24
Cenan los tres en un sitio de la plaza de España que tiene manteles de papel y un menú de noche que es el mismo que el del mediodía.
Escuín pide ternasco porque es viernes y porque a él el ternasco le parece una razón suficiente para cualquier cosa. Sara Bugallo pide una ensalada y no habla en veinte minutos, que es lo normal, y cuando habla dice algo exacto, que también es lo normal.
—El martes es puro trámite —dice Escuín—. Comparecen ustedes dos como testigos del hallazgo, se les toma manifestación, se les pregunta si tocaron el objeto y ya está. Lo único que le pido, Irene, es que no me haga usted de investigadora ahí dentro.
—¿Qué quiere decir eso?
—Que si el juez le pregunta qué encontraron, usted diga lo que encontraron. Que no diga lo que cree que significa. —Se limpia con el mantel de papel—. Que a los jueces eso no les gusta, y a este menos.
—¿Y qué le gusta a este?
—Que le dejen trabajar. Que es lo mismo que le gusta a usted.
Sara levanta la vista del plato.
—Hay una cosa —dice—. Del padrón del sesenta y seis.
—Dime.
—Que en la relación de expropiados de Ardal Viejo hay nueve Sardá, y de los nueve, siete son la misma familia y dos no. Y a los dos que no les pagaron la mitad por hectárea que a los siete.
Escuín deja el tenedor.
—Eso, en esta comarca, no es un dato —dice—. Eso es la historia entera.
Se van a las diez y media. En la puerta, Escuín se sube el cuello del abrigo y le dice a Irene una cosa que ella se apunta esa misma noche, aunque para entonces ya no le vale de nada.
—Vaya con cuidado. Que llevan un mes en el pueblo diciendo que ustedes les han quitado el trabajo, y eso, cuando cae en el sitio equivocado, no se arregla hablando.
Los faros aparecen a la altura del desvío del mas de Baldomero y a Irene le da tiempo a pensar que va deprisa.
Son las once menos veinte de la noche. Son cuarenta y un kilómetros de nacional con dos carriles, sin arcén y con la cuneta en pendiente desde el kilómetro doce.
El coche la sigue durante minuto y medio a cuarenta metros.
Luego se pega. Se pone a un coche y medio, con las luces cortas, y se queda ahí ochocientos metros. Irene levanta el pie para que adelante y el coche levanta el pie con ella.
Adelanta en la recta del depósito, en línea continua, y ella piensa dos cosas seguidas: que es un turismo oscuro de cinco puertas, y que el que conduce sabe conducir.
Y luego frena.
No mucho. Frena lo justo para que ella tenga que frenar, y en el momento en que Irene pisa, acelera otra vez y se pone a doscientos metros, y se queda ahí con los pilotos encendidos, esperándola, como se espera a alguien en una gasolinera.
Y vuelve.
Lo que pasa a continuación dura once segundos.
Irene los cuenta, porque los cuenta y porque su cabeza no sabe hacer otra cosa.
El coche se pone a su izquierda, en el carril contrario, y enciende las largas.
Un segundo. Dos. Se acerca. Tres, cuatro.
Irene ve el reflejo blanco en el retrovisor izquierdo y la línea del capó a la altura de su puerta. Cinco. Se acerca más. Seis.
Toca.
No la embiste. Toca, con la esquina delantera derecha, a la altura de la rueda de ella, y es un golpe corto y sordo que no hace ruido de película sino ruido de chapa.
Siete. El volante se le va a la derecha y ella lo corrige y lo corrige de más. Ocho. Se sale.
Nueve, diez, once: las dos ruedas de la derecha en la tierra, el coche botando, un ruido de matorral debajo, la nariz cayendo hacia la cuneta y el cinturón cortándole el hombro izquierdo.
A los once deja de contar.
Eso es lo que le pasa a Irene Bermejo cuando tiene miedo: se le acaban los números.
El motor se ha calado. La radio sigue puesta y está dando el parte de un partido.
El otro coche ha parado veinte metros más adelante, en el carril, sin apartarse. Se abre la puerta del conductor.
Baja un hombre y en el retrovisor solo se ve la silueta contra los pilotos rojos, y ya está gritando antes de terminar de bajarse.
Irene oye tres palabras de cada cinco. Oye «nóminas». Oye «mi hermano». Oye «venís aquí». Oye una que es un insulto y no es de los peores. Y oye, con toda claridad, porque la dice más despacio que el resto: «tú no sabes lo que has hecho».
Está a doce metros. A diez.
Y a mitad de camino, de la puerta del copiloto, sale otro.
Le llega por detrás. Le pone la mano en el brazo, encima del codo, y se le acerca a la oreja.
