31
El escrito de personación tiene cuatro folios y Amparo Soro lo firma a las diez y cuarto de la mañana en una mesa de despacho con una carpeta debajo para no marcar el papel.
—Ya está —dice Escuín.
—¿Ya está?
—Ya está. Ahora eres parte.
Amparo se queda mirando la mesa.
—Dieciséis años —dice.
—Dieciséis años.
Amparo se queda mirando los cuatro folios que acaba de firmar.
—Ramón, ¿y esto por qué ahora?
—Que esa causa se va a archivar.
Amparo levanta la cabeza.
—¿Cómo que se va a archivar?
—Que se va a archivar, mujer. —Escuín lo dice sin ninguna dureza—. No hay cuerpo, no hay autor, no hay prueba nueva más allá de una cinta que no identifica a nadie.
—¿Y entonces para qué firmo?
—Para que cuando la archiven, la archiven contigo dentro.
Amparo se queda un rato callada.
—O sea, que esto es para que no se acabe.
—Esto es para que no se acabe sin ti —dice Escuín.
Irene está en la puerta del despacho porque la han invitado a estar, y porque Amparo se lo pidió el domingo, en la cocina, con una frase que no admitía discusión: tú vienes, que luego lo cuentas mal .
Y a los veinte minutos, cuando Escuín está explicando cuánto va a tardar todo esto, Irene mira el primer folio, que está encima de la mesa, girado hacia ella.
Y lo ve.
En el cuerpo del escrito, en el apartado tercero, en el punto dos, hay un nombre y dos apellidos.
Fernando Sardá Ibarra.
En cuatro episodios emitidos, la serie no ha dicho ese nombre ni una vez.
Y la única persona de todo este asunto que lo ha nombrado delante de un funcionario público, por escrito, con su firma y con su responsabilidad, es la madre.
Hay que esperar hora y media para presentarlo.
Se sientan en el banco corrido del pasillo, los tres.
Y a los veinte minutos, Amparo abre la carpeta.
Irene lleva siete meses viendo esa carpeta. La ha visto encima de las rodillas de esa mujer en tres juzgados, en dos despachos y en una cocina. Es azul, de cartón, con gomas elásticas que ya no dan de sí y con una esquina reforzada con cinta aislante.
Nunca la ha visto abierta.
—Mira —dice Amparo.
Y la abre encima de las rodillas de las dos.
No hay recortes de periódico.
Eso es lo primero que descoloca a Irene, que se esperaba recortes, porque en todas las series que ha montado en su vida las madres tienen recortes.
Lo que hay es un archivo.
Hay cinco separadores de cartulina, escritos a mano con rotulador negro: SUMARIO. JUICIO. RECURSOS. ESCRITOS MÍOS. GENTE.
En el primero hay un índice de cuarenta y una páginas, manuscrito, con el número de folio, la fecha y una descripción de tres o cuatro palabras. Escrito con dos bolígrafos distintos, porque uno se le acabó por el folio 900 y pico.
En el segundo hay una libreta con las notas de los seis días de juicio, hora a hora.
En ESCRITOS MÍOS hay veintidós cartas, todas fotocopiadas antes de mandarlas: al juzgado, a la Audiencia, a la Fiscalía, al Defensor del Pueblo, a tres ministerios, a dos programas de televisión y a un obispo.
Y en GENTE hay una lista.
Es una hoja cuadriculada, de cuaderno, con dos columnas. En la izquierda, nombres. En la derecha, fechas.
—¿Y esto?
—Los que me han dicho que sí.
—¿Que sí a qué?
—A ayudarme. —Amparo pasa el dedo por la columna de la derecha—. Y esta es la fecha en que me dijeron que sí. Aquí hay cincuenta y tres nombres, hija.
Irene mira la lista.
Hay tres nombres tachados y el resto no.
—¿Y los tachados?
—Los tachados son los que luego hicieron algo.
Vuelven a Ardal a mediodía y Amparo va contenta.
Va contenta de una manera que Irene no le ha visto en siete meses: habla de la comida, habla de una prima, se para en Calanda a comprar melocotón en almíbar porque hay una oferta y compra seis botes.
—Estás contenta.
—Estoy contenta.
—¿Por el papel?
—Por el papel. —Mete los botes en el maletero—. Mira, hija, yo llevo diecisiete años yendo a ese juzgado a preguntar. Y hoy he ido a decir.
Cierra el maletero.
—Y encima con nombre.
Esa noche, cenando, Irene se lo dice.
—Que la serie no lo ha nombrado nunca.
—Ya lo sé, hija. —Deja el tenedor—. Si eso lo sé yo desde el episodio uno. Que no lo decís.
Se limpia la boca.
—¿Y sabes lo que te digo? Que lo llevo mal. Que llevo cuatro meses viendo eso y lo llevo mal.
—¿El qué?
—Que no lo digáis.
Irene no sabe qué contestar.
—Yo lo único que quiero es que alguien lo diga delante de un juez —dice Amparo—. Ustedes lo dicen delante de todo el mundo, que es más fácil.