El monstruo y su última presa Capítulo 26
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Capítulo 26

R eyna salió tambaleándose del salón principal del burdel. Le costaba ver por las lágrimas que le empañaban los ojos, pero aun así se abrió paso entre la gente. Lo único que quería era estar sola. Sentía que estaba a punto de desmoronarse y no era seguro hacerlo frente a nadie.

Sin embargo, no parecía haber ningún sitio desocupado. La Bóveda estaba construida como un laberinto, una trampa que la retenía y se negaba a soltarla. Lo único que hacía era caminar en dirección contraria a la multitud.

Después de unos minutos, encontró un pasillo largo lleno de puertas, prácticamente vacío en comparación con el resto del edificio.

Se limpió los ojos con cuidado, intentando no arruinar su maquillaje, y caminó en busca de una habitación libre.

Abrió de golpe la primera puerta: un hombre tenía a una mujer inclinada y la embestía con fuerza desde atrás.

Reyna soltó un grito y cerró la puerta de inmediato.

Corrió más allá en el pasillo y probó con otra puerta. Lo que vio fue incluso más perturbador: había al menos diez personas envueltas en un frenesí sexual.

—¿No estás viendo que la habitación está ocupada? —gritó una mujer.

—Perdón, perdón. No sabía —murmuró.

Un vampiro desnudo que observaba la escena le sujetó la muñeca.

—Oye, preciosa, no tan rápido. Te ves absolutamente deliciosa. ¿Por qué no te quedas y te unes? Hay espacio para una más.

El pánico empezó a apoderarse de ella.

—No… no, gracias.

—Vamos, seremos cuidadosos. ¿Verdad que sí?

Sus ojos decían claramente que ser cuidadoso no estaba en su vocabulario. Intentó zafarse, pero él le rodeó la cintura y la atrajo hacia el interior del cuarto.

—¡Suéltame! —chilló—. ¡Dije que no!

—Eres parte de la Bóveda —replicó, aspirando el aroma de su cabello—. Aquí el no no existe, muñeca.

Reyna palideció.

—Eso es una violación.

—Estás aquí. Ya diste tu consentimiento —respondió con crueldad—. Debes de estar deliciosa con toda esa sangre corriendo tan rápido por tus venas. Puedo sentir tu corazón latiendo como loco.

—Por favor… por favor, déjame ir —rogó, sin importar lo desesperada que sonaba. Lo estaba. No quería que esto pasara. Solo quería estar sola para entender qué había pasado con Beckham.

—Veamos qué tipo de sangre eres, aunque no es que eso importe —se burló.

Reyna se congeló. Eso era justo lo que Beckham le había dicho. Esta gente claramente era parte de la primera facción de vampiros, los que no respetaban a los humanos. No les importaba violarla o beber de ella, aunque eso significara matarla, o a cualquiera de los presentes.

El hombre le apretó la muñeca, clavándole las uñas en la piel. Entonces vio el brazalete de diamantes que Beckham le había puesto. Al leer la inscripción, soltó su mano como si le quemara.

—¿Beckham Anderson? —preguntó.

—Sí. —Reyna retrocedió tambaleándose.

—Prefiero arriesgarme con otra. Ese tipo es un maldito asesino.

Reyna no necesitaba que se lo dijeran dos veces.

Salió a toda prisa de la habitación, escuchando carcajadas a sus espaldas.

Corrió por el pasillo hasta asegurarse de que nadie más la seguía y entró a una habitación completamente vacía.

Se dejó caer sobre la cama, encogió las rodillas contra el pecho y dejó que las lágrimas fluyeran.

Después de un minuto al borde de la hiperventilación, se obligó a calmarse. Podía estar destrozada por Beckham, por Penelope, por el hombre que había intentado violarla, pero no iba a permitir que nada de eso saliera de esa habitación.

Ahora entendía por qué Beckham no quería traerla aquí. Ni siquiera había bebido de ella. Claramente no quería compartirla y, sin embargo, allá estaba, bebiendo de Penelope. Haciendo quién sabe qué cosas con ella. ¡Ugh! No podía ni pensar en eso.

Se había enamorado de él, eso era un hecho.

Ya no era solo algo físico; había visto al verdadero Beckham en esos pequeños momentos: cuando le habló sobre los rebeldes de Elle, cuando la protegía, cuando le dio la tarjeta negra sin pedir nada a cambio, cuando le regaló la cámara, cuando hablaban de fotografía.

Todo. No era el empresario frío que mostraba al mundo.

Era una persona totalmente distinta, y aceptarlo le estaba rompiendo el corazón en mil pedazos.

