El montaje 39
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—Buenas noches. Perdone la hora.

—Pase.

Damián Fuertes entra en la sala de montaje del semisótano de Malvasía Films con un abrigo de paño gris que le queda grande y una bolsa de tela del supermercado en la mano izquierda.

Mira las tres pantallas. Mira la moqueta. Mira el techo, que tiene los tubos a la vista.

—¿Aquí trabaja usted?

—Aquí trabajo.

—No tiene ventanas.

—No.

—Ya.

Se sienta en la silla de la pared, que es la de los que vienen a ver.

Y antes de decir nada más, saca del bolsillo del abrigo un cuaderno pequeño de espiral, lo abre por donde tiene el bolígrafo metido, escribe algo que le lleva dos segundos y lo cierra.

—¿Qué apunta?

—La hora —dice—. Y con quién.

—¿Siempre?

—Desde 2011. —Se guarda el cuaderno—. En la cárcel se apunta todo, señora. Y luego ya no se quita.

Irene coge el móvil y lo pone encima de la mesa, entre los dos, con la pantalla hacia arriba.

—¿Le importa que grabe?

—No.

Lo dice inmediatamente. Sin pensarlo, sin condiciones, sin preguntar para qué ni para cuándo ni qué va a pasar con eso.

A Irene le extraña medio segundo.

Y luego se le olvida.

Le da a grabar. La pantalla marca 00:00:01, 00:00:02, 00:00:03.

—Usted dirá.

—¿Yo?

—Ha venido usted a decirme algo. Yo llevo siete meses pidiéndole una entrevista y usted ha venido a Madrid en autobús un lunes por la noche.

—En tren.

—En tren. Pues usted dirá.

Damián se frota las manos una vez, despacio.

—¿Se acuerda usted del dieciocho de junio del año pasado?

Irene tarda tres segundos en decidir que no.

—No.

—Yo sí —dice él—. Yo estaba en un bar de la calle Delicias, en Zaragoza, a las tres menos cuarto de la tarde, comiendo el menú. Y en la tele pusieron a un hombre saliendo de un juzgado.

Se para.

—Ese hombre estuvo casi dieciocho años en la cárcel por unas violaciones que no hizo. Y ese día el Tribunal Supremo le dio dos millones y medio de euros.

Irene se queda muy quieta.

Porque ella sí se acuerda ahora. Se acuerda de una televisión colgada arriba a la izquierda, sin sonido, en una sala con tres pantallas y un ayudante que se llamaba Marcos y una discusión sobre dos fotogramas.

Se acuerda de haber pensado que el plano duraba ocho segundos y que le sobraban tres.

—Yo me leí esa sentencia entera —dice Damián—. Ciento cuarenta páginas. Tardé cuatro días, porque yo esas cosas las leo despacio.

—¿Y?

—Y aquel hombre tenía una cosa que yo no tengo.

—¿Cuál?

—Un ADN.

Se echa un poco hacia delante, con los codos en las rodillas.

—A aquel hombre lo sacaron porque apareció un análisis que decía que el que lo hizo era otro. Con nombre. Un señor que estaba en la cárcel por otra cosa. —Levanta la mano y la deja caer—. Eso es una prueba. Eso es un papel que dice: no fue este, fue ese.

—¿Y usted?

—Yo no tengo nada.

Lo dice sin ninguna carga. Como se da un dato.

—A mí no me sacaron porque apareciera nadie. A mí me sacaron porque un registro se hizo mal a las cuatro de la mañana. Y eso, en un papel, no dice que yo no fuera. Eso dice que no se puede saber.

Se queda callado un momento y luego dice la frase por la que ha venido, aunque todavía falten cuatro horas para que Irene lo entienda.

—Y llevo dos años sabiendo lo que me falta.

—¿Qué le falta?

—Otro.

Y a las nueve y cuarenta de la noche, en una sala sin ventanas de un semisótano de Chamberí, Damián Fuertes empieza a contarle a Irene Bermejo lo que pasó la noche del quince al dieciséis de agosto de 2009.

Y lo cuenta como lo cuenta él: en fechas y en cifras, sin autocompasión y sin pararse nunca a mirar si le están creyendo.

—Yo a Julia la conocía de la piscina. De ese verano y del anterior. Ella tenía dieciocho cuando la conocí y yo veintitrés, y no hubo nada, y eso lo dije en 2009, lo dije en el juicio y lo vuelvo a decir ahora, y no me lo creyó nadie.

—Yo le creo.

—Ya. Bueno.

