16
El corte del episodio dos dura cuarenta y siete minutos con cabeceras y funciona.
Lo ven enteros y en silencio, y cuando se enciende la luz Clara tarda cinco segundos en hablar.
En ella son muchos.
—Está muy bien —dice—. Está muy bien y tenemos un problema.
—Dime.
—Que se acaba.
Se levanta y va a la pared del fondo, que en esta productora está pintada de blanco de pizarra porque un día alguien decidió que eso era moderno. Coge un rotulador.
Escribe: 1. ¿FUE ÉL?
Debajo: 2. NO.
—Esto es el uno y el dos —dice—. Y el espectador termina el dos convencido de que a ese hombre le arruinaron la vida quince años y de que quien se la arruinó fue un aparato entero. Perfecto. Es lo que queríamos.
Se gira.
—Y nos quedan cuatro episodios y no tenemos nada que preguntarle.
—Tenemos cómo se construyó la condena.
—Eso es el dos.
—Tenemos el pueblo. Tenemos la contrata, tenemos el embalse, tenemos a la madre.
—Eso es contexto —dice Clara—. Con contexto se hacen dos episodios de la BBC y se ganan tres premios. Nosotros tenemos que hacer seis y que la gente vuelva el viernes siguiente.
Deja el rotulador.
—Irene, el espectador no perdona una pregunta sin cerrar. Y nosotros acabamos de abrir la más grande que hay.
Escribe: 3. ¿ENTONCES QUIÉN?
En la pantalla de la videollamada, la de la plataforma se llama Nagore y lleva cuarenta minutos sin decir nada, que es lo que hace la gente de las plataformas: escuchar, apuntar y hablar al final.
Habla ahora.
—A ver, yo lo digo desde nuestro lado —dice—. El dos es magnífico y va a funcionar muy bien. Y el tres, tal y como está planteado, es un episodio de contexto. Y los episodios de contexto en el tres se caen.
—¿Se caen cuánto?
—Entre un veinte y un treinta por ciento de retención. —Nagore mira sus notas—. Y luego el cuatro ya no se recupera.
—O sea que necesitáis una pregunta.
—Necesitamos que el espectador tenga una razón para poner el tres —dice Nagore—. Y ahora mismo la razón es «a ver qué me cuentan», que no es una razón.
Irene se echa hacia atrás.
Es una conversación honesta y no hay nada que objetar. Nagore no está pidiendo un culpable. Está pidiendo una pregunta. Y una pregunta es lo que ella misma ha estado enseñando a construir en cinco escuelas de cine durante doce años.
Irene mira las tres líneas de la pared.
Es su frase.
Es de la charla, de la segunda parte, la que va después de lo del orden y antes del ejercicio.
Y Clara la ha dicho esta vez mirándola a los ojos, sin comillas y sin apoyarse en ella, y no es un homenaje ni una cita: es que se le ha ocurrido en ese momento porque lleva seis años con eso puesto y ya no sabe de quién es.
—No tenemos nada —dice Irene—. Tenemos un pueblo, un sumario de hace diecisiete años y una chica que no aparece.
—Tenemos cuatro episodios y siete meses.
—Eso no es tener algo. Eso es tener sitio.
—Es lo mismo —dice Clara—. Tú lo sabes mejor que yo.
Y ahí Irene no contesta, porque no hay nada que contestar y porque es verdad.
En una sala de montaje, tener sitio es tenerlo todo.
Cuatro episodios son doscientos minutos, y doscientos minutos se llenan siempre, y el material que los llena no aparece: se busca.
Y lo que se busca se encuentra, porque siempre se encuentra algo, porque en cuarenta mil folios hay de todo y porque en un pueblo de seiscientos diez habitantes lleva diecisiete años habiendo una conversación que nadie ha grabado.
—Una condición —dice.
—Dime.
—Que nada de lo que digamos sobre una persona viva salga de aquí sin dos documentos. Dos. No uno.
—Hecho.
—Y que si en marzo no tenemos nada, el episodio seis es sobre por qué no tenemos nada. Y lo firmo yo.
Clara la mira dos segundos.
—Eso es un final malísimo.
—Es un final honrado.
—Es un final malísimo y honrado —dice Clara—. Vale.
La abogada de la productora, que lleva toda la reunión callada, levanta el bolígrafo.
—Yo añado una —dice—. A partir de ahora, cualquier afirmación sobre persona identificable pasa por mí antes de entrar en un corte. Y lo digo ahora, en septiembre, para no tener que decirlo en enero.
—Anotado.
—Vale —dice Clara—. Entonces, ¿qué es el tres?
Y ahí empieza la parte del trabajo que a Irene le gusta y que no le gusta contar en las entrevistas, porque suena mal dicha en voz alta.
Se hace en una hora, en una mesa, con seis personas y un rotulador, y consiste en preguntarse qué le pasa a un espectador de cuarenta y siete años que se ha sentado un viernes en el sofá.
—El tres es la batida —dice Irene.
—¿La de este mes?
—La de este mes y la de 2009. Las dos, montadas juntas.
Coge el rotulador.
—Mira: en septiembre de 2009, tres hombres y una tarde. En septiembre de 2026, ocho guardias, un perro, un georradar y una universidad. Y el mismo resultado. La misma frase, además, palabra por palabra: resultado negativo.
—Eso es bueno —dice Nagore.
—Eso es buenísimo —dice Clara—. Eso es la serie entera en un bloque.
—Y encima es verdad —dice Irene.
Y en cuanto lo dice, se oye.
Se oye ella diciéndolo, en una sala de reuniones, delante de una plataforma: y encima es verdad .
Como si eso fuera la propina.
Sara Bugallo, que lleva toda la reunión al fondo con el portátil, levanta un dedo.
—¿Puedo?
—Claro.
—En 2009 la batida se hizo el dos y el tres de septiembre. Y la petición de caudales a la Confederación se firmó el once. —Gira el portátil aunque nadie lo está mirando—. O sea, primero descartaron el agua y luego pidieron los datos del agua.
Silencio de tres segundos en la sala.
—Eso es el tres —dice Clara.
Óscar levanta la vista del móvil por primera vez en cuarenta minutos.
—Doce de febrero —dice.
—¿Qué?
—El máster del seis, a control de calidad. Doce de febrero. Está en el anexo tres del contrato con la plataforma, tiene penalización por día de retraso y no se mueve.
Y vuelve al móvil.
Irene baja a la sala a las siete.
Abre la estación, crea un proyecto nuevo y se queda con el cursor parpadeando en la casilla del nombre.
Escribe:
EP06_v01
Es la primera vez que alguien le pone fecha de entrega a una pregunta que todavía no tiene respuesta.
Óscar Prat baja a la sala a las ocho menos cuarto con el abrigo puesto.
No baja nunca. En cuatro meses ha bajado dos veces y las dos ha sido para enseñarle una factura.
—¿Te vas? —dice Irene.
—Me voy. —Se queda de pie en la puerta—. Oye.
—Dime.
Óscar se mira los zapatos dos segundos.
—Yo he hecho catorce de estas —dice—. Catorce. Y de las catorce, en tres apareció algo. En las otras once no apareció nada y se estrenaron igual.
—¿Y?
—Y que las once se estrenaron igual —dice—. Eso es lo único que te digo.
Se sube la cremallera.
—Buenas noches.
Y sube las escaleras, e Irene se queda con el cursor parpadeando.