Por más sexy que hubiera parecido al principio, la Bóveda era una enfermedad. No hacía más que perpetuar el mismo comportamiento que la cura por tipo de sangre intentaba erradicar.

Deseó haber traído su cámara para revelar el verdadero lado oscuro de la élite vampírica, pero claro, no la tenía.

Y aunque la tuviera, no implicaría a Beckham en esto.

Por más que lo odiara en ese momento, no quería herirlo como él la había herido a ella.

Lo único que quería era volver a casa con sus hermanos; había ahorrado lo suficiente para sobrevivir un tiempo, y redoblaría esfuerzos para conseguir otro trabajo cuando regresara.

Cualquier cosa sería mejor que este juego.

Se sentó en la cama y respiró hondo. Sí, eso era lo que iba a hacer.

Justo cuando llegaba a esa conclusión, la puerta de la habitación se abrió. Se levantó de golpe, lista para pedirle a quien fuera que la dejara en paz. Pero entonces, Roland entró, cerró con seguro, y ella supo al instante que todo acababa de irse a la mierda.

—Hola, criatura.

Reyna intentó ocultar el miedo que la invadía. Roland no era como el otro vampiro, el que la había soltado al oír el nombre de Beckham: este tipo no conocía el miedo. Llevaba semanas jugando con ella, esperando el momento perfecto para atacar.

—Has estado jugando al gato y al ratón conmigo —dijo, avanzando lentamente.

—No es cierto —replicó con voz firme, aunque dudaba haber sonado convincente. Lo único que había en ella era miedo. ¿Cómo iba a escapar en una habitación cerrada hecha para aprisionarla?

Roland chasqueó la lengua como si hablara con una niña caprichosa.

—Nada de mentiras, criatura. Te he estado vigilando. Sabía que eventualmente te encontraría sola.

Se acercó aún más, y ella retrocedió. Su sonrisa se volvía más letal con cada paso. La arrinconó hasta que sus rodillas tocaron la cama. Se dejó caer con fuerza y se alejó de un salto.

—Beckham probablemente me está buscando.

—No, no lo está —replicó con seguridad—. Está muy ocupado con la señorita Sky y lo estará por un buen rato, me imagino. Siempre es así.

Reyna se estremeció al pensar en Beckham y Penelope juntos. Y lo peor de todo: sabía que era verdad. Beckham ni siquiera había notado que se había ido mientras bebía de Penelope. No la estaría buscando, y Roland disfrutaba viéndola llegar a esa conclusión.

—Pero no te preocupes —murmuró, acariciándole el brazo. Reyna sintió náuseas—. Puedo mantenerte ocupada yo solo.

Reyna corrió hacia el otro lado de la cama y se lanzó hacia la puerta, pero Roland le sujetó el brazo antes de atravesarla. Gritó mientras él la agarraba con fuerza y la arrojaba contra el borde de la cama. Él soltó una carcajada.

—No puedes irte. Ya me aseguré de ello.

Le apartó un mechón de cabello del rostro como si la acariciara. Reyna apretó los dientes.

—¿Dónde estábamos? Ah, sí. No me digas que no has estado imaginando este momento. Yo sí.

—Jamás he pensado en ti de esa manera —escupió.

—¿Te imaginas así con él, pero no conmigo?

—espetó, asqueado—. Él solo te quiere como un capricho pasajero.

Yo encuentro entretenida tu voluntad; es algo que vale la pena someter, como un caballo de raza.

En Francia solíamos pagar una buena suma por un caballo domado.

Y yo te veré así, a partir de esta noche.

Reyna gritó cuando el vampiro se lanzó hacia ella.

Se escabulló bajo su brazo, corrió hacia la puerta y forcejeó con la cerradura, pero no fue suficientemente rápida.

Roland la agarró del cabello y la jaló hacia atrás; chilló de dolor al sentir cómo le arrancaba mechones del cuero cabelludo y su peinado se deshacía.

La arrastró por el cuarto, y ella perdió el equilibrio; la empujó de nuevo sobre la cama y se subió encima.

Las lágrimas le corrían por el rostro, mezcla de dolor y terror.

—Mira cómo tiemblas y lloras, y qué delicioso sabes —se regodeó, lamiendo una lágrima de su mejilla—. Oh, planeo saborear cada gota.

El vampiro le arrancó el corsé de un tirón, dejándole los senos al descubierto.

—Por favor, no —suplicó Reyna—. Por favor, por favor, no. No, no, no...

—Oh, sí, vas a ser un manjar —susurró, besándole los labios. Reyna se apartó con asco y se negó a rendirse—. Me encanta este juego, aunque siempre me dicen que no debo jugar con mi comida.

