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—Se hace constar —dice Bielsa— que yo instruí las primeras diligencias y que a las seis semanas me quitaron el caso y se lo llevó Policía Judicial de la Comandancia.
Eso lo digo yo antes de que me lo pregunte usted, porque luego la gente se piensa que uno lo lleva todo y luego se lleva uno los palos de todo.
Setenta y un años. Un piso de tres habitaciones en la parte nueva de Alcañiz, cuarta planta, con la persiana a media asta y un aparato de aire acondicionado que han tenido que apagar por el sonido y que ya se está notando.
Su mujer ha sacado un plato de almendras y una jarra de agua, ha dicho que no le hagan caso a este hombre que se pone muy pesado, y se ha ido a la habitación de al lado. No se la va a oír en hora y media.
Bielsa se ha puesto camisa. Eso Irene lo apunta y no lo dice.
—Sargento, ¿le importa que empecemos por el principio del principio?
—Empiece por donde quiera.
—¿Qué se hace en las primeras veinticuatro horas de una desaparición?
Y ahí arranca.
Habla como escribe. Cada frase suya viene con su cautela puesta — según consta , a mí me llegó por conducto , eso yo no lo puedo afirmar — y no es un tic de viejo: es un hombre que se ha pasado treinta y ocho años sabiendo que lo que dice se puede leer en voz alta delante de un juez.
Es la primera persona de todo el caso que no le está vendiendo nada a Irene.
Y por eso es la primera de la que se fía.
Trae el atestado fotocopiado.
Lo tiene en una carpeta de gomas de las de toda la vida, azul, con una etiqueta escrita a rotulador que pone «ARDAL 09» y con las esquinas dobladas de veinte años de abrirlo por los mismos sitios.
—Lo que a usted le interesa está en el ocho y en el nueve —dice—. Y luego hay una cosa en el catorce que a lo mejor no le interesa a usted pero me interesa a mí.
—Empecemos por el catorce, entonces.
Bielsa levanta la vista.
—No, mujer. Empiece usted por lo suyo.
Irene pregunta durante cuarenta minutos lo que se pregunta siempre.
La cronología de las primeras setenta y dos horas, hora a hora. Quién dio el aviso —la madre, a las once y media de la mañana del día dieciséis, después de llamar a las tres amigas—. Cuándo se activó el dispositivo. Cuántos efectivos.
El testigo. Cómo llegó a ellos el testigo, quién lo tomó, si estaba solo.
La furgoneta. Cuándo se localizó, dónde, en qué estado.
Las fibras. Qué se remitió a laboratorio, en qué fecha, con qué resultado.
Bielsa contesta con la carpeta abierta y el dedo puesto en el folio, y no se equivoca ni una sola vez en cuarenta minutos, y las tres veces que no se acuerda dice que no se acuerda y no rellena.
—Eso lo llevó el otro equipo. Yo eso no lo sé.
—¿Y no se lo contaron?
—Se contaban cosas —dice—. Pero yo no le voy a contar a usted una cosa que me contaron en un pasillo, porque eso en mi oficio no vale y en el suyo tampoco debería valer.
—Sargento, la declaración.
—¿Cuál de ellas?
—La de las treinta horas.
Bielsa se echa un poco hacia atrás.
—Yo ahí no estuve.
—Ya lo sé. Pero estaba en el edificio.
—Estaba en el edificio —dice—. Yo estuve el primer día y parte del segundo, y luego me mandaron a casa a dormir seis horas y cuando volví ya estaba firmado.
—¿Y qué se encontró al volver?
Se queda pensando la respuesta y la piensa de verdad, no por precaución.
—Me encontré a un chaval de veinticuatro años sentado en un banco del pasillo con una manta por encima.
Y era agosto. —Se toca el pantalón a la altura de la rodilla—.
Yo eso lo he visto muchas veces y no significa nada, ¿eh.
La gente se queda fría en los calabozos aunque sea agosto. Pero eso es lo que me encontré.
—¿Habló con él?
—Le pregunté si quería un café.
—¿Y?
—Y dijo que sí —dice Bielsa—. Y luego le pregunté si le habían dado de comer, y dijo que sí. Y esas son las dos únicas preguntas que le hice yo a Damián Fuertes en mi vida, y las dos me las contestó que sí.
A los cuarenta y un minutos, Irene hace la pregunta que ninguno de los tres periodistas que han pasado por este salón en diecisiete años le ha hecho nunca.
—¿Y usted qué creyó?
Bielsa levanta la vista del folio.
