El montaje 12
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Declarar dura veinte minutos y es aburrido, que ya es decir en una profesión que se pasa el día esperando.

Los citan a los dos, a ella y a Adrián Casanova, como testigos del hallazgo. Los pasan por separado. A Irene le toca a las once y diez.

—¿Manipuló usted el objeto?

—No.

—¿Lo manipuló alguna de las personas que estaban con usted?

—No.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque yo dije que nadie lo tocara y porque está grabado.

El letrado de la administración de justicia levanta la vista del teclado por primera vez.

—¿Grabado?

—Grabado en continuidad. Desde antes de que llamáramos al 062 hasta que llegó la pareja del puesto. Cuarenta y un minutos sin corte, con timecode.

—¿Y eso lo puede aportar usted?

—Lo puede aportar la productora, que es la propietaria. Hay que pedirlo por escrito.

Lo escribe. Firma Irene, firma él y le dan una copia.

—Una pregunta más —dice el letrado, cuando ya está guardando—. ¿Por qué estaban ustedes ahí?

—Rodando recursos.

—¿Recursos?

—Planos generales. De paisaje.

—¿Y por qué ahí?

—Porque el embalse está al diecinueve por ciento y se ve el pueblo viejo —dice Irene—. Eso pasa cada quince o veinte años.

El hombre lo escribe también, y lo escribe entero, y es la primera vez que Irene se da cuenta de que en un procedimiento judicial nadie da nada por sabido.

Adrián sale a las once y media con la misma cara con la que entró.

—¿Cómo ha ido?

—Bien. Me han preguntado cuatro veces si la había tocado.

—¿Y qué has dicho?

—Que no. —Se guarda el móvil—. Y luego me han preguntado si estaba seguro, y he dicho que sí, y luego me han preguntado si podía ser que la hubiera movido sin querer al agacharme, y ahí ya me he agobiado.

—¿Y qué has dicho?

—Que no me acuerdo de haberme agachado tanto.

—Eso está bien —dice Irene—. Eso es lo que hay que decir cuando no te acuerdas.

Fuera, en el pasillo, están Amparo y su abogado.

Ramón Escuín tiene la edad de Amparo, un despacho en la calle Blasco con el nombre en la puerta y nada más detrás, y lleva este caso desde 2010. Tiene un abrigo puesto en agosto, doblado sobre el brazo, porque los juzgados de esta provincia son lo único frío de Aragón en verano.

Le explica a Irene tres cosas seguidas mientras esperan, en el tono de quien lleva media vida explicándole lo mismo a gente que preferiría no entenderlo.

Una: que el juzgado ha acordado incoar diligencias por el hallazgo.

Dos: que ha acordado también unir a esas diligencias el efecto número catorce de la causa de 2009 —porque aparece una cámara sin cinta en el lugar de los hechos y en el archivo hay una cinta sin cámara intervenida en el vehículo del condenado, y eso lo cruza un instructor de primer año en cuatro segundos.

Y tres: que lo van a remitir a Criminalística para su volcado.

—¿Cuánto tarda eso? —pregunta Irene.

—Aquí no hay «eso» —dice Escuín—. Aquí hay tres personas en el Área de Investigación de la Comandancia llevando cuarenta asuntos, y este juzgado tiene cuatrocientos expedientes abiertos y dos funcionarias, una de las cuales se jubila en marzo.

Puede tardar tres semanas y puede tardar cinco meses. Si le digo un número, le miento.

—¿Y por qué se mueve ahora?

Escuín se la queda mirando.

—Porque hay una cámara nueva —dice—. Y porque hay una señora que lleva diecisiete años entrando por esa puerta.

Levanta la barbilla hacia el banco corrido del pasillo.

—Aquí no hay conspiraciones, señora Bermejo. Aquí hay una lista. Y lo único que se puede hacer con una lista es no dejar de llamar.

Amparo está sentada en el banco con la carpeta azul de gomas encima de las rodillas. No la abre en toda la mañana. La ha traído por si acaso, como quien lleva paraguas.

—¿Y ahora qué pasa? —le pregunta a Escuín cuando este se sienta a su lado.

