El montaje 41
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A las seis de la mañana Irene manda un correo a la Confederación Hidrográfica del Ebro.

Cuarenta y un minutos.

Porque es un dato público, porque está archivado, porque lo puede pedir cualquiera y porque hay gente en este país que a las siete menos veinte de la mañana ya está trabajando.

Desagüe de fondo.

Irene lo lee tres veces y la tercera se levanta a por agua sin necesitarla.

A las ocho y media llama a un médico forense.

No a un personaje, no a un contacto y no a un amigo de un amigo: a un profesional que pasa consulta privada en Madrid, que cobra ciento veinte euros la hora y que le da cita a las nueve y diez por teléfono porque tiene un hueco.

Se llama Ana Cebrián, tiene sesenta años y es de las que contestan sin adornar.

—Usted dirá.

—Un embalse. Quince de agosto. El agua de superficie estaría a veintitantos, ¿no?

—A veintidós, veinticuatro. Depende del año.

—Vale. Y si esa semana están desembalsando por el desagüe de fondo.

Al otro lado hay una pausa de dos segundos.

—Entonces está usted sacando agua del hipolimnion —dice Cebrián—. Que es la capa de abajo. Que en agosto, en un embalse español profundo, está a nueve, diez, once grados.

—Espere. Ella no cae aguas abajo. Cae dentro, desde el hormigón del muro. Y la superficie en agosto está a veintitrés.

—La superficie está a veintitrés y no le sirve a usted de nada —dice Cebrián—.

Porque el problema del paramento de una presa es que no se sale.

Es hormigón en pendiente, liso, con algas y sin un solo sitio donde meter la mano.

Uno lo intenta igual. Se raspa las palmas, los antebrazos y las rodillas. Y se cansa.

—Y cuando se cansa.

—Cuando se cansa, baja. A los cuatro o cinco metros está usted en la termoclina y a los ocho está en el hipolimnion. Y si esa semana están desaguando por el fondo a ocho metros cúbicos por segundo, delante de la toma hay corriente y la corriente tira hacia abajo.

Dos segundos.

—Ahí no hace veintitrés grados. Ahí hace diez.

—¿Y eso qué le hace a una persona que se mete?

—Le hace lo que le hace el agua fría, que es una cosa muy rápida y muy mal contada en el cine.

—Cuéntemelo bien.

Y Ana Cebrián se lo cuenta bien, en cuatro minutos, sin una sola palabra de más.

—El primer minuto es choque frío. Jadeo incontrolable, hiperventilación, taquicardia. Ahí se ahoga mucha más gente de la que se piensa, y sobre todo se ahogan los rescatadores, porque el que cae ya se ha mojado y el que se tira lo hace de golpe.

Irene lo apunta.

—Los diez minutos siguientes usted puede moverse. Cada vez peor. Se llama fallo natatorio y no es cansancio: es que el frío le apaga los antebrazos.

—¿Los antebrazos?

—Los músculos del antebrazo son los que cierran la mano. —Cebrián lo dice como quien explica dónde está el interruptor—. En agua a diez grados, a los ocho o diez minutos, usted no puede agarrarse a nada. Ni a una cuerda, ni a un borde, ni a otra persona. La mano no responde.

Irene tiene el bolígrafo parado en el aire.

—¿Ni aunque quiera?

—Ni aunque quiera. Y eso es lo que la gente no entiende y por lo que hay familias enteras destrozadas cuarenta años: porque uno se cree que no lo intentó lo suficiente.

—¿Y a los veinte minutos?

—A los veinte minutos, en esa agua, usted tiene una hipotermia moderada y el juicio afectado. —Una pausa—. Y eso también es importante, porque la gente toma decisiones catastróficas en ese estado y luego pasa la vida sin poder explicárselas.

Irene cuelga a las nueve y treinta y siete.

Se queda en la silla, en la sala sin ventanas, con el papel del anoche delante y con el número veinte subrayado, y encima escribe otro número.

Ocho.

Y al lado, una frase de cinco palabras:

no pudo cerrar la mano.

A las diez menos veinte abre el sumario.

Lo tiene entero, escaneado, indexado y buscable desde octubre. Mil ochocientas cuarenta imágenes de la parroquia y cuarenta mil folios del procedimiento, con OCR, en un servidor al que accede con una contraseña que se sabe de memoria.

Escribe en el buscador una palabra.

Defensa.

Salen once resultados. Ocho son de escritos de la defensa del acusado. Dos son de un informe de balística que no viene a cuento. Y uno es del folio 341.

Irene abre el folio 341.

Lo tiene abierto en veinticinco segundos.

FOLIO 341

RECONOCIMIENTO MÉDICO-FORENSE DE DETENIDO

En Alcañiz, a 18 de agosto de 2009, siendo las 10:40 horas […]

A la exploración: consciente, orientado en tiempo, espacio y persona, colaborador.

Constantes dentro de la normalidad. No se aprecia focalidad neurológica.

