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—No es una reapertura —dice Escuín—. Eso quítenselo de la cabeza ahora mismo y no lo pongan en la serie, porque es mentira y porque además es peor de lo que parece.
Están los cuatro de pie en el pasillo del juzgado, delante de la puerta del uno: él, Amparo, Irene y Clara, que ha salido de Madrid a las cinco y media de la mañana para esto y que lleva la carpeta de anillas debajo del brazo.
—A ver, explíquemelo como si yo fuera tonta —dice Clara.
—Usted no es tonta.
—Explíquemelo igual.
Escuín se cambia el abrigo de brazo.
—La causa de 2009 se murió dos veces. La primera con la condena, en 2011, que quedó firme en 2012.
La segunda en 2024, con la absolución en revisión, que también es firme.
Contra Damián Fuertes no cabe absolutamente nada.
Ni ahora ni nunca. Ni aunque salga mañana en la televisión diciendo que fue él y firmándolo delante de notario.
—¿Nunca?
—Nunca. Se llama ne bis in idem y está en el artículo veinticuatro de la Constitución, y la revisión en España solo va a favor del reo. No hay puerta de vuelta.
Clara se queda callada tres segundos. Es el único silencio suyo que Irene le ha visto en tres meses.
—¿Y esto de hoy qué es, entonces?
Escuín levanta dos folios grapados.
—Esto es otra cosa. Diligencias previas por la muerte de Julia Nadal Soro contra persona no identificada . Denuncia de la madre, hallazgo de la cámara y unión del efecto catorce. Número nuevo, juzgado el mismo, y el señor Fuertes aquí es un tercero.
—¿Y quién es el investigado?
—Nadie —dice Escuín—. Todavía.
Irene lo apunta en el móvil con esas dos palabras, todavía incluido.
—Una cosa —dice después—. Esa cinta salió del registro de la furgoneta. Del que anularon.
—Del que anularon.
—¿Y no está contaminada?
—La nulidad del once punto uno protege a quien sufrió la vulneración, y quien la sufrió fue él. —Escuín se cambia otra vez el abrigo de brazo—. Y él está absuelto, y firme, y no la va a invocar, porque a él ya no le sirve para nada. Y en esta causa el señor Fuertes no es investigado. Es un tercero.
—¿Y eso lo admite el juzgado?
—Lo ha admitido esta mañana. —Levanta los dos folios—. Está unida.
—¿Y esto se puede contar? —pregunta Clara.
—Lo que consta en el auto, sí. Es público. —Escuín se pone serio de una manera que hasta ahora no había necesitado—. Lo que se instruya de aquí en adelante es reservado. Y si a ustedes les llega una diligencia por un pasillo y la emiten, tienen un problema ustedes, lo tengo yo, y lo tiene ella.
Señala a Amparo con la barbilla.
—Sobre todo ella.
En el coche de vuelta, Clara habla los cuarenta minutos enteros.
Habla de que esto cambia la promesa de la serie.
De que ya no es una revisión histórica de un error judicial —que es un producto respetable y frío— sino una cosa viva, con un juzgado abierto y un reloj.
De que hay que replantear el bloque de apertura del episodio tres y de que a lo mejor hay que mover el orden de dos entrevistas.
Irene conduce y la deja.
—¿Tú qué opinas? —dice Clara al final.
—Que tienes razón.
—Pero.
—Pero que una causa abierta es un problema de acceso —dice Irene—. Nos acaban de decir que a partir de ahora todo lo que se instruya es reservado. Eso quiere decir que los testigos que hasta ayer hablaban conmigo en una cocina, mañana son testigos de un procedimiento vivo.
—Ya.
—Y que si a alguno le llama la Guardia Civil el martes, el miércoles ya no me abre la puerta.
Clara mira por la ventanilla.
—Entonces hay que rodar deprisa.
Óscar contesta el mensaje de voz a los cuarenta minutos y dice dos cosas. La primera es un número: lo que sube el interés de la plataforma con una causa abierta dentro, que él tiene calculado porque le ha pasado dos veces.
La segunda es la palabra «cuándo», y cuelga.
Irene le llama a las siete y media de la tarde, desde el coche, parada en la báscula.
Se lo debe. No contractualmente: se lo debe.
—Damián. Soy Irene Bermejo.
—Buenas tardes.
—Le llamo para contarle una cosa antes de que se entere por otro lado. Esta mañana el juzgado de Alcañiz ha incoado diligencias nuevas por la muerte de Julia Nadal Soro. Contra persona no identificada.
