El monstruo y su última presa Capítulo 33
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Capítulo 33

R eyna salió tambaleándose de la habitación y se dirigió al ascensor.

No tenía ningún plan. El terror le perforaba la piel como agujas, y era lo único que la impulsaba hacia adelante.

Le temblaban las piernas, su cuerpo protestaba con cada paso.

Sentía que podría dormir durante días, pero algo dentro de ella seguía gritándole que corriera, que se alejara lo más posible.

Las puertas del ascensor estaban a punto de cerrarse cuando vio aparecer el rostro de Beckham. Él metió la mano justo a tiempo y las puertas se abrieron de golpe. Reyna gritó al verlo: estaba completamente desnudo, con sangre corriéndole por el mentón y el pecho. Lucía feroz, peligroso.

—Beckham, por favor —susurró.

—No iba a hacerte daño. Tienes que creerme.

—No lo sé. —Se estremeció—. No ibas a detenerte, pudiste haberme matado.

—Fue un error, Reyna, perdóname —murmuró con la voz tensa, extendiendo la mano hacia ella. Sin embargo, la joven retrocedió hasta apoyarse en la pared del ascensor y evitó su contacto.

—Tenías razón. Eres un monstruo.

Beckham retrocedió ante esa palabra y retiró la mano. Las puertas se cerraron sobre su rostro herido, y Reyna oyó el golpe de su puño contra el metal. Con el corazón desbocado, tuvo que aferrarse al pasamanos para no desplomarse.

Cuando el ascensor se abrió, salió tambaleándose por el vestíbulo. Avanzó a duras penas hasta cruzar las puertas de cristal. Una parte de ella sabía que estaba armando un espectáculo, pero no le importaba.

Al salir a la luz del día, entrecerró los ojos por el sol. Necesitaba un lugar donde poder pensar con claridad. Dios, esto de moverse era espantoso. La mayor parte del cuerpo suplicaba por que se detuviera, pero otra parte insistía en seguir huyendo. La situación hizo que le palpitara la cabeza.

—¡Reyna! —llamó una voz, y ella volteó en su dirección.

—Everett... —Tropezó al avanzar hacia él, pero el chico la sostuvo con facilidad.

—¿Estás bien?

—Sí... supongo...

—Estás sangrando. —Le tocó el cuello con cuidado. Ella hizo una mueca, ni siquiera había notado que aún sangraba. La expresión de Everett se volvió sombría al atar cabos—. ¿Él te hizo esto?

—Oh —murmuró. Se llevó la mano al cuello y, al retirarla, vio que estaba manchada de rojo—. Pues… sí…

—Nunca te había visto así, Reyna —afirmó con preocupación—. Estás completamente ida. ¿Siempre es así?

Ella se encogió de hombros, vacilante.

—No lo sé...

Everett frunció el ceño, pero no insistió.

—Pareces drogada. ¿A dónde demonios pensabas ir en ese estado?

—Lejos. Necesito pensar...

—No vas a poder pensar bien después de una mordida vampírica. Dios, ¿cuánto te sacó?

—Más de lo que debía —admitió y soltó una risita involuntaria.

—Mira, tenemos que limpiarte y llevarte a un lugar donde se te pueda bajar el efecto. Ven conmigo. Mi turno está por terminar, puedo irme ahora mismo.

Le rodeó la cintura con un brazo y la ayudó a subir a su Mustang. Corrió de vuelta a la entrada para avisar a su gerente y luego salieron disparados por la ciudad.

Llegaron a su departamento al poco tiempo y, para entonces, Reyna ya tenía la cabeza caída sobre el pecho. Apenas podía mantener los ojos abiertos. Todo en su mente era un pantano espeso.

Everett abrió la puerta y ella se desplomó en el suelo. Abrió la boca para decir algo, pero la oscuridad comenzaba a arrastrarla.

—Está bien —oyó decir a alguien en medio de la bruma—. Yo te cuido.

Y todo se apagó.

Reyna despertó aturdida. Al estirar el brazo, sintió una superficie áspera. Abrió los ojos y gimió al incorporarse. Después, observó a su alrededor: estaba oscuro, así que no distinguía mucho, pero estaba en un sofá, en un lugar extraño. Definitivamente no era el penthouse de Beckham.

Se llevó las manos a la cabeza e intentó recordar qué demonios había pasado. Todo era confuso; su mente luchaba por reconstruir los hechos, o por saber dónde estaba.

