El montaje 11
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Cincuenta y ocho litros.

Y en la ventana de al lado, el extracto de la libreta de Julia Nadal Soro.

Reintegro en cajero, catorce de agosto, cuatrocientos euros. Saldo restante, ciento doce con veinte.

Y después de esa línea no hay más líneas.

Un depósito lleno del todo no es ir a ninguna parte de esta provincia. Un depósito lleno del todo son seiscientos kilómetros y son cincuenta y cinco euros de 2009, que en un peón eventual es media semana.

Cuatrocientos euros tampoco son nada de aquí. Cuatrocientos euros son un mes de habitación en Zaragoza y los primeros dos billetes de autobús.

Irene se queda un rato largo con las dos ventanas abiertas, una al lado de la otra, mirándolas alternativamente como se miran dos tomas de la misma escena.

Y luego apunta una frase en el índice, en la columna de temas, que dice:

los dos se estaban yendo la misma noche.

Le da rabia lo bien que suena.

Le da rabia porque las frases que suenan bien a la primera son las que hay que mirar dos veces, y porque lleva veinte años enseñándoselo a otros, y porque sabe que en el minuto cuarenta del episodio tres esa frase se dice sola y no hay que pagarle a nadie por escribirla.

La orquesta se llama Nueva Alaska y empieza a las once y media.

Es la misma que en 2009. Lo ha comprobado Quino, porque se lo pidió Clara, llamando a la comisión de fiestas y preguntándolo como quien pregunta otra cosa.

Y esa línea — la misma orquesta que aquella noche — está en la escaleta del episodio uno desde julio y en la hoja de llamada de esta noche ocupa un renglón que dice ambiente verbena, unidad A, 23:00 a 01:30 .

En Ardal no hay minuto de silencio.

Diecisiete años son muchos años, las fiestas son las fiestas, y la comisión ha puesto los hinchables en el frontón. Hay una barra de la peña, hay otra del bar y hay una churrería de Alcañiz que ha subido con la furgoneta.

Un hombre le cuenta a Irene, mientras hacen los dos cola en la barra, que el primer año sí hubo misa por la chica.

—Y el segundo también —dice—. Y el tercero ya la juntaron con la de los difuntos del año. Y luego eso se fue quitando solo, ¿sabe usted? Nadie dijo de quitarlo. Se quitó.

Amparo no baja.

Se lo ha dicho a mediodía, fregando, sin darle importancia y sin que Irene le preguntara: que ella el quince no baja, que lo tiene hablado consigo misma desde hace años y que no es por nada, que es que no.

—¿Y el dieciséis?

—El dieciséis bajo a por el pan como todos los días —ha dicho Amparo—. Que el dieciséis ya está.

La unidad A rueda ambiente desde las once.

Es un trabajo ingrato y Irene lo sabe porque lo ha montado veinte veces: hay que sacar tres horas de plaza para poder usar cuarenta segundos, y la mitad de lo que se rueda no vale porque sale gente mirando a cámara.

El operador trabaja con el estabilizador y va despacio, y a la media hora ya nadie le hace caso.

Irene se pone en el escalón del ayuntamiento, desde donde se ve todo, y hace su trabajo, que esta noche consiste en mirar y en apuntar en el móvil qué hay que rodar mañana.

Apunta la churrería, por el vapor.

Apunta a dos mujeres de setenta años sentadas en el banco corrido de piedra que llevan ahí desde las once y que no se han movido.

Apunta a un crío de cuatro años dormido encima de un padre, de pie, con la música a ciento diez decibelios.

Apunta el frontón con los hinchables apagados y los críos ya fuera, porque a las doce los apagan, y apunta que ese plano hay que rodarlo mañana a las nueve de la mañana con los hinchables desinflados y la plaza llena de vasos.

Y apunta, sin ponerle nombre, que en tres horas nadie ha dicho el nombre de Julia Nadal Soro delante de ella.

Ni una vez.

Se dice de otras maneras. Un hombre le pregunta a otro si «este año va a bajar la Amparo».

Una mujer, en la barra, dice «pobrecica» de la nada, en mitad de una frase sobre otra cosa.

Y hay dos chicas de veinte años, en la esquina de la iglesia, que están hablando del documental, y a Irene le llegan tres palabras.

—…que sale hasta la orquesta.

A las doce menos veinte, Irene ve a Damián Fuertes en la barra de la peña.

Está apoyado con el codo, con una caña, hablando con dos hombres de su edad. Uno de los dos le dice algo, se ríen los tres, y al irse le da una palmada en el hombro.

Irene espera a que se quede solo.

Espera seis minutos, lo que se tarda en pedir y en que te sirvan.

—Buenas noches.

—Buenas noches —dice él—. ¿Le han dejado venir a trabajar en fiestas?

