4
En la mesa hay cuatro platos.
Irene los cuenta desde el descansillo, donde ya huele a conejo, y por un momento piensa que Amparo ha invitado a Ovidio y a la mujer de Ovidio, que llevan una semana amagando con venir.
Luego baja los seis escalones que faltan.
En la silla de la ventana está sentada Pilar, la de la calle Mayor, ochenta y cuatro años y el pelo teñido de un morado que no existe en la naturaleza, que ya está hablando cuando Irene entra y que va a seguir hablando durante dos horas.
Y de espaldas a la puerta, en la silla de enfrente, hay un hombre.
Se levanta.
—Damián —dice.
—Irene.
—Ya lo sé —dice él, y se sienta.
Tiene cuarenta y un años y la cara de un hombre de cincuenta que ha estado bien alimentado. Camisa de manga corta, azul claro, planchada con raya en la manga. Delgado sin llegar a flaco. Se ha peinado con agua.
Y antes de coger la servilleta saca del bolsillo del pantalón una libreta pequeña de espiral, de las de bolsillo, la abre por donde tiene el bolígrafo metido, escribe algo que le lleva dos segundos y la cierra.
Nadie comenta el gesto.
Pilar sigue con lo suyo.
—…y le digo yo, Amparo, que si el Ayuntamiento no arregla la acequia de arriba, a mí el año que viene se me pierde otra vez el bancal, y ya van tres. Tres, ¿eh?
—Tres —dice Amparo, sirviendo.
—Que yo no pido nada. Que yo lo que pido es lo mío.
Irene se sienta. Coge la jarra. Sirve agua.
Le tiemblan un poco las manos y le molesta muchísimo que le tiemblen, porque no hay nada aquí que justifique que le tiemblen: hay una mesa camilla con hule, cuatro platos hondos, un pan cortado en la tabla y tres personas mayores hablando de una acequia.
Y no pregunta.
No pregunta porque lleva veinte años montando entrevistas y sabe que una escena no se interrumpe. Y porque la única cosa peor que no entender lo que está pasando delante de ti es que dejen de hacerlo por tu culpa.
La comida dura dos horas y once minutos.
Se habla del calor. Se habla de que este año el cierzo ha entrado tarde y de que eso al melón le va mal, y Damián dice que a él el melón de aquí siempre le ha parecido mejor que el de Villaconejos y Pilar dice que eso es porque no ha probado el de Villaconejos, y Damián dice que sí lo ha probado, y no dice dónde, y Pilar no pregunta.
Se habla de la contrata.
—Han sacado el mantenimiento de la línea a una de Zaragoza —dice Amparo.
—Ya.
—Y el chico del Serafín se ha quedado a media jornada.
—Y el otro —dice Damián—. El nieto de la Consuelo. Los dos.
—¿El Rubén?
—El Rubén no. El Rubén está con su padre. Digo el otro, el que va con la furgoneta blanca.
Irene, que lleva seis días en este pueblo, no sabe quién es ninguno de los cuatro. Lo que sí ve es que Damián Fuertes sabe los nombres, sabe las jornadas y sabe de quién es cada nieto, y que eso no lo sabe un hombre que ha vuelto hace dos años: lo sabe un hombre que pregunta.
Se habla de un primo de Alcañiz que se ha comprado una autocaravana de segunda mano y que la tiene aparcada en un descampado porque no le cabe en el garaje. Pilar tiene una opinión firmísima sobre eso. Amparo tiene otra.
Se habla de un perro.
El perro es de un tal Andrés y se ha perdido dos veces en un mes, y la segunda apareció en Calanda, y nadie sabe cómo llegó a Calanda un perro de catorce kilos.
Pilar sostiene que se lo llevó alguien. Amparo sostiene que los perros andan más de lo que la gente cree.
Damián dice que hay una pista de tierra que sale de detrás de la balsa y que va a Calanda en línea recta, y que él la ha hecho andando, y las dos mujeres se quedan calladas un momento porque nadie le pregunta cuándo.
Y se habla de las fiestas.
—Este año la orquesta es la de siempre —dice Pilar—. La Nueva Alaska.
—¿Otra vez?
—Otra vez. Que ya se lo dije yo a la comisión: que traigan a otros, hombre, que llevan quince años los mismos.
—Y la señora esa que canta —dice Amparo, y por primera vez en toda la comida se para a mitad de frase.
Medio segundo. Un cuarto de segundo. Recoge un plato que no hacía falta recoger todavía.
—…que canta muy bien —termina.
Pilar sigue con la comisión de fiestas y con los hinchables, que este año van a ponerlos en el frontón y no en la plaza, y que a ella eso le parece mal por los abuelos, que no van a ver a los críos desde el banco.
Y a los cincuenta minutos, con la fuente del conejo ya vacía, Pilar se gira hacia Irene y hace la pregunta.
—Y usted, ¿qué hace aquí exactamente?
Irene deja el tenedor.
