El montaje
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Dos fotogramas.
—Son dos fotogramas, Irene.
—Son dos fotogramas —dice ella— y por eso se nota.
Marcos tiene veintiséis años, es rápido, va a ser bueno y lleva desde las nueve de la mañana discutiéndole el corte del minuto cuatro. Son las seis y media de la tarde de un jueves de junio y esta es la tercera vez que vuelven al mismo sitio.
La secuencia es la reunión de la cooperativa: doce personas alrededor de una mesa de formica votando a mano alzada si venden o no venden el almacén. Es el corazón del segundo capítulo de una serie de tres sobre una cooperativa agrícola de Cuenca que va a ver mucha menos gente de la que se merece.
En el corte de Marcos, la mujer del jersey verde levanta la mano y se pasa al siguiente.
En el de Irene, la mujer del jersey verde levanta la mano y se queda ocho centésimas más. Ocho centésimas. Lo justo para que se le vea mirar de reojo, un poco hacia abajo y a la derecha, hacia donde está sentado su cuñado.
—Ponme el tuyo —dice Irene.
Marcos lo pone.
—Ahora el mío.
Lo pone.
—¿Qué ha pasado en el tuyo?
—Que vota.
—¿Y en el mío?
Marcos se queda mirando la pantalla con la mano en el ratón.
—Que obedece —dice.
—Que obedece. —Irene se echa hacia atrás en la silla—. Y ahora dime tú a mí, que has estado en esa cocina cuatro días con ellos, cuál de las dos cosas ha pasado en esa mesa.
Marcos no contesta, que es su manera de darle la razón sin dársela, y arrastra el corte dos fotogramas.
La mujer levanta la mano. La mujer mira a su cuñado.
—Y ahora que ya lo sabes —dice Irene— tienes que decidir si quieres contarlo, porque a lo mejor no quieres. A lo mejor esa señora te dio de comer en su casa y no te da la gana meterla en eso, y esa también es una respuesta. Lo que no vale es que se te escape.
—Vale.
—Guarda.
En la sala hay tres pantallas, dos mesas, una nevera pequeña con agua y una televisión vieja colgada arriba a la izquierda, sin sonido, puesta en el canal de veinticuatro horas porque el productor de esta serie es un señor de setenta años que quiere la tele puesta en todas las salas del edificio y lo paga él.
En la tele, un hombre sale de un juzgado.
Sesenta y pocos años. Un traje que no es suyo. Dos abogados a los lados y una cara de no haber dormido desde hace mucho más tiempo del que dura una noche. El rótulo de abajo tarda en pasar entero y pasa dos veces:
EL SUPREMO CONDENA AL ESTADO A INDEMNIZAR CON 2,5 MILLONES A UN HOMbrE QUE PASÓ CASI 18 AÑOS EN PRISIÓN POR DELITOS QUE NO COMETIÓ
El plano dura ocho segundos.
A Irene le sobran tres. Con cinco te da tiempo a leer el rótulo y a verle la cara; a los ocho el hombre ya ha bajado el último escalón y está buscando el coche con la mirada, y buscar el coche no cuenta nada.
Lo piensa sin querer, como se piensan las cosas del oficio, y vuelve a la mesa de la cooperativa.
Le suena el móvil a las siete menos cuarto.
—¿Estás en sala? —dice Clara.
—Estoy terminando lo de la cooperativa.
—¿Ese es el que se te murió el protagonista?
—Ese es el que se me casó el protagonista, que fue peor.
Clara se ríe. Se ríe con ganas, tres segundos enteros, y luego, como siempre, corta la risa antes de tiempo para que se note el cambio de tema.
—Te quiero para una cosa.
—Dime.
—No —dice Clara—. Primero te digo por qué te quiero a ti, y luego te digo la cosa, porque si te digo la cosa primero me vas a decir que no y luego ya no me vas a escuchar.
Irene se levanta y va a la ventana con el móvil.
—Adelante.
Y Clara Sesé le dice por qué.
Le dice que en este país no hay tres personas capaces de montar seis episodios sobre cuarenta mil folios sin que el resultado parezca un juicio de la tele.
Le dice que una de las tres es un señor de Barcelona que hace cuatro años que no coge el teléfono, que otra es ella misma y que no se engaña.
Le dice que la tercera lleva doce años eligiendo trabajos como quien elige penitencia, cobrando la mitad de lo que podría y montando series de tres capítulos sobre cooperativas de Cuenca.
