El montaje 9
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La cola está seca desde el puente hasta donde estuvo la era.

Diecinueve por ciento de volumen, que no es diecinueve por ciento de profundidad: el vaso de un embalse guarda el agua abajo, junto al muro, y lo que se queda en pelotas cuando baja el nivel es la cola.

Ahí, contra la presa, siguen quedando treinta metros que no se van a mover este verano ni el que viene.

Aquí arriba hay ochocientos metros de barro cuarteado en placas de un palmo, cuatro tocones de chopo y las paredes de Ardal Viejo hasta la altura de la cintura.

La iglesia se conserva mejor que las casas porque tenía sillar y las casas eran de adobe. El cementerio se distingue por el muro, que hace un rectángulo perfecto. Y la carretera vieja se ve entera, con su pretil de piedra, subiendo en diagonal desde donde estuvo el pueblo hasta el mirador.

Están rodando recursos desde las siete de la mañana, antes de que apriete, con la unidad B: dos cámaras, sonido, Chema, Quino y un auxiliar de veintitrés años que se llama Adrián.

A las nueve menos cuarto llega Ovidio, que ha subido andando desde el pueblo con una gorra y una botella de agua, y se queda mirando.

—Ahí vivía mi madre —dice, y señala un rectángulo de barro.

Lo dice como quien da una dirección.

Irene le pide permiso para grabarlo y él dice que bueno, y contesta cuatro preguntas mirando al barro y no a la cámara, y en la cuarta dice una cosa que ella se apunta para el episodio uno:

—Nos dieron una casa arriba y era mejor casa. Eso yo no lo puedo negar. Lo que pasa es que la de abajo era la mía.

A las nueve y veinte, Adrián levanta la mano.

—¡Chema!

Está a cuarenta metros, en la pendiente que baja del pretil del mirador hacia lo que fue la orilla, agachado, con las manos en las rodillas y sin tocar nada.

Eso es lo primero que Irene le agradece.

Es una cámara de vídeo.

Está de lado, medio metida en el limo, con la carcasa gris y el visor abatible abierto y colgando. Al lado hay algo negro y reventado que a un metro parece una piedra y a dos pasos es una funda de neopreno rota por la costura.

Es una MiniDV de las de 2005 o 2006. Se le ve la correa de muñeca, todavía enganchada, en un ángulo raro.

Se hace un silencio de ocho personas que no saben qué hacer y que miran al de al lado.

Irene sabe qué hacer.

Y sabe la otra cosa. Y las dos le llegan en el mismo segundo, con medio segundo de diferencia entre una y otra, y en el orden malo.

—Nadie la toca —dice—. Adrián, sube. Chema, ¿cuánto llevamos de tarjeta?

—Cuarenta minutos.

—Vale. No cortes.

—¿Cómo que no corte?

—Que no cortes —dice Irene, y ahora habla deprisa—. Ni para cambiar de plano, ni para recolocar, ni para nada. Lo que hagamos a partir de ahora se rueda entero y sin corte, desde aquí arriba, y nadie baja de esta línea. Quino, llama al 062. Y llámalo en alto y delante de la cámara.

Quino se saca el móvil del bolsillo del pantalón.

—¿En alto?

—En alto.

Quino llama.

Da las coordenadas dos veces porque en el 062 se las hacen repetir. Se le oye decir el nombre del pueblo, y luego «Ardal Viejo, en la cola, debajo del mirador de la carretera vieja», y luego «una cámara de vídeo, de las antiguas», y luego, dos veces, «no, no la hemos tocado, no la ha tocado nadie».

Cuarenta y un minutos de plano continuo, sin un corte, con un objeto que puede ser una prueba y ocho personas haciendo lo que hay que hacer.

Eso se monta solo.

Y se monta precisamente porque no han hecho nada mal.

Esperar es lo que más se hace en un rodaje y hoy se hace en una pendiente de barro a treinta y ocho grados.

La pareja del puesto tarda una hora. Les dicen por teléfono que no se muevan de donde están y que no dejen acercarse a nadie, y les preguntan dos veces si están seguros de que no lo ha tocado ninguno.

Chema hace lo que hace un jefe de producción, que es pensar en lo que va a costar esto.

