34
Lo elige Irene y lo elige por eso: porque en el bar de Ardal no se puede hablar y porque en un área de servicio de la nacional, un sábado a las nueve de la mañana, hay cuatro camioneros y nadie escucha a nadie.
Clara ha salido de Madrid a las cinco y media. Lleva el pelo mojado y un café doble.
—Dispara —dice.
—No vengo a disparar.
—Ya, bueno. —Se sienta de lado en la silla—. Llevo desde el jueves con esto en la cabeza y he conducido tres horas y media. Dispara.
Irene lo pone encima de la mesa en el orden que ha decidido, el orden aburrido, porque es sábado y porque el otro no funcionó en el mostrador de la Guardia Civil.
El título de emisión.
La sinopsis larga, impresa, con dos frases subrayadas.
Una hoja escrita a mano con cuatro fechas y una resta.
Clara las mira todas. Tarda seis minutos y no interrumpe.
Luego se echa hacia atrás, se cruza de brazos y dice la primera cosa, y la primera cosa es la que Irene no se esperaba.
—Vale —dice—. ¿Y?
—¿Cómo que y?
—Que qué me estás enseñando, Irene. En serio, no es una pregunta con trampa: dime qué es esto.
—Esto es que llevo siete meses trabajando dentro de algo que estaba escrito.
—Esto es una serie de televisión —dice Clara—. Todas las series están escritas. Eso es lo que significa hacer una serie.
—El título lo eligió la plataforma en noviembre y te mandé el hilo el once de diciembre. Eso ya lo hemos hablado y no te lo voy a repetir.
—Vale.
—La sinopsis la escribe una persona de marketing que ha visto cuatro episodios y que no ha estado en Ardal en su vida. La leí el trece por la tarde, me pareció exagerada, pedí que quitaran una frase y la quitaron. La que decía «el retrato de un país».
—¿La pediste tú?
—La pedí yo. Está en un correo del trece a las siete y veinte y también estás en copia. —Bebe—. Y de las otras nueve veces que sale la palabra montadora, no pedí nada, porque me pareció que estaba bien.
—Clara.
—Es que me pareció que estaba bien, Irene. Y me sigue pareciendo.
Y luego llega la parte que Irene no ha preparado, porque no se prepara nadie para que le devuelvan una cosa suya.
—¿Puedo yo ahora? —dice Clara.
—Puedes.
—Vale. —Se inclina hacia delante, con los codos en la mesa—. Tú, en esa charla, en 2020, dijiste una frase. La dijiste al final del ejercicio, cuando ya habías quitado el papel del forense. ¿Te acuerdas de lo que dijiste?
—Dije muchas cosas.
—Dijiste: «no he mentido, he cambiado el orden y he quitado uno». —Clara la mira—. Y luego dijiste que eso es todo lo que hace un montador.
—Sí.
—Yo tenía veintitrés años y salí de esa sala convencida de dos cosas. Una, que quería dedicarme a esto. Y dos, que si el orden puede fabricar a un culpable, entonces el orden puede deshacer a uno.
Irene no dice nada.
Se quedan calladas.
En la mesa de al lado, dos camioneros hablan de una avería.
—Dime una cosa que hayamos hecho mal —dice Clara—. Una. Y la arreglo hoy.
Irene se lo piensa de verdad. Tarda casi un minuto.
Y no puede.
—No puedo —dice.
—Ya lo sé.
—Y eso es exactamente lo que me tiene así.
—Ya lo sé, Irene. —Clara coge el bolso—. ¿Tú crees que yo duermo?
Pagan y salen al aparcamiento. Hace cuatro grados y hay un camión arrancando.
—Una cosa —dice Clara, con la puerta del coche abierta—. Y te la digo porque es verdad y no porque te quiera contentar.
—Dime.
—Sin ti esto sería mucho peor.
—Eso no me consuela.
—No te lo digo para consolarte —dice Clara—. Te lo digo porque es un dato.
Se sienta al volante y baja la ventanilla.
—Tú me enseñaste que el orden no es una mentira.
Irene se queda de pie en el aparcamiento.
—Te enseñé a fabricar un culpable —dice.
—Sí —dice Clara—. Y lo hice bien.
Y arranca.
Irene se queda en el aparcamiento del área de servicio del ochenta y ocho hasta que el coche sale a la nacional y coge la curva.
Después entra otra vez, pide otro café y se sienta en la misma mesa.
Y hace lo que ha ido a hacer, que no era acorralar a Clara Sesé.
Saca la hoja escrita a mano —la de las cuatro fechas y la resta— y la mira un rato.
Hay una línea que no ha enseñado.
Es la quinta y la escribió el jueves por la noche, y dice: burofax Sardá — fecha??? — pedir a jurídico .
No se la ha enseñado porque no tiene el documento, porque no sabe si existe y porque si le pregunta a Clara Sesé por un burofax que no ha visto, Clara Sesé le va a contestar la verdad en cuatro segundos, como ha contestado todo lo demás esta mañana, y va a ser una explicación razonable.
Y esta vez, por primera vez, Irene no quiere la explicación razonable antes de tiempo.
Dobla la hoja y se la guarda.