Le habla cuatro o cinco segundos. No grita. No forcejea. No lo empuja ni le hace una llave ni lo separa. Le habla al oído con la mano puesta en el brazo, como se le habla a alguien en un tanatorio.
El primero se para en seco.
Se queda ahí, en medio de la carretera, con los brazos un poco separados del cuerpo, y baja la barbilla.
Después se da la vuelta y va hacia el coche, y no anda como andaba antes. El segundo va detrás de él, le abre la puerta del conductor y espera a que se meta antes de dar la vuelta y subirse.
Se van.
Nadie se acerca a la ventanilla de Irene. Nadie le pregunta si está bien.
Pasan cuatro coches en los siguientes seis minutos. Ninguno para, porque desde la carretera se ve un coche parado en el terraplén con las luces puestas y eso, en la N-232, es un coche parado.
En el puesto de Ardal la atiende una guardia joven que le pone un vaso de agua de una garrafa y le hace las preguntas en el orden correcto.
Matrícula, no.
Marca, no. Modelo, un turismo oscuro de cinco puertas. ¿Berlina o familiar? No lo sabe.
Cara, no. Ni uno ni otro. Estatura del primero, mediana. ¿Y del segundo? Tampoco.
Número de ocupantes, dos.
Palabras exactas, no. Se hace constar que la denunciante manifiesta haber oído los términos «nóminas» y «mi hermano», sin poder precisar el resto.
Hora, las veintidós horas cuarenta y cinco aproximadamente.
Punto kilométrico, no lo sabe. Entre el desvío del mas de Baldomero y la curva del depósito. La guardia dice que eso es el ochenta y uno y pico y lo escribe con un «aprox.» delante.
—¿Hay cámaras en ese tramo? —pregunta Irene.
—No.
—¿Y en la gasolinera?
—La gasolinera está en el ochenta y siete, en dirección contraria. —La guardia levanta la vista—. Si volvían hacia Ardal, no pasaron.
Se hace constar. Le imprimen dos folios, se los sellan y le dan la copia. Le preguntan si necesita asistencia sanitaria y ella dice que no, y es verdad: tiene un faro roto, el guardabarros delantero derecho hundido y una marca del cinturón que mañana será morada.
Y tiene la mano izquierda temblando encima de la mesa de una manera que le parece desproporcionada, porque no le ha pasado nada.
—¿Va usted a poner esto en la serie? —pregunta la guardia mientras sella.
Irene la mira.
—No lo sé.
—Es que si lo pone, esto —señala los dos folios— es público a medias y no lo es. Se lo digo por usted.
—¿Y si no lo pongo?
La guardia acaba de sellar y le da la vuelta al folio para firmarlo.
—Si no lo pone —dice— usted mañana sigue viviendo aquí, y esto se queda en un cajón con otras cuarenta cosas de este año.
Yo llevo dos años en este puesto y le puedo decir que la gente de aquí no es mala.
Lo que pasa es que en noviembre se han quedado trece sin trabajo y el que menos ha echado la cuenta.
—¿Usted la ha echado?
—Yo tomo denuncias —dice la guardia—. Firme aquí y aquí.
Llega a la calle Baja a la una menos veinte.
Amparo está levantada, en la cocina, con la bata puesta y la tele sin voz.
—Ya me han llamado —dice.
—¿Quién?
—La Vero. Y antes la mujer del cabo. —Se levanta a poner un vaso de leche que Irene no ha pedido—. En este pueblo, hija, es más rápido esto que el teléfono.
Irene se sienta.
—Amparo, se me ha roto el coche y ya está.
—Ya.
—De verdad.
—Que sí, hija, que sí.
Amparo pone el vaso en el microondas y se queda de espaldas los cuarenta segundos que tarda, con las manos en la encimera.
—¿Sabes lo que me dijeron a mí en el dos mil once? —dice—. Cuando lo del juicio y toda la gente en la puerta. Me dijeron: Amparo, tú tira p’alante que esto es una temporada. —Saca el vaso—. Y llevo diecisiete años en la temporada.
Se lo pone delante.
—Bébete eso y mañana miras el coche.
Irene sube a las dos menos cuarto. Se sienta en el borde de la cama sin encender la luz grande, con la mano izquierda todavía rara, y se queda así un rato.
Y en algún momento, en el rato, se da cuenta de una cosa.
No ha pensado ni una sola vez, desde el kilómetro ochenta y uno hasta aquí, dónde habría puesto la cámara.
No en la carretera. No con el hombre gritando. No con el otro hablándole al oído, que es el mejor plano que le ha pasado por delante en cinco meses y que ni siquiera ha visto como un plano.