El monstruo y su última presa Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Obedeció a regañadientes. Una pareja de vampiros, un hombre y una mujer, subían al escenario con movimientos felinos.

Él iba con pantalones de vestir negros y el torso desnudo.

Ella, vestida con un leotardo negro de licra y botas altas de cuero, apartó con facilidad al hombre rubio, que se alejó unos pasos y comenzó a masturbarse.

La vampira se inclinó con una sonrisa dulce... y le clavó los colmillos en el cuello sin ninguna advertencia. Al principio, la joven gritó, silenciando toda la sala, pero pronto sus gritos se convirtieron en gemidos de placer.

El primer hombre perdió el control dentro de ella con sus gemidos, y el vampiro lo reemplazó. Le levantó las piernas en el aire y le perforó la vena del muslo interno, la misma con la que Beckham había bromeado con Reyna hace unos días.

La sangre de Reyna hervía, estaba al borde del orgasmo. Apenas podía resistir mientras Beckham hacía círculos con el pulgar sobre su clítoris.

—Deja de ponérmelo tan difícil —gruñó.

—¿Qué? —preguntó ella, alargando la mano para tocarle el pene por encima del pantalón. Beckham se tensó un segundo, pero no la detuvo.

—Alejarme de ti.

—Me deseas, Becks. Soy tuya —susurró con voz ronca—. Solo elígeme a mí.

Reyna lo apretó con más fuerza justo cuando la mujer del escenario soltaba otro grito desgarrador.

Ahora el vampiro estaba hundido en su interior, esparciendo sangre sobre su piel y su ropa blanca.

La vampira recorría con la lengua uno de sus senos, mientras el segundo hombre se posicionaba detrás de ella para penetrarla también.

—Reyna —gimió, y ese sonido fue su perdición. Se deshizo en una oleada de placer incontrolable. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. ¡Mierda! Su cuerpo tembló con la fuerza del orgasmo, tanto que tardó varios segundos en recuperar el aliento y volver en sí.

Cuando al fin se calmó y Beckham retiró la mano, Reyna llevó la suya entre sus piernas y recogió su humedad con un dedo que llevó hacia los labios de él.

—¿Ves lo que me haces? Prueba —exigió. Él se metió el dedo en la boca y lo chupó—. Es todo tuyo.

—Uf, qué mojada estás… —murmuró él al liberar su dedo.

—Sí, exacto —respondió Reyna—. Y quiero estarlo más.

Se miraron mientras las parejas del escenario llegaban al clímax.

Hubo un instante de electricidad pura entre ellos antes de que Beckham desviara la vista.

Reyna sintió un golpe de decepción ante su falta de reacción; sabía que la deseaba, acababa de demostrárselo. .. y aun así, se negaba a elegirla.

Madame Dee regresó al escenario entre aplausos entusiastas del público.

—Gracias a todos —exclamó, y extendió su gesto hacia los participantes—. Y gracias también a ustedes. Ahora, pueden usar sus tarjetas de participación como deseen.

—Ha sido la mejor función que he visto en mi vida. —Roland se giró hacia ellos—. Diría que ustedes dos la disfrutaron bastante.

Reyna apartó la mirada, rezando por no estar tan roja como se sentía. Solo quería desaparecer con Beckham y resolver todo esto, o coger hasta que se resolviera solo, ya ni sabía. Lo deseaba tanto que consideraba echar a las personas del escenario para quedarse en esa cama con él.

—Vamos, querido —le dijo Cassandra a Felix—. Hay alguien que muero por presentarte.

Desaparecieron entre la multitud, dejando a Reyna sola con Beckham, Roland y Sophie. Esta última parecía impaciente, pero incluso ella entendía que ese era un terreno donde mandaban los vampiros.

—Ah, ¡ahí estás! —Roland se puso de pie—. Me preguntaba si vendrías después de todo.

Reyna apartó la vista de Beckham para ver a quién se dirigía y quedó atónita. ¿Qué mierda…?

—Penny —dijo Beckham, con la misma sorpresa que invadía a Reyna.

Y, por supuesto, Penelope se veía deslumbrante.

El cabello le caía sobre un hombro, largo y con ondas perfectas.

Llevaba un bustier negro, una falda entallada a juego y medias de red.

No iba tan descubierta como la mayoría de los humanos del lugar, pero, claro, la hija del alcalde no era como los demás.

—Lamento haberme perdido el espectáculo —se disculpó. Sus ojos se posaron en Beckham, y Reyna notó un atisbo de preocupación. ¿A qué venía eso? Sin embargo, esa expresión fue reemplazada enseguida por una mirada venenosa dirigida hacia ella.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Beckham. Penelope se encogió de hombros.

—Roland dijo que querías que viniera —ronroneó, rodeando la mesa.

Reyna sintió un nudo en el estómago. ¿Cómo podía quedarse sentada viendo esto? Él acababa de tomarla con sus dedos... ¿y ahora se dejaba coquetear por Penelope en un burdel?

Beckham le lanzó a Penelope una mirada fulminante, pero ella sonrió y le tocó el hombro con actitud juguetona.

—Sigo invitada, ¿no?

Con la otra mano, la joven recorrió su clavícula desnuda hasta llegar al cuello: estaba tentándolo, provocándolo.

Reyna la vio mirarla de reojo por encima del hombro del vampiro.

Penelope estaba ganando, podía sentirlo.

Todo lo ocurrido en los últimos días se esfumaba.

Por supuesto que él quería a Penelope, pero dolía que siempre volviera a lo mismo.

—Por supuesto que estás invitada —dijo Beckham al fin.

Reyna ya no aguantaba más. No podía creer semejante mierda.

—Toma mi sitio —ofreció, levantándose con brusquedad—. Ya no me sirve para nada.

—Reyna. —La voz de Beckham era casi suplicante, pero ella no lo escuchó.

—No pasa nada —la tranquilizó Penelope con dulzura, y sin previo aviso se dejó caer sobre el regazo de Beckham. Lo miró a los ojos, le rodeó el cuello con el brazo y soltó una risita—. Estás hambriento —susurró, inclinando el cuello hacia él—. Toma un sorbo, amor.

Reyna se estremeció al escuchar esas palabras, casi idénticas a las que ella misma le había dicho. Su corazón palpitaba con fuerza; sentía náuseas.

—Penny —gruñó.

—¿Qué? —preguntó con fingida inocencia.

Beckham dudó solo un instante antes de hundir los colmillos en su garganta. Reyna se quedó paralizada al verlo beber de Penelope. Ella parecía extasiada, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados.

No podía creerlo. Aquello era lo único que siempre le había negado y ahora lo hacía con Penelope. Imaginarlo bebiendo de ella era algo tan íntimo, tan sensual... y él acababa de destruirlo todo. Se sintió tan estúpida que las lágrimas nublaron su vista. Tenía que salir de allí.

Sin mirar atrás y sin pensar en su seguridad, se dio la vuelta y huyó.