—¿Que qué creí yo?
—En agosto de 2009. Antes de que se lo quitaran. Usted, en su casa, sin nadie delante. ¿Qué pensó que había pasado?
El hombre se toma su tiempo. Se le ve pensar si esto se puede decir delante de una cámara. Y se le ve decidir que sí, porque tiene setenta y un años y ya no le puede pasar nada.
—Que se cayó al agua —dice.
—¿Sola?
—Sola.
Cierra la carpeta y deja la mano encima.
—Mire. Aquí desaparece una chica de diecinueve años de noche, en fiestas, a doscientos metros de la carretera del embalse.
Esa carretera no tiene quitamiedos, no tiene arcén y en el tramo del mirador tiene una caída de tres metros al canal viejo.
Y aquella semana estaban desembalsando por el fondo por lo de la crecida de agosto, que hubo una tormenta gorda el día once.
—¿Eso lo comprobó usted?
—Eso lo pedí yo. El dato de los caudales, a la Confederación. Está pedido y está unido. Folio quinientos y pico.
Irene lo apunta.
—¿Y qué le dijeron?
—¿La Confederación? Me lo mandaron.
—No. Aquí. ¿Qué le dijeron aquí?
Bielsa se pasa la mano por la rodilla.
—Que eso no era una hipótesis —dice—. Que eso era una excusa.
Lo dice sin rencor.
Ese es el problema, y Irene lo sabe en el momento en que lo oye: que si lo dijera con rencor, sería un hombre resentido contando una batallita. Dicho así, sin ningún énfasis, con la carpeta cerrada y la mano encima, es otra cosa.
—¿Quién se lo dijo?
—Un superior mío que ya no está.
—¿Puede decir el nombre?
—No lo voy a nombrar —dice Bielsa— porque está muerto y no se puede defender. Y eso a mí me lo enseñaron antes que a usted.
Irene le deja el silencio entero. Seis segundos, por si quiere llenarlo.
No lo llena.
—Y además —añade luego, y busca en la carpeta, y tarda un poco, y no deja que le ayude nadie—, la hipótesis se descartó en su momento. Aquí.
Le pone el folio delante.
—Batida del tramo de aguas abajo. Dos y tres de septiembre de 2009. Resultado negativo.
Irene lo lee.
Está mecanografiado con una máquina que saltaba en las eñes. Tiene el sello del puesto y tiene la firma. Y dice lo que Bielsa dice que dice: que se rastreó y que no había nada.
Ella cree en los papeles.
Lleva doce años trabajando con la idea de que un papel con un sello es lo único que no cambia de versión según quién lo cuente. Un testigo se contradice, un vecino exagera, un policía se defiende y una madre recuerda de más. Un papel con un sello dice lo que dice.
Lo fotografía con el móvil, se lo apunta en el índice con su número de folio y su fecha, y pasa a otra cosa.
A la una y veinte, cuando ya han recogido y el operador está guardando el trípode y Vero está enrollando cable, Bielsa se levanta para acompañarlos a la puerta y se apoya en el respaldo de la silla del recibidor para hacerlo.
Tarda. Le cuesta el escalón de dentro del recibidor, que son cuatro centímetros.
Irene le mira la mano en el respaldo. Los nudillos hinchados, las manchas del dorso, el temblor mínimo que no se le nota nada cuando habla y que se le nota entero cuando se agarra.
Y calcula que ese plano, con esa mano y ese respaldo, vale para abrir el episodio dos.
Y calcula, a continuación y sin querer, otra cosa, que es cuánto puede aguantar un hombre así hasta la entrega.
Se lo quita de encima en el rellano, esperando el ascensor, doblando el papel de las autorizaciones dos veces más de las que hacen falta.
—Una cosa —dice Bielsa, con la puerta ya medio cerrada.
—Dígame.
—La madre. Amparo.
—Sí.
—Esa mujer fue a verlo a Zuera. —Se para—. Once veces. Once. Yo eso lo tuve en un papel, porque en su momento se pidió el listado de visitas, y todavía hoy no lo entiendo.
—¿Y usted qué cree que iba a buscar?
—Yo qué sé —dice Bielsa—. Yo si me hacen eso a mí no voy.
Irene se apoya en el marco del ascensor.
—Sargento, una última. ¿Por qué no insistió usted? Con lo del agua, digo.
Bielsa se queda pensando cuál de las dos respuestas verdaderas le da.
Le da la corta.
—Porque me dijeron que no —dice—. Eso, en mi oficio, es una razón.