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Irene lo mira a las diez de la noche y tarda un rato en entender lo que está viendo, no en la imagen: en el nombre.
Cuando el Servicio de Criminalística volcó la cinta, volcó la cinta entera, porque eso es lo que se hace: se captura el soporte completo, sin decidir. Sesenta minutos.
Y cuando llegó a la productora, alguien —el mismo día, deprisa, en septiembre, con el episodio dos a medias— lo etiquetó con el criterio con el que se etiqueta todo en una sala de montaje, que es por lo que sirve.
Lo que servía eran los cuarenta y un segundos del final.
Y en una sala de montaje, lo que va al final de una bobina se llama cola.
Irene mira la duración del archivo.
00:59:47:03.
Y luego el punto de entrada del clip que ella lleva cinco meses usando, el que está en el episodio dos, en el cuatro, en el cinco y en la coda del seis.
00:59:06:00.
Cincuenta y nueve minutos y seis segundos que llevan cinco meses en un servidor con su nombre puesto.
Y que no ha abierto nadie.
Le da al play a las diez y cuarto de la noche.
Minuto 0. Una mano tapando el objetivo. Una risa. Y luego el suelo, moviéndose, y una zapatilla blanca.
—¿Esto graba?
Es una voz de chica.
Y a Irene le lleva tres segundos entender que es la primera vez en siete meses que oye la voz de Julia Nadal Soro.
Minuto 1. La plaza de Ardal a las siete de la tarde de un día de agosto de 2009. Se ve el olmo, se ve el banco corrido y se ve el bar, que entonces se llamaba igual.
Minuto 4. La piscina municipal de Caspe. Cuatro chicas y un chico. Alguien dice «quita eso» y la imagen se va al suelo.
Minuto 9. La presa.
Irene se sienta más recta.
Es un plano de dos minutos y catorce segundos, hecho desde el otro lado, desde la carretera, con la cámara apoyada en algo. Se ve el muro, se ve la caseta y se ve la puerta de la caseta.
Y a los cincuenta segundos sale la gente del turno.
Son once o doce hombres. Salen en fila, andando, con los cascos en la mano.
Y todos llevan una chaqueta de trabajo de color claro.
Todos.
Irene lo para. Lo rebobina. Lo vuelve a poner. Lo pone otra vez a un cuarto de velocidad y los cuenta uno por uno con el dedo en la pantalla.
Doce.
Minuto 12. Otra vez la plaza. Las fiestas de un año antes, o de dos: hay guirnaldas y hay una carroza.
Minuto 14. Un perro.
Cincuenta segundos de un perro pequeño y marrón, en una era, y una voz de chica que se ríe y dice «quieto, quieto, quieto».
Irene lo deja correr entero.
Minuto 15. La ventana de una habitación desde dentro, con la persiana a media asta, y la voz diciendo, muy bajito, casi hablando consigo misma:
—Esto es mi cuarto. Y esto se va a acabar.
Minuto 17. La casa de la calle Mayor, número uno, desde la carretera. Cuarenta segundos. Es de día.
Minuto 23. La misma casa. Otro día, porque hay un coche distinto aparcado. Cincuenta segundos.
Minuto 31. La misma casa. Un tercer día.
Y en los tres planos, en la esquina inferior derecha, el reloj interno de la cámara marca las 19:40, las 19:38 y las 19:41.
Julia Nadal Soro estuvo tres días grabando una casa a la misma hora.
Minuto 38. Una mesa de formica y unas manos contando billetes.
Se ven doce billetes de cien.
Y una voz fuera de campo —la suya, muy cerca del micro, muy baja— dice una fecha:
—Trece de agosto.
Y nada más.
Minuto 44. Una cocina.
La cámara está en el marco de una puerta, apoyada, sin que se mueva.
Y dentro hay una mujer de cuarenta y nueve años fregando, de espaldas, con el pelo largo recogido con una pinza, y un delantal, y una radio puesta.
Está ahí cuatro minutos y diez segundos.
No se gira ni una vez. No sabe que está.
Y a los tres minutos, sin dejar de fregar, dice una cosa hacia el pasillo, en voz alta, y es lo único que se oye:
—¡Julia! ¡Que se enfría!
Irene para el vídeo.
Se levanta. Va al pasillo. Vuelve.
Son las once y cuarenta de la noche de un martes y hay una mujer de cuarenta y cuatro años de pie en una sala sin ventanas de un semisótano de Chamberí con las manos en la cintura, mirando una pantalla parada.
Le da al play.
Minuto 51. El pretil del mirador.
Es de tarde. Se ve el pueblo detrás, chiquitín, y el embalse lleno.
La cámara está apoyada y encuadrada, y Julia Nadal Soro se sienta delante, se coloca el pelo y mira al objetivo.
Tiene diecinueve años.