—Ahora hay que esperar.

—Eso ya lo hago yo bien.

Irene se sienta al otro lado.

—Amparo, ¿usted sabía que había una cinta?

—Sí.

Lo dice sin pensarlo, como se contesta una cosa que se sabe desde hace mucho.

—Está en la lista de las cosas de la furgoneta —dice—. La catorce. Yo esa lista me la sé, hija, que la he leído ochocientas veces. Guantes, un bidón, una manta, unas botas, un radiocasete, una navaja y una cinta de vídeo.

—¿Y nunca pidió verla?

—Yo he pedido de todo. —Se ajusta la carpeta sobre las rodillas—. Y aquí, cuando pides una cosa que no le importa a nadie, no te dicen que no. Te dicen que sí y luego no pasa.

—¿Y usted qué creía que había en esa cinta?

Amparo se lo piensa.

—Nada —dice—. En 2009 todo el mundo tenía cintas de esas. Yo tengo tres en un cajón, del bautizo del sobrino y de dos comuniones. Nadie las ve.

Se queda mirando el pasillo.

—Lo que pasa —dice— es que en esa lista hay veintiuna cosas y a mí hay veinte que me dan igual.

A las doce y cuarto sale la funcionaria con una bolsa de plástico transparente, precintada, con una etiqueta amarilla pegada por fuera, y la deja encima del mostrador mientras busca en el ordenador el número de la remisión.

Dentro hay una cinta MiniDV.

Es una caja de plástico gris de siete centímetros, con la etiqueta original de la marca en la parte de arriba y, pegada encima, la pegatina de registro de 2009: escrita a bolígrafo azul, con la letra apretada y las cifras pegadas de alguien que aquel día rellenó cuarenta etiquetas seguidas.

Irene se acerca al mostrador.

—Perdone. ¿Esto lleva desde 2009 en una caja?

—Desde el diez de noviembre. —La funcionaria no levanta la vista de la pantalla—. Es la fecha del acta de relación.

—¿Y no consta que la haya visto nadie?

Ahora sí levanta la vista. Baja con la rueda del ratón. Vuelve a subir. Lo hace dos veces.

—Consta que se intervino, que se relacionó y que se archivó con el resto de efectos.

—¿Nada más?

—Nada más. —Suelta el ratón, y lo que dice después ya no lo dice en funcionaria—. Es que si le digo la verdad, sesenta minutos de vídeo de casa, en 2009, con cuarenta mil folios encima de la mesa y un detenido que había firmado… Yo entonces no estaba aquí, pero me lo imagino perfectamente.

—¿Y ahora?

—Ahora va a Criminalística y lo vuelcan. Y cuando esté volcado, se les da copia a las partes.

Escuín, desde el pasillo, sin levantar la voz:

—Que somos nosotros.

La funcionaria coge la bolsa para meterla en un sobre acolchado y, antes de guardarla, se la queda a media altura entre las dos, con la naturalidad de quien enseña un objeto a alguien que lleva media hora mirándolo.

—¿La quiere ver?

Irene mira una caja de plástico gris dentro de una bolsa precintada.

Y tarda en contestar lo que tarda en entender que, cuando la vuelquen, ella va a ser la primera persona del mundo que mire lo que hay dentro.

Vuelven a Ardal en el coche de Escuín porque Amparo no coge la carretera desde 2013.

Van los tres, con el aire acondicionado a tope y la radio puesta muy baja, y en los cuarenta minutos nadie dice nada del efecto catorce.

Se habla de la sequía. Se habla de que este año no hay caza. Escuín cuenta una cosa larguísima sobre un pleito de linderos que lleva desde 2004 y que le va a durar hasta que se muera.

Y a la altura del desvío del mas de Baldomero, Amparo, que va detrás, dice una sola frase.

—Ramón, si eso no es nada, tú me lo dices.

—Te lo digo.

—Que no me entere yo por la tele.

—Amparo. —Escuín la mira por el retrovisor—. Que llevo dieciséis años contándote las cosas antes que a nadie.

—Ya lo sé —dice ella—. Pero es que ahora hay tele.