El monstruo y su última presa Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Le quitó el saco y este cayó al suelo con un golpe seco.

Él se incorporó, arrancó la corbata de su cuello y se abrió la camisa de un tirón.

Los botones volaron contra la pared, dándole la victoria a su impaciencia y Reyna le pasó las uñas por el pecho.

Era perfecto: con un físico escultural, propio de un dios.

Estaba acostumbrada a los hombres del almacén, y ninguno se le comparaba.

—Dios, cuánto he querido hacer esto —jadeó él, abriendo el botón de sus jeans y deslizándolos por sus piernas—. No tienes idea de lo difícil que fue cuando te vi salir en pura lencería.

Le besó la pantorrilla, subió por su rodilla y apoyó su pierna en el hombro, recorriéndole el muslo con los labios. Cuando llegó a la ropa interior, Reyna se arqueó debajo de él, lista para entregarse. Pero él no se apresuró: repitió el recorrido en la otra pierna.

—Becks —gimió—. No fuiste el único al que le costó aguantarse. Yo casi me estaba lanzando sobre ti.

—Oh, sí. Lo recuerdo. —La jaló hasta el borde de la cama, y enterró el rostro entre sus piernas—. Especialmente esto —murmuró, con el aliento caliente contra su ropa interior, mientras pasaba la lengua sobre la vena de su muslo.

Ella gimió más fuerte. No iba a poder resistir mucho más.

—Prueba. Sé que quieres hacerlo. —Beckham se tensó, pero ella lo miró a los ojos—. Confío en ti.

—No confío en mí mismo.

—Por favor —suplicó. Ya no le importaba rogar.

Sintió una leve punzada en el interior del muslo, y un torrente de endorfinas invadió su cuerpo.

Se estremeció; la sangre fluía como un río y todo su ser vibraba.

Tumbada en la cama, mirando al techo, era puro éxtasis.

El roce de sus manos ásperas en sus piernas la hacía temblar de pies a cabeza.

Sus pensamientos se sentían difusos y, al mismo tiempo, más claros que nunca.

Pero entonces, Beckham se apartó bruscamente. Respiraba con dificultad e incluso había tomado cierta distancia, como si luchara entre devorarla o salir corriendo.

—Eso fue delicioso —susurró ella.

—Reyna, no puedo —balbuceó—. Es demasiado peligroso.

La joven flotaba en un mar de deseo; todo en el mundo se sentía bien. Solo habían pasado unos segundos, pero habían sido la gloria. Sin embargo, más pronto que tarde, regresó poco a poco a la realidad. El subidón de endorfinas se desvanecía rápido. Dios, con razón la gente se volvía adicta a esto.

—¿Siempre es así de maravilloso? —preguntó con suavidad.

—No. —Inhaló hondo—. Es más intenso cuando hay emociones de por medio.

Reyna se incorporó y le sonrió.

—Ven aquí.

—No es seguro.

—Entonces no me muerdas.

—¿Y si no puedo detenerme?

—Sí podrás —le aseguró—. Iremos despacio.

Beckham anuló la distancia que había entre ellos.

—Lo último que quiero es ir despacio.

La besó con una pasión encendida que ella igualó.

Sin separarse, retrocedió en la cama, atrayéndolo por los hombros.

Beckham la cubrió con su cuerpo y ella se frotó contra él.

Casi no quedaba ropa entre ellos, así que le bajó los pantalones con urgencia y él terminó de quitárselos de inmediato. Ella se deshizo de su ropa interior.

Tras separarle las piernas, deslizó los dedos entre sus labios y masajeó su clítoris. Reyna suspiró, echando la cabeza hacia atrás. Su cuerpo respondía con una sensibilidad nueva, como si el mordisco anterior hubiera afinado cada nervio. Estaba completamente en sintonía con él.