—Trabajo en un documental.
—Ya, eso ya lo sé. ¿Pero de qué?
En la mesa hay cuatro personas. Amparo está de pie con la fuente en la mano y no se mueve. Damián se está sirviendo agua.
—Es una serie sobre lo que le pasó a la hija de Amparo —dice Irene—. Y sobre el juicio.
Pilar se queda con la boca un poco abierta y luego dice «ah» de una manera que se le entiende todo.
—¿Y va a salir en la tele?
—Va a salir en la tele.
—¿Y sale ella? —Señala a Amparo con la barbilla.
—Sale ella y sale mucha gente de aquí.
—Pues yo no —dice Pilar—. Yo no salgo ni loca.
—Nadie le ha pedido nada, Pilar —dice Amparo, y deja la fuente en el mármol.
Damián acaba de servirse el agua y deja la jarra en el centro de la mesa, en el sitio exacto de donde la ha cogido, que es una cosa que hace la gente que ha estado mucho tiempo en un sitio donde las cosas van en su sitio.
—¿Van a usar las fotos del juicio? —pregunta.
Es la primera vez que le habla a Irene de esto y lo hace en el mismo tono con el que ha hablado del melón.
—Algunas —dice Irene—. Las de agencia. Hay que pagar derechos y no todas están.
—Las de la entrada de la Audiencia.
—Esas están.
Damián mueve la cabeza una vez, despacio, como quien da un dato por recibido.
—Yo no voy a hacer entrevista —dice.
Y ahí Irene hace lo que hace, porque es lo suyo y porque lleva seis días esperando este momento aunque no supiera que iba a ser en una mesa con una fuente de conejo delante.
—¿Puedo preguntarle por qué?
—Puede.
Espera.
—Porque ya lo he contado todo cuatro veces —dice Damián—.
Se lo conté a la Guardia Civil en 2009, se lo conté a un juez en 2010, se lo conté en el juicio en 2011 y se lo volví a contar a un abogado de oficio en 2013.
Cuatro veces, entero, con las horas. —Se limpia la boca—.
Y la única vez que me creyeron fue en un papel de sesenta y una páginas que no ha leído nadie.
Se queda callado dos segundos.
—Yo no tengo nada más que contar. Lo que hay está escrito.
—Es que precisamente por eso…
—Ya sé por qué —dice él, sin brusquedad—. Y lo entiendo. Pero yo no me pongo delante de una cámara.
Amparo pone el melón en la mesa, cortado, en la misma fuente donde estaba el conejo, lavada.
—Come melón, Damián —dice.
Y se acabó la conversación.
Y se habla, durante siete minutos largos, de si el conejo lleva o no lleva un ajo más de la cuenta.
—Lleva el de siempre —dice Amparo.
—Pues sabe a más.
—Es el mismo, Pilar.
—Yo no digo que esté malo. Yo digo que sabe a más.
—Es que has cenado poco.
—Yo ceno lo que tengo que cenar —dice Pilar, muy digna.
Y ahí Damián Fuertes, sin levantar la vista del plato, dice cinco palabras que hacen que Pilar se ría de una manera que le da tos y que Amparo tenga que levantarse a por el agua.
En dos horas y once minutos, Damián dice cinco frases. Tres son de cuatro palabras.
Y no se habla de Julia Nadal Soro.
Ni una vez. Ni de refilón. Ni con un rodeo.
Ni con uno de esos silencios que se abren cuando alguien va a decir algo y se arrepiente a mitad.
En una mesa de cuatro personas de las cuales una es la madre y otro es el hombre que estuvo quince años en la cárcel por matarla, el nombre de la chica no aparece.
Y lo que impresiona no es la ausencia.
Lo que impresiona es la naturalidad.
Han comido así setecientos domingos. Se nota en que Amparo le pone el pan sin preguntar y en que él aparta el plato de Pilar antes de que ella lo empuje.
A las cuatro menos veinte, Damián se levanta a fregar.
—Deja eso.
—Que ya lo hago yo.
—Damián, que lo dejes.
—Que ya está —dice él, y abre el grifo.
Y ahí es donde a Irene se le va.
Está él de espaldas, con la camisa remangada por encima del codo, y por la ventana de encima del fregadero entra la luz de las cuatro de una tarde de julio en Teruel, que es una luz de mil quinientos vatios que no la paga ninguna producción de este país.
Irene calcula el plano antes de calcular nada más.
Contrapicado bajo, desde el sitio de Pilar, con el marco de la ventana entrando por arriba. Cuatro segundos. Cinco si aguanta el sonido del agua. Y de fondo, sin que llegue a entenderse del todo, la madre diciendo que deje eso, que ya lo hace ella.
Es el mejor plano de toda la serie y no ha rodado un fotograma todavía.
—¿Y usted cómo se metió en esto? —pregunta Damián, sin volverse.
—¿En el documental?
—En montar. Digo de joven. Por qué eso y no otra cosa.
