Capítulo 32
S alieron de la oficina de Harrington. Reyna llevaba su cámara en la mano. Roland se había mostrado taciturno al entregársela; su rostro dejaba claro que aquello no había terminado.
Bajaron en silencio por el ascensor y salieron del edificio sin decir palabra. Reyna sujetaba la cámara contra su pecho cuando apareció el chofer de Beckham. Subió primero, seguida por él. El coche arrancó en dirección al penthouse , por la ruta ya familiar, y la joven soltó un largo suspiro.
—Fue horrible —murmuró.
Beckham asintió, aún tenso.
—Pudo haber sido mucho peor.
Estuvo de acuerdo. La confianza que Harrington depositaba en Beckham era tan profunda que los había dejado ir... aunque estaba segura de que a partir de ahora los vigilaría muy de cerca. Ya no podría deambular por la noche. De todos modos, no pensaba romper el nuevo toque de queda.
Reyna sentía cómo se disipaba la adrenalina. Después del mitin, el accidente casi fatal y las acusaciones en Visage, estaba agotada. Lo único bueno de su día era que Beckham la había elegido. Volver juntos a su casa, como pareja, casi hacía que todo lo demás valiera la pena.
En el penthouse , por fin se permitió pensar en lo que eso significaba de ahora en adelante. No estaba ahí como empleada ni como inversión. Él la quería ahí, lo habían logrado. ¿Y ahora qué?
—¿Cómo te sientes? —preguntó Beckham con cautela.
—Alterada —admitió—, pero estoy bien.
—Lamento que Roland te haya metido en todo eso. Debería haber prestado más atención desde el principio. Habría notado cuáles eran sus intenciones.
—En realidad es culpa mía, debí haberte contado cuando Roland empezó a insinuarse. No estaríamos aquí, y jamás se habrían llevado mi cámara. —Suspiró, llevándose las palmas a los ojos—. No puedo creer que la robara en el restaurante y yo ni cuenta me di.
—Estabas molesta conmigo. No podías saber que él intentaría culparte.
—Bueno, supongo que debería borrar la página web. Es demasiado arriesgado a estas alturas.
Solo pensar en eliminarla le daba náuseas, había invertido mucho tiempo y energía en ella. Las fotos seguirían en su computadora, pero no era lo mismo: perdían vida.
—No —repuso él al instante y le acarició la mejilla con la mano—. Si la borras ahora, sabrán que era tuya. No quiero hacer nada que llame la atención. Por ahora, las fotos están seguras donde están. Las programé para que sean prácticamente impenetrables.
—Oh, claro. Tiene sentido.
—Sabes que estoy de acuerdo con lo que capturas en tus fotos, ¿verdad? —preguntó. Sus ojos oscuros decían mucho más que sus palabras. Reyna dejó de moverse, atrapada en esa mirada.
—¿Estás de acuerdo?
—Me refiero al mensaje. Estoy de acuerdo con el mensaje que querías transmitir: que hay personas allá afuera que necesitan ayuda; que la igualdad es posible y tenemos que ir al núcleo del problema: el prejuicio.
Que los ricos viven allá arriba mientras otros sufren.
Eso es lo que también intenté capturar en mi trabajo.
—Señaló las fotos enmarcadas en las paredes del penthouse —.
Solo pude colgar estas, pero creo que incluso en ellas se nota la influencia.
—¿Son tuyas? —preguntó ella, incrédula—. Me gustaron desde el primer día que vine.
—Lo sé, por eso pensé en darte la cámara. Nadie nota las fotos, pero tú sí. Tienes buen ojo.
—Gracias. Tus imágenes son realmente increíbles.
—Aprecio mucho que lo digas.
Beckham la observó con atención mientras ella recorría otra vez las fotos, intentando captar sus significados ocultos. ¿En qué pensaba cuando retrataba paisajes? ¿Quién era la mujer del café?
—Estoy de acuerdo contigo en todo: en cómo debería tratarse a las personas y hacia dónde va el mundo. En que necesitamos hacer más para cambiarlo, no apoyarnos en un camino de dependencia que se descontrola cada vez más.
Reyna sonrió, por fin alguien la entendía. Era injusto que más del noventa por ciento de las personas vivieran en la pobreza mientras el uno por ciento poseía y controlaba todo.
—Ten cuidado —bromeó—. Van a acusarte a ti de ser parte de Elle.
—Lo sé, por eso soy muy cuidadoso.
—Espera... ¿qué?
Beckham le sostuvo la mirada y Reyna se quedó boquiabierta ante lo que insinuaba su respuesta. ¿Estaba diciendo lo que ella creía que estaba diciendo? No podía ser, no tenía sentido, sería una locura, pero aun así...
—¿Tú… eres parte de la rebelión?
—Así es.
Reyna sintió que su mundo se volcaba por completo. Todo lo vivido junto a Beckham había sido una mentira. Él formaba parte de Elle, estaba en contra de todo lo que hacía trabajando para Visage. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía llevar una doble vida así? ¿Y cómo lo hacía tan bien?
Jamás, ni en un millón de años, habría imaginado que Beckham tenía vínculos con quienes querían frenar el crecimiento ilimitado de Visage.
—¿Cómo? —balbuceó.
