20
La nota de Solania tiene seis líneas y está colgada en dos sitios: en el tablón de anuncios del ayuntamiento, entre un bando sobre la poda y un cartel de un curso de manipulador de alimentos, y en el escaparate del estanco.
No menciona la serie. No menciona a nadie. No menciona ninguna causa.
Está impecablemente redactada y no dice una sola cosa que no sea cierta.
Irene y Vero hacen la cuenta en la barra del bar, a las once de la mañana, en el reverso de una hoja de llamada, porque no hay manera humana de que nadie del pueblo se la dé.
—A ver —dice Vero—. Mantenimiento de línea. Es una empresa de Alcañiz. Cuatro operarios.
—¿De aquí?
—Tres de aquí. El cuarto es de Castelserás.
—Limpieza de viales.
—Esa es de Caspe. Seis. Dos de aquí.
—Y la limpieza de las oficinas.
—Esa no está en la nota. —Vero pasa el dedo por el papel—. Pero esa la lleva la misma de Caspe en subcontrata y son cuatro mujeres. Todas de aquí.
Irene suma en voz alta.
—Tres, dos y cuatro.
—Nueve.
—Y los que iban a entrar.
Vero levanta la vista.
—Es que eso ya no lo sé. Yo sé que el chico del Serafín iba a pasar a jornada completa en noviembre porque me lo dijo él en el bar.
—Ponlo aparte.
Nueve confirmados y cuatro en el aire, que en un pueblo de seiscientos diez habitantes es lo mismo que trece porque todo el mundo cuenta igual.
Trece.
Del episodio uno a la nota han pasado seis días.
Julián Gasca la está esperando fuera cuando sale.
No está apoyado en la pared como se apoya la gente que va a montar un número. Está de pie en medio de la acera, con una gorra y un chaleco reflectante doblado debajo del brazo, y ha esperado veinte minutos.
—¿Es usted la del documental?
—Soy yo.
—¿La jefa?
—De montaje. La jefa de verdad está en Madrid.
—Ya. —Se cambia el chaleco de brazo—. Pues como usted es la que está aquí, se lo cuento a usted.
Y se lo cuenta.
No levanta la voz. No la insulta, no la señala con el dedo, no dice ni una palabra fuera de sitio. Habla como habla la gente que lleva cuarenta años cobrando por horas.
—Yo entré en la contrata de la línea en 2019. Antes estuve en la de la presa hasta que la quitaron, y antes de eso en el campo. Sesenta y un años. Cobro mil doscientos ochenta con los pluses y la nocturnidad, que son doce noches al año.
—Ya.
—Mi chico entró en marzo, a media jornada. Seiscientos cuarenta. Vivimos los tres de eso, porque mi mujer cobra una no contributiva de cuatrocientos y pico.
—Ya.
—El uno de noviembre es domingo. El lunes dos ya no vamos.
Irene no dice nada, porque no hay nada que decir en el sitio en el que él ha puesto la conversación.
—Y no le estoy contando una desgracia —dice Julián Gasca—. Que quede claro. Le estoy contando una cuenta.
Irene le ofrece lo único que puede ofrecerle, y se lo ofrece de verdad.
—Salga en la serie.
—¿Cómo?
—Que lo cuente. En el episodio cinco hay un bloque sobre lo que le está pasando al pueblo mientras se emite esto. Ese bloque existe para esto, y yo le doy mi palabra de que sale entero y sin cortar. Con su nombre si quiere y sin él si no quiere.
Julián Gasca la mira un rato largo.
—¿Y eso a mí para qué me sirve?
—Para que se sepa.
—Ya. —Mueve la cabeza despacio—. ¿Usted se cree que yo voy a salir en una televisión diciendo que Solania me ha quitado el trabajo?
—Es la verdad.
—Es la verdad —dice él—. Y en marzo, cuando saquen la contrata otra vez, ¿quién la firma? ¿El que salió en la tele o el otro?
Se pone la gorra.
—Y aunque no la firmen ellos. Aunque la firme una empresa de Zaragoza que no sepa quién soy yo. En este pueblo, el que sale en esa serie hablando mal de la planta se queda solo. Y yo tengo sesenta y un años y aquí un entierro son doscientas personas.
Empieza a andar y se para a los tres pasos.
—Yo no digo que su serie mienta —dice—. Digo que mi chico tenía trabajo en junio.
Irene se queda en la acera.
Y hace, sin querer, la cosa que hace: calcula que ese hombre, ahí, con la gorra puesta y el chaleco debajo del brazo, contando en voz baja lo que cobra, es el testimonio que necesita el episodio cinco.
Y a continuación calcula que no lo va a tener.
Y a continuación —y esta es la parte que se le queda— calcula que precisamente porque no lo va a tener, el bloque va a poder montarse de otra manera, con la nota de Solania en pantalla y un rótulo con la cifra, y va a funcionar igual de bien y va a costar cero.
Sube a la sala y no come.
Quino aparece a las siete de la tarde y no se sienta.
—¿Tienes un momento?
—Tengo.
—Mi hermana está en la limpieza de oficinas.
Irene cierra el portátil.
—Ya lo sé, Quino. Me lo dijiste el primer día.
—Sí. —Se queda de pie, con las llaves en la mano, dándoles vueltas—. Es que hoy me ha llamado y me ha preguntado si yo sabía algo.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no sé nada. Que yo saco permisos.
Se calla dos segundos.
—Y luego me ha preguntado si yo cobro de esto.
Irene no dice nada.
—Y yo cobro de esto —dice Quino—. Ciento veinte al día. Llevo ciento y pico días.
—Quino.
—No, si no te estoy pidiendo nada. —Levanta una mano—. Yo lo que te digo es que a partir de mañana yo en el bar no entro contigo. Y no es por ti. Es que yo aquí me tengo que quedar cuando vosotros os vayáis.
—Lo entiendo.
—Y otra cosa. —Se pone las llaves en el bolsillo—. La Amparo.
—¿Qué pasa con Amparo?
—Que a la Amparo la conoce todo el mundo y la quiere todo el mundo, y ahora hay gente que ya no sabe si quererla o no. Y eso a esa mujer le va a doler más que lo de la niña, porque lo de la niña ya lo tiene sabido.
Y se va.
Esa noche Amparo pone la mesa como todos los días y no dice nada del asunto en toda la cena.
Lo dice al final, recogiendo, de espaldas.
—Hoy me ha dicho la del estanco que a ver si va a ser peor el remedio.
—¿Y usted qué le ha dicho?
—Yo le he dicho que llevo diecisiete años con la enfermedad y que del remedio hablamos luego.
Deja los platos en el fregadero.
—Y luego me he ido y me he metido en el coche a llorar como una tonta, que hacía dos años que no lloraba y hoy he llorado por la del estanco.