres. Eso son… —teclea— entre sesenta y ochenta mil, siendo prudentes.
—Prudentes.
—Prudentes. Dos. Penalización de la plataforma por retraso en la entrega, que sería inevitable, porque esto no se hace en dos días. La media son cinco mil por día en un contrato de este tamaño y aquí hablamos de tres semanas.
Teclea.
—Ciento cinco mil.
— Tres. Y la promoción ya emitida, que hay que retirar y volver a producir, y que ya ha corrido. Eso es una partida pequeña. Veinte mil.
— Y cuatro —dice Berdún, y aquí levanta la vista—. La productora tiene con usted un contrato de prestación de servicios con cláusula de indemnidad. Eso significa que si la plataforma reclama a la productora, la productora se lo repercute a usted.
—Entera.
—Entera.
Suma.
Da la vuelta a la calculadora y la deja encima de la mesa, mirando hacia ella.
Irene mira el número.
Son seis cifras.
No una cantidad de esas que uno redondea y comenta. Una cantidad con unidades, con céntimos, terminada en un número impar, como los presupuestos de verdad.
Se quedan callados.
—Y hay una segunda parte —dice Berdún— y creo que es más importante que el dinero.
—Dígala.
—Usted revoca. Perfecto. Su imagen desaparece.
—Sí.
—¿Y la serie?
Irene abre la boca y no le sale nada.
—La serie sale igual —dice él—. Sin usted. Los cinco episodios emitidos ya están emitidos y su crédito está en los cinco. Y el sexto lo monta otra persona con el material que usted deja ordenado, con su índice y con sus notas.
—Ya.
—Y esa persona, sea quien sea, va a hacerlo peor y más deprisa. Y va a quitar lo que frene.
Se quita las gafas.
—Y su ausencia, señora Bermejo, se va a convertir en material.
—¿Cómo que en material?
—«La persona que más sabía de este caso decidió no poner su nombre.» —Berdún deja las gafas encima de la mesa—. Eso lo dice un rótulo de doce palabras y es mejor que todo lo demás.
Irene tarda en preguntar lo siguiente, y cuando lo pregunta lo pregunta mirando la mesa.
—¿Y el crédito?
—¿Cuál de los dos?
—Los dos. Pone «guion y montaje».
—El crédito no se retira, se pacta —dice Berdún—. Está en el contrato, con formato, cuerpo y posición, y la plataforma tiene aprobación. Usted puede pedir que lo quiten y ellos pueden decir que no, y como el contrato lo ampara, ganan.
—O sea que ni eso.
—Ni eso. —Se pasa la mano por la cara—. Y le voy a decir una cosa que no le va a gustar y que como abogado no debería decirle.
—Dígala.
—Aunque se lo quitaran, no serviría.
—¿Por qué no?
—Porque esta mañana hemos quedado en quién comete el delito, si es que hay alguno. —Berdún la mira—. Y no es el que sale en los títulos. Es el que decide el orden. Quitar su nombre de una pantalla negra de tres segundos no cambia quién ha puesto una cosa detrás de otra.
Irene asiente muy despacio, dos veces.
Irene se queda mirando la calculadora.
—Escríbame la cifra en un papel —dice.
—¿Para qué?
—Para llevármela.
Berdún arranca una hoja del cuaderno, escribe el número con bolígrafo azul, sin símbolos y sin poner euros, y se lo pasa por encima de la mesa.
Irene lo dobla en cuatro.
—Puedes pararlo —dice Berdún, y es la primera vez en tres visitas que la tutea—. Lo que no puedes es pararlo y seguir siendo alguien.
Irene se guarda el papel en el bolsillo interior del abrigo.
Donde va a seguir el viernes.