El montaje 36
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Está en Alcañiz por otra cosa.

Los papeles son de nada: una autorización para que la productora pueda citar en pantalla el número de la causa nueva, que Espallargas ha pedido por escrito porque Espallargas lo pide todo por escrito.

Escuín la recibe con el abrigo puesto porque tiene juicio a las once y media.

—¿Cómo va eso?

—Va.

—¿Y la señora?

—Bien. Con lo del cardo.

—Ah, el cardo. —Firma sin leer, porque lo ha redactado él—. Dígale que el mío con almendra.

Y le pregunta, ya con la puerta abierta, la única cosa que le importa:

—Oiga. El último episodio. ¿Dice un nombre?

—No.

Escuín se queda un segundo.

—Mejor —dice—. Y peor.

A las dos y veinte Irene ha aparcado mal, en doble fila, delante del instituto Bajo Aragón, porque en Alcañiz a las dos y veinte no hay un sitio.

Y a las dos y veinticinco salen ochocientos críos a la vez.

Irene está dentro del coche, con el motor apagado, esperando a que la calle se despeje para poder salir.

Y la ve.

No la reconoce por la cara, porque no ha visto nunca una foto de esa chica y porque nadie ha publicado nunca una foto de esa chica.

La reconoce por la otra cosa.

Sale sola.

Eso no es nada: hay críos que salen solos.

Sale con la capucha puesta, y en febrero, en Alcañiz, con seis grados, hay treinta críos con la capucha puesta.

Y anda deprisa, y eso tampoco es nada.

Lo que no es normal es lo otro.

Lo otro es que a su alrededor hay tres metros vacíos.

Ochocientos chavales saliendo de un instituto a la vez son un tapón, un ruido y una masa de gente empujándose, y ahí en medio hay una circunferencia de tres metros de radio que se mueve con ella por la acera, y que no la toca nadie, y que nadie cruza.

Es un plano.

Es un plano que Irene ha visto hacer dos veces en su vida y las dos con dron y con figuración.

Y ahí está, en una acera de Alcañiz, gratis.

La chica llega a la esquina y espera el semáforo.

Y en el semáforo se para y tiene que estar quieta, y ahí es donde se ve mejor, porque los tres metros se mantienen: hay siete chavales esperando el mismo semáforo y los siete están al otro lado del paso de cebra.

Cruza. Sigue por la acera de la derecha.

Y hasta que dobla, cuarenta metros después, no habla con nadie, nadie la saluda, nadie le grita nada y nadie le hace nada.

Eso es lo que le hacen.

Hay un detalle más y es el que se le queda a Irene.

En el semáforo, mientras espera, la chica saca el móvil.

Y no lo mira: lo saca, lo pone delante de la cara y se queda así, con la pantalla apagada, hasta que el muñeco se pone verde.

Irene lo reconoce a los dos segundos porque lo ha visto ciento cincuenta veces en su vida en salas de espera de tanatorios, en pasillos de juzgados y en la puerta de una Audiencia Provincial en 2016.

Es lo que hace la gente cuando necesita tener las manos ocupadas y la cara tapada y no tiene otra cosa.

Tiene diecisiete años y ya se lo sabe.

Irene no lo graba.

Tiene el móvil en el soporte del salpicadero, con la cámara a treinta centímetros del parabrisas y con un ángulo que cogería la acera entera. Le bastaría con estirar el brazo.

Y no lo hace.

No lo hace porque es una menor, porque no hay ninguna autorización posible, porque ningún departamento jurídico de este país lo aprobaría y porque además es la hija de una persona a la que su serie está señalando sin nombrarla.

Y esas son las tres razones profesionales, y las tres son ciertas, y ninguna de las tres es la razón.

Arranca a las dos y cuarenta.

Y a la altura de la rotonda de la salida, sin buscarlo, la cabeza le hace lo que le hace desde que tiene veinticuatro años.

Contrapicado no. Lateral, a la altura del hombro, desde la acera de enfrente, con teleobjetivo largo para comprimir la masa de gente detrás. Fijo, sin seguir. Y que ella salga de cuadro por la izquierda.

Dos segundos y medio.

Le dura toda la tarde.

Le dura el trayecto entero hasta Ardal, y la cena, y la reunión de producción del jueves por la mañana, y todavía el viernes, cuando ya está en Madrid, se le aparece a media tarde en mitad de otra cosa.

Dos segundos y medio de un plano que no ha grabado.

Y no se le va.

Esa noche, en Ardal, hace una cosa que no había hecho nunca: buscarla.

No a Fernando Sardá Ibarra: a ella.

Y no encuentra nada.

No hay una foto. No hay un perfil. No hay una mención en la página del instituto, ni en el club de baloncesto de Alcañiz, ni en la orla de ningún curso.

En el archivo de la revista comarcal, donde hay ciento sesenta apariciones del apellido entre 1998 y 2019 —inauguraciones, cintas cortadas, un premio agrícola, dos entregas de trofeos—, no hay una sola en la que salga una niña.

Irene cierra el portátil.

Y se queda pensando, más rato del que le gustaría, en que una familia que lleva sesenta años saliendo en todas las fotos de esta comarca ha conseguido que no exista ni una de su hija.

Y en que hoy, a las dos y veinticinco de la tarde, eso no le ha servido de nada.

Ceniza a las nueve y media y Amparo ha hecho cardo, aunque no es sábado, porque lo tenía comprado.

Comen las dos.

Y a Irene se le pasa cuatro veces por la cabeza contárselo, y las cuatro veces se le pasa entera la frase, y sabe cómo empezaría: Amparo, hoy he visto a la hija de Sardá salir del instituto .

Y las cuatro veces se para en el mismo sitio, que no es la compasión.

Se para en que sabe lo que le contestaría esa mujer.

Le contestaría, sin levantar la voz y sin ninguna crueldad, que a su hija la sacaron de un pueblo en una foto de piscina que no le gustaba y que lleva diecisiete años en todos los periódicos de España, y que si la otra chica sale sola del instituto un miércoles y llega a su casa, ya han ganado los dos.

Y tendría razón.

Y Irene lo sabe, y por eso no se lo cuenta, y por eso se pasa la cena hablando del cardo.

—Está muy bueno.

—Está como está siempre.

—Está mejor.

—Está igual, hija —dice Amparo—. Lo que pasa es que hoy vienes con hambre.

El parte diario de producción del miércoles 3 de febrero lo manda Vero a las ocho y cuarenta de la tarde a nueve personas.

Es un documento de una página con seis apartados: jornada, localizaciones, incidencias, material, gastos extraordinarios y llamadas recibidas.

En el apartado de llamadas recibidas hay tres.

Una del ayuntamiento de Ardal sobre la tasa del frontón.

Otra de una productora de Barcelona que quiere comprar imágenes.

Y la tercera dice:

11:40 — Llamada entrante, particular, no relacionado.