40
Lo primero que hace Irene Bermejo a las dos de la mañana es levantarse y encender la estación.
No dice nada mientras lo hace. No le pregunta si quiere agua, no le da las gracias, no le dice que lo siente y no le dice que le cree.
Enciende las tres pantallas, abre el proyecto y busca.
—¿Qué hace? —dice Damián.
—Comprobarlo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Y lo comprueba durante tres horas y media, con él sentado a metro y medio, sin cortarse ni una vez y sin pedirle permiso para nada.
Porque es lo suyo. Porque un montador con dos versiones de un testimonio hace esto y no otra cosa, y porque son las dos de la mañana y esta mujer lleva veinte años haciendo esto a las dos de la mañana.
El repostaje. Abre el folio 199 y el histórico de la tarjeta. Cuadra: 2,1 repostajes semanales, importe medio 48,30, y aquel día 55,72, que es el depósito entero.
—Aquí dice veintitrés cuarenta.
—Sí.
—Usted ha dicho que subió la furgoneta al mirador a las once y cuarto.
Damián se queda quieto.
—Sí.
—Y repostó a las once y cuarenta.
Silencio.
—Entonces subió después.
—Entonces subí después —dice él—. Tiene usted razón. Repostaría y subiría. Serían las doce menos algo.
—Son catorce minutos de diferencia con lo que me ha dicho hace dos horas.
—Ya.
—¿Y por qué me lo ha dicho al revés?
—Porque han pasado diecisiete años, señora —dice Damián, sin defenderse—. Y porque yo esto lo he contado cuatro veces y siempre en el mismo orden, y en el orden que yo lo cuento, la gasolinera va antes.
Irene lo apunta.
Y apunta también, debajo, una cosa que no le dice: que un hombre que se inventa una noche entera no se equivoca en catorce minutos. Se equivoca en las cosas grandes.
Los mil doscientos euros.
—Usted ha dicho que ella llevaba mil doscientos euros más de los que usted sabía.
—Sí.
—¿Cómo lo sabe, si no se lo dijo?
—Porque los llevaba en la mano.
Irene levanta la vista.
—¿En la mano?
—En un sobre. —Damián hace el gesto—. En la furgoneta, cuando le pregunté cuánto dinero llevaba para saber si le llegaba, sacó el sobre y me lo enseñó. Y yo los conté con la vista, que se cuentan solos, porque eran de cien.
—¿Doce billetes de cien?
—Doce.
Irene lo apunta.
Y no le dice —porque no se lo va a decir esta noche— que en el sumario de 2009 no aparece ningún sobre. Ni doce billetes. Ni un solo billete.
La chaqueta.
—Usted ha dicho que la suya era del trabajo.
—De la contrata. Nos daban dos al año.
—¿Y en el juicio salió eso?
Damián se queda pensando.
—No me acuerdo.
—¿Cómo que no se acuerda?
—Que no me acuerdo, señora. —Se pasa la mano por la rodilla—. En el juicio yo estuve seis días sentado en una silla escuchando cómo se lo contaban entre ellos. Yo hablé cuarenta minutos en seis días.
La cita de la clínica.
—Usted ha dicho que ella no le dijo por qué se iba en agosto.
—No me lo dijo.
—¿Y usted lo supo después?
—Yo lo supe en 2013.
—¿En 2013?
—En 2013 me llegó la copia completa del sumario, la que pedí yo para el recurso. Y hay una hoja del índice médico que pone una cita en Alcañiz el doce de agosto. —Se mira las manos—. Y yo estuve dos semanas dándole vueltas a eso.
—¿Y qué pensó?
—Lo que pensaría usted.
—¿Y no lo dijo?
—¿A quién?
El agua.
—Usted ha dicho que estaba a menos de doce grados.
—Yo he dicho que estaba helada. Lo de los grados lo he leído después.
—¿Dónde lo ha leído?
—En un informe de la Confederación. —Se remueve en la silla—. Yo he leído mucho, señora. Quince años.
—¿Y cómo sabe usted que aquella noche estaba así?
—Porque estuve dentro.
Los veinte minutos.
Aquí es donde Irene se para.
—Damián, usted ha dicho veinte minutos.
—Sí.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Cómo sé el qué?
—Que fueron veinte minutos. ¿Usted llevaba reloj?
Damián abre la boca y la cierra.
