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Hace las tres cosas correctas y las hace en el orden correcto.
Eso también hay que decirlo, porque durante mucho tiempo, después, Irene Bermejo va a repasar este lunes buscando el error, y no lo va a encontrar.
Nueve y cuarto. El abogado.
No convoca a la prensa. No sube un hilo. No manda un correo a las tres de la madrugada.
Va al despacho de Guzmán el Bueno con las cuatro fotografías del burofax, con la resta de las dos fechas y con las doce carpetas, y le pide a Ignacio Berdún cuarenta minutos.
Berdún se los da y no le cobra la segunda consulta.
Lo escucha entero. Mira las cuatro fotos. Mira la certificación de Correos con una lupa que saca de un cajón.
—Esto sí es algo —dice.
—¿Sí?
—Esto es lo primero que me trae usted que no se explica solo.
Y a continuación le explica lo que hay que hacer con ello, que no es lo que Irene se esperaba.
—Esto no va a un juzgado. Esto va a la aseguradora.
—¿A la aseguradora?
—A la aseguradora y a la plataforma, en el mismo escrito y el mismo día.
—Berdún se quita las gafas—. Un juzgado, con esto, le abre una pieza y la archiva en marzo.
Una aseguradora con una póliza de errores y omisiones sobre la mesa, en cambio, para el reloj.
Porque si el asegurador cree que hay un riesgo que no se le ha declarado, revisa la cobertura.
Y si revisa la cobertura, la plataforma no puede emitir.
—¿Y eso funciona?
—Eso es lo único de este país que funciona —dice Berdún.
Lo redactan entre los dos en cincuenta minutos. Sale un escrito de tres páginas, sobrio, con las cuatro fotos como anexo, sin un solo adjetivo y sin una sola acusación: solo dos fechas y una pregunta.
Se manda a las once y veinte, con copia a la productora, como hay que hacer.
Antes de irse, Berdún le dice una cosa más, ya con la puerta abierta.
—Le voy a dar un consejo que no le he cobrado nunca —dice—. Hoy usted va a hacer tres cosas. Hágalas todas hoy y no deje ninguna para mañana.
—¿Por qué?
—Porque si hace una hoy y otra el jueves, la de hoy ya la habrán contestado, y la del jueves ya no la hace usted: la hace una señora que se ha quedado sin argumentos.
Doce y media. El sellado.
Sube copia de todo a un servicio de sellado de tiempo con acreditación cualificada, que es lo que se usa para acreditar que un archivo existía tal y como es en una fecha determinada, y que en este país lo usan las notarías, los peritos y los que van a pleitear.
Sube el expediente de legalling , las cuatro fotos del burofax, su índice de trabajo entero con las doscientas once entradas y sus horas, las sesenta y cuatro hojas de llamada y la factura de marzo.
Cuarenta gigas.
Tarda una hora y treinta y cinco minutos porque la conexión de su casa es la que es y porque a mitad de la subida se corta y hay que empezar cuatro archivos otra vez.
Se lo pasa entero sentada en el sofá con el portátil en las rodillas, mirando una barra azul avanzar, y en algún momento de esa hora y media le entra en la cabeza una idea que sabe que es mala y que aparta con las dos manos, y es que este es el trabajo más parecido a montar que ha hecho desde julio: elegir qué se guarda y en qué orden.
A las dos y cuarto tiene un certificado con hora, con sello y con resumen criptográfico de cada uno de los mil ciento cuarenta archivos.
Es correcto, es profesional y es inatacable.
Cuatro de la tarde. La periodista.
—Elena.
—Dime que tienes un documento.
—Tengo un documento.
—Dime cuál.
—Un burofax de derecho de réplica con certificación de Correos, fechado el cuatro de septiembre. Y la fecha en que yo llegué a ese hombre, que es el ocho de octubre y que consta en mi índice de trabajo con hora.
Elena Trigo se queda callada tres segundos, que en ella son muchos.
—Eso sí.
—¿Sí?
—Eso sí, Irene. Eso es una fecha contra otra fecha y eso lo entiende mi madre. —Se oye una silla—. Mándamelo. Y dame veinticuatro horas para contrastar.
Y a partir de las cinco y media se cae todo, y se cae en dos horas y media.
Cinco y cuarenta. La plataforma.
Contesta el departamento legal de la plataforma con una educación exquisita y en un solo párrafo.
Agradecen a la señora Bermejo su diligencia.
Confirman que el envío del requerimiento de réplica en fecha 4 de septiembre de 2026 fue una recomendación expresa de la aseguradora, comunicada a la productora en agosto y aplicada de forma sistemática a toda persona mencionada en cualquier documento incorporado al material de trabajo, con independencia del uso que fuera a hacerse de dicho documento.
Adjuntan la recomendación de la aseguradora, del 21 de agosto de 2026.
Adjuntan la lista de destinatarios.
Son diecinueve.
Fernando Sardá Ibarra es el número catorce.
Y en la lista están también el testigo de 2009, la familia de acogida, la empresa de la contrata, dos concejales de 1998, la Confederación Hidrográfica, un abogado que intervino en el juicio y el propio Damián Fuertes Blasco, que recibió el suyo el mismo día, el cuatro de septiembre, a las once y cuarto de la mañana.
Seis y diez. El sellado.
Segundo párrafo del mismo correo.
