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Martes.
Estructura.
A las cuatro de la tarde tiene el orden.
El tercero es Bielsa. Once minutos y veinte. La segunda sesión entera, sin cortar, incluido el minuto ochenta y siete. Es lo que Irene le prometió en la puerta de su casa el treinta de noviembre y es lo único de esta serie que ha prometido en voz alta.
Y la coda son los cuarenta y un segundos.
Jueves.
A las cuatro y media discute con el ayudante de sonido por un plano de dos segundos.
Es un plano de la carretera vieja, de la unidad B, rodado en octubre con cierzo. El sonido directo es inservible porque el micro va lleno de viento. La opción normal es poner un ambiente de librería, que es lo que hace todo el mundo y lo que no nota nadie.
—Es un ambiente de campo. Está bien.
—Es un ambiente de campo de Extremadura.
—Irene, que es un ambiente. Que hay pájaros y hay hierba.
—Que hay una alondra —dice ella—. Y en Teruel, en octubre, a esa hora, no hay una alondra.
—¿Y quién lo va a notar?
—Yo.
Le mandan a un ayudante a Ardal el viernes a las siete de la mañana a grabar dos minutos de ambiente en el mirador con el cierzo puesto.
Cuesta trescientos veinte euros con la dieta.
Viernes.
El episodio seis no nombra a nadie.
Y el viernes por la tarde, cuando ya está exportando el archivo de trabajo para el visionado del lunes, Irene hace una cosa que no le ha visto hacer nadie y que no va a contar nunca.
Coge el episodio seis, se pone los auriculares, y lo ve entero con el sonido a cero.
Es un truco viejo y no lo hace casi nadie: sin sonido, sin locución y sin música, un montaje enseña lo que de verdad está diciendo, porque lo que queda es el orden de las imágenes y ya está.
Cincuenta y dos minutos.
Sin sonido, el episodio seis dice esto: un pueblo, una carretera, un perro que no encuentra nada, un hombre mayor hablando en un salón, una mujer firmando un papel, una casa grande con reja, y una chica de diecinueve años andando de espaldas por un camino de tierra con un hombre detrás.
Sin una sola palabra, cualquiera que vea eso sabe de quién es la casa.
Irene se quita los auriculares.
Y lo exporta igual.
Lo termina el jueves a las cuatro de la mañana y se queda mirándolo con las manos en el regazo.
Es lo mejor que ha hecho nunca.