Le sujetó la cabeza hacia atrás, exponiéndole la garganta. Sus colmillos bajaron hacia su cuello y sintió el roce de su boca en la piel. Este sería su fin. Su primera mordida… y probablemente la última.

Entonces el tiempo se detuvo. La puerta se abrió de golpe: Roland levantó la cabeza para ver quién se atrevía a irrumpir en su habitación, y Reyna alcanzó a ver a Beckham en el umbral. Era una sombra asesina vestida de negro y el rostro hecho una tormenta a punto de estallar.

—Suéltala, Roland. —Su voz era tan baja como peligrosa. Roland se echó a reír, al borde de la locura, pero no la soltó—. Es mía.

—Entonces ven y quítamela.

Beckham dio un paso letal hacia adelante y Roland se movió para morder. Reyna gritó, pero antes de que sus colmillos alcanzaran la piel, Beckham se lo arrancó de encima y lo lanzó al otro lado del cuarto. Roland aterrizó agazapado tras golpear la pared.

—¿Pelearás por ella? —preguntó.

—No me dejas alternativa.

Y así fue, los dos lo entendieron al mismo tiempo.

Se lanzaron uno contra el otro tan rápido que eran un borrón.

El enfrentamiento de Beckham con el vampiro del callejón le había parecido rápido, pero esto era otro nivel.

Eran dos maestros en igualdad de condiciones, dos bestias mortíferas con pasados que hablaban por sí solos, y con los cuales se habían ganado los puestos más altos de Visage.

No había forma de seguir la pelea. Golpes, bloqueos, cuerpos contra las paredes, trozos de techo cayendo, muebles hechos añicos.

Todo era una danza sincronizada y letal.

Reyna permaneció lejos de la acción, agazapada en una esquina y aferrándose a su corsé destrozado.

No paraban, cada golpe era más brutal. Hasta que Beckham acertó de lleno en la sien de Roland, y este cayó como un saco vacío.

Estaba completamente inerte, aunque no había muerto.

Beckham no querría matarlo, pero en ese instante, Reyna casi lo deseó.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó alguien desde la puerta.

Reyna no había notado que había gente observando. Apretó el corsé contra sí y se hizo un ovillo. Quería desaparecer, olvidar por completo esa noche.

Beckham se acomodó el traje y enfrentó al hombre que dispersaba a los curiosos.

—Ya está resuelto —anunció.

—Conoce las reglas, señor Anderson. Está prohibido pelear.

—Las conozco, pero el señor Batiste intentó adueñarse de mi propiedad sin permiso. Estaba en mi derecho de detenerlo.

El hombre frunció el ceño.

—Muy bien, pero debe retirarse. Ha causado un espectáculo.

—Nadie entra, nadie sale —le recordó.

—Protegemos a los nuestros. Lo sacaremos por la puerta trasera.

La expresión de Beckham seguía siendo la de alguien dispuesto a matar, y el hombre estuvo a punto de ceder. Sin embargo, las reglas eran reglas, y Beckham las había roto para salvarla. Al final, asintió.

Se giró hacia ella, y notó que estaba casi desnuda y temblando.

—Oh, Reyna.

La ayudó a ponerse de pie. Reyna no dejaba de temblar. Beckham se quitó el saco y se lo echó a los hombros. Olía a él, y ella se aferró a la prenda. El vampiro intentó tocarle la espalda, pero ella se apartó; podía haberla salvado, pero eso no borraba todo lo demás.

Ya estaba harta. Harta de verdad. Beckham Anderson ya no tenía poder sobre su cuerpo ni sobre su mente.

—Reyna… —Su voz se quebró.

La joven le lanzó una mirada llena de odio y cruzó la habitación, tambaleándose.

No llegó muy lejos, sus piernas cedieron.

Beckham la atrapó al instante y ella intentó zafarse, pero la adrenalina comenzaba a esfumarse.

Estaba agotada, herida, humillada, expuesta y furiosa, tan furiosa.

Sin embargo, su cuerpo no le respondía; sus piernas no funcionaban. Estaba en shock.

Al ver que no avanzaba, Beckham la alzó en brazos y la sacó de la habitación. No tenía fuerzas para discutir, ni para gritarle que se fuera, o para decirle cuánto mejor había sido su vida sin él.

El hombre que lo había obligado a irse los condujo por un pasillo hasta otra puerta. No era tan imponente como la principal, pero seguía viéndose sólida.

—Tendré que cerrar con llave detrás de ustedes.

—Está bien, haré que mi chofer nos recoja.

Entonces llevó a Reyna a través de la puerta, salieron a un túnel largo y completamente vacío, y el hombre cerró a sus espaldas con un golpe seco que los dejó sumidos en la oscuridad absoluta.