—Y no lo digo con retintín —dice Clara—. Lo digo porque las he visto y son buenísimas y no las ve nadie.
—Ajá.
—Y creo que ya va siendo hora de que cojas una buena.
Irene mira la calle. Hay un chico en un patinete parado en el semáforo.
Sabe lo que le están haciendo. Se lo han hecho otras veces, y peor, y con mucha menos gracia. Lo que pasa es que a Irene Bermejo le pierde la gente que hace las cosas bien, y esta chica lo está haciendo muy bien.
—¿Cuánto de rodaje?
—Siete meses.
—¿Dónde?
—Aragón. Teruel, Bajo Aragón. Un pueblo de seiscientos habitantes y Alcañiz.
—¿Y qué es?
—Un caso de exculpación —dice Clara—. Un hombre estuvo quince años dentro por la desaparición de una chica de diecinueve años en 2009. Salió en 2024. El Supremo tumbó la condena por una nulidad y no lo volvieron a juzgar.
—O sea que ya está fuera.
—Está fuera —dice Clara— y no le ha servido de nada. Y eso es lo que quiero contar.
Irene se queda callada tres segundos.
—¿Y por qué ahora? —dice Irene—. Salió en 2024. Han pasado dos años.
—Por dos cosas. Una es que este verano va a bajar el embalse a mínimos históricos y va a salir el pueblo viejo, y eso lo va a rodar todo el mundo, así que o lo tenemos nosotros o lo tiene el que llegue.
—¿Y la otra?
Clara tarda un segundo.
—La otra es que la madre lleva siete años llamando a puertas —dice—. A todas. A programas, a periódicos, a dos productoras antes que a nosotros. Y le han dicho que no siempre, porque un caso sin cuerpo y sin culpable nuevo no se vende.
—¿Y ahora sí?
—Ahora hay un hombre que salió de la cárcel y al que nadie ha pedido perdón. Eso sí se vende. —Y añade, y lo dice sin ninguna vergüenza—: Ya sé cómo suena. Suena así porque es así.
—El hombre es inocente, Irene.
—Eso lo decido yo.
Y ya ha dicho que sí, y las dos lo saben, y Clara tiene la elegancia de no decirlo.
Cuelga a las siete y cinco.
Manda a Marcos a su casa, que se resiste dos minutos porque quiere dejar el bloque cerrado, y le dice que lo cierre mañana con la cabeza fría y con la señora del jersey verde en la cabeza.
Se queda sola.
En el edificio hay tres personas más y una de ellas es el vigilante. La tele de arriba está dando el tiempo. En la pantalla del centro sigue congelada la mesa de la cooperativa, doce personas con la mano a media altura.
Abre el correo que le acaba de llegar de la productora.
CASO NADAL_dosier inicial_v3.pdf
Lo abre. Primera página. Una ficha de doce líneas con un logotipo arriba y un pie de página que dice documento interno .
Julia Nadal Soro, diecinueve años. Desaparecida en la madrugada del quince al dieciséis de agosto de 2009 durante las fiestas de la Asunción de Ardal (Teruel).
Cuerpo nunca hallado. Condenado en 2011 por asesinato por el Tribunal del Jurado, Audiencia Provincial de Teruel: Damián Fuertes Blasco, veinticuatro años en el momento de los hechos, peón eventual en la contrata de mantenimiento de la presa, natural de Sabiñánigo (Huesca).
Sentencia anulada en 2024. Absolución sin nuevo juicio.
Irene lee las doce líneas dos veces.
A la segunda se levanta.
Va al disco externo donde guarda lo suyo, el que lleva doce años arrastrando de ordenador en ordenador y que tiene una etiqueta de otra empresa que ya no existe.
Busca una carpeta que no abre desde antes de la pandemia.
La encuentra donde la dejó, entre las fotos de una boda y los justificantes de una declaración de la renta de 2019.
MASTERCLASS_2020 / materiales
Cinco archivos.
Un ticket de gasolinera de las 23:40. Un extracto bancario con un reintegro de cuatrocientos euros. Once segundos de vídeo de dos personas de espaldas. Un listado de tráfico con una llamada de ocho segundos a un fijo.
Y el escaneo, doblado por la mitad, de un folio con el membrete de un juzgado de Alcañiz.
Aquella tarde tardó cuarenta minutos en fabricar dos culpables con esos cinco papeles, y le aplaudieron.
Ahora le van a pagar por saber cuál de los dos era verdad.