—Hoy no rodamos nada más.

—No.

—Y mañana tampoco, si esto se llena de gente.

Manda a Quino al pueblo a por agua y a por gorras, y a los veinte minutos manda a alguien detrás de Quino porque Quino no va a volver: en Ardal, un hombre que baja del embalse a las diez de la mañana con una noticia no llega al bar sin contarla tres veces.

Adrián se ha sentado en una piedra, un poco apartado.

—¿Estás bien? —le dice Irene.

—Sí, sí.

—¿Seguro?

—Es que la he visto y he pensado que era… —Se para—. No sé lo que he pensado.

—Has pensado que era ella.

—Sí.

Irene se sienta a su lado en el barro seco, con los codos en las rodillas.

—Y luego te ha dado alivio.

Adrián no contesta.

—A mí también —dice Irene—. Eso no lo cuentes en el bar y ya está.

A las diez menos cuarto aparece Amparo Soro por lo alto de la pendiente.

Nadie la ha llamado. En un pueblo de seiscientos diez habitantes, una llamada al 062 desde la cola del embalse tarda once minutos en llegar a la calle Baja.

Sube por el camino de las eras con el delantal puesto y unas zapatillas de casa, y se para arriba, en el pretil, porque abajo hay una cinta que todavía no existe y que todo el mundo está respetando igual.

Irene sube.

—¿Es ella?

—No.

—¿Es ella, Irene?

—No —dice Irene—. Es una cámara de vídeo. Una cámara pequeña, de las de antes. No hay nada más. Nada.

Amparo mira hacia abajo. Los cuarenta metros de barro, las ocho personas quietas, el chico agachado que ya se ha subido y que está de pie con las manos en los bolsillos sin saber dónde ponerse.

Tarda un rato largo en soltar el aire.

—Ya —dice—. Perdona.

Y se queda.

Se queda de pie en el pretil las dos horas y media siguientes, con el delantal, sin sentarse ni una vez, mientras llega la pareja del puesto de Ardal a las diez y veinte, y luego el coche de la Compañía a las once y cuarto, y luego, a la una y diez, el equipo de Policía Judicial de la Comandancia de Teruel con dos maletines y una caja de guantes.

Irene se queda cerca de ella y no le dice nada más, porque no hay nada que decir.

Y a los diez minutos se descubre calculando desde dónde se rodaría a una mujer de sesenta y seis años de pie en un pretil, con un delantal, mirando a ocho personas trabajar en un barro. Contrapicado desde media pendiente, con el pueblo nuevo al fondo y un poco desenfocado. Seis segundos.

No lo dice. No se lo pide a nadie.

Y se queda con eso puesto el resto de la mañana, como quien anda con una piedra dentro del zapato y no para a quitársela porque hay gente delante.

El levantamiento lo hacen un cabo primero y un guardia, con guantes, y tardan cincuenta minutos en una cosa que a ojo parece de cinco.

Fotografían la posición desde cuatro ángulos con un jalón numerado al lado.

Miden la distancia al pretil y a la línea de agua actual.

Toman una muestra del limo. Levantan el objeto con las dos manos, lo meten en una bolsa, la precintan, escriben en la etiqueta y rellenan un acta que firma el cabo y firma Adrián como hallador.

El sargento se acerca al final con el formulario.

—¿Quién la ha visto?

—Yo —dice Adrián.

—Nombre y apellidos.

—Adrián Casanova Ferrer.

—¿Hora?

—Las nueve y veinte.

—¿Y ustedes qué son?

—Un equipo de documental —dice Chema.

—¿Y qué documental?

Quino abre la boca.

Irene lo mira y Quino la cierra.

—Sobre la desaparición de Julia Nadal Soro —dice Irene—. En 2009.

El sargento levanta la vista del formulario. La mira dos segundos enteros y no dice nada de todas las cosas que podría decir. Baja la vista otra vez y escribe.

Luego se agacha sobre la bolsa, la levanta a contraluz y le da la vuelta con el guante puesto, buscando con el pulgar la tapa del compartimento del lateral.

La abre.

—No tiene cinta —dice, en alto, para el acta.

Y a Irene le entra una alegría que tarda un segundo entero en disimular.