El montaje 13
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El informe pericial tiene veintidós páginas y a Irene le interesan la doce y la veintidós.

En la doce está lo que ha hecho el laboratorio, y es lo que hace que se le pongan de punta los pelos de los antebrazos por motivos estrictamente profesionales.

Han casado la cinta con la cámara.

Porque cadena de custodia no hay: un equipo de rodaje encontró un objeto en un barro y eso, judicialmente, es un desastre. Así que lo que ha hecho el Servicio de Criminalística es lo único que se puede hacer cuando la cadena está rota, que es dejar que el objeto se certifique a sí mismo.

Han medido la posición del punto de conmutación de cabezas.

Han medido la geometría y el azimut de la pista.

Han buscado las marcas que dejan el cabrestante y el rodillo de presión en el soporte, que son distintas en cada aparato como las estrías de un cañón.

Y han comparado el patrón de dropouts de la cinta con el desgaste del tambor de la cámara que apareció bajo el mirador.

Coinciden.

Esa cinta se grabó en esa cámara.

Y entonces Irene, sentada, con el informe abierto por la doce y sin nadie delante, hace la cuenta que Escuín dijo en agosto que cruza un instructor de primer año en cuatro segundos.

La hace en tres.

La cámara apareció el cuatro de agosto bajo el mirador, en el barro, con la tapa cerrada y sin cinta .

La cinta apareció el dieciocho de agosto de 2009 en la guantera de una furgoneta Citroën Jumper, entrada catorce de la relación de efectos.

Y el laboratorio acaba de certificar que son la misma máquina y el mismo soporte.

Entre las dos cosas hay dos kilómetros de carretera de tierra, diecisiete años y un gesto que dura dos segundos: alguien abrió la tapa, sacó la cinta y dejó el aparato en el suelo.

Irene se queda mirando la pared, que en septiembre todavía está vacía.

Después abre su índice, baja a la primera fila libre y escribe una entrada de cuatro columnas.

11/09 · 12:40 · Peritaje 22 pp. — la cinta se grabó en esa cámara. Cámara sin cinta en el mirador / cinta en el vehículo. Alguien la sacó allí arriba. ·

La cuarta columna es la de qué se hace con cada cosa.

La deja en blanco.

En la veintidós están las conclusiones, y son dos.

CONCLUSIONES

1.ª La grabación examinada es original, continua y no presenta indicios de manipulación, edición ni regrabación en el segmento analizado.

2.ª No es posible determinar la identidad de los sujetos que aparecen en ella.

Los cuarenta y un segundos empiezan en el pretil del mirador y no se mueven, porque la cámara está apoyada y no la sujeta nadie.

Está un poco torcida hacia la derecha. Cuatro grados, quizá cinco.

Se ve la carretera vieja bajando en diagonal hacia la izquierda del cuadro.

Se ve, muy al fondo y muy pequeño, el resplandor naranja de la plaza y, si se sube el brillo, la línea de bombillas de la verbena.

Es una noche de agosto con luna suficiente y una cámara doméstica de 2006. Grano, verde y poco más.

En los primeros once segundos no pasa nada.

A los once entra Julia por la derecha del cuadro.

Se le ve la falda vaquera, una camiseta clara de tirantes y el pelo recogido. Anda deprisa. No mira a la cámara ni una vez. Anda como anda alguien que sabe adónde va.

Y detrás de ella, a dos metros, anda un hombre.

Cazadora clara. De espaldas. Mismo paso.

Los dos salen del cuadro por la izquierda a los treinta y cuatro segundos, y la cinta sigue siete segundos más con la carretera vacía, y luego se corta.

Irene los ve dieciséis veces seguidas.

Las tres primeras a velocidad normal.

La cuarta y la quinta a un cuarto, buscando el paso: cómo pisa ella, cómo pisa él, si van juntos o si él va detrás.

La sexta congelada, fotograma a fotograma, en el tramo en que la figura de atrás cruza por delante de un poste y se le recorta el hombro.

De la séptima a la duodécima con el brillo y el contraste subidos, que no sirve de nada y que hace todo el mundo igual.

La trece con el sonido puesto, aunque el DV de aquella cámara con el micro interno a esa distancia solo da viento y un zumbido de cincuenta hercios que viene de una bombilla.

La catorce entera otra vez, sin tocar nada.

Y las dos últimas mirando solo lo que hay detrás de ellos, que es lo que hay que hacer siempre y que no hace casi nadie: la carretera, el pretil, el resplandor de la plaza y una luz pequeña, fija, a lo lejos, la del depósito, que lleva ahí desde los años setenta.

A la sexta ya sabe una cosa que va a tener que decir en voz alta en una sala llena de gente, y es que ese material, tal como está, es una condena.

Porque en el índice de efectos de 2009, entrada diecisiete, hay una chaqueta de trabajo de color claro, talla L, intervenida en el vehículo de Damián Fuertes Blasco y devuelta a su propietario en marzo de 2010.

Y porque en un plano nocturno de 2006, con ese grano, la palabra que va a usar todo el mundo es cazadora , y todo el mundo va a decir que se le ve.

Y no se le ve.

El visionado del corte del episodio dos es el jueves a las cinco, por videollamada.

Están dos personas de la plataforma, Óscar, Clara, la abogada de la productora, Sara y ella.

Irene no hace retórica. Pone material.