Sigue.

—En julio de aquel año me dijo que se iba. Así, un día, en el bar de la piscina. Que se iba a Zaragoza en septiembre, y que si yo le podía llevar unas cosas en la furgoneta, que ella no tenía cómo.

—¿Y usted qué le dijo?

—Que sí. Que ya bajaba yo a Zaragoza un fin de semana.

Se pasa la mano por la rodilla.

—Y luego, en agosto, la cosa cambió. Me dijo que no era en septiembre. Que era ya.

—¿Le dijo por qué?

—No.

—¿Y usted no preguntó?

—No.

Y ahí, por primera vez en toda la noche, Damián Fuertes se calla dos segundos de más.

—Yo entonces tenía veinticuatro años —dice— y me pareció que si una chica te dice que se quiere ir de un sitio, tú no tienes que preguntarle por qué. Que eso era ser educado.

Levanta la vista.

—Y me he pasado quince años pensando en eso.

Los cincuenta y ocho litros.

—Repostaba dos veces por semana porque hacía ciento veinte kilómetros al día. Eso está en el sumario, con el histórico de la tarjeta.

—Lo he visto.

—Pues aquel día eché el depósito entero porque íbamos a Zaragoza y luego yo tenía que volver para entrar a las dos de la tarde. Doscientos setenta kilómetros. Con medio depósito no llegaba.

Los cuatrocientos euros.

—Eso no lo supe hasta el juicio.

—¿Cómo que no lo supo?

—Que yo no sabía cuánto dinero llevaba. —Se encoge de hombros—. Eso es una cosa que no se pregunta.

La cámara.

—Ella tenía una cámara de vídeo. De las de cinta. Yo se la vi tres o cuatro veces ese verano.

—¿Grababa?

—Grababa. El pueblo, la piscina, la gente. Yo me metía con ella, le decía que parecía la de la tele.

—¿Y aquella noche?

—Aquella noche la tenía.

La una y media de la madrugada.

—Habíamos quedado en el mirador de la carretera vieja. Ahí, arriba. Yo subí la furgoneta a las once y cuarto, después de echar gasóleo, y la dejé cien metros más abajo, en el ensanche, porque en el mirador no cabe.

—¿Por qué ahí?

—Porque ahí no pasa nadie. —Y añade, sin que nadie se lo pida—: Y porque si nos veían a los dos en el pueblo, a mí me caía un problema. Ella tenía diecinueve y yo era el de fuera.

—¿Y ella subió andando?

—Ella subió andando desde la plaza. Son mil quinientos metros.

—¿Y usted la esperó?

—Yo la esperé en la furgoneta hasta las dos menos cuarto —dice—. Y a las dos menos cuarto subí al mirador a ver si venía.

Se para.

—Y estaba ella. Y estaba la cámara puesta en el pretil, encendida, mirando a la carretera.

Irene no dice nada.

Está mirando el móvil, donde corre el contador, y hace veinte minutos que no toca nada.

—¿Le preguntó qué hacía?

—Sí.

—¿Y qué le dijo?

—Que era para que constara.

—¿Para que constara el qué?

—Que se iba ella. —Damián junta las manos—. Me dijo, con esas palabras: para que se vea que me voy yo .

Las 02:07.

—Bajamos los dos a la furgoneta. Ella iba delante y yo detrás.

—¿Y la cámara?

—La dejó. Yo le dije que la cogiera y me dijo que luego, que estaba grabando.

—¿Y no volvieron a por ella?

—No.

La carretera.

—Bajamos hacia la presa porque la carretera vieja sale por ahí y luego empalma con la nacional. Son dos kilómetros y pico y es de tierra.

—¿Y qué pasó?

Damián se queda callado.

Es la primera vez en cuarenta minutos que le cuesta.

—Que discutimos.

—¿Por qué?

—Por dinero.

Levanta la vista y la sostiene.

—Ella llevaba mil doscientos euros más de los que yo sabía y me lo dijo en la furgoneta. Y yo le pregunté de dónde. Y no me lo dijo. Y yo insistí.

—¿Y?

—Y le dije una cosa fea.

—¿Qué cosa?

—Una cosa fea, señora. —Se pasa la mano por la boca—. De un hombre de veinticuatro años a una chica de diecinueve, a las dos de la mañana, en una furgoneta. Yo eso no se lo voy a repetir a usted ni se lo he repetido a nadie, y es lo único de aquella noche que no he contado nunca en ningún sitio.

—¿Ni en el juicio?

