El montaje 3
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La planta se ve antes que el pueblo.

Son doce minutos de placas por la izquierda, desde la curva del cementerio nuevo hasta el desvío, y no se acaban nunca: filas y filas de módulos azul oscuro puestos en una ladera de tierra roja, con los caminos de servicio marcados en blanco y una subestación al fondo con dos torres.

—Solania —dice Quino—. Trescientas cuarenta hectáreas. La segunda de la provincia.

Quino tiene cincuenta y tantos, conduce con una mano y lleva veinte años sacando permisos para equipos de rodaje en el Bajo Aragón. Ha empezado a hablar en Alcañiz y no ha parado en cuarenta minutos.

—Trece familias de aquí comen de eso —dice—. Trece exactas. Y no lo digo por decir: lo sé porque una es la de mi hermana.

—¿Directamente de la planta?

—Directamente, tres o cuatro. Lo demás son contratas. Mantenimiento de línea, limpieza de viales, jardinería, seguridad. —Se encoge de hombros—. Aquí eso es el sueldo. Antes era la presa y ahora es esto.

Después de las placas aparece Ardal, encima de un montículo, ocre y pequeño, con la torre de la iglesia y una grúa parada al lado del frontón.

Irene mira el pueblo y calcula, sin querer, que la grúa vale un plano y la torre no.

—Y una cosa —dice Quino, ya entrando por la calle de la báscula—. En el pueblo no digáis para qué serie es.

—¿Y qué decimos?

—Que es sobre la sequía y los pueblos del embalse.

—Eso es mentira.

—Eso es verdad a medias —dice Quino—, y os va a dar una semana más de tranquilidad. Yo llevo veinte años en esto. En cuanto se sepa que venís por lo de la chica, se acabó el hablar en el bar.

Irene se queda mirando la calle por la ventanilla.

—¿Y cuánto tardan en saberlo?

—Depende de lo que hable la gente.

—¿Y cuánto habla la gente?

Quino sonríe con media boca y aparca.

No hay hotel.

Hay una casa rural a catorce kilómetros, en dirección a Calanda, con seis plazas y un dueño que quiere cobrar la temporada entera.

Hay dos habitaciones encima del bar, que se descartan solas en cuanto Quino explica que el bar cierra a las tres de la madrugada los viernes y los sábados y que el altavoz está justo debajo.

Producción ha resuelto lo demás repartiendo al equipo entre Alcañiz y Calanda, con dos furgonetas y cuarenta minutos de carretera cada mañana.

—A ti te he puesto en casa de Amparo —dice Quino—. Alquila una habitación desde que se quedó sola. Sesenta euros con desayuno y te lava la ropa si se lo pides.

Irene deja la maleta en el suelo.

—¿Amparo Soro?

—Amparo Soro. La madre.

Irene tarda cuatro segundos en contestar.

No son cuatro segundos de duda moral. Son los cuatro segundos que tarda en ordenar lo que le acaban de poner delante, que es acceso continuo, diario, sin cita previa, sin cámara y sin equipo, al personaje principal de la serie. Siete meses. Desayunos incluidos.

—¿Ella lo sabe? —pregunta.

—Sabe que eres la del documental.

—¿Y le parece bien?

—Le parece bien —dice Quino— porque lleva diecisiete años queriendo que alguien haga esto.

—Vale —dice Irene.

Antes de subir a la casa, Quino la lleva a dar la vuelta al pueblo, que se da en catorce minutos.

La plaza tiene un olmo, un banco corrido de piedra, el ayuntamiento con la bandera descolorida y un bar que se llama El Cruce y que no está en ningún cruce. Enfrente hay una casa grande, de dos plantas y sillar, con reja de hierro en las ventanas de abajo y un escudo pequeño encima de la puerta.

—Casa Sardá —dice Quino, sin pararse.

—¿Esa?

—Esa. Calle Mayor, número uno. En este pueblo el número uno es ese desde antes de que hubiera números.

Siguen. Le enseña el frontón, la báscula vieja, el camino de las eras y la carretera que baja hacia el embalse, que sale del pueblo por detrás del cementerio y que en los primeros doscientos metros está asfaltada y luego ya no.

—Y el mirador —dice Quino, señalando con la barbilla hacia arriba— está por ahí, a kilómetro y medio. Desde ahí se ve el vaso entero. Cuando baje el agua, eso va a ser un plano.

