29
En la productora quedan siete personas y una de ellas es el chico de recepción.
Es veintiuno de diciembre, la mitad del equipo está en Ardal cerrando el rodaje de Navidad y la otra mitad ya se ha ido, y en el semisótano hay dos pantallas encendidas y una máquina de café que lleva dos días con un cartel de fuera de servicio pegado con celo.
Irene está montando el bloque de apertura del episodio cinco. Lleva desde las nueve y son las siete y veinte.
Sara Bugallo baja a las siete y veinticinco con dos carpetas.
—Te dejo esto y me voy.
—¿Qué es?
—El bloque del cinco. Lo de las contratas, con los nombres de las empresas y las fechas de adjudicación desde 2019. Y la relación de expropiados del sesenta y seis, que ya está cerrada y verificada con la Diputación.
—Vale. Gracias.
Irene coge las carpetas y las deja a la derecha, en la bandeja de lo comprobado, y vuelve a la pantalla.
Y Sara no se va.
Se queda de pie, a metro y medio de la mesa, con las manos vacías, y no dice nada durante cuatro o cinco segundos.
Irene lo nota en la nuca antes que en los ojos.
—¿Querías algo?
—Sí.
Irene gira la silla.
—Dime.
Y Sara Bugallo habla.
Y lo primero que hace Irene, antes de entender lo que le están diciendo, es reconocer la forma.
Porque esta chica de veinticuatro años no empieza por lo que siente. No empieza por «llevo mucho tiempo queriendo decirte» ni por «no sé cómo empezar». Empieza por los materiales, en orden, con sus fechas, y deja la conclusión para el final.
Que es exactamente como Irene Bermejo lleva veinte años enseñando a contar una cosa.
—Mi padre se llamaba Xoán Bugallo Ferreiro —dice—. Era profesor de secundaria en Lugo. En el episodio tres de Sin ruido sale once minutos y veinte segundos.
—Sara.
—Déjame terminar, por favor.
Irene se calla.
—Once minutos y veinte segundos —repite Sara—.
Y en esos once minutos y veinte no se le acusa de nada.
Ni una vez. Se le pregunta cuatro veces dónde estaba el martes trece de octubre por la tarde, y las cuatro veces contesta lo mismo, que es la verdad, y que se demostró en 2018 con un listado de llamadas que estaba en la causa desde 2015.
—Lo sé.
—Ya sé que lo sabes.
Se ajusta la manga del jersey.
—Yo tenía doce años. Y en mi instituto, en Lugo, el episodio tres lo vio todo el mundo el mismo viernes. Todo el mundo. Y el lunes yo entré por la puerta.
—Sara…
—Y no vengo a contarte eso —dice—. Eso te lo puedes imaginar y además da igual.
Se sienta. No en la silla de al lado: en el borde de la mesa de montaje.
—Yo lo he visto catorce veces —dice.
—¿El episodio?
—La serie. Entera. Catorce.
—¿Por qué?
—Al principio para odiaros. —Se sujeta el codo con la otra mano—. Y luego, hacia la sexta o la séptima, ya no.
—¿Y entonces?
—Y entonces para entenderlo. —Se mira las manos—. Y en la décima ya lo entendí.
Irene no dice nada.
—El minuto cuarenta y uno del episodio tres —dice Sara—. Justo después de la cuarta vez que le preguntan dónde estaba. Hay un corte a la casa por fuera, de noche, cuatro segundos. Y luego vuelve a él.
—Me acuerdo.
—Claro que te acuerdas.
Levanta la vista.
—Ese plano no dice nada. Es una casa de noche. Y si lo quitas, la secuencia funciona igual: se puede ir directamente de la cuarta pregunta al bloque siguiente, y hasta iría mejor de ritmo, porque son cuatro segundos parados en un episodio que va rápido.
—Sí.
—Pero está.
—Está.
—Y con ese plano en medio, el espectador entiende que la respuesta de mi padre no vale. —Sara habla despacio, sin subir la voz ni un punto—. Porque le preguntan, y él contesta, y luego hay cuatro segundos de una casa oscura. Y en cuatro segundos de una casa oscura cabe todo.
Se para.
—Y eso no lo escribió nadie. Eso no está en el guion, yo he pedido el guion. Eso lo decidió una persona en una sala.
Irene no se defiende.
Podría. Tiene tres cosas ciertas que decir y las tres son verdad: que en 2014 el material que le entregaron ya venía con una dirección, que ella peleó dos bloques y perdió los dos, y que aquel plano de cuatro segundos lo puso porque venía de un travelling de doce y hubo que cubrir un salto de eje.
Las tres son verdad y ninguna sirve, y por eso no dice ninguna.
Dice lo otro.
—Yo te contraté sabiendo quién eras.
Sara asiente una vez.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabías?
—Claro que lo sabía. —Y ahora, por primera vez, hay algo en la voz—. Es que si no lo supieras, sería mucho peor.
Se quedan calladas.
Arriba se oye el ascensor.
