15
El teniente se llama Buil, tiene cuarenta y pocos años y explica las cosas como si le pagaran por que se entiendan, que en su oficio no es lo normal.
—Vamos a rastrear la zona emergida —dice—. Eso es todo lo que vamos a hacer, y quiero que quede claro desde ahora, antes de empezar, porque luego se escriben cosas.
Son las ocho y diez de la mañana y hace nueve grados, que en la cola de un embalse a finales de septiembre es lo que hay.
Han venido dos furgones. Ocho guardias. Un buzo del GEAS que hoy no va a mojarse y que está aquí porque conoce el vaso.
Un perro de detección de restos humanos que se llama Kobe, que es un pastor belga de cinco años y que va sentado en el maletero con una mirada de aburrimiento.
Y un equipo de georradar de la Universidad de Zaragoza que ha venido por convenio y que cobra en gasolina.
—Explíquemelo para el documental —dice Irene—. ¿Por qué la cola y no el resto?
Buil se agacha y coge un puñado de barro seco.
—Porque el resto está debajo del agua. Un embalse no es una bañera: el volumen se concentra en el vaso, contra la presa.
Cuando baja el nivel, lo que se queda al aire es la cola, que es la parte de arriba, la más plana.
Ahí puedo meter un perro y un radar. En el vaso hay treinta metros, y para eso hace falta sonar de barrido lateral y un equipo que no tenemos en esta Comandancia.
—¿Y si lo tuvieran?
—Si lo tuviéramos, tendríamos diecisiete años de limo encima. —Deja caer el barro—. Aquí se sedimenta medio centímetro al año, y un centímetro los años de riadas. Haga la cuenta.
Diez centímetros. Quince.
Un fémur son tres.
A las nueve y media hay treinta personas en el camino de las eras.
No las ha llamado nadie. En Ardal, un dispositivo con dos furgones se sabe a las siete y media, y a las ocho y media ya ha llegado a Calanda. Han venido en coche, en tractor y andando. Hay una mujer con una silla plegable.
Buil manda a dos guardias a hacer un cordón que no hace falta, porque nadie baja: la gente se queda arriba, en el camino, mirando, y no habla casi.
Ovidio está en la segunda fila con la gorra.
—Yo esto ya lo vi en el nueve —le dice a Irene, sin apartar la vista—. Pero en el nueve estaba lleno de agua y venían con las barcas. Y en el nueve éramos ciento y pico. Mírenos ahora.
Irene los cuenta. Treinta y uno.
—Es que en el nueve —dice Ovidio— todavía se podía encontrar.
A las once y media se ha ido la mitad.
A la una quedan ocho, y uno de ellos es un chico de dieciséis años que lo está grabando todo con el móvil en vertical, y Irene se descubre a sí misma queriendo decirle que lo ponga en horizontal.
El perro trabaja en franjas.
El guía las marca con banderolas naranjas cada veinte metros, y el animal las recorre a lo ancho con el hocico a diez centímetros del suelo, y cuando llega al final se para, mira al guía y espera. Lo hace durante cuatro horas con dos descansos de veinte minutos.
—¿Cuánto puede estar? —pregunta.
—Cuarenta minutos seguidos. Luego hay que pararlo aunque él quiera seguir, porque se satura la nariz y deja de servir. —El guía le da agua en un cuenco de silicona—. Y si no encuentra nada en toda la mañana, se le pone una prueba escondida al final para que la encuentre, porque si no se desmotiva.
Irene lo apunta.
Va a ir en el episodio tres: que a un perro que ha estado cuatro horas buscando a una chica muerta hay que dejarle encontrar algo para que no se venga abajo.
El georradar va detrás, más lento, empujado como un cortacésped por un chico de treinta años con un gorro de lana, y de vez en cuando el de la universidad mira una pantalla y dice «esto es piedra».
Lo dice once veces en cuatro horas.
Irene lo rueda todo.
Cuatro horas y veinte minutos de material, dos cámaras, y hay planos ahí dentro que valen ellos solos un bloque entero: el perro entrando y saliendo por los huecos de las puertas de las casas de Ardal Viejo, el guía de rodillas en el barro apartando una lata de refresco de los años ochenta, el pantalón del teniente con la línea del limo marcada a media caña.
Y el mejor de todos: los ocho guardias en fila, andando muy despacio, contra un pueblo sin techos.
A las dos menos cuarto, Buil se acerca con el papel.
—Resultado negativo —dice.
—¿Y eso qué significa?
—Que en lo que hemos podido mirar no hay nada.
Se guarda el bolígrafo en el bolsillo del pecho.
—Significa eso —dice—. No significa nada más.
—Teniente, una pregunta y ya le dejo. Si mañana le dieran a usted todo el presupuesto del mundo, ¿qué haría?
Buil se lo piensa de verdad. Mira hacia el muro.
—Sonar de barrido lateral en el vaso, tres campañas en tres años y un ROV con cámara para lo que salga. —Se encoge de hombros—. Y aun así le diría que la probabilidad es baja, porque eso está lleno de árboles sumergidos, de muros y de una barandilla de cementerio, y todo eso da eco.
—¿Y por qué no se hace?
—Porque eso son ochenta o cien mil euros —dice— y porque la causa está contra persona no identificada, y yo no le puedo pedir a un juez cien mil euros para buscar a alguien sin decirle a quién estoy buscando ni por qué ahí.
Se sube la cremallera.
—Y porque en este país, señora, los medios los mueve la presión. Y la presión, con diecisiete años, ya no la mueve nadie.
Se para dos segundos.
—Salvo ustedes, igual.
Y se va a firmar el acta.
Antes de subir a los furgones, el guía esconde una prueba en un montón de barro y suelta al perro, y el perro la encuentra en cuarenta segundos y se pone a dar vueltas con el juguete en la boca como si hubiera ganado algo, y hay ocho personas en el camino de las eras aplaudiendo a un perro.
Irene lo rueda entero.
Y a los cuatro segundos de empezar a rodarlo se da cuenta de que lo va a usar, y de dónde, y de que va a funcionar.
Irene vuelve a la calle Baja a las cuatro.
La casa huele a lejía desde el portal.
Amparo lleva desde las ocho de la mañana limpiando.
Ha sacado los dos sillones del salón al patio.
Ha fregado detrás. Ha descolgado las cortinas, las ha lavado y las tiene tendidas.
Ha vaciado los dos armarios del pasillo y ha puesto todo lo que había dentro encima de la cama de la habitación grande, ordenado en cuatro montones.
Y está de rodillas en la cocina, con un cepillo pequeño de los de uñas, frotando las juntas de las baldosas.
—No hay nada —dice Irene.
—Ya me lo han dicho.
—Amparo, deje eso.
—Si ya casi está.
—Que lo deje.
—Que ya casi está, hija.
Irene se sienta en la silla de siempre y no dice nada más.
Se queda ahí veinte minutos, con el abrigo puesto todavía, mirando a una mujer de sesenta y seis años de rodillas en el suelo de su cocina, y no calcula ningún plano, y esa es la única cosa que puede hacer por ella hoy.
A las cinco menos cuarto Amparo se levanta agarrándose a la encimera con las dos manos y tarda en enderezarse.
—Hay pollo —dice.
Al día siguiente los periódicos escriben que no hay cuerpo.
Uno de Zaragoza lo titula «Sin rastro de Julia Nadal en el embalse de Ardal». La agencia lo distribuye con la foto de la piscina de 2008 y con una foto nueva del perro.
Ninguno escribe que solo se ha buscado donde no hay agua.