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El kit de prensa llega a las once y cuarenta de la mañana a una lista de distribución de sesenta personas.
Lo primero de la nota de prensa, antes incluso del titular, es el calendario.
Seis semanas de hueco entre el cinco y el seis.
Irene hace la cuenta que hace siempre y le sale sola: máster el doce de febrero, control de calidad ocho días, versionado y doblaje tres semanas, y el viernes que queda es el cinco.
No es una decisión editorial. Es una cadena de montaje.
Abre el cartel primero.
Y ahí está.
Es naranja.
Un naranja plano, sin degradado y sin foto, del tipo que en una parrilla de plataforma va a destacar entre catorce miniaturas azules y grises. No hay una carretera de noche. No hay una chica de espaldas. No hay un embalse.
Hay dos palabras en negro, muy grandes, ocupando media pieza.
Y una línea blanca cruzando la segunda por la mitad, como una cinta.
El working title del proyecto ha sido El caso Nadal desde marzo de 2025.
El título de emisión es EL MONTAJE .
Irene se queda mirando el cartel cuarenta segundos.
Después abre la sinopsis larga.
Irene la lee tres veces.
La tercera vez la lee como leería una transcripción, que es con el dedo, palabra por palabra, buscando una cosa concreta.
Y luego hace lo que hace su cabeza.
Cuenta.
Cuenta las veces que aparece la palabra «Julia» en las doscientas cuarenta palabras de la sinopsis.
Dos.
Cuenta las veces que aparece «la montadora», entre esa forma y sus variantes —la profesional, ella, su—.
Nueve.
A la una y media abre la ficha técnica, un PDF de dos páginas que no lee nunca nadie.
Y ahí está la otra cosa.
En el bloque de equipo, después de dirección, de guion y de producción ejecutiva, hay una línea que dice:
Con la participación de Irene Bermejo Otal
Irene se queda con esa línea en la pantalla.
Con la participación de.
Es la fórmula que se usa en este país para los que salen en cámara. Para los entrevistados. Para el forense que explica una cosa durante dos minutos y para el vecino que enseña un huerto.
Baja tres líneas más y se encuentra también con la suya.
Guion y montaje Irene Bermejo Otal
Las dos.
Está en la ficha dos veces, en dos bloques distintos, con las mismas cinco letras de nombre y los mismos once de apellidos.
Y las dos son verdad.
Vero baja a las dos menos veinte con un táper.
—¿Has visto el cartel?
—Lo he visto.
Irene gira la pantalla del portátil hacia ella.
—Vero, lee esto y dime qué entiendes.
Vero se acerca. Lee la sinopsis larga entera, moviendo un poco los labios en el segundo párrafo, y tarda cincuenta segundos.
Luego levanta la vista.
—Que la serie va de ti.
Lo dice sin ninguna carga, con la boca medio llena, como quien contesta a una pregunta de comprensión lectora.
Y luego se le queda la cara.
—Espera —dice—. ¿Tú esto no lo sabías?
Clara la llama a las once y veinte de la noche.
—Perdona. De verdad, perdona. Llevo desde las ocho de la mañana.
—Clara, ¿de quién es el título?
—De la plataforma.
—¿Y qué opinasteis?
—Que El montaje era el mejor con diferencia —dice Clara—. Y sigo pensándolo.
Irene se queda con el móvil en la oreja, de pie en el pasillo de su casa, con el abrigo puesto todavía.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque te lo dije.
—No me lo dijiste.
—Irene, te lo dije el once de diciembre por correo. —Un silencio corto—. Te mandé el hilo entero de marketing con los cuatro títulos y con la sinopsis en borrador. A ti y a Chema y a Óscar.
Irene se queda muy quieta.
—Búscalo —dice Clara, y lo dice sin ningún reproche—. Asunto: «propuestas marketing 2.ª entrega». Once de diciembre, a las seis y media de la tarde.
Irene lo busca esa noche, cuando cuelga.
Está.
Once de diciembre, dieciocho horas treinta y dos minutos, con cuatro archivos adjuntos y con ella en copia.
Y el once de diciembre a las seis y media de la tarde, Irene Bermejo estaba en una cafetería de Alonso Martínez con una periodista que le acababa de explicar por qué no podía publicar nada.
No lo abrió.
Y el correo, en su bandeja, figura como leído, porque lo marcó todo como leído el domingo siguiente para quitarse el punto rojo.