El montaje 2
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La sala de reuniones de Malvasía Films da a un patio de manzana y tiene una mesa demasiado grande para siete personas.

Óscar Prat se sienta en el sitio de la punta y en los primeros veinte minutos no dice absolutamente nada. Tiene cincuenta y cinco años, una camisa azul y unas gafas de leer que se quita cuando quiere que le miren.

Clara habla de pie.

Se gira hacia la pantalla, donde hay una línea de tiempo mal dibujada en un programa de presentaciones.

—El episodio uno va de cómo se construyó la condena. De la carpintería. Eso no lo ha visto nadie.

Irene la deja hablar veinte minutos.

Clara Sesé tiene treinta años, una carpeta de anillas de las de verdad y una manera de moverse por delante de una pantalla que en esta profesión no se enseña.

Habla en producto —arco, promesa, lo que el espectador necesita en el cuatro—, y de vez en cuando, entre dos frases de producto, suelta una que no lo es.

—El orden no es un adorno —dice, a mitad de otra cosa—. El orden es el argumento.

Irene no se mueve.

Es suya. Es literal. Es la frase con la que cierra la primera parte de la charla desde 2017, y Clara la ha soltado sin comillas, sin mirarla y sin apoyarse en ella, como se dice una cosa que uno cree que se le ha ocurrido a él en ese momento.

Le halaga más de lo que le gustaría.

Y eso es un dato que Irene apunta en la columna de las cosas que hay que vigilar en uno mismo, que es una columna que lleva desde 2016.

—Antes de seguir —dice—. Este caso yo lo he usado.

Clara se para en seco y se le pone una cara de contento que no intenta disimular.

—En el ESCAC —dice—. Trece de febrero de 2020. Segunda fila. La de la libreta era yo.

Irene tarda dos segundos.

—¿Estabas allí?

—Estaba allí y llevo seis años con eso metido en la cabeza.

—Clara deja la carpeta en la mesa—. Hiciste dos culpables con cinco papeles en cuarenta minutos, cerraste el portátil y te fuiste a cenar.

Y yo me fui a mi casa en el cercanías pensando que si eso se puede hacer en un aula, se está haciendo en todas partes.

—Es que se está haciendo en todas partes.

—Ya lo sé. —Clara se sienta en el borde de la mesa—. Y llevo seis años queriendo saber cuál de los dos órdenes era el bueno.

—Yo también —dice Irene.

Óscar Prat mira el reloj de la pared y no dice nada.

Es Clara la que saca lo de Lugo, y lo saca la primera.

—Sé lo de Sin ruido —dice—. Lo he visto entero dos veces, la segunda hace tres semanas. No te voy a decir que no importa, porque importa. Y no te voy a decir que fue de otros, porque el montaje era tuyo.

—El montaje era mío.

—El guion no.

—El guion tampoco era de él.

Se quedan las dos calladas un momento. Es la primera cosa incómoda que se dicen y ninguna de las dos aparta la mirada.

—¿Vas a poder con esto? —dice Clara.

—Llevo doce años sin hacer otra cosa que esto —contesta Irene—. Solo cojo casos en los que el que está dentro no debería estar. Cuatro series y dos documentales, y dos de ellos no los cobré.

Es la respuesta que ha dado en catorce entrevistas y en dos festivales. Sale igual de bien la número quince.

Nadie en esa mesa parece notar que es una respuesta de repertorio.

Irene sí lo nota. Y eso también lo apunta.

—Necesito ver el tratamiento —dice—. Y el contrato con la plataforma. Y el desglose de derechos de archivo.

Es la primera vez en toda la reunión que Óscar Prat se quita las gafas.

—¿Para cuándo?

—Ahora.

—¿Ahora ahora?

—Ahora —dice Irene—. Yo no firmo un proyecto de siete meses sin saber qué le han vendido a quién.

Óscar la mira dos segundos, se pone las gafas otra vez y escribe cuatro palabras en el móvil.

Tarda cuarenta minutos en llegarle todo al correo, que en esta industria es una manera de decir que estaba en una carpeta a mano y que no hay nada que esconder. Irene se lo lee en la sala pequeña de la planta de abajo, con la puerta abierta y un café de máquina.

El tratamiento tiene cuatro páginas.

Sinopsis. Línea editorial. Dos párrafos sobre por qué ahora, que hablan de la sequía y del aniversario y que son razonables. Un apartado de riesgos legales redactado por alguien que sabe redactar apartados de riesgos legales. Y una nota final sobre el tono que Irene se lee dos veces:

Sobriedad. Cero reconstrucciones dramatizadas. Cero música de suspense bajo testimonios de familiares. Ninguna afirmación sobre personas vivas que no esté documentada por partida doble. La serie se sostiene en el sumario, no en la sospecha.

