El montaje 23
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Lo dice Emilio Baquero a las siete y media de la tarde, con dos cervezas y medio vermut encima, y lo dice sin ninguna intención, que es como se dicen en un bar las cosas que valen dinero.

Emilio Baquero se acerca a mirar como se acerca todo el mundo en este pueblo cuando alguien enseña una pantalla en una barra.

—¿Eso es de allí arriba?

—Es de allí arriba —dice Quino.

—Del mirador.

—Del mirador.

Baquero se pone las gafas, que las lleva colgadas de un cordón, y se agacha un poco.

—Anda —dice.

Y luego:

—Eso no es una cazadora.

Vero levanta la cabeza.

—¿Cómo?

—Que eso no es una cazadora, mujer. Eso es el mono.

Se apoya en la barra con las dos manos, muy despacio, con la lentitud de un hombre de setenta y seis años que sabe que le van a dejar hablar.

—El de la presa. La chaqueta esa de faena que nos daban, de lona gorda, del color ese que no es blanco ni es beis, hueso o como se llame. Se ponía marrón a los tres días y no se le iba con nada. Mi mujer la lavaba y salía igual.

—¿Y quién la llevaba? —dice Irene.

Ha bajado de la sala hace tres minutos a por un café y se ha quedado de pie detrás de ellos con el abrigo en el brazo.

—Los de la contrata —dice Baquero—. Todos. Los fijos y los eventuales. Los fijos, además, un chaleco naranja, pero eso fue después, cuando lo de las normas.

—¿Cuántos eran?

—Pues los eventuales, doce. Doce por temporada. Ahora, si me pregunta usted por el año, ya no le sé decir, porque yo salí en el noventa y cuatro y los eventuales entraban y salían.

—Y en 2009, ¿también?

Baquero se encoge de hombros con las gafas todavía puestas.

—Y en 2009, y en el ochenta, y en el dos mil quince. Eso es ropa de trabajo, señora. Eso no lo cambian.

Vero mira a Irene. Irene no le devuelve la mirada.

—¿Y usted tiene alguna foto?

—Yo tengo una de la cuadrilla del ochenta y nueve —dice Baquero, muy contento—. En la coronación, con la chaqueta puesta los doce. La tiene mi hermana en Caspe, en un álbum de esos gordos de plástico. Yo se la traigo.

—¿Cuándo?

—Mañana o pasado. Yo voy a Caspe los jueves, que es cuando le llevo el pan.

Vero le apunta el teléfono en la libreta y le apunta también el nombre de la hermana.

Emilio Baquero se va a las ocho menos cuarto, se despide de todo el mundo por el nombre y dice desde la puerta que hace un frío que pela.

La foto no aparece nunca.

Irene tarda seis días en hacer lo que hay que hacer, y lo hace bien, y no le sirve de nada.

La empresa se llamaba Montajes y Servicios Bajo Aragón S.L., con domicilio social en Alcañiz, calle Muro de Santiago, y está disuelta y liquidada desde marzo de 2016.

—No hay documento —dice Sara—. Hay una costumbre.

En el atestado de 2009, tres testigos de la verbena declaran haber visto a Julia Nadal Soro salir de la plaza con un hombre.

Irene se los lee otra vez, los tres, despacio, buscando una palabra concreta.

El primero, folio 96: «… acompañada de un varón de complexión normal que vestía cazadora clara.»

El segundo, folio 101: «… un chico con una cazadora clara, que no sabría identificar.»

El tercero, folio 118: «… vestía una cazadora de color claro. No le vio la cara.»

Ninguno de los tres dice de qué prenda se trataba. Ninguno de los tres dice si era de cuero, de tela, de lona, de trabajo o de vestir. Los tres dicen «cazadora», que es lo que dice cualquiera en este país de cualquier cosa que se ponga un hombre encima de la camisa.

Y nadie se lo preguntó, ni en 2009 ni en el juicio ni en la revisión.

