Capítulo 27
E n cuanto la puerta se cerró tras ellos, Beckham la ayudó a volver a ponerse de pie.
Reyna se tambaleó un poco y se recargó en la pared para mantenerse erguida.
Aunque estuviera a punto de desmayarse de nuevo, no quería quedarse en los brazos de Beckham.
La pared estaba fría al tacto, y la firmeza de la superficie la ayudó a recuperar el control.
Imágenes cruzaron su mente como fogonazos: colmillos hundiéndose en carne, miradas lascivas, un corsé desgarrado, paredes que temblaban.
Cerró los ojos y obligó al pánico a retroceder.
Ya había salido de allí, nadie podía hacerle daño… excepto el hombre frente a ella, el mismo que desde el principio había prometido romperla.
Reyna abrió los ojos y esperó a que se acostumbraran a la oscuridad. Beckham estaba justo enfrente, pero su mirada se perdía por el túnel, contemplativo. Fue entonces cuando notó que no estaba tan oscuro como esperaba. Una tenue iluminación llegaba desde el techo en intervalos irregulares.
Beckham sacó su celular del bolsillo. Ese maldito celular. La luz de la pantalla iluminó su rostro, donde aún se notaba el miedo, a pesar de que ya habían salido del club. Sin embargo, no entendía qué podía temer Beckham.
—Mierda —murmuró—. No hay señal.
La joven soltó un gemido. Perfecto, justo lo que le faltaba.
—No debí haber venido.
—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo —replicó él con terquedad.
Reyna puso los ojos en blanco y luego le lanzó una mirada fulminante.
—¿Cómo te atreves a decirme eso justo ahora? —escupió con voz helada—. Si no querías que viniera, si en realidad querías a Penelope todo este tiempo, entonces esto es tu culpa.
—Te dije que no vinieras. Insististe hasta acorralarme.
—Nadie te acorrala. Soy tu empleada, ¿recuerdas? Tú me dices qué hacer.
—Sí, y ahora mismo te digo que te calles.
—No —espetó enderezándose—. No he terminado. Todo esto ha sido una farsa, y ya me harté. No puedo creer que bebieras de Penelope.
—Reyna —la interrumpió, su voz era afilada como un cuchillo.
—¿Cómo pudiste hacerlo? —preguntó, casi desesperada—. Después de lo que ocurrió en la azotea... y de todo lo demás. ¿Cómo?
Beckham apretó la mandíbula y desvió la mirada.
—Es complicado.
—No, no lo es. No bebes de mí, pero sí de ella. Eso no es complicado. Es una mierda.
—Tenemos que irnos. Hablaremos de esto luego.
—No, vamos a hablarlo ahora. Y empecemos por esto: no quiero que me vuelvas a tocar —gruñó—. Eres un mentiroso, un infiel y un cobarde.
Sus ojos se endurecieron mientras se erguía y le mostraba los colmillos. Ella intentó no demostrar miedo, pero cuando Beckham quería intimidar, era muy bueno para ello.
—Me han llamado muchas cosas, pequeña, pero cobarde no es una de ellas.
Reyna no retrocedió.
—Un cobarde es un hombre dividido entre dos mujeres que engaña a ambas. Así que te lo pondré fácil: no voy a estar en el medio. Quiero irme a casa.
—Sí, ya nos vamos. Hablaremos de esto cuando lleguemos. Tenemos que caminar hasta tener señal.
—No —escupió Reyna—. Quiero irme a casa, con mis hermanos, al Distrito de Almacenes.
—¿Qué? —Beckham volteó hacia ella y la miró con atención.
—Ya me oíste. Estoy harta, quiero irme a casa —insistió—. Quiero alejarme de este mundo, de este mundo horrible y asqueroso.
Él apretó la mandíbula, exhaló con fuerza y apartó la mirada.
—Hablaremos cuando te calmes.
—No voy a cambiar de opinión.
—Ahora mismo me da igual, Reyna. Estamos encerrados fuera del club, en un túnel oscuro y abandonado, después de que arruiné una relación de negocios muy importante por ti.
Así que discúlpame si no quiero escuchar que quieres irte a casa justo ahora.
Has demostrado ser más problemática de lo que vales —dijo, haciendo un gesto brusco con las manos—, y quiero salir de aquí.
Ya decidiremos qué hacer contigo más adelante. Vámonos.
Empezó a caminar por el túnel, y sin otra opción, ella lo siguió.
Las palabras de Beckham le removieron el estómago; le había dicho que quería marcharse, pero no esperaba esa reacción.
¿Por qué quería que él luchara por ella?
No bastaba con que hubiera golpeado a Roland por tocarla, eso solo era proteger lo suyo.
Esto era Beckham mostrando que no le importaba si se quedaba o se iba; de hecho, acababa de decir que era demasiado problema.