Y habla dos minutos y once segundos, y lo hace despacio, ordenado, sin llorar y sin adjetivos, como se hace una cosa que se ha ensayado.
Dice su nombre completo. Dice su DNI. Dice la fecha.
Dice que ha grabado la casa tres días seguidos a la misma hora porque quiere que conste que ella sabía a qué hora estaba solo. Dice que el dinero que se ve en el minuto treinta y ocho se lo dio él el trece de agosto y que se lo dio en esa mesa. Dice que hay más cintas y dónde están.
Dice que si le pasa algo, esto no es un accidente.
Y dice —y esto lo dice más deprisa, como se dicen las cosas que se han dejado para el final a propósito— que está embarazada de once semanas y que la cita del doce en la clínica de Alcañiz está a su nombre y que la pueden mirar.
Minuto 57. El mismo pretil, de noche.
La cámara está en el mismo sitio pero apuntando más abajo, a la carretera.
Se oye el viento y se oye, muy lejos, una orquesta.
Y no pasa nada durante dos minutos.
Minuto 59, segundo 17.
Julia entra por la derecha del cuadro con la falda vaquera y una camiseta clara.
Anda deprisa.
Y detrás de ella, a dos metros, anda un hombre con una chaqueta de trabajo de color claro.
Irene lo ve entero tres veces.
Y a la tercera, a las dos y media de la mañana, hace lo que hace: coge un papel y lo ordena.
No por lo que significa. Por la hora en que se grabó.
9 de agosto, 19:40. Casa Sardá desde la carretera.
Día uno. 11 de agosto, 19:38. Casa Sardá.
Día dos. 12 de agosto, 12:10. Sala de espera.
Una revista, un mostrador y un cartel de una clínica.
Once segundos. 13 de agosto, tarde. Doce billetes de cien contados sobre una mesa de formica.
Y una voz que dice la fecha. 13 de agosto, 19:41.
Casa Sardá. Día tres. 14 de agosto, 20:10.
Su madre fregando, cuatro minutos y diez segundos, desde el marco de una puerta.
15 de agosto, 18:30. El pretil del mirador.
Nombre, DNI, fecha. Dos minutos y once segundos.
15 de agosto, 23:52. El pretil del mirador, de noche, apuntando a la carretera.
16 de agosto, 02:07. Cuarenta y un segundos.
Se echa hacia atrás.
Y ahí, a las dos y media de la mañana de un miércoles, con una hoja cuadriculada delante y nueve entradas escritas a mano, Irene Bermejo entiende una cosa que no ha entendido nadie en diecisiete años, ni la Guardia Civil, ni un juzgado, ni una fiscalía, ni una defensa, ni una serie de seis episodios que se está emitiendo ahora mismo en cuatro millones de televisiones.
Que eso no son las pistas de un crimen.
Que eso es un expediente.
Que una chica de diecinueve años que trabajaba de temporada en el bar de una piscina se pasó seis días reuniendo pruebas, en orden, con hora, con su nombre, con su DNI y con una cita médica a su nombre, porque sabía perfectamente que su palabra no iba a valer nada contra la de un hombre de esa casa.
Que tenía dinero, transporte, destino y constancia documental.
Y que lo tenía todo hecho, y que estaba en un cajón de un juzgado desde el diez de noviembre de 2009 con una etiqueta que decía sin interés .
Irene se queda con los cuarenta y un segundos en pantalla, congelados en el último fotograma, hasta las cuatro menos veinte de la mañana.
Y a las cuatro menos veinte hace tres cosas.
La primera es coger el papel de anoche —el del veinte tachado y el ocho debajo— y escribir una línea nueva.
Ella lo tenía todo. Lo tenía mejor montado que yo.
La segunda es abrir la estación, crear un proyecto nuevo y ponerle nombre.
EP06_v02_JULIA
Y antes de la tercera, mira el reloj, y son las cuatro menos veinte de la mañana del miércoles diez de febrero, y hace la única cuenta que sabe hacer.
Del máster del episodio seis la separan cincuenta y ocho horas.
Y un episodio de cincuenta y dos minutos no se remonta entero en cincuenta y ocho horas.
No se remonta ni con tres montadores, ni con la mejor sala de Madrid, ni pagando el triple.
La reescritura de locución sola son dos días.
Y luego hay que grabarla, y luego hay que mezclar, y luego hay que corregir color, y luego hay que pasar el control de calidad de la plataforma, que tarda cuarenta y ocho horas él solo.
No se puede.
Irene lo sabe con la misma certeza con la que sabe que una caña cuesta dos euros y medio en Ardal.
Y crea el proyecto igual.
Y la tercera cosa que hace es volver al minuto cincuenta y uno, al pretil, a la chica sentada de tarde con el pueblo detrás, y verlo otra vez desde el principio.
—Si esto lo está viendo alguien —dice Julia Nadal Soro, mirando a cámara—, es que al final no me fui.