33
Baja a Ardal el viernes por la mañana y baja a rodar la reacción del pueblo.
Es una decisión canallesca y la toma ella.
Eso hay que dejarlo dicho, porque nadie se lo pide.
No lo pide Clara, que está en Madrid con dos entrevistas.
No lo pide Óscar, que solo pregunta cuándo.
No está en el plan de rodaje y no está en ninguna hoja de llamada: Irene lo propone el martes por la mañana en un correo de cuatro líneas y Chema le contesta a los veinte minutos que vale, que le manda a la unidad B y a un sonidista.
Nadie ha decidido esto.
Lo ha decidido una montadora que sabe perfectamente que el episodio seis necesita, en algún punto entre el minuto ocho y el minuto doce, cuarenta segundos de un pueblo mirando una televisión.
Llega a las cuatro de la tarde y el pueblo está normal.
Eso es lo primero que la descoloca. Después de cuatro meses esperando que Ardal explote, Ardal a las cuatro de la tarde de un viernes de enero es un señor barriendo la puerta de su casa, dos críos en el frontón y una furgoneta de reparto en la plaza.
Chema ha mandado a la unidad B con un operador y un sonidista, y a las seis y media están los tres en El Cruce hablando con el dueño.
El dueño se llama Paco y tarda cuatro minutos en decir que sí.
—¿Desde fuera?
—Desde fuera, a través del escaparate. No entramos nadie con cámara.
—¿Y se me ve la barra?
—Se le ve la barra.
—Pues venga.
Ponen el cartel en la puerta a las siete, que es lo que hay que hacer y lo que se hace: un A4 impreso que avisa de que se está grabando y de a quién dirigirse.
A las ocho y media, cuando Irene pasa por delante, hay tres personas leyéndolo.
Y a las nueve, cuando vuelve, ya no lo lee nadie y hay doce personas dentro. A las nueve y media hay treinta.
El episodio cinco se emite a las diez.
Son los cuarenta y un segundos.
Es el episodio que Irene lleva montando desde noviembre y es, técnicamente, el mejor de los seis. Dura cuarenta y nueve minutos y está construido en tres bloques: el peritaje, la noche y la casa.
El peritaje es la Guardia Civil casando la cinta con la cámara. Es preciso, es aburrido en el buen sentido y le da a todo lo demás una autoridad que no se compra.
La noche son los seis materiales en orden cronológico. El reintegro. El repostaje. Los once segundos de la barra. La llamada de las 01:55 a un teléfono fijo que en pantalla aparece pixelado en las cuatro últimas cifras. Los cuarenta y un segundos. Y la hoguera del amanecer.
Y la casa es un bloque de cinco minutos sobre una familia que en 1966 tenía siete fincas expropiadas y que hoy tiene una planta fotovoltaica de trescientas cuarenta hectáreas.
En cuarenta y nueve minutos no se dice ni un nombre.
No hace falta.
En el bar hay cuarenta y dos personas.
Irene las cuenta desde la puerta porque las cuenta, y porque cuarenta y dos personas en El Cruce un viernes de enero es el doble de un sábado de agosto.
Están las dos televisiones puestas, la de la barra y la del comedor de atrás, y las dos en el mismo canal, y el dueño ha subido el volumen más de lo que lo sube nunca porque se lo han pedido.
Hay gente de pie.
Está el hijo del Serafín. Están dos de los doce eventuales del noventa y ocho. Está Emilio Baquero al fondo, con las gafas colgadas del cordón. Está la del estanco. Está Ovidio con su mujer, que no viene nunca al bar.
Y en la mesa de la esquina, sola, con un vaso de agua, está Amparo Soro.
Irene no sabía que iba a bajar.
La unidad B rueda desde fuera, a través del escaparate, con el permiso del dueño y con el cartel en la puerta.
A las diez menos cinco, Irene sale un momento y le dice al operador las tres cosas que hay que decirle.
—Plano fijo. No zoom, no reencuadres, no busques caras.
—¿Nada?
—Nada. Y no me sigas a nadie. Si alguien llora, no vayas.
—Vale.
—Y si sale mucha gente a la vez, no cortes. —Se sube el cuello—. Aunque no haya nadie en cuadro, no cortes.
Es la instrucción correcta, es la honrada y es la que ella daría en cualquier rodaje de este país.
Y es también, y esto lo sabe mientras la está diciendo, la que produce el material que no se puede discutir: un plano fijo, sin operador que elija, de un bar entero mirando una televisión.
Vuelve a entrar y se queda dentro, apoyada en la esquina de la barra, sin cámara.
Y ve el episodio cinco con cuarenta y dos personas de Ardal.
Ve el peritaje, y ve que en el minuto once, cuando el perito explica lo del tambor de cabezas, tres o cuatro dejan de mirar y sacan el móvil, y a los treinta segundos vuelven.
Ve los cuarenta y un segundos y ve que el bar entero se queda quieto.
Y ve, en el minuto veintiocho, la llamada de la 01:55, y oye a un hombre de unos cincuenta años decir en voz baja, hacia su mesa, sin ninguna intención de que lo oiga nadie más:
—Ese es el fijo del uno.
Y a otro contestarle:
—Claro que es el fijo del uno.