Todo eso sin molestarse en explicarle qué pasaba con Penelope. Reyna no podía soportarlo más.
Caminó como pudo con sus botas de tacón. Le dolían los pies y hacía frío en el túnel, pero no se quejó, no iba a mostrarle su dolor.
—¿Hueles eso? —preguntó Beckham, levantando la cabeza.
Reyna inhaló profundamente.
—No huelo nada.
—Mierda. No, aún no. —Aceleró el paso y ella tuvo que dar zancadas torpes para no perderlo.
—Beckham, más despacio. No puedo alcanzarte y no sé a dónde voy.
—Tenemos que apurarnos, Reyna.
Él empezó a correr, y la joven apenas podía seguirle el paso.
—¡Beckham! —gritó con la respiración entrecortada. Lo perdió de vista en la oscuridad y su voz subió de tono, presa del pánico—. ¡Becks!
Un minuto después, el vampiro volvió a aparecer, jadeando y casi delirante.
—No está. No está allí.
Reyna se dobló, con las manos sobre las rodillas, tratando de recuperar el aliento.
—¿Quién? ¿Dónde?
—Penny. Sigue adentro. ¡Mierda! Esto no debía pasar. —Caminó de un lado a otro, murmurando para sí.
—No entiendo nada. ¿Qué pasa? —Reyna lo sujetó y lo sacudió con toda la fuerza que le quedaba. Él la miró, pero sus ojos parecían perdidos, salvajes. No era el Beckham que ella conocía—. Reacciona y dime qué está mal.
—Ella no debía quedarse atrapada.
—¿Por qué está atrapada? No entiendo lo que dices.
—Tengo que arreglar esto —dijo, y sus ojos se encendieron de repente.
Beckham la alzó como si fuera de trapo, ignorando sus protestas, y corrió hasta la entrada principal.
Reyna no tenía idea de qué estaba ocurriendo.
Beckham parecía frenético, y eso la asustaba.
Llegaron junto a un grupo de personas, formado en su mayoría por conductores humanos, aunque también había una vampira y su escolta; inmediatamente, Beckham la dejó en el suelo y se abrió paso entre la multitud.
Algunos golpeaban inútilmente la puerta.
Reyna bajó la vista y pudo ver humo deslizándose por la rendija.
Su corazón se detuvo al darse cuenta de lo que Beckham había olido: humo. Se trataba de un incendio.
—Dios mío —susurró, llevándose la mano a la boca.
Ahora que lo notaba, tosió por la irritación en sus pulmones. La horrible realidad se impuso: todos estaban atrapados dentro sin forma de salir. Con razón Beckham se había desesperado por Penelope. Por mucho que la envidiara o la detestara, Reyna no quería que muriera.
Observó cómo el vampiro tomaba el control del grupo. Seguía alterado, pero ahora tenía un propósito.
—Tú, llama a emergencias. Que vengan ambulancias y bomberos ya.
El conductor dudó.
—Pero no deben saber de este lugar. Tenemos órdenes.
Beckham lo miró incrédulo.
—Si no lo hacen, mucha gente morirá. ¿Qué es más importante para ti? ¡Llama ya!
El hombre asintió y sacó su teléfono. Reyna temía que los bomberos no llegaran a tiempo. Inhalar el humo no mataría a los vampiros, pero las llamas sí.
Beckham envió a la vampira y su escolta a la entrada trasera.
Mandó a un grupo de conductores a las habitaciones.
Dejó al grupo más grande intentando forzar la puerta principal mientras él se dirigía hacia otra salida que recordaba.
Reyna corrió detrás de él y lo alcanzó cuando golpeaba una puerta lateral.
—No deberías estar aquí —espetó al verla.
—No voy a dejarte —respondió como si quisiera tranquilizarlo, pero lo cierto era que no tenía a dónde ir.
Él no dijo nada más. Tras unos minutos, logró abrir la parte superior de la puerta. El humo salió en oleadas y pudo escuchar gritos del otro lado.
—Pase lo que pase, Reyna, quédate aquí.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con los ojos enrojecidos.
—Tengo que ir por Penny.
—¿Cómo? ¿Vas a caminar entre las llamas? Podrían matarte. No hagas locuras.
—Penny está ahí dentro y no la dejaré morir por mi culpa. —Forzó aún más la puerta. Sus manos estaban llenas de ampollas y sangre; si eso le hacía a un vampiro, el calor debía ser insoportable—. Si es una locura, que así sea. Ella ni siquiera debía estar aquí esta noche, no la voy a abandonar.
La puerta se desprendió con un chirrido. Vampiros y humanos salieron tambaleándose, tosiendo, cubiertos de sangre y ceniza.
