El montaje 27
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La noche antes lo monta.

No lo escribe: lo monta. Se sienta a las once en la sala vacía y hace con esto lo que haría con un episodio, porque es lo único que sabe hacer y porque son las once de la noche.

Primero, los materiales. Doce carpetas, una por cosa.

Después, el orden.

Y ahí se para media hora, porque el orden es el problema y ella lo sabe mejor que nadie: si empieza por el once de marzo parece una investigadora, y si empieza por el mirador parece una loca.

Empieza por el once de marzo.

Duerme cuatro horas.

El cabo primero se llama Lahoz, tiene unos cuarenta y cinco años y una taza de café con el logotipo de una empresa de piensos. La conoce de vista, como la conoce todo el mundo en este pueblo desde octubre.

—Usted dirá.

—Quiero poner una denuncia.

—Muy bien. —Se acerca el teclado—. ¿Contra quién?

Y ahí, en la segunda frase, Irene ya ha perdido veinte minutos de los veinte que traía preparados.

—Es que no es contra alguien —dice—. O sea, no todavía.

—Ya. —Lahoz aparta un poco el teclado—. Cuénteme y luego lo miramos.

Se lo cuenta en dieciocho minutos, y se lo cuenta bien.

Lahoz la escucha entera. No la interrumpe ni una vez, no mira el móvil y no mira el reloj, y en el minuto once coge un bolígrafo y empieza a apuntar en un papel que no es el ordenador.

Cuando Irene termina, se queda callado unos segundos.

—A ver si lo he entendido —dice—. Usted dice que la productora para la que usted trabaja le ha ido poniendo las cosas por delante en un orden.

—Sí.

—Y ese orden apunta hacia un vecino de este pueblo.

—Sí.

—¿Y ese orden es falso?

Irene abre la boca y la cierra.

—No —dice—. El orden es cronológico.

—¿Y los papeles?

—Los papeles son auténticos. Están todos en el sumario.

—¿Y los testigos?

—Los testigos dicen la verdad.

—¿Y lo que se ha emitido en la televisión es mentira?

—No.

Lahoz deja el bolígrafo encima del papel.

—Entonces, ¿qué delito quiere denunciar?

Irene lo intenta.

Dice que hay un documento de venta que prevé lo que va a pasar. Lahoz le pregunta si lo ha visto.

—No.

—¿Y cómo sabe que existe?

—Porque en esta industria siempre existe.

Y en cuanto lo dice, se oye.

—Mire —dice el cabo primero Lahoz, y lo dice sin ninguna condescendencia—.

Yo llevo diecinueve años tomando denuncias.

Y le digo una cosa: aquí entra mucha gente que sabe que le están haciendo algo y que no me sabe decir el qué.

Y casi siempre tienen razón. Pero yo, para abrir un atestado, necesito un tipo penal.

Coge el bolígrafo otra vez.

—Coacciones, no hay. Amenazas, no hay. Estafa, no, porque a usted le pagan. Descubrimiento y revelación de secretos, no, porque los papeles son públicos y los ha pedido usted. Falsedad documental, no, porque acaba de decirme usted que los documentos son auténticos.

Levanta la vista.

—¿Qué me queda?

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Sale a la calle a las once menos veinte.

Hace tres grados y el cierzo entra por la calle de la báscula como entra siempre, de frente y sin avisar. Se queda de pie en la acera con las doce carpetas debajo del brazo.

Y con lo otro.

Porque en dieciocho minutos de mostrador ha entendido una cosa que lleva cinco meses sin entender, y es que lo que está pasando aquí no tiene nombre.

No porque nadie lo haya escondido: porque nadie lo ha escrito .

Nadie ha tipificado nunca, en ningún código de ningún país, el delito de ponerle a una persona honrada las cosas verdaderas en el orden correcto.

—¿Y qué delito quiere denunciar? —le ha preguntado el cabo primero Lahoz, con el bolígrafo puesto.

Y ella tenía delante seis meses de trabajo, doce carpetas y la certeza absoluta.

Y ha tardado demasiado.

—No lo sé —ha dicho.

El despacho está en Guzmán el Bueno, tercera planta, y tiene cuatro placas en el portal.

Ignacio Berdún lleva veinte años haciendo derecho de medios, tiene sesenta.

La primera consulta cuesta doscientos setenta y cinco euros más IVA y los paga ella.

—Cuénteme —dice Berdún.

Y ella empieza a contárselo, y él la para a los cuarenta segundos.

—Perdone. ¿Trae el contrato?

—Traigo todo esto —dice Irene, y pone las doce carpetas.

