17
Llueve desde el domingo.
El embalse ha subido cuatro metros en cinco días y Ardal Viejo está otra vez debajo del agua desde el martes por la tarde. En producción es un desastre menor y Chema lo comunica en la reunión como comunica todo, que es en dietas y en jornadas:
—Se han caído dos planos del cementerio y el picado de la carretera vieja. Y no se recuperan.
—¿Y el dron?
—El dron voló el catorce de agosto y grabó eso mismo con peor luz. Está en el bruto.
—Peor luz —dice Irene.
—Peor luz, sí. Y si quieres la buena, dime tú cómo bajo yo cuatro metros de agua.
Irene sube a la sala con la peor luz.
Y con la pregunta nueva.
Y hace lo que hay que hacer cuando cambia la pregunta.
Durante tres días saca del índice todo lo que en julio no le hizo falta.
Porque en julio ella buscaba una cosa —qué sostiene la condena de Damián Fuertes Blasco— y todo lo que no sostenía la condena de Damián Fuertes Blasco se fue a la columna de la derecha sin que nadie lo tocara.
Está ahí. Lleva ahí desde el 22 de julio, con su número de folio y su fecha, escrito por ella.
Nadie se lo ha mandado. Nadie se lo ha escondido. Nadie se lo ha puesto delante.
Lo único que ha cambiado es lo que ella está buscando.
Folio 407. Listado de tráfico telefónico. Una llamada saliente del móvil que usaba Julia Nadal Soro, dieciséis de agosto de 2009, a la una y cincuenta y cinco de la madrugada. Duración: ocho segundos. Destino, un fijo.
El fijo está identificado en la propia diligencia, dos líneas más abajo, en 2009, por la operadora, y no lo cruzó nadie con nada: corresponde al domicilio de la familia Sardá Ibarra, calle Mayor uno, Ardal.
Folio 1.104. Diligencia de toma de manifestación. Dos vecinos declaran haber visto fuego de escasa altura en el patio trasero de esa misma casa al amanecer del día dieciséis, entre las seis y las seis y media. Uno precisa que le pareció que había dos personas. El otro dice que una.
Folio 96, 101 y 118. Tres testigos de la verbena. Los tres dicen que Julia salió de la plaza con un hombre. Los tres dicen «cazadora clara».
Folio 199. Cincuenta y ocho litros a las 23:40.
Folio 214. Cuatrocientos euros el día catorce.
Efecto catorce. Cuarenta y un segundos a las 02:07.
Son tres días de trabajo y son tres días buenos, de los que a Irene le gustan: sola, con la puerta cerrada, sin nadie preguntándole cuándo.
El primero lo dedica a rehacer el índice entero con la pregunta nueva. Doscientas once entradas que estaban en descartes y que ahora hay que releer una por una, porque un descarte de julio puede ser el episodio cuatro de octubre y porque eso lo sabe cualquiera que haya montado dos películas.
El segundo lo dedica a los folios que en julio leyó en diagonal. Hay ciento sesenta.
El tercero lo dedica a cruzar.
Y en los tres días hay un momento, a media tarde del segundo, en que Vero baja con un café y se encuentra a la supervisora de montaje de pie delante de la pared, con seis papeles pegados con celo y ordenados de izquierda a derecha, y le pregunta qué es eso.
—Una noche —dice Irene.
—¿La noche?
—La noche.
Vero se queda mirando los seis papeles treinta segundos.
—Joder —dice.
Y se va con el café, y esa es toda la conversación, y a Irene le vale como visionado de prueba: si una chica de veintiocho años que lleva cuatro meses en esto se para treinta segundos delante de seis folios pegados en una pared, el bloque funciona.
Los ordena.
No hace falta que se lo explique nadie ni que se lo pida nadie. Los pone por hora, que es la primera cosa que hace un montador con seis materiales de la misma noche y la última que a nadie se le ocurriría discutir.
14 de agosto. Una chica de diecinueve años saca cuatrocientos euros de una libreta que no se vuelve a mover nunca más.
23:40. Un hombre llena un depósito.
01:20. Ella discute con alguien junto a la barra. Once segundos, de espaldas, sin audio.
01:55. Llama al fijo de Casa Sardá. Ocho segundos.
02:07. Camina por la carretera del embalse con un hombre de prenda clara.
06:00 – 06:30. En el patio trasero de Casa Sardá alguien quema algo.
Irene se echa hacia atrás en la silla.
No ha inventado nada. No ha añadido nada. No ha quitado nada. No ha manipulado un fotograma, no ha recortado una frase por la mitad, no ha sacado a nadie de contexto y no ha puesto una sola palabra que no esté en un folio con sello.
Ha cogido seis hechos verdaderos y los ha puesto en el orden en el que ocurrieron.
En ese orden hay un hombre.
Y lo peor —lo que se le queda a Irene esa tarde y no se le quita en cuatro días— es que ya lo había hecho.
En febrero de 2020, delante de ochenta y un alumnos, con cinco papeles y cuarenta minutos, ella dijo en voz alta que si a ese material se le cambiaba el orden aparecía el hombre B.
Lo dijo como un ejercicio. Quitó un folio con el mando, se ganó once segundos de aplauso, se comió una pizza en la calle Aribau con el jefe de estudios y cogió el último AVE.
Y ahora, seis años después, con cuarenta mil folios delante, con dos materiales más que entonces, con una causa abierta en un juzgado de Alcañiz y sin buscar nada de esto, resulta que le sale lo mismo.
Eso no es una manipulación.
Eso es una confirmación.
Y esa es exactamente la diferencia entre una cosa y la otra: que la manipulación se nota y la confirmación se disfruta.
Nunca en su vida se ha sentido tan cómoda con una idea.
Sara Bugallo le trae la foto el viernes por la mañana, en una carpeta con la referencia del archivo escrita a mano en la esquina.
—Club náutico de Caspe, verano de 2008 —dice—. Salió en una revista de la comarca que hacía la Comarca del Bajo Aragón. El archivo lo tiene la Diputación. Está pedido el derecho y está concedido, ochenta euros.
En la foto hay once personas delante de una barandilla, con el embalse detrás y la luz de las tres de la tarde. Se están riendo mal, como se ríe la gente cuando lleva veinte segundos posando.
El cuarto empezando por la izquierda es un hombre de treinta y tantos años, moreno, con la mano en el hombro del que tiene al lado.
Lleva una cazadora de lona clara.
Fernando Sardá Ibarra.
—¿Te ha pedido esto Clara? —pregunta Irene.
—Me lo he buscado yo. Estaba haciendo el bloque de la familia y de la expropiación del sesenta y seis.
—¿Y por qué esta?
Sara se encoge de hombros.
—Porque es la única foto suya de esos años que no es institucional —dice—. En todas las demás sale cortando una cinta.
Y se va a su mesa.
Irene deja la foto en la mesa de luz, al lado del fotograma de los 02:07 sacado a papel, y las mira las dos a la vez durante un rato largo.
Una cazadora clara de una revista comarcal de 2008.
Una prenda clara de 2009, de noche, a doscientos metros, de espaldas, con el grano de una cámara doméstica.
No prueban nada.
No prueban absolutamente nada, y ella lo sabe mejor que nadie en este edificio, porque hace tres semanas puso en una pantalla, delante de dos personas de una plataforma, una conclusión firmada por un perito del Servicio de Criminalística que dice que no es posible determinar la identidad de los sujetos.
Lo puso ella. Lo defendió ella. Está en el episodio dos y se emite en octubre.
Guarda las dos imágenes en la misma carpeta.
La carpeta se llama EP04_SARDA .