El montaje 18
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En Madrid no lo ve nadie.

Óscar ha organizado un pase en una sala de la Gran Vía con canapés, cuarenta invitados y dos periodistas, y Clara está allí con un vestido que se ha comprado esta semana y que le ha enseñado a Irene por el móvil.

Irene lo ve en la cocina de la calle Baja, en un televisor de veinticuatro pulgadas colgado de un brazo articulado encima de la nevera, con una mujer de sesenta y seis años sentada a su izquierda y un plato de almendras que ninguna de las dos va a tocar.

Sale a las diez y cinco.

La cabecera dura cuarenta y cuatro segundos y es buena: cuatro segundos de agua, negro, y el sonido de una orquesta de verbena entrando antes que la imagen. Después el pueblo desde la carretera, con las placas por delante. Después la plaza vacía a las siete de la mañana. Después el juicio.

El episodio uno está bien hecho y no tiene ni un solo truco.

Irene lo sabe porque lo ha montado ella y porque lleva doce años distinguiendo un episodio que se sostiene de un episodio que empuja.

Este se sostiene. Los testimonios están enteros.

La cronología es la que es. No hay reconstrucciones dramatizadas, no hay actores de espaldas corriendo por un camino de noche, no hay música debajo de la madre y no hay un solo plano de una carretera con violines.

Hay una cosa que Irene peleó y ganó, y es que en el minuto seis, cuando se cuenta la desaparición, no se pone la palabra «asesinato» ni una vez. Se dice «desapareció». Porque es lo que se sabe.

Y en cincuenta y un minutos, Amparo Soro dice una sola cosa.

Es en el minuto once, cuando entra la foto.

La foto es del verano de 2008, en la piscina municipal de Caspe, y es la que ha usado todo el mundo desde 2009 porque es la que la familia le dio a la Guardia Civil aquella semana. Está pixelada por el escalado y tiene una franja de sol quemada en la esquina.

—Esa no le gustaba.

—¿Cómo?

—Que esa foto no le gustaba —dice Amparo, sin apartar la vista de la pantalla—. Decía que salía con papada. Había otras.

Irene se gira hacia ella.

—¿Y por qué dieron esa?

—Porque fue la que encontré. —Amparo tiene las manos en el regazo—. Vino un guardia a las once de la mañana y me dijo que hacía falta una foto reciente, y yo abrí el cajón del aparador y cogí la primera que estaba bien de tamaño.

Se queda callada un momento.

—Y ya está. Ya es esa para siempre.

Y no dice nada más en cuarenta minutos.

Irene se pasa la segunda mitad del episodio mirando de reojo a su izquierda.

Hacia el minuto treinta se da cuenta de que lleva un rato calculando la altura de cámara: un poco por debajo, en la esquina de la mesa, con el televisor fuera de cuadro y la luz azul dándole en la cara y en las manos. Cuatro segundos. Cinco si arranca antes de que ella se dé cuenta.

Se levanta a por agua para dejar de hacerlo.

Cuando vuelve, en la pantalla están poniendo el bloque del juicio, y Amparo está en el mismo sitio y en la misma postura, y en la televisión hay una mujer de cincuenta y un años entrando en la Audiencia Provincial de Teruel con una chaqueta buena y un bolso pequeño, y a Irene le lleva dos segundos entender que es ella.

Amparo se mira a sí misma en 2011 durante cuarenta segundos sin decir una palabra.

—Ahí llevaba yo dos meses sin dormir —dice—. Y mira qué bien puesta.

A las once y diez terminan los créditos.

Amparo se levanta, friega los dos vasos que no han usado y los pone boca abajo en el escurridor.

—¿Él lo va a ver? —pregunta Irene.

—Ay, no lo sé. Yo creo que no.

—¿Se lo va a preguntar?

—No. —Amparo cierra el grifo—. Eso no se pregunta.

Sube a acostarse a las once y veinte, y desde la escalera dice una cosa más, sin volverse:

—Ha quedado bien, ¿eh?

Y sube.

Óscar manda las cifras a las nueve y cuarto de la mañana.

Son buenas. Son mejores de lo que nadie esperaba para un viernes de octubre. Manda también la captura de un mensaje con catorce mil compartidos que dice una cosa sobre la justicia española y otra sobre Damián Fuertes, y Clara escribe bombazo con tres signos de exclamación y un corazón.

Irene baja al bar a las nueve y media a desayunar.

Hay siete personas. Dos de la contrata con el chaleco puesto, el del estanco, y cuatro que no conoce de nada. Están hablando.

Irene empuja la puerta, dice buenos días y pide un café con leche y una tostada.

Calcula que el silencio dura seis segundos.

Es el primer dato fiable que tiene de que la serie funciona.

El sábado el pueblo está raro y el domingo está peor.

No pasa nada. Eso hay que decirlo, porque no pasa nada: nadie grita, nadie escupe, nadie pinta nada. Lo que pasa es más lento.

El sábado por la mañana, en el mercadillo, tres personas saludan a Irene y dos no. El domingo, la panadera le da los buenos días y le cobra sin decir el precio.

Y en el bar, el domingo a mediodía, la televisión está puesta en el fútbol y hay un grupo de siete hombres en la mesa del fondo hablando en voz alta, y Irene entiende, desde la barra, que están hablando de la serie sin decir la palabra serie.

—…que a mí lo que me revienta es que vengan de fuera a contarnos a nosotros lo que pasó aquí.

—Hombre, es que aquí no lo ha contado nadie.

—Aquí lo sabemos todos.

—Pues eso, que lo sabemos todos y nadie lo ha dicho nunca. Y ahora viene una de Madrid con una cámara.

Y otro, el más viejo, dice una cosa que Irene se lleva a la sala y apunta:

—Yo lo que digo es que ese chico estuvo quince años dentro y que aquí no ha ido nadie a pedirle perdón. Y eso también es de aquí, ¿eh. Eso también es nuestro.

Nadie le contesta.

Clara la llama el domingo por la noche, contentísima.

—Cuatro puntos y medio de cuota, Irene.

—Ya lo he visto.

—Y tenemos dos artículos y uno bueno. Y una tertulia entera el jueves.

—Muy bien.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —dice Irene—. Estoy en un pueblo de seiscientas diez personas y hoy me han cobrado el pan sin mirarme.

Clara se queda callada dos segundos.

—¿Quieres que te saquemos a Alcañiz una semana?

—No.

—Irene, en serio. Que hay hoteles.

—Que no.

Y no dice por qué, y Clara no insiste.