25
La segunda sesión con Bielsa empieza a las ocho de la tarde porque la ha pedido él así, por teléfono, la semana anterior, y la ha pedido con una frase que Irene se apuntó: «a esa hora ya no me llama nadie» .
Dura dos horas y veintitrés minutos.
Y esta vez Irene aprieta.
Empieza por lo fácil, y lo fácil dura cuarenta minutos: cómo se organiza una instrucción, quién manda sobre quién, qué es una diligencia de constancia. Bielsa está cómodo. Se ha puesto camisa.
Y a las nueve menos veinte, Irene coge la carpeta y la abre por el folio que ha traído marcado.
—Sargento, quiero que hablemos de la batida.
—De la batida.
—Del dos y el tres de septiembre de 2009. Aquí pone «rastreo del tramo de aguas abajo, resultado negativo». Yo quiero saber qué había detrás de esa línea.
Bielsa se ajusta las gafas.
—Tres hombres —dice.
—¿Tres?
—Tres. Un servidor, un guardia segundo y un voluntario de Protección Civil que se ofreció, que era el hijo del panadero.
—¿Y cuánto tiempo?
—El día dos, de las cuatro a las ocho de la tarde. El día tres, de nueve a once de la mañana.
—Seis horas.
—Seis horas —dice Bielsa.
—¿Qué tramo?
—Del muro al azud viejo. Serán tres kilómetros y medio.
Irene deja el bolígrafo en la mesa. No lo hace por efecto: lo hace porque cuando deja el bolígrafo la gente sabe que va en serio y eso, a los cuarenta y cuatro años, ya lo hace sin pensarlo.
—Sargento, tres hombres andando por la orilla de un río durante seis horas no es una batida.
—Eso es lo que consta.
—Ya sé lo que consta. Le estoy preguntando si aquello fue una batida.
Bielsa se queda callado seis segundos.
—Aquello fue lo que se pudo hacer con lo que había —dice.
—¿Y qué había?
—Había un puesto con siete hombres, un mes de agosto, dos accidentes en la nacional, la fiesta de tres pueblos y un jefe que llevaba tres días sin dormir.
—Se toca la sien—. Y había una desaparición de una chica de diecinueve años en la que a las setenta y dos horas ya teníamos un sospechoso con antecedentes y una furgoneta.
—Y una vez que tuvieron eso.
—Una vez que tuvimos eso —dice Bielsa—, la batida del río era una manera de perder la tarde.
Irene no dice nada.
—Yo eso no lo pensé —añade él, deprisa—. Que quede claro. Yo eso no lo pensé y no lo dije nunca. Pero se pensaba.
—¿Pidió usted los caudales de la Confederación?
—Los pedí.
—¿Por escrito?
—Por teléfono primero. Y luego por escrito.
—¿Cuándo por escrito?
Bielsa busca. Tarda casi un minuto en encontrarlo y no deja que le ayude nadie. Es el folio 512 y es una solicitud de dos párrafos, firmada por él, con fecha de 11 de septiembre de 2009.
—¿Y le contestaron?
—Me contestaron el veintinueve.
—¿Y qué hizo usted con la contestación?
—La uní.
—¿Y qué más?
Bielsa levanta la vista de la carpeta.
—Nada.
—¿Por qué?
—Porque el veintinueve de septiembre —dice— el caso ya no era mío.
A las nueve y veinte, Irene cambia de folio.
—Sargento, el testigo. El chico de dieciséis años.
—Sí.
—¿Lo tomó usted?
—La primera. La primera declaración la tomé yo, el diecinueve de agosto, en el puesto, con la asistenta social delante porque era menor y estaba tutelado.
—¿Y la segunda?
—La segunda ya no.
—¿Sabía usted con quién estaba en acogimiento?
Bielsa se queda quieto.
—Lo sabía todo el pueblo —dice—. Estaba con el matrimonio de la Rosario, que el marido llevaba veinte años en la contrata de la presa. Aquí, señora, todo el mundo está con alguien.
—¿Y eso se hizo constar?
—Se hizo constar que estaba en acogimiento familiar, porque hay que hacerlo constar. —Baja un poco la voz—. Lo otro no se hizo constar porque lo otro no es un dato. Lo otro es un pueblo.
—A mí me parece un dato.
—A usted le parece un dato porque usted no es de aquí —dice Bielsa, y no lo dice mal—.
Si yo hubiera puesto en un atestado que un testigo no vale porque el marido de la que le da de comer trabaja en una contrata, en este pueblo no me habría vuelto a hablar nadie en veinte años.
Y yo tenía que seguir viniendo a trabajar.
Irene le deja los cuatro segundos.
—¿Se arrepiente?
—No —dice él—. Me acuerdo. Que no es lo mismo.
A las diez menos cuarto, Irene hace la pregunta que lleva cinco meses preparando.