En el bar hay siete personas a las ocho de la tarde de un lunes. Cuando entran, tres dejan de hablar durante un segundo y medio y luego siguen.

Irene lo cuenta y no dice nada.

La casa es la tercera de la calle Baja, con la fachada recién pintada de un blanco que en esta calle canta, y el número de latón torcido hacia la izquierda.

Amparo Soro tiene sesenta y seis años, el pelo corto y gris y unas manos grandes de mujer que ha trabajado con ellas. Le coge la maleta antes de que a Irene le dé tiempo a decir que no hace falta.

—Que sí, mujer, que pesa.

—Que puedo yo.

—Que ya lo sé que puedes.

Sube la maleta ella. Veintiuna escaleras.

Se cena a las nueve porque en julio, en Teruel, se cena a las nueve, cuando ya ha caído el sol y se puede estar.

Sopa, aunque haga treinta y dos grados, porque en esta casa se cena sopa.

Después tortilla y un tomate partido con sal y aceite, del huerto de un vecino que se llama Ovidio y del que Irene va a oír hablar cuatro veces esa noche.

Amparo pone la mesa con mantel de tela y dos servilletas de tela, y no enciende la tele.

Y habla.

Habla del caso desde el primer plato, sin que nadie le pregunte, y habla bien: ordenado, con fechas, sin repetirse, sin adjetivos.

—La niña salió de casa a las once y veinte —dice—. Con la falda vaquera y una camiseta blanca de tirantes que le había comprado yo en Alcañiz el sábado. Yo estaba fregando esto mismo.

Da los nombres de las tres amigas con las que quedó.

Da la hora a la que la vieron por última vez en la plaza y la da con un cuarto de hora de margen porque, dice, «las horas de la gente en fiestas no valen».

Sabe de memoria el número de la brigada que vino de Zaragoza en septiembre y sabe qué día se archivó la causa la primera vez.

Sabe dónde se emociona la gente y lo pasa deprisa.

—Al principio la buscaron bien —dice—. Eso lo digo siempre y lo voy a decir en la tele si me lo preguntas. Los primeros cuatro días vino gente de tres pueblos. Salieron ciento y pico personas, y los bomberos de Alcañiz, y el helicóptero un día. Yo eso no lo puedo criticar.

—¿Y después?

—Después cogieron a Damián y se acabó la búsqueda. —Coge el pan y lo parte—. Yo no digo que hicieran mal en cogerlo. Yo digo que el día veinte ya no buscaba nadie.

Irene la deja seguir.

—Y luego pasa una cosa que no te cuenta nadie —dice Amparo—, y es que cuando hay un detenido, tú dejas de ser una madre buscando a su hija y pasas a ser la madre del caso.

Y eso es otro oficio. Eso son abogados, y periodistas, y ponerte guapa para la puerta del juzgado, que yo me he puesto guapa para la puerta de un juzgado, hija, y eso no se lo cuento yo a nadie.

—Y usted no me preguntes por lo del juicio hoy —añade luego, recogiendo el primer plato—, que lo del juicio lo cuento mal por la noche.

La niña.

Lo dice cuatro veces durante la cena. Ninguna dice Julia.

A las once menos cuarto, cuando ya han fregado las dos —Irene ha insistido y ha perdido, y luego ha insistido otra vez y ha ganado a medias, secando—, Amparo le enseña el cuarto.

Es el de su hija y no es un santuario.

Es lo contrario de un santuario. Es un cuarto de invitados que fue de alguien: cama nueva de noventa, lámpara de mesilla nueva, una silla, un espejo de cuerpo entero con el marco de pino y un armario de dos puertas.

No hay una sola foto en la pared. No hay pósteres, no hay cintas de casete, no hay nada colgado.

Irene abre el armario porque tiene que colgar dos chaquetas.

El armario está vacío. Vacío del todo, sin una caja, sin una manta, sin una bolsa de esas de guardar edredones. Tres perchas de alambre.

Se queda con la mano en la puerta.

Hay un plano ahí. Está el armario abierto, está la bombilla del techo entrando en diagonal, están las tres perchas separadas quince centímetros unas de otras, y con dos segundos y medio y sin una palabra de locución cualquiera entiende diecisiete años.

Irene cierra el armario sin colgar nada.

—Duerme donde quieras —dice Amparo desde el pasillo—. Yo llevo diecisiete años durmiendo mal en todas.