—Despertaste —dijo Everett al entrar en la sala.

Suspiró al verlo; al menos estaba en un lugar seguro.

—¿Qué pasó?

—Esperaba que tú me lo dijeras.

Reyna negó con la cabeza.

—No lo sé. ¿Por qué estoy aquí?

Everett frunció el ceño.

—Saliste del edificio drogada por una mordida de vampiro, con el cuello cubierto de sangre. Detuve la hemorragia y te puse una venda cuando te desmayaste.

Ella se llevó la mano al cuello y tocó la venda. Poco a poco, los recuerdos volvieron. El mitin, la acusación en Visage, Beckham admitiendo que era rebelde, que había usado a Penelope como tapadera, el sexo, y luego… la mordida.

—Me mordió —susurró.

—Eso deduje.

—Perdió el control cuando estábamos... —interrumpió la frase, sonrojándose. Recordar a Beckham sobre ella la estremecía, aunque todo hubiera salido mal.

—Ya. —Everett desvió la mirada—. ¿No es eso lo que hace siempre? ¿No se supone que debe ser seguro y controlado para los empleados de Visage?

Reyna bajó la vista al alfombrado beige y suspiró.

—Fue la primera vez.

—¿La primera vez de qué? ¿De tener sexo?

—No. —Sacudió la cabeza—. Bueno, sí, eso también. Pero era la primera vez que me mordía. —Soltó una risa amarga—. Supongo que técnicamente fue la segunda.

—Llevas aquí un mes.

—Lo sé.

—¿Entonces qué demonios han estado haciendo?

—Nada. —Reyna se encogió de hombros—. Hoy fue el primer día.

Decirlo en voz alta se sentía raro. Solo sus hermanos sabían que Beckham nunca había bebido de ella. Siempre había asumido que lo hacía con Penelope. Probablemente por eso la había mordido en la Bóveda.

—¿Por qué no bebía de ti? Son del mismo tipo, ¿no?

—Sí, O negativo. Supongo que tenía miedo de que pasara algo así.

Señaló su cuello y la invadió una oleada de culpa. No debió salir corriendo, pero había sido instintivo. Su primera reacción había sido huir, y eso hizo.

—¿Por casualidad sabes si Beckham me siguió?

—No lo sé. Nos fuimos apenas bajaste.

—Debe estar torturándose ahora mismo...

Mierda, el ascensor. Recién lo recordaba. ¿Le había dicho que era un monstruo? ¿Cómo pudo hacerlo? Él no era un monstruo, tenía que arreglar las cosas. Se puso de pie, tambaleándose. Se sentía algo mejor después de dormir, pero necesitaba volver con Beckham ya mismo.

—Probablemente debería estarlo.

—No —replicó—. Confié en que no iría demasiado lejos, y se lo dije. Pero le costó parar. Me lo advirtió, dijo que mi sangre olía demasiado bien. Eso mismo dijo el vampiro del callejón.

—¿En serio? Nunca había oído algo como eso.

—Sí. Hace que sea más difícil detenerse.

—¿Y vas a volver con él así nada más? ¿Después de que casi te mata?

Everett habló en voz baja, con resentimiento. Ni siquiera la miraba, tenía la vista fija en su celular. Nunca lo entendería.

—No lo hizo a propósito —insistió—. Perdió el control, pero no quiso hacerme daño.

Mi instinto fue huir. Me siguió al ascensor y dijo que fue un error.

Ahora que ya se fueron los efectos de la mordida, sé que tenía razón.

Le dije cosas horribles... —Hizo una mueca al recordar sus palabras: « Eres un monstruo» . Dios.

—Deberías quedarte aquí un poco más, Reyna. —Everett la miró por fin, y pudo ver tristeza en sus ojos—. No te estoy presionando, pero lo que viviste fue traumático. Quizá deberías darte tiempo para procesarlo.

¿Necesitaba procesarlo? Tal vez. Claro que había sido aterrador, pero Beckham se había disculpado, y ella le creía.

No debió dejar que Everett se la llevara.

Debió haber ido al parque, quedarse ahí hasta tranquilizarse y luego hablar con él.

En vez de eso, se había desmayado apenas pisó este departamento.

—Estoy bien —dijo al fin, caminando hacia la puerta.

