30
El requerimiento entra por burofax el lunes veintiocho a las nueve de la mañana, día de los Inocentes, y durante seis minutos en la productora hay tres personas convencidas de que es una broma.
No lo es.
En el anexo hay once nombres.
La reunión de crisis es el miércoles a las diez de la mañana entre Navidad y Nochevieja, con cuatro personas presenciales, tres por videollamada y una aseguradora al teléfono desde Londres.
Espallargas tarda cuarenta minutos en explicar dónde están.
—Uno. El material es de ustedes y es entregable.
—¿Entonces lo entregamos?
—Lo entregamos, con dos matices. —Levanta un dedo—. El primero es que se entrega copia con marca de agua y sellado, no el original.
—¿Y el segundo?
—El segundo es lo de los once nombres.
Se quita las gafas.
—Y el segundo es el que les va a doler.
Con una causa penal abierta, las diligencias son reservadas. Eso significa que lo que se instruya de ahora en adelante no se puede publicar.
Y significa otra cosa peor: que once de las personas que han hablado en cámara con este equipo son ahora testigos de un procedimiento vivo.
—Y a un testigo de un procedimiento vivo —dice Espallargas— ustedes no le pueden preguntar por lo que ha declarado.
—¿O sea que no podemos entrevistar a nadie más? —dice Clara.
—Pueden entrevistar a quien no esté en el anexo y sobre lo que no esté en la causa.
—Eso es nada.
—Eso es casi nada —dice Espallargas—. Sí.
Se acabó.
Se acabó la investigación. No hoy, no la semana que viene: hoy, en esta mesa, a las once menos veinte de la mañana del treinta de diciembre.
—¿Cuánto tenemos? —le pregunta Clara, y se lo pregunta a ella, no a Chema.
—Trescientas cuarenta y dos horas —dice Irene—. Sin contar unidad C.
—¿Y con eso salen tres episodios?
—Con eso salen seis.
Y en cuanto lo dice, se hace en la sala un silencio de dos segundos que Irene reconoce, porque es el silencio de una habitación en la que acaban de dejar de tener un problema.
El último punto de la reunión es el anexo.
Porque en el anexo hay once nombres, y en la lista de once nombres hay uno que es Irene Bermejo Otal.
—¿Por qué estoy yo ahí?
—Porque usted estaba en el hallazgo y ya declaró en agosto —dice Espallargas—. Es rutinario. Le van a pedir la ratificación y punto.
—Y hay una cosa más —dice Espallargas, ya recogiendo—. Y esta se la digo a usted, Irene, no a la mesa.
—Dígame.
—Usted, a partir de hoy, no puede hablar del contenido de esa causa con nadie que no esté en esta sala. Ni con la señora Soro, con la que vive.
Irene se queda con el bolígrafo parado.
—Yo vivo en su casa.
—Ya lo sé, y le voy a ser sincera: eso a mí me parece una idea regular desde julio y no soy quién para decírselo. —Cierra la carpeta—. Pero ahora ella es parte interesada y usted es testigo, y si mañana alguien quiere hacer daño, ahí hay una foto muy fea.
—¿Qué foto?
—La montadora de la serie durmiendo en casa de la denunciante.
Y ahí es donde salta Clara.
A la una y veinte, cuando salen, Irene la alcanza en el pasillo de los ascensores.
—Gracias.
—No hay de qué.
—No, en serio. Lo de la citación por escrito no se te ha ocurrido a ti ahora. Eso lo llevabas pensado.
—Lo llevaba pensado desde noviembre —dice Clara.
Y pulsa el botón.
—Tranquila —dice al entrar—. De aquí no sales tú.
Y no hay ni una gota de doblez en cómo lo dice.
La entrega se hace el cinco de enero, martes y víspera de Reyes, porque los plazos judiciales no saben qué día es.
Y hay un momento, a la una y media de la tarde, en que Irene se queda mirando la lista de contenidos impresa.
Son ciento nueve archivos.
Y en la línea cuarenta y uno hay uno que dura cuarenta y un minutos y dieciocho segundos y que se llama B_MIRADOR_0408_TOMA_UNICA.MXF , que es el plano continuo del cuatro de agosto, el que ella mandó no cortar, el que se rodó bien porque nadie hizo nada mal.
Y ahora está en un disco, dentro de un sobre acolchado, camino de un juzgado.
—¿Esto qué van a hacer con ello? —le pregunta al de posproducción.
—Ni idea. Verlo, supongo.
—¿Y luego?
—Luego se queda ahí para siempre.
La citación de Irene llega el ocho de enero por correo certificado a su casa, en Madrid, un viernes por la mañana, y la firma ella misma en la puerta en pijama.
Es un folio.
Se le requiere para que ratifique por escrito, en el plazo de diez días, la declaración prestada el veintiuno de agosto de 2026 ante este juzgado.
Nada más.
Ni una pregunta nueva. Ni una comparecencia. Ni una foto de la montadora de la serie entrando en el juzgado de Alcañiz.
Es exactamente lo que Clara Sesé estuvo peleando ochenta minutos el treinta de diciembre.