Erosiones lineales múltiples en ambas palmas, cara anterior de antebrazos y ambas rodillas, con costra, de 2-4 días de evolución, compatibles con arrastre sobre superficie rugosa.

No se aprecian lesiones de defensa en nudillos ni en dorso de manos.

Uña del tercer dedo de la mano derecha fracturada a nivel del borde libre.

Eritema solar en cara posterior de cuello y en ambos antebrazos. No se aprecian otras lesiones externas.

Vuelve a llamar a Ana Cebrián a las diez y cuarto y le paga la segunda consulta.

—Le leo una cosa.

—Léala.

Se la lee entera, sin decirle de qué caso es ni de qué año.

Cebrián la escucha.

—¿Qué le llama a usted la atención? —dice Irene.

—Que no hay lesiones de defensa.

Lo dice inmediatamente. Sin pensarlo. Como se dice una cosa obvia.

—¿Y eso qué significa?

—Que ese hombre no ha peleado con nadie —dice Cebrián—. Un hombre que forcejea con otra persona tiene marcas en los nudillos, en el dorso de las manos o en los antebrazos por la cara externa. Es lo primero que se mira. Es lo primero que se enseña.

—¿Y lo que sí tiene?

—Lo que tiene es un patrón de arrastre. Palmas, cara anterior de antebrazos y rodillas. Eso es alguien que se ha estado apoyando con las manos y arrastrando el cuerpo por una superficie áspera y mojada. Varias veces.

—¿Varias?

—Si fuera una vez tendría una zona. Si tiene las dos palmas, los dos antebrazos y las dos rodillas, es que ha entrado y ha salido.

Irene tiene la mano en la mesa y no la mueve.

—¿Y esto lo diría usted en un juicio?

—Esto lo diría yo en un juicio, en un informe y en la puerta de mi casa —dice Cebrián—. Y se lo digo más: quien firmó ese folio lo sabía. Por eso lo escribió.

—¿Cómo que por eso lo escribió?

—Señora, un forense no escribe lo que no hay porque le sobre el papel. —Un silencio corto—. Si ese hombre pone «no se aprecian lesiones de defensa», es porque las buscó y no estaban, y quiso dejarlo dicho.

A las once menos veinte llama a Escuín.

—Ramón, una pregunta técnica y le pido que no me pregunte por qué.

—Pregunte.

—El sobre.

—¿Qué sobre?

—En la relación de efectos de la causa hay veintiuna entradas, y las de la furgoneta son quince. ¿Aparece algún sobre? ¿Algún dinero? ¿Algún billete?

Se oye a Escuín moverse en una silla y luego el ruido de una carpeta.

—No.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Y se lo digo de memoria, y de memoria en esto no me equivoco, porque en 2011 la fiscalía sostuvo que él le había quitado cuatrocientos euros y la defensa contestó que en la furgoneta no había un céntimo. Y no lo había.

—¿Y si ella llevaba mil seiscientos?

Silencio de tres segundos.

—Irene.

—Es una hipótesis.

—Si ella llevaba mil seiscientos euros aquella noche y en esa furgoneta no apareció nada —dice Escuín, muy despacio—, entonces ese dinero se fue con ella.

—Ya.

—Y eso, para lo que ustedes hacen, no vale nada. Pero para lo que hago yo, eso es que se fue por su pie.

Irene se queda sentada.

Y aquí es donde no le funciona el tic.

No calcula el plano. No piensa dónde pondría la cámara, ni cuántos segundos duraría, ni con qué se cubriría la locución. No se le ocurre absolutamente nada de eso durante once minutos. No le pasaba desde 2006.

Lo que hace es mirar la pantalla.

El folio 341 lleva en el sumario desde el dieciocho de agosto de 2009.

Lleva escaneado y con OCR en el servidor de la productora desde el nueve de octubre de 2026.

Lo citó ella misma, en locución y entre comillas, en el episodio dos, el seis de noviembre, delante de un millón cien mil personas.

Lo tuvo impreso encima de esta mesa el veinticuatro de octubre, un sábado, a la una menos cuarto, para comprobar tres citas para jurídico.

Y lo leyó entero, porque ella lo lee todo entero.

Abre el índice y baja hasta septiembre.

La entrada está en la fila ciento seis, con su fecha y su hora, escrita por ella, y dice que la cámara apareció sin cinta en el mirador y que la cinta apareció en el vehículo, y que alguien la sacó allí arriba.

La cuarta columna sigue en blanco.

A la derecha, en la fila ciento siete, del día siguiente, hay una cesión de derechos de un archivo de la Filmoteca.

Esa sí está cerrada.

El forense de guardia ha tardado dos minutos en decirle lo que un médico forense de Alcañiz escribió el dieciocho de agosto de 2009, firmó, y archivó en el folio 341.

Irene lo tiene escaneado desde octubre. Lo tiene buscable.

Le habría bastado con escribir la palabra «defensa».