Le recuerdan, con la misma educación, que el material subido por la señora Bermejo a un servicio externo es material propiedad de la productora, sujeto a la cláusula de confidencialidad de su contrato, y le ruegan que confirme su eliminación en el plazo de cuarenta y ocho horas.
Y que, naturalmente, entienden que la subida se ha realizado de buena fe.
Siete menos veinte. La periodista.
—Irene.
—Dime.
—Me han llamado ellos.
—¿Cómo que te han llamado ellos?
—Que me ha llamado comunicación de la plataforma a las seis y veinte —dice Elena Trigo—. Para ofrecerme una entrevista contigo.
—¿Qué?
—Una entrevista contigo. En exclusiva. Sobre el proceso interno de la serie y sobre tus dudas. Con luz verde de la productora y sin condiciones.
Irene no dice nada.
—Y me han mandado la lista de los diecinueve burofaxes antes de que yo se la pidiera —dice Elena—. Antes, Irene. Me la han mandado a las seis y veintidós.
—Ya.
—Yo esto no lo puedo publicar como lo que tú quieres que sea. Lo puedo publicar como lo que va a ser, que es un reportaje sobre una montadora que discute con su propia serie.
Se queda callada un momento.
—Y eso, hoy, es exactamente lo que ellos quieren que publique.
Ocho y cinco. Óscar.
Un mensaje de cinco palabras.
Doce de febrero. Máster EP06.
Irene se queda en la sala del semisótano.
Son las ocho y cuarto de la noche de un lunes y arriba no queda nadie.
Y se sienta y lo entiende, y lo entiende de golpe y con una claridad que no ha tenido en siete meses.
No la han vencido.
No la han amenazado, no la han despedido, no la han sacado del proyecto, no le han quitado el acceso a nada, no le han hecho firmar nada nuevo y no le han mentido ni una sola vez en todo el día.
La han previsto .
Las tres cosas que ha hecho hoy son las tres cosas que haría cualquier profesional listo y bien asesorado, y por eso estaban previstas.
Y si hubiera hecho las tres mal —si hubiera convocado una rueda de prensa, si hubiera filtrado el material entero, si hubiera dimitido por correo a las nueve de la mañana— el resultado de este lunes sería el mismo.
Y hay una cosa más, y es la peor, y le llega a las ocho y veinte mirando la lista de los diecinueve destinatarios.
No hay nadie a quien acusar.
No hay un hombre en un despacho. No hay una reunión secreta. Hay una recomendación de una aseguradora del veintiuno de agosto, aplicada de forma sistemática por una abogada que hace bien su trabajo, a diecinueve personas, entre ellas el propio Damián Fuertes.
Nadie ha hecho nada.
Y ella lleva siete meses trabajando dentro de una cosa que funciona sola.
A las ocho y media hace la última cosa del día, y esta no la ha planeado con nadie.
Abre el correo, escribe a Clara y a Óscar en copia, y en el asunto pone «episodio 6».
Y escribe cuatro líneas.
No voy a firmar el máster del seis si no incluye un bloque sobre cómo se ha hecho esta serie. Tres minutos. Lo escribo yo, lo monto yo y lo firmo yo. Si no cabe en el seis, lo hablamos. Si no lo queréis, tampoco firmo.
Lo lee dos veces y lo manda a las ocho y treinta y ocho.
Contesta Clara a las ocho y cuarenta y uno, desde el móvil, con dos palabras:
Me parece bien.
Y a las ocho y cuarenta y cuatro contesta Óscar, con cuatro:
El doce a las 14.
Irene se queda mirando las dos respuestas.
Y no sabe —y esto es lo que la tiene sentada, sin abrigo, en una sala vacía a las nueve menos cinco de la noche— si acaba de ganar una cosa o si acaba de perderla.
TRATAMIENTO DE VENTA — EXTRACTO (p. 12)
EL MONTAJE Documento de venta · CONFIDENCIAL · no circular a talento 14 de noviembre de 2025
6.1 — Desarrollo A: «La montadora encuentra la prueba».
La protagonista llega, con material verificable y por su propio camino, a la conclusión que el espectador ha alcanzado dos episodios antes.
Es el desarrollo de máxima satisfacción y el de mejor rendimiento en redes.
Requisito de producción: que el hallazgo esté rodado en el momento en que se produce .
Prever unidad C de cobertura continua en sala a partir del último tramo de montaje.
6.2 — Desarrollo B: «La montadora se rebela».
La protagonista cuestiona el proceso, interna o públicamente.
Lejos de constituir un problema, es el desarrollo de mayor prestigio crítico: una serie que se audita a sí misma en pantalla resulta, para el espectador, incapaz de estar mintiendo.
Requisito: registrar el conflicto en tiempo real. No reconstruir a posteriori.
6.3 — Desarrollo C: «La montadora se retira».
La protagonista abandona el proyecto. Se sustituye por dirección y la ausencia se convierte en material : «la persona que más sabía de este caso decidió no poner su nombre».
Requisito: asegurar en contrato la utilización del material ya registrado con independencia de la continuidad del vínculo.
Llaman a la puerta a las nueve y diez.
Irene levanta la cabeza y tarda dos segundos en entender que alguien está llamando a la puerta de una sala de montaje de un semisótano de Chamberí a las nueve y diez de la noche de un lunes de febrero.
Va y abre.
Es Damián Fuertes, con un cuaderno pequeño de espiral en la mano.
Y lo primero que hace, antes de decir buenas noches, es apuntar la hora.