Silencio de dos segundos.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que hay una causa abierta otra vez.
—Contra mí no puede ser.
—Contra usted no puede ser.
—Ya lo sé —dice él—. Se lo pregunto para oírlo.
Irene mira el parabrisas.
—Damián, tengo que decirle otra cosa, y se la digo porque no me gusta que la gente se entere de estas cosas en un bar. Si esa causa avanza y aparece un nombre, la serie va a contarlo. Y usted va a salir en esa serie.
—Yo ya salgo.
—Usted sale como el hombre al que condenaron mal. Si aparece otro nombre, usted pasa a ser otra cosa.
—¿Qué cosa?
—El que estuvo quince años dentro por lo que hizo otro.
Al otro lado se oye una puerta y luego un mechero.
—Eso me lo dijeron en 2012 —dice Damián.
—¿Quién?
—Un compañero de módulo. Un hombre de Huesca que se llamaba Pedro y que llevaba nueve años. Me dijo: tú tranquilo, que un día aparece el bueno y a ti te sacan en el telediario pidiéndote perdón. —Una calada—. Y yo le pregunté qué había pasado con su bueno.
—¿Y qué le dijo?
—Que llevaba nueve años apareciendo.
Irene no dice nada.
—Gracias por llamar —dice él—. De verdad, ¿eh. Usted llama y los demás no llaman. Eso yo lo apunto.
Y cuelga, y a Irene se le queda encima esa expresión — eso yo lo apunto — porque es exactamente la suya.
Cena a las nueve.
Sopa, y una tortilla de calabacín porque Ovidio ha traído calabacines y en esta casa lo que trae Ovidio se come, y una conversación de veinte minutos sobre si el calabacín hay que pelarlo o no.
Amparo está contenta. Se le nota en que ha puesto los vasos buenos.
—Ramón dice que esto es importante —dice.
—Es importante.
—A mí me lo ha explicado dos veces y no lo he entendido ninguna. —Se sirve—. Yo lo único que he entendido es que hay un papel nuevo, y llevo dieciséis años esperando un papel nuevo.
Irene come dos cucharadas y luego deja la cuchara.
—Amparo, una cosa que llevo días queriendo preguntarle.
—Dime.
—Lo de la cinta. La del efecto catorce.
Amparo se levanta a por el pan, que está en la encimera de detrás.
—¿Cómo supo usted que había que pedirla? Porque yo la encontré en el índice en julio, en el archivo de Teruel, y le juro que me pareció que la había encontrado yo.
—Me lo dijo Damián.
Irene deja de masticar.
—En junio —dice Amparo, sentándose otra vez—. Una tarde de junio, aquí, en esta silla. Me dijo que en la caja de los efectos había una cinta de vídeo que ponía «sin interés» y que no la había mirado nadie en su vida. Que se lo dijera a los del documental, que ellos sabrían qué hacer con eso.
—¿Y usted se lo dijo a quién?
—A la chica esa de la carpeta.
Amparo señala vagamente hacia la puerta.
—Cuando vino la primera vez, en primavera. Se lo apuntó en el cuaderno ese que lleva.
Corta pan.
—Yo eso ya lo llevaba en la carpeta, ¿eh? —dice—. Lo llevo todo en la carpeta desde 2010. Los efectos, los folios, los nombres, las fechas. Lo que pasa es que la gente no la abre.
Irene lo ordena mientras se le enfría la sopa.
Un hombre que no ha querido dar una entrevista. Que no ha pedido nada, ni dinero, ni un derecho de réplica, ni que le pongan bien en el episodio dos. Que no ha declarado en un plató, que no ha escrito un libro, que no ha ido a un programa de tarde.
Que se ha pasado quince años leyendo folio a folio el sumario que lo condenó.
Que sale, y que lo único que hace con todo eso es decírselo a la madre de la chica, en una cocina, una tarde de junio, para que se sepa.
Es la cosa más limpia que ha oído Irene en todo el año.
Y es, además, lo que le hace falta al episodio cuatro: un hombre que no habla y que aun así empuja.
—¿Y por qué se lo dijo a usted? —pregunta—. Nos lo podía haber dicho a nosotros. Con contestar un correo bastaba, o con decírselo a Quino en el bar.
Amparo se levanta a por el pan otra vez, aunque ya lo ha traído.
—Porque a mí no me graban —dice, y apila los platos.