Está firmado por dirección y fechado en marzo.

Es un documento correcto y aburrido.

El contrato con la plataforma tiene ochenta y una páginas y no lo lee, porque para eso hay abogados y ella no es uno.

Mira el anexo de entregas y ahí sí se para: seis episodios, cincuenta minutos más o menos tres, máster en ProRes, subtitulado, audiodescripción, y una fecha de entrega del último que está en una casilla y que en junio no significa nada.

El suyo tiene catorce páginas.

11. CESIÓN DE DERECHOS DE IMAGEN. El/la prestador/a cede a la Productora, con carácter exclusivo, para todo el mundo y por el plazo máximo previsto legalmente, los derechos de explotación de su imagen, voz y nombre captados durante el proceso de producción, incluida su participación ante cámara y el material de making of , para su incorporación total o parcial a la obra audiovisual, sus versiones, extractos, materiales promocionales y cualesquiera formatos derivados, presentes o futuros.

Y pide una cosa.

Está en la cláusula cuatro, apartado dos, y son dos palabras.

—El crédito.

—El crédito lo tienes hablado con Óscar —dice Clara.

—Lo tengo hablado. Lo quiero escrito.

Clara coge el folio, lo lee y lo deja.

—Aquí pone «montaje».

—Ya sé lo que pone.

—¿Y qué quieres que ponga?

—Guion y montaje.

Clara la mira dos segundos más de los que hacen falta.

—Eso es un crédito de dirección, Irene.

—Eso es el crédito de la persona que va a decidir en qué orden se cuenta esto. —Deja el bolígrafo encima del contrato, en horizontal—. Y esa persona soy yo, lo sabemos las dos, y luego a recogerlo sube otra.

Se lo dan.

Se lo dan en once minutos: Clara sale al pasillo, hace una llamada de siete, vuelve con la corrección escrita a mano en el margen y con su firma pequeña al lado.

Veintiséis títulos entre 2006 y 2026.

Es la primera vez.

Firma a las dos y cuarto, en la mesa de la sala pequeña, con la puerta abierta, y mientras firma las trece páginas que no ha pedido se le va la vista al margen de la cuatro tres veces.

Fuera, en el pasillo, hay dos personas discutiendo si el catering del rodaje puede ser el de siempre o tiene que salir a concurso porque esta vez hay dinero público. Discuten con verdadera seriedad, con nombres de empresas y con precios por persona y día.

Antes de firmar hace una última pregunta, y la hace con el bolígrafo ya en la mano.

—¿Quién trajo el caso?

Clara contesta sin pensarlo.

—La madre.

—¿Directamente?

—Directamente. Se plantó aquí en marzo del año pasado con una carpeta azul de gomas y pidió hablar con alguien.

La atendí yo porque no había nadie más. —Se sienta en el borde de la mesa—.

Estuve tres horas con ella. Tres. Y me fui a mi casa con doscientas fotos hechas con el móvil de una carpeta que esa mujer lleva desde 2010.

—¿Y no ha ido a nadie más?

—Ha ido a todo el mundo, Irene. A todo el mundo. Nosotros somos los primeros que le hemos dicho que sí.

Después le enseñan el equipo.

Producción, dos cámaras, sonido. La ayudante de producción, que se llama Vero, tiene veintiocho años y una coleta y le da la mano cinco segundos mientras habla por teléfono con otra persona. El jefe de producción no está porque está en Teruel buscando base.

Y la mesa de documentación.

—Sara —dice Clara—. Documentación. Viene de la Complutense y de dos años en el archivo de la Cadena Ser.

La chica tiene veinticuatro años y se levanta a darle la mano.

—Sara Bugallo.

Irene le da la mano.

En Lugo, el profesor se llamaba Xoán Bugallo.

Salía en el episodio tres de Sin ruido durante once minutos y veinte segundos, que es una barbaridad de tiempo para un hombre al que solo se le pregunta por qué no estaba en su casa un martes por la tarde.

Se ahorcó en el garaje de su casa en octubre de 2016.

En 2018 apareció el registro de llamadas que demostraba que había dicho la verdad desde el primer día.

Irene le sostiene la mano el tiempo normal.

—Encantada.

—Igualmente —dice Sara Bugallo.

Y nada más.

Ninguna de las dos dice nada más. Clara sigue presentando gente, hay que bajar a ver la sala que han montado en el semisótano, y a las tres y media Irene firma el alta de Sara Bugallo en el equipo con su visto bueno, porque en una serie de archivo el visto bueno de documentación lo da montaje.

Firma en la catorce y en la primera.

Le sale mejor la de la primera.