El montaje 8
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La reunión de producción de los jueves empieza a las nueve y dura una hora, y es el único momento de la semana en el que todo el mundo dice en voz alta lo que va a costar lo que quiere.

Están los siete de base más Clara, que ha bajado ayer, y Chema Aranda, que ha vuelto de Sabiñánigo esta madrugada y tiene la gorra puesta dentro del local.

Primer punto. El permiso del ayuntamiento para rodar en el frontón durante las fiestas. Concedido, con dos condiciones —no plantar antes de las seis de la tarde y no ocupar la zona de los hinchables— y una tasa de ciento veinte euros que Chema apunta en el cuadriculado y subraya dos veces.

Segundo punto. El catering. Se ha quejado, con razón, de que hay demasiada gente que avisa a las once de que no come.

—Y no es por el dinero —dice Chema—. Es que la señora hace las bandejas a las nueve.

Hay tres personas que miran al techo, y una de las tres es Quino.

Tercer punto. La declaración de la señora del estanco, que ha llamado esta mañana para decir que sí pero que no en su casa.

—¿Y dónde?

—En casa de su hija, en Alcañiz —dice Vero—. Dice que aquí la ve todo el mundo entrar y salir.

—Anota que hay que ver la casa antes —dice Clara—. Si es un piso con gotelé y un mueble bar, no.

—Es un piso con gotelé y un mueble bar. Ya he estado.

—Pues busca otra cosa.

Cuarto punto. El dron.

—El dron lo tenemos alquilado tres días y llevamos dos sin volar por el viento —dice Chema—. Si el jueves hace cierzo otra vez, lo devuelvo y lo pedimos en septiembre.

—El plano del embalse lo quiero con dron —dice Clara.

—El plano del embalse en septiembre estará mejor, que habrá bajado más.

—El plano del embalse lo quiero con dron —repite Clara, sin subir la voz.

Chema apunta.

Quinto punto. Dos furgonetas para el mismo día.

—A ver —dice Chema—. Sabiñánigo son tres horas y media. Tres y media de ida. Eso es un día entero, un coche, un conductor, dos dietas y una plaza que no está en la hoja. Y ahora dime otra vez quién va.

—Voy yo —dice Irene.

Chema deja el boli encima del cuaderno cuadriculado.

—Tú.

—Yo.

—A ver, Irene. —Se echa hacia atrás—. Que llevo treinta años en esto y no he visto a un montador en una localización que no sea el pasillo de su propia sala.

A una localización va dirección. Va guion.

Va documentación, si hay que rebuscar en un archivo.

Y si hay que hablar con un testigo antes de sentarlo, va Clara, o va Sara, o vais las dos y os lleva Quino, que es lo que hemos hecho catorce veces desde julio.

Hay dos personas en la mesa que han dejado de mirar el móvil.

Es un roce de escalafón y los dos lo saben. Un jefe de producción no le discute a la supervisora de montaje qué hace con su tiempo; lo que le discute es que su tiempo cuesta doscientos euros al día y una plaza en un papel que firma él.

—El chico del testimonio tenía dieciséis años en 2009 —dice Irene—. Su declaración es la mitad de la condena. Yo tengo que sentarlo delante de una cámara en septiembre y, antes de eso, necesito saber si lo que dijo entonces se corresponde con lo que hay en el material.

—Eso te lo puede comprobar Sara.

—Sara me puede comprobar los papeles. Los papeles ya me los he comprobado yo.

—¿Entonces?

—Entonces necesito verle la cara cuando le pregunte una cosa —dice Irene—. Y eso, si se lo pregunta un director con dos focos detrás y un contrato de cesión encima de la mesa, no me lo contesta igual.

Chema la mira tres segundos.

—Eso es trabajo de campo.

—Eso es verificación de material.

—Eso —dice Chema— es una frase.

Y es una frase.

Es una frase buenísima, además. Verificación de material: comprobar que el plano se corresponde con el testimonio, comprobar que la localización es la que dice el entrevistado, pedir pickups si no cuadra. Existe, se hace, está recogido en el convenio y a nadie le extraña.

También es verdad que en veinte años Irene la ha usado cuatro veces.

Y que en este proyecto lleva tres semanas y va por la segunda.

—Y hay otra cosa —dice Chema, bajando la voz un punto—. Que si tú vas a Sabiñánigo a hablar con un testigo del sumario y ese testigo luego se raja, el que se come el marrón con la Comandancia soy yo, que es el que firma la hoja.

—Eso es verdad —dice Irene.

—Pues eso.

—Que vaya —dice Clara desde el fondo, sin levantar la vista de la pantalla.

—Clara, es un día de coche y dos dietas y…

—Que vaya, Chema. Ponlo en la unidad B y me lo firmas a mí.

Nueve segundos.

Chema Aranda levanta las dos manos con el boli en una, escribe algo en el cuadriculado, y pasa al seguro de responsabilidad civil del dron.

Irene vuelve a su mesa.

Y al salir, cuando pasan los dos por la puerta a la vez y hay que ceder el paso, Chema se lo dice sin acritud ninguna, casi con cariño, con la gorra ya puesta para la calle:

—Tú monta. Es lo que se te da bien.

Clara la alcanza en la calle.

—No te lo tomes a mal.

—No me lo tomo a mal. Tiene razón.

—Tiene razón en lo de la hoja —dice Clara—. En lo otro no.

Caminan hasta la esquina. Hace treinta y cuatro grados a las diez de la mañana y las dos van por la sombra de la pared. Sesenta centímetros.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dice Irene.

—Claro.

—¿Por qué me has apoyado?

Clara se para.

—Porque quiero que vayas.

—Ya, pero por qué.

—Porque el material que traes tú de una localización no lo trae nadie —dice Clara—. Yo he estado en veinte rodajes y sé lo que pasa cuando va el director: que la gente le cuenta al director lo que el director quiere oír, porque el director es el que decide si sales o no sales.

—¿Y a mí no?

—A ti te cuentan otra cosa.

—¿Por qué?

Clara se echa el pelo hacia atrás y mira la calle vacía.

—Porque tú no eres nadie —dice—. Eres la señora que va detrás. Y eso, en un pueblo, vale un dineral.

Y se ríe, y se va a la furgoneta.