Beckham se abrió paso entre ellos, y Reyna lo siguió. Lo tomó de la mano y tiró de él.
—Por favor, detente —suplicó.
—Aléjate, Reyna. No puedo preocuparme por las dos ahora mismo.
—Regresa conmigo—rogó. Por más furiosa que estuviera, verlo entrar al fuego era como asomarse a su propia locura. Las llamas la consumían por dentro tanto como a él por fuera.
Sin previo aviso, él le plantó un beso feroz y posesivo.
—Volveré. —Y luego desapareció entre las llamas.
Reyna se unió al grupo de evacuados y se quedó esperando.
No podía creer que Beckham arriesgara su vida por Penelope y, sin embargo, lo entendía.
Estaba claro que sentía algo por ella, pero la joven quería creer que sus razones iban más allá.
Beckham valoraba la vida humana, y lo demostraba más que nunca con este rescate.
Roland seguramente habría abierto una puerta solo para los suyos, pero cuando Beckham le ordenó al hombre que llamara a emergencias, había dicho: «Mucha gente morirá». Gente, no vampiros.
Esperó con el alma en vilo, pero Beckham no salía.
—Ya son todos —anunció un hombre—. No pudimos sacar a más. El salón principal colapsó y mató a docenas. No hay esperanza para el resto.
—¡No! —gritó Reyna—. No pudo haber entrado para nada.
El sonido lejano de ambulancias y camiones de bomberos marcó su llegada. También llegaron medios de comunicación y policías, que tomaron declaraciones. Reyna no prestó atención a nada, se limitaba a observar la entrada. Esto no era el final, Beckham no había ido a morir.
—Señorita, ¿está bien? ¿Puede contarnos qué pasó? —le preguntó una reportera, acercándole un micrófono.
—No. Déjeme en paz —dijo, apartándola con el hombro.
Había pasado demasiado tiempo. El rescate de Penelope había sido una misión suicida; Beckham era un vampiro, pero no invencible.
Las lágrimas le corrían por el rostro como ríos negros, pero no se apartó.
Aunque le picaran los ojos y le ardiera la garganta; aunque un paramédico la revisara y un policía intentara convencerla.
—Señorita, tiene que alejarse. Hay que despejar la zona.
—¡No! —sollozó—. Aún está ahí. Me prometió que volvería.
—Tenemos bomberos buscando entre los escombros. ¿Puede decirme a quién buscan y dónde podría estar?
—Me prometió que volvería —repitió como un mantra.
—Por favor, déjeme ayudarla —pidió el policía, llamando a los paramédicos.
Ella solo repetía una y otra vez:
—Me prometió que volvería conmigo.
—No ha salido nadie con vida desde hace quince minutos —explicó el oficial, tocándole la mano con suavidad.
—No. Volverá, lo prometió.
—Señorita...
Y entonces, de entre el humo, emergió una figura vestida de negro cargando a una mujer desmayada.
—Santo cielo —exclamó el policía, horrorizado.
—¡Beckham! —Reyna empujó al oficial y corrió hacia él—. Volviste.
Beckham tenía la mirada perdida, pero al verla, pareció recobrar el aliento.
—Necesita un hospital, ya.
—Las ambulancias ya llegaron —lo tranquilizó.
Como si la hubieran escuchado, dos paramédicos se acercaron con una camilla. Beckham colocó a Penelope sobre ella y comenzaron a atenderla. En cuanto la soltó, Reyna lo abrazó con fuerza, aferrándose a su traje cubierto de ceniza.
—Pensé que te había perdido —dijo, aún horrorizada—. Gracias a Dios estás bien.
—Él no responde nuestras plegarias —espetó el vampiro con voz hueca.
—Sí responde las mías.
Beckham le acarició el cabello como si ni siquiera fuera consciente de su presencia y se acercó para ver cómo trataban a Penelope.
—Tenemos que llevarla al hospital. ¿Usted puede responder por ella? —preguntó un paramédico.
—Sí —respondió sin dudar.
—Entonces venga con nosotros —indicó el hombre, mientras alzaban la camilla y abrían paso entre la multitud. Beckham posó una mano en el hombro de Reyna.
—El coche te llevará al penthouse . Gerard viene por ti.
—Becks…
—Tengo que ir con Penelope. Ve a mi casa y hablaremos de tu partida cuando regrese.
Ella tragó saliva, odiando cómo sonaba eso. Irse era lo sensato, pero no podía evitar que su corazón siguiera buscándolo.
—Beckham, por favor.
—Listos —llamó el paramédico.
—Vete, Reyna. Tengo que cuidar de Penelope. Ella me necesita, y me dejaste claro que tú no.
Beckham subió a la ambulancia justo antes de que la puerta se cerrara de golpe, y Reyna observó sus ojos oscuros a través del cristal antes de que se lo llevaran.