—Vengo a trabajar, sí.

—Pues está muy mal pagado. —Levanta el vaso dos centímetros—. Le van a cobrar dos euros y medio la caña y encima no es de aquí la cerveza.

Irene pide una. Se apoya al lado de él, en la barra, mirando hacia la plaza como mira todo el mundo, que es la única postura desde la que se puede hablar de algo serio en una verbena: los dos de frente al escenario y ninguno mirando al otro.

—Damián.

—Dígame.

—El quince de agosto de 2009, a las once y cuarenta de la noche, usted echó cincuenta y ocho litros de gasóleo en la furgoneta. En la gasolinera del ochenta y siete. Pagó en efectivo.

Damián no se mueve.

—El día antes, Julia había sacado cuatrocientos euros de su libreta. Y después de ese reintegro la libreta no se vuelve a mover.

La orquesta arranca una canción que todo el mundo se sabe y hay una fila de gente que se coge de los hombros.

—Yo lo que creo —dice Irene— es que ustedes dos se iban esa noche. Los dos. Que usted la iba a llevar a algún sitio y que ella tenía el dinero para llegar.

Y lo dice todo seguido, sin cortarse, sin dejar hueco.

Porque lo lleva pensando desde las seis de la tarde y porque son las dos cosas a la vez, y las dos cosas están en la misma frase: que si eso es verdad, este hombre pasó quince años en la cárcel por ayudar a una chica a escaparse de un pueblo; y que si eso es verdad, ella tiene el giro del episodio tres y no va a haber una sola persona en este país que apague la televisión un viernes por la noche.

Ha aprendido a decir las dos juntas y que no se le note cuál pesa más.

Damián mira el escenario.

—Hace un calor de mil demonios —dice.

Irene espera.

—Estos —dice él, con la barbilla hacia la orquesta— ya tocaban cuando yo trabajaba en la presa. La misma señora de rojo. Igual no es la misma, ¿eh, que yo eso no lo puedo asegurar. Pero es igual de alta.

Y sigue.

Habla del calor, que es verdad. Habla de la orquesta y de que en los ochenta tocaban con dos teclados y ahora con cuatro, que también es verdad.

Habla de que la caña cuesta dos euros y medio y de que en Alcañiz cuesta dos veinte, y de que la diferencia se la queda la comisión de fiestas, y de que eso está bien porque los hinchables los paga alguien.

Habla once minutos.

Y en once minutos no dice ni una sola cosa que no sea cierta.

No niega. No dice que no. No dice que sí. No dice que de eso no puede hablar, ni que hace mucho tiempo, ni que ella no lo entendería, ni que hay cosas que es mejor no remover.

Habla del precio de la cerveza.

A las doce y veinticinco, un chaval de unos quince años pasa por detrás y le da un golpe sin querer, y Damián se aparta y le dice «tranquilo, hombre», y el chaval no sabe quién es y sigue.

A las doce y media deja el vaso en la barra, boca abajo.

—Yo me voy antes de la traca —dice—. Que suena mucho.

—Buenas noches, Damián.

—Buenas noches. —Se sube la manga del reloj para mirar la hora, aunque tiene el móvil en la otra mano—. Y no se quede en el medio de la plaza, que aquí tiran de todo y no avisan.

Damián se va antes de la traca, como todos los años.

Irene se queda con las dos manos ocupadas —la caña en una y el móvil en la otra— y sin ninguna respuesta.

La traca son cuatro minutos y suena a las doce y cuarenta.

Irene la ve desde el mismo escalón, con las dos manos en los bolsillos, y a los dos minutos se da cuenta de que el operador ha dejado de rodar y está mirando los fuegos como todo el mundo, y no le dice nada.

Sube a la calle Baja a la una y veinte.

Hay luz en la cocina.

Amparo está sentada a la mesa con una bata encima del camisón, la tele puesta sin volumen y una revista de esas de pasatiempos abierta por la mitad y sin empezar.

—¿Ha estado bien? —pregunta.

—Ha estado bien.

—¿Han venido muchos?

—Bastantes.

—¿Y la orquesta?

Irene se sienta enfrente.

—La orquesta muy bien.

Amparo mueve la cabeza dos veces, despacio, mirando la revista.

—Es que tocan bien, ¿eh? —dice—. Eso hay que decirlo. Tocan muy bien.

Se quedan las dos calladas un minuto entero.

—Anda, vete a dormir —dice Amparo—, que mañana tenéis que grabar los hinchables.

—¿Cómo sabe usted lo de los hinchables?

—Porque me lo ha dicho la chica de la coleta esta tarde —dice Amparo—. Aquí se sabe todo, hija. Ya te lo dijo Quino el primer día.