—Sí, pero ¿trae el contrato?

—Lo tengo en el correo.

—Pues sáquelo, por favor, que es por donde hay que empezar.

Berdún lee catorce páginas en once minutos, sin decir nada, con un rotulador amarillo que no llega a usar hasta la página nueve.

Luego lo deja encima de la mesa y le da la vuelta al folio.

—Cláusula once.

—Ya la conozco.

—Léamela en voz alta.

La lee.

El/la prestador/a cede a la Productora, con carácter exclusivo, para todo el mundo y por el plazo máximo previsto legalmente, los derechos de explotación de su imagen, voz y nombre captados durante el proceso de producción, incluida su participación ante cámara y el material de making of…

—Pare ahí —dice Berdún—. ¿Qué acaba de leer?

—Que cedí mi imagen.

—Ha cedido usted su imagen, su voz y su nombre. En exclusiva. Para todo el mundo. Por el plazo máximo legal. Para la obra, sus versiones, sus extractos, sus materiales promocionales y cualesquiera formatos derivados presentes o futuros.

Se quita las gafas.

—¿Usted sabe lo que es un formato derivado futuro?

—Sí.

—Pues ya está.

Dura veinticinco minutos y son los veinticinco minutos más caros de la vida profesional de Irene Bermejo, y no por los doscientos setenta y cinco euros.

—Pero cada cosa que yo he decidido buscar estaba prevista antes.

—Eso es un indicio.

—¿De qué?

—De nada —dice Berdún—. Un indicio de nada es un dato curioso.

Se quedan callados unos segundos.

Fuera se oye una impresora.

—Vamos a ver —dice Berdún, y ahora habla más despacio—. Usted ha venido aquí a preguntarme si la están utilizando. Y yo le digo que sí, que probablemente sí, y que a mí me lo parece igual que a usted.

—Ya.

—Pero yo soy abogado y a mí me pagan por decirle otra cosa.

Junta las manos encima del contrato.

—Y la otra cosa es que en todo este expediente, de aquí a que se estrene, no hay una sola firma que no sea la suya.

Irene no dice nada.

—La productora firma un contrato con una plataforma.

La plataforma firma un pedido. La directora firma un guion, que en documental no vincula a nadie.

El productor firma facturas. —Levanta un dedo—.

Y la única persona que firma que ese corte es ese corte, minuto a minuto, con nombre y apellidos, es usted.

—¿Y si lo cuento igual?

—Entonces —dice Berdún, y le devuelve las hojas— la única persona a la que alguien podría pedirle cuentas de todo esto eres tú.

Se echa hacia atrás.

—Y encima gratis.

Irene se queda con las hojas en la mano y tarda en guardarlas.

—Si yo dimito mañana. Si mando un correo diciendo que dejo el proyecto y me voy. ¿Qué pasa?

Berdún se echa hacia atrás en la silla y por primera vez en cuarenta minutos parece un hombre y no un despacho.

—¿De verdad quiere saberlo?

—Sí.

—Pues pasan tres cosas. —Levanta el pulgar—. Una: la productora tiene todo el material rodado hasta la fecha, incluida su imagen, con la cesión de la cláusula once en vigor.

Índice.

—Dos: el corte de los tres episodios emitidos sigue llevando su nombre. Eso no se quita. Un crédito emitido es un crédito emitido.

Corazón.

—Y tres: alguien tendrá que terminar los tres que faltan. Y ese alguien lo va a hacer con el material que usted ha dejado ordenado, con su índice y con sus notas, y lo va a hacer peor que usted, y va a salir con su nombre en los tres primeros y con el suyo en los tres últimos.

Baja la mano.

—Y usted no va a estar en la sala.

Irene guarda las hojas.

—Perdone que se lo diga así —añade Berdún—. Pero es que usted no ha venido aquí a preguntarme si puede irse. Usted ha venido a que yo le diga que no puede.

Sale a Guzmán el Bueno a las siete menos veinte.

Está oscuro desde hace una hora, hay atasco y la gente sale de las oficinas con esa cara de diciembre.

Irene anda hasta Moncloa porque no le apetece meterse en el metro, y por el camino hace una cosa que no ha hecho en cinco meses, que es abrir el móvil y buscar su propia ficha en una base de datos del sector.

Irene Bermejo Otal. Montadora. Veintiséis títulos entre 2006 y 2026.

Los mira en orden.

Y cuenta los que ha montado por dinero y los que ha montado por penitencia, y le salen ocho y dieciocho, y hasta esta tarde ella habría jurado que era al revés.