Beckham le indicó que se sentara en el sofá y comenzó a contar su historia.
—Hace un año decidí que no podía quedarme de brazos cruzados mientras el mundo seguía por este camino.
Es destructivo tanto para humanos como para vampiros.
Si Visage domina el mundo, somete a los humanos y retrocede a una lógica animal.
.. ¿qué nos quedará? Los humanos morirán, y con ellos los vampiros.
Este mundo necesita equilibrio, y hay que encontrar la manera de lograrlo. Así que empecé a ayudar en secreto.
A Reyna le costaba procesarlo todo.
—Pero arriesgaste tu reputación por mí en la oficina de Harrington. ¿Y si comienzan a sospechar?
—Nadie sospechará. Lo hice porque sabía que funcionaría. Solo unos pocos miembros de Elle saben que colaboro con ellos, y ahora tú también.
—¿Y por qué me lo dices?
Él sonrió de lado.
—No más secretos, ¿recuerdas?
—Cierto —dijo, aunque ya se le había olvidado—. ¿Y cómo empezaste?
—Por Penny, en realidad.
—Espera —saltó Reyna—. ¿Penelope es de Elle?
Beckham hizo una mueca.
—Sí, ha sido mi tapadera todo este tiempo.
Reyna se inclinó hacia adelante, incrédula.
—¿Tú y Penelope no estaban saliendo?
—No —admitió, algo avergonzado—. Pero tenía que mantener las apariencias para tener una excusa que me permitiera asistir a reuniones. Me temo que quieren que siga haciéndolo.
—Espera, espera. ¿No eres novio de Penelope?
Por toda respuesta, Beckham le tomó el rostro y le plantó un suave beso sobre los labios.
—No. ¿No es obvio? Solo quiero estar contigo.
Reyna sintió que el mundo le daba vueltas. Toda esa nueva información era demasiado. Primero, Beckham y Penelope nunca habían sido pareja. Y ahora… ahora él la quería solo a ella. Su respiración salió entrecortada, y sus ojos se abrieron más de lo usual.
—Está bien —dijo él—. No tienes que decir nada. Es solo que he vivido más tiempo que tú, y sé que nunca me había sentido así por nadie.
—Oh, Becks... dejé a mi familia para estar contigo —le recordó con un suspiro—. Claro que quiero estar contigo.
La sonrisa que Beckham le regaló fue deslumbrante: era una sonrisa capaz de eclipsar al mismo sol.
Él había dudado de los sentimientos de Reyna, incluso cuando era ella quien había impulsado todo desde el principio.
Ella misma no había estado segura de lo que sentía hasta decirlo en voz alta.
Durante todo ese tiempo, él la alejaba y ella negaba su afecto; sin embargo, ahora que ambos lo expresaban, ahora que estaba claro entre los dos. .. todo tenía sentido.
Sus labios se encontraron con urgencia, desesperados por sentir al otro. No había rastro de la contención habitual en sus besos. Era algo primitivo, adictivo; era todo lo que Reyna quería, todo lo que alguna vez había querido. Beckham era suyo.
Y parecía pensar lo mismo, porque la alzó en brazos y la llevó al otro lado de la habitación. Una vocecita en el fondo de su mente notó que la estaba llevando a su dormitorio, un lugar al que antes tenía terminantemente prohibido entrar.
Su corazón estaba por las nubes con todas las barreras que se habían derrumbado esa noche; por fin había cumplido su promesa de mostrarse tal como era: el hombre que había visto en la azotea.
Antes había dudado de todo, pero ahora el vampiro le confiaba su secreto más oscuro y profundo.
Y eso la conmovía y emocionaba en partes iguales.
Beckham empujó la puerta de su habitación y Reyna se quedó boquiabierta.
Aquello era más bien un ala entera aparte.
Todo estaba rodeado de vidrio, claramente diseñado a la medida.
A la izquierda había una oficina privada, un baño enorme al lado de un vestidor lleno de trajes de diseñador.
La habitación daba a la ciudad, y la vista desde la terraza abierta era espectacular.
Sin embargo, lo que capturó su atención de inmediato fue la cama: una colosal cama blanca tamaño king en el centro de la habitación.
—Guau —murmuró, maravillada.
Beckham la recostó sobre el colchón y recorrió su silueta con ambas las manos.
—Bienvenida a mi santuario.
—¿Por qué nunca dejas entrar a nadie aquí?
Le subió la camiseta, besándola desde el vientre hasta el pecho mientras se la quitaba.
—Me gusta mi privacidad.
—Lo dice el hombre con una vista panorámica.
—Que vive en el último piso.
— Touché . Bueno, me parece hermoso.
Él se inclinó sobre sus labios.
—Es tuyo.
El beso fue explosivo: un mes entero de tensión acumulada estalló de golpe. A Reyna le costaba no apurarlo. Estaba desesperada por sentirlo, por saber que él era suyo y de nadie más. No le bastaba con saberlo, quería experimentarlo en su piel, unir sus almas.
Jamás había conocido a alguien así, un hombre que arrasaba con todo a su paso. La sola idea de dejarlo la destrozaba. Pensar en que él no la quisiera… era aún peor. Pero ahora estaban aquí, sus labios fundidos, y todo en el mundo tenía sentido.