Nadie dice nada más. Nadie levanta la voz. En cuarenta y dos personas no hay un solo grito.
Y en el minuto treinta y cuatro sale ella.
Irene lo sabe, porque lo ha montado ella, y aun así se le hace raro, porque una cosa es verlo en una pantalla de veinticuatro pulgadas en una sala del semisótano de Malvasía Films y otra es verlo en una televisión colgada encima de una máquina tragaperras.
Son once segundos.
Es un plano de la unidad C de finales de octubre, de espaldas y tres cuartos, con las tres pantallas encendidas. Está poniendo los seis materiales en orden.
Y hay locución debajo, y la locución dice una frase que escribió ella misma, para el guion del cinco, hace cinco semanas:
«Lo único que se ha hecho aquí es poner los hechos en el orden en que ocurrieron.»
Y luego pasa al bloque siguiente.
Once segundos.
En el bar no la mira nadie.
Todos miran la tele. Cuarenta y dos personas mirando una televisión encima de una tragaperras, en un bar que se llama El Cruce y que no está en ningún cruce, viendo en directo cómo un país entiende una cosa.
Menos Amparo, que la mira a ella.
A las once menos cinco terminan los créditos y el dueño baja el volumen sin que nadie se lo pida, y en tres minutos el bar se vacía a la mitad.
Y entonces habla Emilio Baquero.
Lo hace desde el fondo, sin levantarse, en el tono de un hombre de setenta y seis años que lleva dos horas callado y que ha bebido tres cervezas.
—Eso no era una cazadora.
Se oye porque el volumen ya está bajo.
—Eso era el mono de la presa. Lo llevábamos los doce.
Se hace un silencio de esos que en un bar duran justo un segundo de más.
Y luego, desde la barra, alguien dice:
—Anda, calla, Emilio.
No lo dice con mala idea. Lo dice como se le dice a un hombre mayor que repite una cosa: con cariño, con paciencia y quitándole importancia.
Emilio Baquero se encoge de hombros y se termina la cerveza.
Y Irene, apoyada en la esquina de la barra, a cuatro metros, con cuarenta personas alrededor y sin una cámara dentro, ve morirse la única cosa verdadera que se ha dicho esta noche en este pueblo.
Tarda seis segundos en decidir que no va a intervenir.
Y en esos seis segundos hace tres cuentas, y las tres son ciertas: que no tiene documento, que no tiene testigo dispuesto y que si ella cruza el bar ahora y le dice a Emilio Baquero delante de cuarenta vecinos que tiene razón, mañana lo sabe todo el pueblo y pasado lo sabe la productora.
Y la cuarta cuenta, que no la hace y que se le hace sola, es que si interviene se le cae el episodio seis.
Se queda donde está.
Irene sale a la plaza a las once y cuarto.
Hace dos grados. En la pared del frontón, que está a cuarenta metros y que se ve desde la puerta del bar porque hay una farola justo encima, hay algo escrito con espray negro.
Va y lo mira de cerca porque tiene que mirarlo de cerca.
Son seis letras. Un apellido. Sin verbo, sin adjetivo, sin insulto y sin nada más.
Y debajo, más pequeño, con otra letra y con otro espray, alguien ha escrito una fecha.
15-8-09.
Amparo sale del bar a las once y veinte y se para a su lado, delante del frontón, y las dos miran la pared.
No dice nada durante un rato.
—Eso lo ha hecho un crío —dice al final.
—¿Por qué?
—Porque está a metro y medio. —Señala con la barbilla—. Un hombre lo pone más alto.
Empiezan a andar hacia la calle Baja, que son doscientos metros cuesta arriba, y las dos van despacio porque hace frío y porque no hay ninguna prisa.
—¿Ha ido bien? —pregunta Irene.
—Ha ido como tenía que ir.
Andan otros cincuenta metros.
—Yo esta noche he entendido una cosa —dice Amparo.
—¿Cuál?
—Que ya no es de la niña.
Irene se para.
Amparo sigue andando dos pasos y luego se para también, sin volverse del todo.
—Yo esta noche he estado ahí sentada dos horas —dice—. Y en dos horas he oído a cuarenta personas hablar de la casa, del teléfono, del fuego, de la chaqueta y de un hombre. Y de la niña no ha hablado nadie.
Se sube el cuello del abrigo.
—Y no me quejo, ¿eh. Que yo he pedido esto durante dieciséis años y os he llamado yo, que conste, que aquí no ha venido nadie a buscarme.
Vuelve a andar.
—Lo que digo es que ya no es de ella.
Suben el resto en silencio.
En la puerta de casa, mientras busca la llave, Amparo dice la última cosa de la noche y la dice de espaldas.
—Y otra cosa. Tú sales muy poco.
—¿Cómo?
—Que sales muy poco en la serie. —Mete la llave—. Llevas siete meses aquí, hija. Duermes en la habitación de la niña. Y sales once segundos.
Abre la puerta.
—Yo eso, si fuera tuya la serie, lo arreglaba.
Y entra.
Y a Irene le lleva hasta las tres y cuarto de la madrugada, tumbada en una cama de noventa con un armario de tres perchas a un metro, entender que Amparo Soro le acaba de hacer un elogio.
Y otras dos horas entender que no.