El montaje 28
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Elena Trigo tiene cincuenta y un años, ha estado en tres periódicos y ahora está en un medio digital.

—¿Cuánto tienes?

—Media hora.

—Vale. Voy deprisa.

Irene va deprisa.

Elena Trigo no toma notas. Escucha con las dos manos alrededor de la taza.

—Vale.

Deja la taza.

—¿Qué quieres que publique?

Irene tarda en contestar, y el hecho de tardar ya es la respuesta, y las dos lo saben.

—Que están fabricando un culpable —dice.

—Irene, yo te quiero mucho —dice—, y te voy a decir esto una vez y luego lo intento igual. ¿Sabes qué titular tiene esto?

—Dímelo tú.

—«Una montadora denuncia que una serie ha ordenado bien unos hechos.

» —Levanta las manos—. Y debajo, en el segundo párrafo, tengo que poner que los hechos son ciertos, que los documentos son auténticos, que los testigos no mienten, que el aludido ha ido al juzgado y ha perdido, y que la denunciante cobra de la productora.

—Es que no es que no me interese. Es que es la defensa de ellos .

Pero lo intenta.

Llama el viernes a las 12:40.

Y a las 15:20 le llega un correo con una nota de dos páginas.

Y termina con un párrafo que Irene lee tres veces:

La existencia de debate interno sobre el enfoque de una investigación es, en nuestra opinión, un signo de salud y no de irregularidad.

EL MONTAJE es una serie sobre cómo se construyen los relatos criminales, y sería contradictorio que su propio proceso de producción quedara fuera de ese examen.

Por ello, y lejos de eludirlo, la producción ha decidido incorporar ese debate al material de la serie.

Elena Trigo le escribe a las once y media de la noche.

No lo puedo publicar. Lo siento. Y ojo con la última frase de la nota.

Irene le contesta a los diez minutos.

¿Cuál?

La de incorporar el debate al material de la serie. Léela otra vez.

La he leído tres veces.

Léela una cuarta pensando en quién es el debate.

El jueves siguiente, a las once de la mañana, la plataforma sube la pieza de promoción de la segunda entrega.

Es un vertical de treinta segundos, para redes.

Empieza con un plano de sala de montaje, con las tres pantallas encendidas y de espaldas.

Sigue con dos segundos de los cuarenta y un segundos del efecto catorce.

Y luego entra una voz en off, sacada de aquella misma videollamada de julio, que Irene ni siquiera recuerda que estuviera grabada, porque en Ardal la unidad C rodaba dieciocho jornadas seguidas y ella dejó de mirarla en la primera semana.

Es su voz.

Dice: «Yo con esto no puedo trabajar.»

La pieza dura treinta segundos y se titula «Ni la montadora se lo cree».

Y es su voz.

Irene hace entonces lo único que sabe hacer.

Tarda dieciocho minutos.

Porque ella no tiene que preguntarle a nadie de dónde ha salido ese audio: tiene el material entero indexado, tiene ScriptSync corriendo sobre las transcripciones desde septiembre, y le basta con escribir seis palabras en un buscador para que la estación le devuelva todas las veces que alguien las ha dicho delante de un micrófono en siete meses.

Aparece una vez.

C_UNIDADC_0717_02.MXF · Bobina C004 · 25 fps TC 19:41:52:11

Diecisiete de julio.

A las siete y cuarenta y uno de la tarde.

Irene se queda mirando la cabecera un rato largo, con la mano en el ratón y sin darle.

Diecisiete de julio a las siete y cuarenta y uno de la tarde es la videollamada.

Es la videollamada en la que ella dijo, delante de Óscar Prat y de Clara Sesé, que alguien estaba decidiendo el orden en que veía las cosas y que con eso no podía trabajar.

Y en la que le enseñaron una factura, un parte médico y un correo, y se le cayeron los cuatro hechos de uno en uno.

Y en la que Clara la defendió con mucho cariño diciendo que era normal que ella viera cosas.

Y en la que ella pidió perdón.

Le da al play .

Y ahí está: la sala provisional de la antigua caja de ahorros, la cortina negra pegada con cinta, el ventilador entrando por la izquierda del cuadro, y ella de espaldas a una cámara que estaba encendida en un rincón porque en esta serie hay una cámara encendida en un rincón desde el segundo día.

«Yo con esto no puedo trabajar.»

Cuatro segundos después, en el mismo plano, se oye su propia voz diciendo «perdona, llevo doce años buscando la mano de alguien detrás de las cosas».

Eso no está en la pieza.

Irene ve los treinta segundos otra vez, y luego el original entero, y luego cuenta.

El corte de la pieza empieza en el 19:41:52:11 y acaba en el 19:41:54:07.