Y antes de hacerla se da cuenta de dos cosas.
Una es que Lorenzo Bielsa lleva dos horas contestando y que hace veinte minutos que ha empezado a apoyar el codo en el brazo del sillón para sostenerse la cabeza.
La otra es que si no la hace ahora, no la hace.
—Sargento, ¿en algún momento entre agosto y noviembre de 2009 alguien le dijo a usted, con estas palabras o con otras, que se dejara del agua?
El operador no se mueve. Se oye el aire acondicionado del piso de abajo.
—Sí.
—¿Quién?
—Un superior mío que ya no está. Y no lo voy a nombrar, y no porque le tenga miedo, sino porque está muerto y no se puede defender, y eso a mí me lo enseñaron antes que a usted.
—¿Y qué le dijo?
—Que eso no era una hipótesis. Que era una excusa. —Bielsa se mira las manos—. Y que si yo quería explicarle a la madre que a su hija se la había llevado el agua, que se lo explicara yo.
Irene le deja el silencio.
Nueve segundos. Nueve segundos enteros de un hombre de setenta y un años mirándose las manos en un salón de Alcañiz, y ella sabe lo que vale ese silencio mientras lo está rodando, y lo deja correr igual.
—Yo no lo hice constar —dice él— porque no me lo preguntaron.
Se para.
—Y no me lo preguntaron porque yo no quise que me lo preguntaran.
Se quita las gafas y las deja encima de la carpeta.
—Eso es lo que hay. Llevo diecisiete años sabiéndolo yo solo y ahora ya lo sabemos usted y yo.
—¿Quiere que paremos?
—No.
—Sargento, podemos parar y seguimos otro día.
—Es que no hay otro día, señora —dice Bielsa—. Yo mañana ya no digo esto.
Siguen hasta las diez y media.
En la puerta, mientras el operador guarda el trípode y Vero recoge los cables, Bielsa se apoya en el respaldo de la silla del recibidor para levantarse y le cuesta más que en julio. Está de pie, con las manos en el respaldo, y tarda un momento en soltarlas.
—Oiga.
—Dígame.
—Esto va a salir.
—Va a salir.
—¿Entero?
—Entero —dice Irene—. Le doy mi palabra.
Bielsa mueve la cabeza dos veces.
—Bien —dice—. Mi mujer se va a enfadar mucho.
Le da la mano en la puerta. Es una mano grande, seca y fría, y aprieta más de lo que Irene se espera.
—Tenga cuidado con la carretera —dice—. Que en noviembre se pone la niebla en el llano y la gente va como va.
Escuín la llama el miércoles a las ocho y diez de la mañana.
Infarto agudo de miocardio. En casa, en el pasillo, de madrugada. Lo encontró su mujer al levantarse.
—¿Cuándo? —dice Irene.
—Ayer.
—¿A qué hora, Ramón?
—Irene.
—¿A qué hora?
—En el certificado pone las cuatro y diez.
El funeral es el jueves a las cinco en la parroquia de Santa María y no cabe la gente.
Hay tricornios. Hay dos coronas, una de la Comandancia y otra de la asociación de jubilados del Cuerpo, y hay cuatro hombres de setenta y tantos que se ponen en la última fila y se quedan de pie aunque queda sitio en los bancos.
Está el teniente Buil, de uniforme.
Está Escuín con un abrigo que le queda grande.
Nadie le dice nada a Irene. Nadie la mira mal. Nadie hace un comentario ni de refilón, ni delante ni detrás, y es eso lo que la tiene con la mandíbula apretada desde la entrada hasta el responso.
La viuda le da la mano a la salida, en la puerta, con la cola de gente detrás.
—Gracias por venir.
—Lo siento muchísimo.
—Él se lo pasó muy bien el lunes, ¿sabe usted? —dice la mujer—. Se quedó luego hablando de eso hasta la una. Que si le había preguntado usted por lo del río. Que si hacía años que no le preguntaba nadie por lo del río.
Le suelta la mano.
—Estaba contento —dice, y mira ya a la siguiente persona de la cola.
Clara la llama esa noche a las diez.
Empieza por donde hay que empezar. Le pregunta cómo está, y lo pregunta de verdad y espera la respuesta entera sin llenarla. Habla dos minutos de Bielsa. Dice dos cosas ciertas y ninguna de más. Dice que le pareció un tío decente desde la primera vez que lo vio en julio.
Y después dice:
—Irene, perdona que te lo pregunte hoy.
—Dime.
—¿Tenemos la segunda sesión entera?
—Entera.
—¿Con lo del minuto ochenta y siete?
—Con todo.
—Vale —dice Clara—. Vale. Vale, vale.
Y se le nota en la voz lo que se le nota.
La entrevista terminó a las 22:35. El parte dice 04:10.
Irene calcula la diferencia porque es lo que hace su cabeza.
Cinco horas y treinta y cinco minutos.