El montaje 26
51%

26

El bloque de contexto del episodio cuatro necesita el archivo parroquial.

Irene se lo pide a Quino el miércoles.

Quino le contesta el jueves a mediodía, desde el coche, con el manos libres puesto.

—El archivo parroquial está cerrado.

—¿Cerrado cómo?

—Cerrado desde mayo. Están haciendo obra en la sacristía, que se les caía el techo, y lo han metido todo en cajas en la casa parroquial de Calanda. Y allí, para consultar, tienes que pedirlo al obispado.

—Vaya.

—No, si es que no hace falta —dice Quino—. Que está escaneado.

—¿Cómo que está escaneado?

—Que está todo escaneado, Irene. Míralo en el servidor. Documentación, subcarpeta Parroquia.

Está.

Mil ochocientas cuarenta imágenes, con OCR, indexadas por libro y por año, con una hoja de cálculo al lado que dice qué es cada rango de números.

Y luego, mientras se levanta a por agua, pregunta lo que preguntaría cualquiera que lleva veinte años trabajando con material de archivo, que no es de dónde ha salido esto, sino cuánto costó.

—Vero, ¿esto lo hemos pagado nosotros?

—Lo de la parroquia, sí. Va en el capítulo de documentación.

—¿Cuánto?

—Espera. —Vero cambia de pestaña—. Tres mil doscientos, más IVA. Una empresa de Zaragoza que hace digitalización de archivos eclesiásticos.

—¿Y cuándo se contrató?

Vero tarda cuarenta segundos, porque tiene el presupuesto en otro sitio y porque le cuesta encontrar la línea.

—Once de marzo.

—¿De este año?

—De este año.

Irene sube a la sala, se sienta y lo escribe a mano en un papel.

11 de marzo — se contrata la digitalización del archivo parroquial de Ardal (3.200 €). 23 de junio — firma su contrato. 6 de julio — llega a Ardal. 22 de julio — se entera de que existe un archivo parroquial en Ardal.

Se queda mirando las cuatro líneas un rato largo.

En marzo, en esta productora, la serie era un proyecto de desarrollo con un tratamiento de cuatro páginas y una directora que había abierto la carpeta de una señora.

En marzo no había plan de rodaje, no había plataforma cerrada —eso lo cerraron en abril, Óscar lo ha contado dos veces— y no había montadora.

Y en marzo alguien pagó tres mil doscientos euros por escanear mil ochocientas cuarenta imágenes de un archivo que nadie había pedido todavía.

Y entonces hace lo que lleva desde julio sin hacer.

Abre la carpeta de producción del servidor y baja hasta las hojas de llamada.

Hay cincuenta y dos.

No las lee, porque leer cincuenta y dos hojas de llamada es imposible y además es un error de método.

Las cruza, que es otra cosa: abre su propio índice —el suyo, el de las cuatro columnas, donde lleva apuntado con fecha y hora cada cosa que ha decidido buscar desde el 6 de julio— y lo pone al lado del listado de localizaciones y participantes de cada hoja.

Tarda dos horas y media y le sale así.

El testigo de la hoguera estaba citado el día que ella pidió hablar con el testigo de la hoguera. Bien. Eso lo pidió ella el día anterior y producción lo cursó en veinticuatro horas.

La segunda entrevista con la Pilarín, la de la hoguera. Ella la pidió el 8 de septiembre. La hoja del 10 de septiembre la tiene citada a las once. Dos días. Normal.

El acceso al archivo judicial de Teruel. Ella lo pidió el 15 de julio y estaba gestionado el 20. Cinco días para un archivo judicial es rapidísimo, y lo comprueba: lo tramitó Escuín, no producción, y Escuín lleva pidiendo cosas en ese archivo desde 2010.

Las cajas del sumario: marzo.

El archivo parroquial: marzo.

Y hay una hoja del 3 de agosto, día de rodaje 21, con la unidad B citada a las seis y cuarenta de la mañana en el mirador de Ardal Viejo.

Material especial: estabilizador, equipo de agua, guantes.

Y en el recuadro de avance del día siguiente, escrito la noche anterior por Vero, que se acuesta a las once: «Unidad B continúa mirador. »

La cámara apareció el 4.

Irene cierra el portátil a la una y veinte de la madrugada.

Se queda sentada en la silla con las manos en el regazo, y le vienen las cosas en el orden en que le vienen a un montador, que es sin conclusión y por bloques.

Que nadie le ha mentido.

Que todo lo que ha comprobado esta noche tiene una explicación y que las explicaciones son verdad.

Que un rodaje se planifica en marzo porque en marzo se cierra el presupuesto.

Que un equipo va al mirador dos días seguidos porque el mirador es la localización de recursos más agradecida de la comarca y en agosto amanece a las siete.

Que los guantes van en la lista de material de cualquier unidad que baje a un barro.

Y que ella lleva cinco meses encontrando exactamente lo que necesitaba, en el momento en que lo necesitaba, y que eso no le ha pasado nunca en veinte años de profesión.

Sara Bugallo sigue en la sala de al lado.

—¿Tú no duermes? —dice Irene desde la puerta.

—Mañana entrego el bloque cuatro.

—Mañana es hoy.

—Ya.

Irene se apoya en el marco. Se queda ahí de pie diez o doce segundos, que en una sala en silencio a la una y media de la madrugada son muchos.

Y lo tiene ahí. Lo tiene entero, ordenado, con las cuatro líneas escritas a mano en el bolsillo, y tiene delante a la única persona del edificio que ha entrado en este proyecto sabiendo de qué va este oficio.

—Sara.

—Dime.

—¿Tú cuándo entraste en el proyecto?

Sara no levanta la vista de la pantalla.

—En abril.

—¿En abril?

—El catorce de abril —dice—. Me llamó Clara.

Irene se queda con eso.

Antes que ella. Dos meses antes que ella.

—¿Y ya estaba todo montado? Quiero decir, el enfoque, la estructura.

Sara sí levanta la vista ahora.

—¿Me estás preguntando algo?

Y ahí Irene tiene tres segundos para decirlo.

—No —dice—. Vete a dormir.

—Vale.

—Sara.

—¿Qué?

—Que el bloque cuatro está muy bien.

—Ya lo sé —dice Sara Bugallo, y vuelve a la pantalla.

Lo que no hace es lo que hizo en julio.

No convoca ninguna reunión. No abre ninguna videollamada a las siete. No escribe un correo con cuatro hechos y una conclusión, y no se pone delante de Óscar Prat a decirle que alguien está decidiendo el orden en que ella ve las cosas.

Porque ya lo hizo una vez y sabe cómo termina: con una directora de treinta años defendiéndola con mucho cariño delante de su productor, y con la palabra Lugo flotando en la habitación sin que nadie llegue a decirla.

Se lo guarda.

Baja a la sala de la caja de ahorros a las nueve de la mañana siguiente, abre el episodio cuatro y trabaja once horas seguidas.

La digitalización se contrató el once de marzo. Ella supo que ese archivo existía el veintidós de julio.

No la están ayudando. La están sirviendo.