—Puede ser que sí. Físicamente, al menos. Pero eso no significa que tu mente también lo esté. Recuerdo cuando ese vampiro me mordió. Mi cuerpo se recuperó, pero mi cabeza quedó hecha un desastre —explicó, tocándose la sien.

—Estoy bien —repitió—. En serio. Sé que Beckham no me haría daño, y quiero que él lo sepa.

—Odio decir esto, Reyna. Pero... ¿has considerado que tienes síndrome de Estocolmo?

Reyna abrió la boca con incredulidad.

—¡No tengo síndrome de Estocolmo!

—Vamos, ¿podrías al menos considerarlo? Cumples con todas las características. Te saca de la calle, te da todo salvo libertad. Y cuando por fin te hiere, sales corriendo de regreso a su jaula, esperando que te perdone por haberte ido y para asegurarte de que él esté bien.

—No voy a considerarlo —espetó. Era absurdo. Se había ido, había abandonado su departamento. No se sentía como su prisionera desde hacía mucho.

—Te acogió, casi te mata, y ahora quieres volver sin pensarlo dos veces.

—Beckham no es una mala persona. Solo perdió el control una vez.

—¿Y qué pasa si vuelve a perderlo? ¿Y si terminas muerta en vez de drogada?

—No. Él jamás haría eso.

Se cruzó de brazos, no tenía por qué escuchar esto. Solo quería volver con Beckham. Lo que decía Everett seguramente era a causa de sus celos, o sus prejuicios, o lo que fuera. No conocía a Beckham, él no era como los demás. Un error no lo definía.

—Espero que tengas razón. —Everett le apoyó una mano en el hombro—. No quiero discutir, solo quiero que estés a salvo. No estoy seguro de que él pueda darte eso.

—Pues no lo conoces.

Le apartó el brazo y caminó hacia la puerta. Se le acababa el tiempo. El pánico en los ojos de Everett no ayudaba. Se iría estuviera de acuerdo o no.

Everett se paró delante de ella.

—Reyna...

—Llévame con Beckham o apártate.

—No puedes irte.

—¿Ah no? —Lo fulminó con la mirada—. Ya verás.

Intentó pasar, pero él la sujetó de las manos y la empujó hacia atrás. Tropezó unos pasos, casi cae, pero logró equilibrarse. Levantó la vista hacia él, ¡la había empujado!

—Reyna, lo siento. Solo quiero que pienses bien en esto.

—Te agradezco que me hayas cuidado, de verdad, pero no voy a dejar que Beckham crea que estoy enojada cuando no lo estoy. Y tú no vas a impedir que se lo diga.

—Lo entiendo, pero ya casi es la hora del toque de queda.

—¿Por qué estás haciendo tiempo? —preguntó de pronto.

—¿Haciendo tiempo?

—Si no estás haciendo tiempo, entonces déjame salir.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe.

Reyna gritó al ver a un grupo de hombres vestidos de negro irrumpir en el departamento.

Everett cayó al suelo, pero lo ignoraron por completo, mientras dos de ellos se lanzaron directamente hacia Reyna.

Gritó de nuevo y trató de escapar, pero estaba entorpecida, lenta, con el efecto de la mordida aún en su sistema. Luchó, pero no sirvió de nada.

—¡Everett! —exclamó, llorando de pánico.

Uno de los hombres también se dirigió al chico.

—¿Es ella?

Él se incorporó con calma y se sacudió la camisa negra. Asintió una vez.

—Es ella.

—¿Qué diablos? ¿Everett? —Reyna estaba en shock—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué me retienen?

—Reyna, lo siento —dijo con voz suave.

Le apresaron los brazos detrás de la espalda y la ataron con un grueso cordón negro.

—Everett, por favor —suplicó entre lágrimas—. ¿Tú hiciste esto? ¿Quiénes son? ¿Qué van a hacerme?

Él se paró frente a ella. Sus miradas se cruzaron.

—Lamento que tengas que estar involucrada, Reyna, pero es por el bien de todos.

—¿El bien de qué? ¡No, por favor! ¡No puedes hacer esto! ¡Diles que me suelten!

—Llévensela —ordenó.

Reyna soltó un grito desgarrador, que se interrumpió cuando uno de los hombres le golpeó la nuca con fuerza. Todo se volvió borroso otra vez.

—Beckham... —susurró antes de desmayarse.