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Cuarenta mil folios son veintiuna cajas de archivo definitivo, dos carros metálicos y una mesa de cuatro metros debajo de un fluorescente que zumba a cincuenta hercios y que Vero ha grabado veinte minutos por si hace falta para el sonido de sala.
Irene no lee.
Leer cuarenta mil folios es imposible y además es un error de método. En una sala de montaje nadie ve las trescientas horas de bruto: se leen las transcripciones y se marcan los puntos de entrada, y luego se va a la imagen a comprobar. Un sumario es lo mismo con peor tipografía y sin timecode .
Así que hace con el sumario lo que haría con el bruto.
Lo indexa.
Cuatro columnas en la pantalla del portátil. Tema. Folio. Fecha. Quién habla. Y una quinta a la derecha, más estrecha, que se llama descartes y donde va todo lo que no sirve para la pregunta que tiene abierta, que estos días es una sola: qué sostiene la condena de Damián Fuertes Blasco.
Es un paper edit y es lo que Irene lleva veinte años haciendo antes de tocar una imagen.
Funciona así: se lee todo una vez sin decidir nada. Se marca cada trozo con una palabra —confesión, furgoneta, testigo, cronología, fibras—. Y luego se ordena la lista, no el material, y cuando la lista funciona se va a buscar los trozos.
Lo importante, y esto Irene lo dice en todas las clases que ha dado, es que la columna de descartes no es la papelera. Es una lista.
Todo lo que no sirve para una pregunta sirve para otra. Lo que pasa es que uno no tiene la otra pregunta todavía.
A las once de la mañana lleva la caja uno y la dos.
Sara Bugallo trabaja enfrente, en la otra punta de la mesa de cuatro metros, con guantes de algodón que ha traído ella y que nadie le ha pedido que traiga, y con una libreta.
—Los guantes no hacen falta —dice Irene—. Esto es papel de 2009.
—Ya. —Sara no levanta la vista—. Es que si me los quito, toco.
A las doce y cuarto, Sara dice la primera cosa de la mañana.
—Aquí hay un problema de foliado.
—¿Dónde?
—En la caja cuatro. Del ochocientos diez al ochocientos veinte hay un salto y luego vuelve. —Le pasa dos folios—. No es que falte: es que está grapado un anexo entero después, al final de la caja. Alguien lo desgrapó y lo volvió a grapar mal.
—¿Eso es raro?
—Eso es lo normal —dice Sara—. En un sumario de este tamaño hay siempre tres o cuatro. Lo digo para que lo sepas antes de contar folios.
A la una y media llevan hasta la caja cinco y han comido un bocadillo de pie en el pasillo, delante de una máquina que no da cambio.
—¿Tú por qué te metiste en esto? —pregunta Irene, con el bocadillo en la mano.
Sara mastica.
—Porque se me da bien buscar.
—Eso no es un porqué.
—Ya lo sé —dice Sara Bugallo, y tira el papel de plata a la papelera—. ¿Volvemos?
A las cuatro y veinte llegan a la caja siete.
En la caja siete está el índice de efectos.
RELACIÓN DE EFECTOS INTERVENIDOS Diligencias previas 412/2009 — Juzgado de Instrucción n.º 1 de Alcañiz
Teléfono móvil, marca Nokia, mod. 3110, con tarjeta SIM. No localizado. Se libra oficio a la operadora; ver folio 407.
Agenda escolar, tapas azules, curso 2007/2008.
Prenda inferior tipo falda, tejido vaquero, del armario del domicilio, aportada por la familia para toma de referencia olfativa.
Par de guantes de trabajo, talla 9, intervenidos en el vehículo Citroën Jumper matrícula …
Bidón de plástico, 5 l, vacío, intervenido en el vehículo.
Manta de cuadros, con manchas, intervenida en el vehículo. (Remitida a laboratorio; ver folio 640.)
Dos tickets de estación de servicio. (Ver folio 199.)
Documentación del vehículo.
Libreta de ahorro a nombre de la desaparecida. (Ver folio 214.)
Cargador de teléfono.
Navaja tipo multiusos, hoja 6 cm, intervenida en la guantera.
Casco de motocicleta, sin marca visible.
Tres llaves en anilla metálica.
Cinta de vídeo doméstica, sin interés. Intervenida en el vehículo.
Radiocasete portátil.
Botella de vidrio, 1 l, con restos de líquido. (Remitida a laboratorio; ver folio 640.)
Chaqueta de trabajo, color claro, talla L, intervenida en el vehículo.
Par de botas de seguridad, talla 43.