Un segundo y veintiún fotogramas.

Es un corte limpísimo. Entra después de una respiración y sale antes de una consonante, que es exactamente donde ella le enseña a entrar y a salir a todos los ayudantes que ha tenido en veinte años.

La fuente es de Sara Bugallo y Sara Bugallo no dice de dónde la ha sacado.

—No te la pido.

—Vale. —Le pasa un papel doblado con un nombre y un teléfono—. Dos acuerdos. 2013 y 2017. El de 2013 lo llevó un despacho de Valencia y el de 2017 uno de Zaragoza.

Quedan en un centro comercial de Alfafar porque lo ha elegido ella.

Se llama Rocío. Tiene treinta y seis años, trabaja en administración en una empresa de logística y ha pedido dos horas.

—Yo tenía diecinueve —dice—. Y sabía perfectamente lo que estaba haciendo, ¿eh? Eso quiero que quede claro desde el principio, porque la gente se piensa que una era tonta.

Habla veinte minutos.

Cuenta cómo terminó: un despacho de Valencia, dos reuniones, una cifra, un documento de once páginas y una cláusula.

Y a los veintidós minutos, Irene le explica para qué ha venido.

Y que si ella contara esto, en cámara, aunque fuera de espaldas y con la voz cambiada, la serie dejaría de tener que insinuar.

Rocío la escucha con las dos manos en el vaso de plástico.

—Publícalo —dice.

—¿Cómo?

—Que lo publique. —Se encoge de hombros—. Que me da igual que sea de otro caso. Que si eso sirve para que a ese hombre le pase algo de una vez, publíquelo usted.

—Rocío, esto es serio. Tendría que ir con abogados. Habría que…

—Ya, ya. —Bebe—. ¿Y qué me pasaría a mí?

—Tiene una cláusula penal —dice—. Si usted habla, devuelve el dinero.

—Eso lo sé.

—Multiplicado.

—¿Multiplicado cuánto?

—No lo sé. Depende de lo que ponga. Normalmente el doble.

Se hace un silencio de cuarenta segundos.

—Yo tengo dos crías —dice Rocío—. Una de nueve y otra de cuatro. Y una hipoteca a treinta años que empecé en 2021.

—Y mi marido no sabe nada de esto.

Irene no dice nada, porque no hay nada que decir y porque decir algo aquí sería empujar.

—Pues entonces no —dice Rocío.

Y luego, enseguida, deprisa, como se dicen las cosas cuando a uno le da vergüenza haberlas dicho al revés dos minutos antes:

—Perdóneme.

—No tiene que perdonarme nada.

—Es que yo he venido aquí queriendo decir que sí.

—Ya lo sé.

—Es que yo llevo trece años queriendo decir que sí.

Se despiden a la una menos veinte.

—Una cosa. ¿Usted va a poner en la serie que hay otras?

Irene tarda.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque no lo puedo probar. Y si lo digo sin poder probarlo, el que sale perjudicado es él, pero el que va a juicio soy yo y detrás de mí la productora. Y entonces perdemos, y si perdemos, se cae la serie entera y no queda nada de nada.

—Es curioso —dice.

—¿El qué?

—Que a mí me lo explicaron igual. Con las mismas palabras. Un señor con corbata en 2013.

Y se va.

Sara la está esperando el lunes con dos cafés.

—Ha dicho que sí y luego ha dicho que no.

—En la misma conversación, Sara. En cuarenta segundos. —Se sienta—. Y no ha cambiado de opinión, ¿eh? Eso es lo que me tiene mal. No ha cambiado de opinión: se ha acordado del precio.

Sara le pone el café delante.

—¿Y jurídico?

—Jurídico lo ha tumbado en cuarenta minutos y tiene razón.

—Ya.

—Si yo insinúo eso en pantalla sin documento, perdemos, y si perdemos se cae la serie y no queda nada. Y entonces todo esto habrá sido siete meses de gente pasándolo mal para nada.

—¿Puedo decir una cosa? —dice al final.

—Dila.

—Que esa frase la has dicho igual que la dijo el señor de la corbata en 2013.

Irene levanta la vista.

—Eso te lo ha dicho ella.

—Eso me lo has dicho tú hace treinta segundos —dice Sara Bugallo—. Yo lo del señor de la corbata no lo sabía.

Irene se queda con la carpeta encima de la mesa.

Es una carpeta de anillas con un nombre escrito en un papel doblado, dos años, dos ciudades, once páginas que no ha visto nunca, una cláusula penal que no ha leído nunca.

Ni un solo folio.

Sale a la calle a las nueve con la única culpabilidad verdadera de Fernando Sardá Ibarra metida en una carpeta que no puede abrir.