—Yo entré aquí para ver cómo se hace —dice Sara Bugallo—. Eso es todo. En abril me llamó Clara, me dijo el proyecto y yo dije que sí en el mismo minuto, y colgué y me quedé sentada en mi casa pensando que a lo mejor esto es lo que hace la gente a la que le pasan cosas: meterse dentro para mirar.
—¿Y qué has visto?
—Que nadie hace nada mal.
Lo dice sin ironía ninguna.
—De verdad —dice—. Llevo ocho meses aquí y no he visto a nadie mentir. Ni una vez. Ni a Clara, ni a Óscar, ni a jurídico, ni a ti. He visto a gente cansada haciendo bien su trabajo con material verdadero.
—¿Y?
—Y en Ardal hay trece familias sin nómina, un hombre de setenta y un años enterrado y una pared con un apellido escrito.
—Sara.
—Mi madre estuvo cuatro años sin poder ir a la compra al centro —dice—. Cuatro. Iba a un Mercadona de Nadela porque en Nadela no la conocía nadie. Y en 2018, cuando salió lo del listado y todos los periódicos pusieron que mi padre era inocente, ¿sabes cuánto duró?
—No.
—Nueve días. —Se ajusta la manga del jersey—. Nueve días de gente parándola por la calle a decirle que qué barbaridad. Y al décimo se acabó, porque había pasado otra cosa en otro sitio.
—Ya.
—Y ahora, si tú preguntas en Lugo por mi padre, la gente se acuerda de la serie. No se acuerda del listado. Se acuerda de la serie.
Se mira las manos.
—Eso es lo que quería ver de cerca —dice—. Cómo se hace una cosa que dura más que la verdad.
Irene se levanta.
Va hasta la mesa de al lado, coge un vaso de plástico, no hace nada con él y lo vuelve a dejar.
—¿Quieres dejarlo? —dice—. Si quieres dejarlo, lo entiendo y te firmo lo que haga falta.
—No.
—Sara.
—Que no. —Se baja de la mesa—. Yo el bloque de la expropiación lo he hecho yo y es mío y es bueno, y me lo voy a llevar en el currículum. Y el del sesenta y seis también.
Coge su abrigo de la silla.
—Yo no me voy a ir a ningún sitio y tú tampoco —dice—. Eso es lo único que he venido a decirte.
Y se pone el abrigo, y se para en la puerta, y se gira.
—Lo estás volviendo a hacer —dice—. Y esta vez te gusta más.
Irene se queda en la sala.
Son las ocho menos veinte de un veintiuno de diciembre y arriba no queda nadie, porque el chico de recepción cierra a las ocho y ya ha bajado a decirlo.
Abre el disco externo.
Está donde lo dejó, en una carpeta que se llama SIN RUIDO_masters y que no ha abierto desde 2019, entre una boda y unas facturas, en el mismo disco donde tenía los cinco archivos de la masterclass.
Episodio 3. Cuarenta y ocho minutos y once segundos.
Va directamente al minuto cuarenta y uno.
Está.
Está donde ha dicho la chica y dura lo que ha dicho la chica.
Xoán Bugallo Ferreiro tiene cincuenta y cuatro años en ese plano y una camisa de cuadros, y está sentado en el salón de su casa con una estantería detrás en la que hay dos fotos de una niña.
—¿Y usted dónde estaba el martes trece de octubre por la tarde?
—En mi casa. Se lo he dicho ya cuatro veces.
Corte.
La casa por fuera. De noche. Cuatro segundos.
Corte.
Vuelta a él.
Irene lo ve nueve veces.
Y hace lo que no debería hacer, que es cogerlo, meterlo en la estación, quitar los cuatro segundos y verlo sin ellos.
Funciona igual.
Funciona igual y va mejor de ritmo, como ha dicho una chica de veinticuatro años que no estaba en esa sala en 2014, que no ha montado nunca nada y que lo ha visto catorce veces.
Y sin esos cuatro segundos, un hombre de cincuenta y cuatro años dice que estaba en su casa y el espectador se lo cree.
Irene se queda con las dos versiones abiertas en la línea de tiempo, una encima de la otra, cuarenta y un minutos y algo.
Y se acuerda.
Ese es el problema y por eso está aquí a las ocho y media de la noche del veintiuno de diciembre: que se acuerda.
Se acuerda de la sala, que era en Vallehermoso y tenía una gotera.
Se acuerda de que el travelling de la casa duraba doce segundos y de que había un salto de eje en el minuto cuarenta y uno que había que cubrir.
Se acuerda de que el director quería nueve segundos de casa y ella dijo que nueve era una barbaridad.
Se acuerda de que discutieron veinte minutos y de que ella ganó, y de que se fue a su casa esa noche pensando que había ganado.
Cuatro segundos, no nueve.
Se acuerda de haberlo pensado así: he salvado cinco .
Cierra la estación sin guardar y apaga la pantalla, y a las nueve menos cuarto sale a la calle Alberto Aguilera con las luces de Navidad puestas y un frío que corta.
Y no llama a nadie.