De pronto, sintió la punta de su miembro reemplazar los dedos. Se arqueó, empujándolo más adentro. Le sujetó el brazo, pero él tenía otros planes: le inmovilizó las muñecas por encima de la cabeza y la penetró de un solo empujón. Reyna gritó, sintiéndolo llenarla por completo.

Sus ojos se abrieron y se encontraron con los de él. No había ni un atisbo de duda en su rostro. Era todo hombre, primitivo, reclamando lo que era suyo. Estaba escrito en su rostro: «Eres mía».

Beckham comenzó a moverse cada vez más rápido. Su cuerpo respondió moviéndose al compás, con el corazón latiéndole tan fuerte que parecía a punto de estallar. Era intenso, salvaje, piel contra piel. El calor aumentaba entre ellos. El clímax se aproximaba.

Beckham estaba cogiéndosela, y le encantaba. Cada segundo de ello. Entregaba cuerpo y alma en cada movimiento.

Él se apoyó sobre sus antebrazos y la besó con furia. Reyna no quería que ese momento terminara jamás, pero sentía que estaba al límite. Y a juzgar por sus jadeos graves y la forma en que se desplomó contra su cuello, sabía que él también.

—Dios —gimió ella. Se tensó toda, apresándolo en su interior, mientras la sacudían oleadas de placer.

Entonces sintió algo más: una punzada en el cuello. Dos punzadas extremadamente claras.

Beckham se estremeció dentro de ella al llegar al orgasmo, pero sus labios seguían pegados a su garganta.

Esta vez no fue un torrente, sino un huracán.

Una fuerza brutal que superaba cualquier orgasmo anterior.

Las endorfinas tomaron el control. Su cuerpo ya no solo se sentía difuso: comenzaba a entumecerse.

La adrenalina circulaba tratando de reanimarla, pero su reflejo de lucha o huida no respondía.

Quería esto. Quería que él siguiera bebiendo. Quería quedarse en ese paraíso eterno. Estaba atrapada en la corriente, y ya ni siquiera recordaba que quería salir…

Hasta que Beckham la mordió más profundo. Sintió una nueva punzada y eso la sacó del trance. Él no se detenía. ¡Mierda! No se iba a detener. Beckham le había dicho que era difícil parar, que estaba aprendiendo a luchar contra esos impulsos. ¿Por qué lo había tentado? Dios, lo deseaba, pero no así.

—Beckham —se quejó. Lo golpeó con fuerza en el hombro, pero no se movió. Gritó su nombre otra vez e incluso lo sacudió. No sabía cuánto había bebido, pero si seguía, la mataría.

Se revolvió debajo de él y gritó con todas sus fuerzas.

El grito lo obligó a levantar la cabeza para mirarla: sus ojos estaban oscuros y vacíos.

La sangre le goteaba de los colmillos, bajando por su mentón hasta su pecho.

Era un depredador, un animal, y la imagen la aterrorizó más de lo que jamás imaginó.

Reyna se alejó a trompicones, salió de la cama, recogió su ropa y se la puso sin pensar. Estaba mareada, desorientada. No sabía qué pensar. Solo sabía que él iba a matarla. No se había detenido, y la iba a matar.

Cuando la vio vestirse a las prisas, Beckham pareció volver en sí.

—¿Reyna? —la llamó con voz baja y atemorizada. Ella temblaba de pies a cabeza.

—Ibas a matarme.

—Yo no...

—Confié en ti —dijo con un hilo de voz.

Quería creerle. Quería pensar que el monstruo ya no estaba, que su Beckham había vuelto.

Quería confiar en que había sido solo un error, que todo estaría bien.

Pero ¿cómo olvidar que él se había alimentado de ella como si fuera comida, nada más que una presa?

No la quería por quien era, solo la deseaba como alimento.

Reyna había jurado que confiaba en que él se detendría, pero no lo hizo.

Fueron sus gritos los que lograron hacerlo volver.

Y aun así, el monstruo seguía ahí, justo bajo la superficie.