—Ni en el juicio.

—¿Por qué?

—Porque si lo digo, me cae la perpetua.

Las 02:20 o las 02:25.

—Paró la furgoneta ella. Me dijo que parara y paré, en la curva de arriba de la presa, donde el hormigón.

—¿Y bajó?

—Bajó. Y yo también bajé, porque no la iba a dejar allí.

—¿Y?

—Y le pedí perdón. Y estuvimos ahí cinco minutos discutiendo, ella en el borde y yo dos metros por detrás, y ella andando para atrás como anda la gente cuando está enfadada y quiere que la sigas.

Se para.

—Y había llovido a las once. Poco. Y ese hormigón, cuando se moja, es como el hielo.

Damián Fuertes se queda cuatro segundos mirando la moqueta.

—No hubo empujón —dice—. No hubo forcejeo, no hubo agarrón y no hubo nada. Yo estaba a dos metros y ella se cayó.

—¿Al agua?

—Al agua.

Lo que Irene no sabe y va a comprobar mañana.

—Aquella semana estaban desembalsando por el fondo. Por lo de la tormenta del once.

—Eso lo sé.

—Yo entonces no lo sabía —dice él—. Yo eso lo he sabido después, leyendo. Yo lo que supe fue lo otro.

—¿Qué otro?

—Que aquello estaba helado.

Se toca el antebrazo.

—Era quince de agosto. Yo me tiré con la camiseta y aquello estaba a menos de doce grados. Y usted eso no se lo puede imaginar si no le ha pasado, y a mí me pasó, y todavía hoy no lo sé explicar.

—Inténtelo.

—El primer minuto no puedes respirar —dice Damián—. No es que te falte el aire. Es que coges aire y no lo puedes soltar, y te da una cosa en el pecho, y lo único que quieres es salirte.

—¿Y salió?

—Salí y volví a entrar. Cuatro veces.

—¿Cuánto tiempo?

—Veinte minutos.

Irene lo apunta. No en el móvil: en un papel, a mano, y subraya el número.

—¿Y ella?

—Ella no salió.

—¿Usted la vio?

—La vi al principio. Y luego dejé de verla, y yo creo que fue enseguida, y yo he pasado quince años diciéndome que fue enseguida.

Se aprieta las manos.

—Y a los veinte minutos ya no podía cerrar la mano.

—¿Cómo que no podía cerrar la mano?

—Que no podía. —Levanta la derecha y la abre—. Que le decía yo a la mano que se cerrara y la mano no se cerraba. Y yo tenía veinticuatro años y hacía carga y descarga y era fuerte.

Baja la mano.

—Y me quedé en el hormigón un rato, tirado, hasta que dejé de temblar tanto.

Las tres y veinte.

Y aquí es donde Irene entiende que este hombre no ha venido a contarle lo de la caída.

Porque lo de la caída, si es verdad, es una desgracia. Y una desgracia no se cuenta a las once de la noche de un lunes de febrero en un semisótano de Chamberí después de siete meses diciendo que no.

—¿Y qué hizo después? —dice.

Damián tarda.

—Me subí a la furgoneta.

—¿Y?

—Y subí al mirador.

—¿Para qué?

—Para la cámara.

Se quedan los dos callados.

Arriba, en la calle, pasa una moto.

—Estaba donde la había dejado —dice Damián—. Encima del pretil. Y la cinta ya se había acabado, porque son sesenta minutos y llevaba puesta desde la una y algo.

—¿Y qué hizo?

—Le saqué la cinta.

—¿Y la cámara?

—La tiré al agua.

Lo dice mirándola a los ojos y sin bajar la voz.

—Desde el mirador. Allí, en el noventa y nueve por ciento, había agua hasta arriba. La tiré y me fui.

—¿Y la cinta?

—La cinta me la metí en el bolsillo. Y a los dos días me detuvieron y me la encontraron en la furgoneta, en la guantera, con las cosas.

Irene tiene el bolígrafo en la mano y no lo mueve.

—Damián.

—Dígame.

—¿Usted vio esa cinta?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca —dice—. Nunca he visto lo que hay en esa cinta.

—¿Y por qué la cogió?

Damián Fuertes se pasa las dos manos por la cara, despacio, de arriba abajo, y es la primera vez en cuatro horas que hace un gesto que no es de un hombre dando datos.

—Porque yo sabía lo que había al final.

—¿Y qué había al final?

—Yo.

Y como ella no dice nada, se lo aclara.

—El de la cazadora clara soy yo.