—No.
—¿Miró la hora en algún momento?
—No.
—¿Y por qué dice veinte?
Y ahí, a las cuatro menos cuarto de la mañana, Damián Fuertes se queda sin contestar por primera vez en toda la noche.
—Porque siempre he dicho veinte —dice al final.
—¿A quién?
—A mí.
Irene se echa hacia atrás en la silla y se pasa las dos manos por el pelo.
—Le voy a decir una cosa y no se la voy a decir con mala idea.
—Dígamela.
—Usted lleva cuatro horas contándome una historia que explica todo lo que hay en ese sumario. Todo. La gasolinera, el dinero, la cinta, la chaqueta, el arrastre del folio del forense. No sobra nada y no falta nada.
—Es que es lo que pasó.
—Puede ser. —Se inclina hacia delante—. Pero un hombre contándome una cosa a las cuatro de la mañana en una sala sin ventanas no es una prueba. Es una versión.
Damián asiente una vez.
—Y yo llevo doce años cobrando por saber lo que valen las versiones —dice Irene—. Y sé lo que sale cuando una persona ha contado la misma cosa mil quinientas veces en una celda. Sale esto. Sale exacto, sale ordenado y sale sin sobras.
—Sí.
—Y sale igual si es verdad que si no lo es.
Y entonces, a las cinco menos veinte de la mañana, Damián Fuertes le hace a Irene Bermejo la única pregunta que le ha hecho.
—Oiga.
—Dígame.
—¿Qué hay en la cinta?
Irene se gira en la silla.
—¿En cuál?
—En la mía. En la que me quitaron.
—Cuarenta y un segundos —dice Irene—. Ustedes dos bajando por la carretera. Los ha visto usted como todo el mundo: se emitieron por primera vez el seis de noviembre.
—Ya. —Damián se queda con las manos en las rodillas—. ¿Y lo demás?
—¿Lo demás qué?
—La cinta era de sesenta minutos.
Irene abre la boca y no dice nada.
—Yo la vi en la caja de efectos en la vista de 2011, en una bolsa, y ponía sesenta —dice él—. Y esas cintas se compraban de sesenta. Yo eso lo sé porque ella tenía dos y yo le llevé una de Sabiñánigo.
—Damián.
—Que ella grababa cosas —dice—. Todo el rato. El pueblo, la gente. Yo se lo he dicho a usted hace dos horas.
Irene se queda mirando la pantalla del medio, donde hay una línea de tiempo con cincuenta y dos minutos de episodio seis y una barra de progreso parada.
—Yo tengo el volcado del efecto catorce desde septiembre —dice, despacio.
—¿Y qué hay?
—No lo sé.
Silencio.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Que no lo sé —dice Irene—. Que yo he usado los cuarenta y un segundos. Que es lo que estaba en la causa, lo que peritó Criminalística y lo que nos dieron marcado.
Damián Fuertes la mira desde la silla de la pared.
Y no dice nada de todas las cosas que podría decir.
Se levanta.
—Yo no le he pedido que me crea —dice.
—Ya lo sé.
—Yo no le he pedido nada.
—Ya lo sé.
Se levanta. Se abrocha el abrigo. Coge la bolsa de tela del supermercado, que ha estado en el suelo toda la noche y que Irene no ha mirado ni una vez.
—¿Qué lleva ahí?
—Ropa —dice él—. Que mañana trabajo a las dos y no me da tiempo a ir a casa.
Saca el cuaderno de espiral. Lo abre. Escribe.
—Las cinco y veinticinco —dice, y lo cierra.
—Damián.
—Dígame.
—¿Por qué me lo cuenta a mí y por qué me lo cuenta hoy?
Damián se queda con la mano en el picaporte.
—Porque el viernes que viene se acaba usted la serie —dice—. Y porque llevo dos años esperando a que alguien lo mirara, y usted es la única que lo ha mirado.
—Yo no he mirado nada. Yo he montado seis episodios.
—Usted ha leído el sumario entero —dice él—. Eso lo hemos hecho dos personas en este país.
Abre la puerta.
—No le creo —dice Irene.
Damián Fuertes se para en el pasillo y se gira.
—Bien —dice—. Yo tampoco me creería a alguien como yo.
Y luego, sin ninguna intención y sin subrayarlo:
—Está todo en los papeles. Siempre estuvo.