Cuerda de nailon, 4 m.
Recibo de alquiler del mes de julio de 2009.
Ejemplar del diario Heraldo de Aragón, 14 de agosto de 2009.
Debajo, la firma del secretario y la fecha: diez de noviembre de 2009.
Irene hace lo que hay que hacer con una lista, que es buscar el rastro de cada entrada en el resto del expediente.
La seis y la dieciséis fueron a laboratorio y hay informe, folio 640, y el informe dice que la manta tiene manchas de aceite de motor y que la botella tenía vino.
La siete está citada en el atestado y en la sentencia.
La nueve la usó la fiscalía en el informe final.
La diecisiete tiene una anotación en el margen, de otra mano y de otro año: «se acuerda su devolución al propietario» , con fecha de marzo de 2010.
La cuatro, la cinco, la doce, la trece, la quince y la dieciocho no vuelven a aparecer. En un vehículo de un peón de obra hay guantes, un bidón y unas botas, y eso no cuenta nada.
Y la catorce no tiene nada.
Ni informe. Ni acta de visionado. Ni referencia en el atestado. Ni una línea en la sentencia. Ni una diligencia de las de «se acuerda unir». Veintiuna entradas, y una de ellas se acaba en sí misma.
Irene se levanta, va al mostrador y espera a que la funcionaria termine con un procurador.
Tiene su edad, más o menos, y una paciencia entrenada de veinte años de decirle que no a gente que viene de lejos.
—Perdone. ¿Se puede sacar un efecto para verlo?
—¿De qué causa?
—Cuatrocientos doce del nueve. Alcañiz.
La funcionaria teclea. Mira. Vuelve a mirar.
—Esa está firme.
—Ya.
—Efectos de causa con sentencia firme no se sacan.
—¿Ni para ver? No hace falta tocarlo. Es una cinta de vídeo, con que alguien la ponga y me deje mirar la pantalla…
—Necesita usted autorización del juzgado —dice la funcionaria—. Y el juzgado no se la va a dar para un documental, se lo digo yo que llevo aquí desde el noventa y ocho.
—¿Y si lo pide el abogado de la familia?
—Que lo pida. —Se encoge un poco de hombros, y lo siguiente lo dice más bajo—. Si hubiera causa abierta sería otra cosa. Con causa abierta se mueve todo. Pero es que esta está muerta, señora.
Irene le da las gracias.
—Oiga —dice la funcionaria, cuando ya se va—. ¿Es la del pueblo del pantano?
—Sí.
—Mi hermana vivía en Calanda. —Vuelve a la pantalla—. Aquel verano no se hablaba de otra cosa.
—¿Se acuerda?
—Me acuerdo de la foto. La de la piscina. —Sigue tecleando—. Esa foto salía en todas partes. En el Heraldo, en la tele, en un cartel que pusieron en la gasolinera.
—¿Y de él?
—De él me acuerdo de que era de fuera. —Levanta la vista un segundo—. Eso era lo primero que decía todo el mundo. No decían el nombre. Decían «el de fuera».
Vuelve a la mesa.
Sara ha terminado la caja seis y está haciendo una cosa que no le ha pedido nadie, que es una tabla de a quién se cita en cada folio y cuántas veces.
—¿Y eso para qué es?
—Para saber quién es el que más aparece.
—¿Y quién es?
Sara gira el portátil.
—Damián Fuertes, cuatrocientas once veces. La madre, ciento noventa. El testigo, ochenta y siete.
—¿Y Julia?
Sara mira la pantalla y luego a ella.
—Cuarenta y cuatro —dice—. Y de esas, treinta y una son «la desaparecida».
A las siete menos cuarto, en la caja nueve, entre dos informes de Policía Judicial sobre triangulación de antenas, hay una nota de la Confederación Hidrográfica del Ebro.
Es papel de fax, con el membrete torcido y el texto un poco borrado por abajo. Va dirigida al puesto de la Guardia Civil de Ardal y contesta a una solicitud del once de septiembre.
Maniobras de desembalse por desagüe de fondo en el embalse de Ardal, del 12 al 19 de agosto de 2009, con los caudales de cada día en una tabla de ocho filas y dos columnas.
Irene la fotografía con el móvil porque le parece color.
Un embalse soltando agua por debajo mientras arriba hay una verbena queda muy bien en un episodio uno, y además explica por qué en agosto de 2009 el nivel bajó dos metros en una semana.
A las ocho recoge y firma la salida.
Diecisiete años, veintiuna entradas y ni una sola diligencia de visionado.
Lo apunta en la columna de descartes.