Pone la declaración del testigo de 2009 y encima, a pantalla partida, el expediente de acogimiento: dieciséis años, tutelado por la administración, en acogimiento familiar con un matrimonio de Ardal cuyo cabeza de familia figura en la relación de trabajadores de la contrata de mantenimiento de la presa.

No dice que mintiera. Ni una vez.

Dice, con dos documentos, que es el testigo con menos margen de maniobra de toda la provincia.

Pone el auto de nulidad del registro de la furgoneta y explica en cuarenta segundos, sin una palabra de más, qué es la conexión de antijuridicidad y por qué se llevó por delante las fibras y la confesión: porque a un detenido no se le pide que firme un consentimiento sin abogado a las cuatro de la mañana, y porque lo que sale de ahí no existe, y porque lo que se construyó encima tampoco.

Pone el folio del médico forense y lee la línea en voz alta.

Erosiones lineales compatibles con arrastre sobre superficie rugosa.

Y dice lo que dijo hace seis años delante de ochenta alumnos y que sigue siendo verdad: que arrastre no es forcejeo. Que arrastrarse por un sitio no es pelearse con nadie. Y que en 2011 alguien leyó una cosa y escribió la otra.

Y luego pone los cuarenta y un segundos.

Se hace el silencio que se hace siempre.

—Esto es nuevo —dice Irene cuando acaba—. Esto no lo ha visto nadie desde 2009. Y quiero decir una cosa antes de que la diga otro: esto no nos ayuda. Esto nos complica.

Nadie dice nada.

—Aquí hay un hombre con una prenda clara andando detrás de ella. Y en el índice de efectos de 2009 hay una chaqueta de trabajo de color claro intervenida en la furgoneta de Damián Fuertes.

Deja el silencio tres segundos.

—Y por eso lo que va en el episodio dos no es la página doce del informe. Es la veintidós.

Pone la conclusión segunda en pantalla, sola, en blanco sobre negro.

No es posible determinar la identidad de los sujetos que aparecen en ella.

—Un hombre pasó quince años en la cárcel por un caso que se sostenía sobre el testimonio de un menor tutelado por una familia que dependía de la contrata, unas fibras que salieron de un registro nulo y una confesión que se cayó con ellas.

Y la única imagen que existe de aquella noche, peritada por la Guardia Civil, dice que no se puede saber quién es.

Se echa hacia atrás.

—Eso es el episodio dos.

Nadie habla durante cuatro segundos.

—¿Hay algo más en la doce? —dice Clara.

—No.

Luego la de la plataforma dice que le parece muy potente y que le encanta que sea la propia serie la que ponga la objeción.

La abogada dice que hay que revisar dos rótulos y que el nombre de la familia de acogida no puede aparecer ni siquiera tapado.

Clara dice que el bloque del informe hay que meterlo tres minutos antes.

Y Óscar pregunta cuándo.

Cuando se cierra la videollamada, en la sala se quedan Sara y ella.

—Ha ido bien —dice Sara.

—Ha ido bien.

Sara está recogiendo los folios del expediente de acogimiento y los está poniendo en el orden en que estaban. Es una manía suya. Irene ha empezado a agradecerla sin decirlo.

—¿Puedo decirte una cosa?

—Dime.

—Lo de los cuarenta y un segundos. —Sara no levanta la vista de los folios—. Lo has contado tú antes de que lo contara nadie.

—Ya.

—Podías no haberlo contado.

Irene se echa hacia atrás en la silla.

—No, no podía.

—Sí podías —dice Sara Bugallo—. Ese plano no lo ha visto nadie más que nosotros seis. Podías haberlo dejado para el cuatro.

—¿Y?

Sara termina de ordenar los folios, los grapa, y se los pone debajo del brazo.

—Y nada —dice—. Que me ha gustado.

Y se va, y a Irene le queda esa conversación puesta durante todo el trayecto hasta el aparcamiento, sin saber muy bien en qué columna apuntarla.

Le llama a las nueve y veinte de la noche, desde el coche, en el aparcamiento de la productora, con el motor apagado.

—Damián. Soy Irene Bermejo.

—Buenas noches.

—Le llamo porque hoy hemos cerrado el episodio dos y creo que se lo tengo que contar antes de que se emita.

—Usted dirá.

—Hemos podido demostrar, con material, que la condena no se sostenía. El testigo, el registro, el parte del forense. Y hay una grabación de aquella noche, peritada por Criminalística, que dice que no se puede identificar a nadie.

Al otro lado se oye una televisión de fondo. Después se deja de oír, porque alguien la ha quitado o ha cambiado de habitación.

—Va a salir en televisión —dice Irene—. En prime time, un viernes. Que usted no lo hizo.

—Ya.

—Damián, esto es lo que usted lleva quince años esperando.

—No.

Lo dice tranquilo. Ni seco ni brusco. Como se corrige un dato en una reunión.

—El veintiséis de marzo de 2024 —dice— cinco señores del Tribunal Supremo firmaron un papel de sesenta y una páginas que dice exactamente eso.

Lo tengo aquí, en un cajón, con los folios grapados y una goma.

Y el once de abril bajé a Ardal a por unas cosas de mi madre y entré en la ferretería de la plaza, y cuando entré dejaron de hablar.

Una pausa de dos segundos.

—Y ayer también.

Irene tiene las dos manos en el volante de un coche que no ha arrancado.

—Gracias por llamar —dice él, y lo dice de verdad—. Pero yo ya salí, Irene.

Y luego:

—Salir no era lo que hacía falta.