Es una pregunta normal. De las que se hacen fregando, para no estar en silencio.
Irene abre la boca y tarda.
—Se me daba bien —dice.
—Eso no es un porqué.
—No —dice Irene—. No lo es.
Damián cierra el grifo. Coge el trapo y empieza a secar los vasos de uno en uno, mirándolos al trasluz antes de dejarlos.
—A mí me pasó con la soldadura —dice—. Se me daba bien. Y luego resulta que a uno le acaban preguntando por qué, y no hay por qué.
Deja el último vaso boca abajo sobre el paño y coge el siguiente.
—Yo entré en la presa a los veintiuno porque un primo mío estaba —dice—. Y allí lo que había era soldar y pintar. Y a mí se me daba bien soldar. Punto. Si me llegan a poner en una cocina, pues cocinero.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy en un almacén en Zaragoza. Cuatro días a la semana.
—¿Soldando?
—Ahora se solda con máquinas —dice Damián—. Ahora yo lo que hago es cargar.
Lo dice sin queja ninguna, mirando el vaso al trasluz, y a Irene le pasa por la cabeza una cosa que no le gusta nada, que es que en ese hombre no hay resentimiento y que un hombre sin resentimiento después de quince años en la cárcel es, para una serie de seis episodios, lo que hay que tener.
Y por eso mismo hay que sacarlo en cámara.
Y no va a salir.
A las cuatro y diez se despide de todo el mundo por su nombre, incluida Irene, y se va andando calle abajo.
Pilar se va a las cinco.
Irene espera hasta las once.
Espera hasta que Amparo ha fregado lo que quedaba, ha regado las cuatro macetas de la entrada con el agua de aclarar la verdura, ha hablado veinte minutos por teléfono con una hermana que vive en Caspe y se ha sentado en la silla de la cocina con los pies encima de otra silla.
Y entonces lo pregunta, porque en algún momento hay que preguntarlo y porque ha dejado pasar seis horas exactamente por eso.
—Amparo. ¿Damián Fuertes come aquí todos los domingos?
—Desde que salió.
—¿Y antes?
—Antes iba yo a verle.
Lo dice sin levantar la voz y sin ponerse a la defensiva, como quien contesta qué día es hoy.
—Fui a Zuera —dice—. Al principio no me dejaban, porque yo no era nada suyo y esos permisos van por familia.
Luego lo arregló Ramón con un escrito. —Se coloca un mechón detrás de la oreja—.
Y yo lo que quería era que me dijera dónde está la niña.
No quería que me pidiera perdón, ni que llorara, ni que me contara nada. Yo quería un sitio. Un sitio para ir.
—¿Y él qué le decía?
—Al principio nada. Se sentaba, me miraba y no decía nada. Cuatro veces. La quinta me dijo que él no la había matado y yo le dije que eso ya me lo sabía de la tele.
—¿Y la última?
Amparo mueve un poco la cabeza.
—La última me dijo que él tampoco lo sabía.
—¿Y usted le creyó?
—Yo llevaba diez años oyendo mentir a gente de traje —dice Amparo—. Reconozco a un hombre que no sabe una cosa. Y ese hombre no lo sabía.
Se queda mirando la mesa.
—Y salí de allí y me subí al coche de Ramón y estuve llorando desde Zuera hasta Bujaraloz, que son ochenta kilómetros. Porque hasta ese día yo tenía a alguien a quien preguntarle.
—¿Y volvió después?
—Volví seis veces más.
—¿Para qué?
Amparo se lo piensa de verdad. Se le nota que se lo piensa porque baja los pies de la silla.
—Pues mira, no lo sé —dice—. Al principio iba por si se le escapaba algo. Y luego, un día, me di cuenta de que iba porque era el único sitio de España donde no había que explicar nada.
Se queda con eso un momento.
—Aquí, cuando entras en el bar, todo el mundo se pone a hablar del tiempo. En Zuera no. En Zuera te sientas delante de un hombre que también lo tiene metido dentro y no hay que decir nada. —Se pasa la mano por la falda—. Suena fatal, ¿verdad?
—No.
—Suena fatal —dice Amparo—. Yo ya lo sé. Pero es lo que hay.
Irene tiene la jarra en la mano y no la ha soltado.
—¿Y no le da miedo? —dice.
Amparo se ríe un poco, hacia dentro.
—Ay, hija. Con lo que a mí me ha pasado ya, dime tú qué me hace un hombre delgado que se come el conejo.
En la cocina hay un reloj de pared que atrasa. Irene lo ha mirado tres veces desde que se ha sentado y las tres ha calculado el desfase, que son siete minutos.
—¿Y de qué hablan ustedes? —pregunta.
—De nada.
Amparo se levanta y empieza a apilar los platos que ya estaban limpios y ya estaban apilados.
—Llevamos siete años sin hablar de nada —dice—. Es lo único que hago con alguien que no me duele.