Irene mira los tres folios en la pantalla, uno al lado del otro, y piensa una cosa que no se puede permitir pensar mucho rato: que la palabra que ha sostenido diecisiete años de este caso la eligieron tres vecinos de un pueblo a las tres de la mañana en el mes de agosto porque era la que tenían a mano.

Julián Gasca la recibe en la puerta de su casa y no la invita a pasar, y eso es todo lo que hay que saber sobre cómo va a ir la conversación.

Es la calle del Horno, que tiene tres metros de ancha, y hace cuatro grados. Él lleva un jersey y unas zapatillas de estar en casa y no parece tener frío.

—Ya me han dicho que anda usted preguntando por las chaquetas.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Aquí se dice todo, señora.

Irene se lo pregunta directamente, porque a este hombre no se le puede llevar por ningún sitio.

—¿Los de la contrata de la presa llevaban una chaqueta de trabajo clara?

Julián Gasca se rasca la mandíbula. Tarda.

—Yo estuve en la presa del noventa y ocho al dos mil once —dice—. Sí. De lona. Nos daban dos al año y una más en verano si te la rompías. Del color ese que no es blanco.

—¿Todos?

—Todos los de la contrata. Y en el dos mil nueve también, si es lo que me está preguntando, porque yo estaba.

Irene deja pasar tres segundos.

—¿Me lo diría delante de una cámara?

—No.

—Julián, es un dato de nada. Es una chaqueta de trabajo. No acusa a nadie, no señala a nadie, no dice quién estaba en esa carretera. Solo dice que esa prenda la llevaban doce hombres.

—Ya sé lo que dice —contesta él, y es la primera vez que sube medio tono—. Yo sé perfectamente lo que dice ese dato. ¿Usted sabe a quién le viene bien?

Irene no contesta.

No contesta porque la respuesta es que le viene bien a Damián Fuertes, y porque decirlo en voz alta en esa puerta, en esa calle, con este hombre delante, sería darle lo que está esperando.

—Al que le hicieron el juicio —dice Julián.

—Sí.

—Ya. —Se mete las manos en los bolsillos del pantalón—.

Pues mire, yo a ese hombre le tengo lástima.

No le tengo otra cosa, pero lástima sí, porque quince años son quince años y a mí no me la dan con lo de la confesión, que yo estuve treinta horas una vez en un cuartel por una tontería del noventa y seis y firmé lo que me pusieron.

—Entonces ayúdeme.

—Es que a mí, señora —dice, y ahora habla despacio—, el mes que viene me da exactamente igual quién matara a la chica de la Amparo.

Se le queda mirando para que le entre bien.

—A mí lo que me importa es que mi chico entra en la planta el siete de enero. En la planta, ¿eh? No en la contrata. Con nómina de Solania, con convenio, con vacaciones. Me llamaron el jueves.

Irene tarda dos segundos en encajarlo.

—¿Le llamaron a usted?

—A mí. De personal. Muy amables. —Julián Gasca se encoge de hombros dentro del jersey—. Y no me diga usted que es por esto, porque yo eso no lo puedo saber, y usted tampoco.

Irene lo apunta esa noche en el índice, en la columna de la derecha, con la fecha y la hora, como lo apunta todo:

Prenda clara 02:07 — posible ropa de trabajo de contrata (12 eventuales, verano 2009).

Dos fuentes orales directas (E. Baquero, J.

Gasca), ninguna dispuesta a confirmarlo en cámara.

Sin documento gráfico. Convenio provincial no especifica color.

Empresa disuelta 2016. Archivo CHE: solicitud por registro, plazo 3 meses.

Y debajo, porque es rigurosa y porque lleva veinte años escribiendo lo que le falta y no lo que le sobra:

No usable.

Cierra el portátil a la una y diez y se queda un rato sentada en la cama de la habitación de Julia, con el armario de las tres perchas a su izquierda, sin abrirlo.