El montaje 6
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El stringout del episodio uno dura cuatro horas y doce minutos y no sirve absolutamente para nada, que es lo que tiene que hacer un stringout : ponerte en fila todo lo que tienes para que veas la forma.

Irene lo mira entero por segunda vez.

Hace treinta y un grados a las siete de la tarde.

Y lo que ve, a la segunda pasada, no es la forma del episodio.

Lo que ve es que le llega demasiado a tiempo.

Lo apunta, porque lo apunta todo.

El lunes pidió la caja doce del sumario, la de las diligencias de la segunda quincena de agosto. El martes por la mañana estaba escaneada en el servidor, con OCR, buscable, ochocientas cuarenta imágenes.

El testigo de la hoguera se puso malo el jueves de la semana pasada y estaba en la agenda otra vez el martes, que es el día exacto en que ella terminó el bloque en el que hacía falta.

El material que le llegó etiquetado como descarte semana 1 contiene el mejor plano que tiene esta serie: un travelling de la calle Baja desde el coche, a las ocho de la mañana, con la luz pegada a las fachadas. Y los descartes no suelen contener el mejor plano de nada.

La transcripción de la entrevista con la Pilarín le llegó el mismo día en que la rodaron, y eso no pasa nunca: las transcripciones tardan tres días porque las hace una empresa de Valencia por horas.

Y hay una quinta cosa, y es la que le hace parar la reproducción con la barra espaciadora.

Las cajas del sumario no están escaneadas por orden.

No van de la uno a la veintiuna. No van por fecha ni por número de folio ni por estado de conservación, que son los tres criterios que usa un archivo cuando digitaliza. La doce va antes que la tres. La diecisiete va antes que la ocho.

Van en el orden en que a ella le han hecho falta.

Irene lleva veinte años cobrando por detectar eso. Es literalmente lo único que sabe hacer: mirar una sucesión de cosas y decir quién la ha puesto así.

Convoca a las siete.

La videollamada tiene tres cuadros.

Óscar en su despacho de Madrid con la persiana bajada y una lámpara encendida al lado. Clara en un coche, aparcada en algún sitio, con el motor apagado y el cinturón todavía puesto. Irene con la cortina negra detrás y un ventilador que sale de cuadro y se oye.

Lo dice bien.

Lo dice como se dicen estas cosas cuando una es la supervisora de montaje y no quiere hacer el ridículo: los cuatro hechos primero, ordenados, con fechas y sin acusar a nadie por su nombre.

Y luego, porque hay que ponerla, pone la conclusión.

—Alguien está decidiendo el orden en que yo veo las cosas. Y yo con eso no puedo trabajar.

Óscar no contesta enseguida. Se quita las gafas, las deja encima de la mesa, se pasa la mano por la cara de arriba abajo.

—¿Alguien quién? —dice.

—No lo sé. La plataforma. Vosotros. Alguien que ha decidido que esta serie tiene una forma antes de que la tenga.

—Vale —dice Óscar—. Vamos por partes.

Lo que sigue dura once minutos y no es una discusión.

Es peor: es una explicación.

Las cajas. Las cajas del sumario no las ha escaneado la productora.

Las escaneó el abogado de Amparo Soro en 2019, pagándolo de su bolsillo, en el orden en que su clienta se las iba pidiendo —que es el orden en que le interesaban a una madre y no el orden en que están en el archivo—.

Producción compró la copia en abril. Óscar comparte pantalla: está la factura, están los dos correos y está el contrato de cesión firmado por la señora Soro con su letra grande.

—Y si quieres —dice— llamamos a Escuín ahora y te lo cuenta él.

—No hace falta.

El testigo. Se puso malo porque tiene setenta y ocho años y una infección de orina, y consta el parte médico en producción porque hubo que reprogramar una jornada y las reprogramaciones cuestan dinero y todo lo que cuesta dinero se justifica.

El descarte. El operador rodó ocho minutos de aquel travelling y siete y medio no valen porque entró un coche por la derecha. Cuando de un rollo de ocho minutos hay treinta segundos buenos, el rollo entero se etiqueta como descarte y se marca el tramo. Así se hace en todas partes.

La transcripción. La de la Pilarín la hizo Sara Bugallo esa misma noche, a mano, porque la empresa de Valencia cerraba por vacaciones dos semanas y había que seguir.

—Eso está en un correo del veintinueve de junio —dice Óscar—. Te lo reenvío.

—No hace falta.

—Te lo reenvío igual.

—Y de la plataforma —termina Óscar— no ha entrado un correo en cuatro meses que no sea para preguntar cuándo.

Irene mira los cuatro hechos que traía.

Se le caen de uno en uno, en el orden en que los ha puesto.

—Vale —dice.

—Irene. —Clara, desde el coche, muy suave—. Que es normal, ¿eh?

—Ya.

—Que vienes de donde vienes. Es normal que veas cosas.

Y ahí está.

No hay maldad ninguna.

Clara lo dice para protegerla, delante del productor, para cerrar el asunto de la manera que menos le cueste a Irene.

Y significa lo que significa: que a partir de ahora, en esta producción, cuando Irene Bermejo señale un patrón, en la habitación va a haber alguien pensando en un profesor de Lugo.

—Perdona —dice Irene—. Llevo doce años buscando la mano de alguien detrás de las cosas.

—Se te pasará —dice Óscar, y mira la fecha de entrega.

Cuando cuelgan, Irene se queda sentada tres minutos con las manos en las rodillas.

Luego se levanta, va al mostrador de la antigua caja de ahorros, coge el vaso de plástico del café de la mañana, lo tira, y vuelve.

Abre el índice. Va a la columna de la derecha, la de las cosas raras, donde tiene apuntadas desde el seis de julio catorce entradas con su fecha y su hora.

Las lee.

Y las deja donde están, que no es lo mismo que borrarlas, pero se le parece bastante.

Vero entra a las nueve menos veinte con dos cervezas y un plato de patatas del bar de arriba.

—Te traigo esto porque no has comido.

—He comido.

—Has comido a las dos un bocadillo que te dio Quino y que se le había caído. —Deja el plato encima del mostrador de la caja de ahorros—. Te he visto.

Se sientan las dos en el mostrador, que tiene la altura justa para sentarse encima si no te importa la dignidad.

—¿Ha ido mal la reunión?

—No.

—Es que Óscar ha llamado luego a Chema.

Irene coge una patata.

—¿Y qué le ha dicho?

—Nada. Que si vamos bien de días. —Vero se aprieta la coleta—. Óscar solo pregunta eso. Yo llevo tres series con él y no le he oído preguntar otra cosa en la vida.

Irene se ríe medio segundo.

—¿Y tú qué le contestas?

—Yo le digo un número —dice Vero—. Da igual cuál. Él lo apunta.

Se quedan calladas un rato con las patatas en medio y el ventilador dando vueltas.

—Oye —dice Vero—. ¿Puedo preguntarte una cosa de tu curro?

—Dime.

—Cuando montas algo… ¿tú te das cuenta de si el material que te han traído está cogido con pinzas? O sea, ¿lo notas?

Irene tarda dos segundos en contestar.

—Siempre —dice.

—Qué agobio.

—Sí.