El monstruo y su última presa Capítulo 25
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Capítulo 25

— T écnicamente, es un burdel —dijo Beckham.

Reyna observó la sala con asombro: todo el lugar estaba decorado con telas rojas, moradas y negras; el perímetro de la amplia sala principal se encontraba ocupado por divanes cubiertos de cojines; además, había mesas rodeadas de sillas mullidas, ya ocupadas por asistentes.

Todo giraba en torno a un escenario central con una gran cama blanca.

Desvió la vista del escenario vacío para fijarse en los clientes del establecimiento.

Muchos arrastraban a sus acompañantes hacia rincones en penumbra donde hacían cosas que no se atrevía a imaginar.

Hombres con el torso desnudo, vestidos únicamente con ajustados shorts negros, recorrían el lu gar con bandejas de cocteles y goteros llenos de un líquido tan rojo como la sangre; no quería ni pensar para qué era eso.

Mujeres completamente desnudas yacían sobre mesas estilo buffet cubiertas con todo tipo de alimentos; la ironía no se le escapaba.

Todos los asistentes eran vampiros vestidos con atuendos de gala, acompañados de humanos mascota sujetos con correas.

Era una auténtica exhibición de depravación.

Aunque Reyna llevaba ropa similar a la de muchas otras mujeres en el lugar, se sentía fuera de lugar; de hecho, la mayoría llevaba menos ropa que ella.

Sin embargo, lo que de verdad la desestabilizaba era la sensación que vibraba en el ambiente: todo el poder estaba en manos de los vampiros, y los humanos estaban sometidos a sus deseos. Un escalofrío la recorrió.

—Dijiste que querías venir —le recordó Beckham.

—Y aquí estoy.

Él se inclinó y le susurró al oído:

—Quítate la bata.

Ni siquiera lo cuestionó. Por el ambiente del lugar, supo que no era un sitio para hacer preguntas. Se tragó su incomodidad, lo miró y dejó que la prenda resbalara hasta el suelo. Los ojos de Beckham recorrieron su cuerpo una vez más, y ella notó un leve temblor en su mano.

—Necesito un trago —murmuró él. Reyna sonrió, consciente del doble sentido de sus palabras.

Lo siguió al otro lado de la sala, esforzándose por mantener la vista en él, en lugar de dejarse arrastrar por el espectáculo de excesos a su alrededor.

Tomaron asiento al fondo del salón, y la joven metió su silla hasta quedar casi oculta por la mesa.

Beckham se sentó a su lado, y un camarero se acercó.

Reyna aceptó un vaso de agua; quería mantener la cabeza clara. Beckham, por su parte, pidió un whisky.

—¿Desea una gota, señor Anderson? —preguntó el camarero.

Él declinó con un gesto de la mano.

—No.

El hombre asintió, le entregó la bebida y desapareció.

—¿A qué se refiere con una gota? —preguntó Reyna.

Beckham suspiró.

—Algún día lograré que dejes de hacer preguntas.

—Lo dudo.

—Una gota es eso: una gota de sangre.

—¿De qué tipo?

Él le dirigió una mirada seria, y ella lo comprendió.

—¿Quieres decir que aquí beben sangre que no es compatible? —exclamó horrorizada.

—Es solo un estimulante, nada que les haga daño... o más daño del que ya se infligen a sí mismos.

Reyna aún estaba digiriendo esa idea cuando Roland, Cassandra, Sophie y Felix llegaron a su mesa.

Roland iba de traje, mientras que Cassandra lucía un vestido largo de encaje negro totalmente transparente, de algún modo más revelador que la lencería de Reyna.

Felix solo llevaba unos bóxers negros y un collar con tachuelas doradas; ya tenía marcas de mordida en el cuello y, como siempre, parecía aturdido y desconectado.

Sophie se veía segura y altiva, con un conjunto blanco de lencería nupcial que contrastaba con los tonos oscuros del lugar.

—Qué gusto verte, Beckham —saludó Roland con una leve inclinación de cabeza.

Reyna notó el tono rojizo de su bebida y se estremeció. Justo lo que necesitaba: un Roland Batiste salvaje. Sus ojos la desnudaban; Reyna se sintió tan expuesta como las mujeres tendidas en las mesas, y se removió incómoda.

—Me alegra que hayas venido, Reyna —afirmó.

Ella desvió la mirada y permaneció en silencio. El recuerdo de lo que le había dicho en el baile regresó con fuerza, provocándole náuseas: « Te encontraré más tarde, cariño. Puedes estar segura» .

Las luces parpadearon dos veces, señal para que todos tomaran asiento. Sophie se sentó junto a Reyna, quien suspiró aliviada: al menos Roland no estaría cerca. Le ponía los pelos de punta, y saber que había bebido una gota no ayudaba.

Una mujer de figura voluptuosa subió al escenario; llevaba lencería negra y una bata de gasa transparente que arrastraba por el suelo al caminar.

—Bienvenidos, damas, caballeros y toda clase de desviados —proclamó, extendiendo los brazos hacia el público mientras cruzaba el escenario con gracia—.

Soy Dee, la madame de la Bóveda. Están encerrados en mi mundo de desenfreno.

Nadie entra, nadie sale: ya conocen las reglas.

—Lanzó un guiñó mientras se pavoneaba—. Esta noche tengo un regalo especial para ustedes: un deleite poco común vestida de blanco, unos jóvenes apuestos y…

algunos catadores. Prepárense para quedar hechizados. Les presento el banquete.

Señaló la cama. Reyna se inclinó hacia adelante justo cuando una joven temblorosa apareció con un vestido blanco que le rozaba las rodillas. Parecía una oveja que iban a sacrificar y tenía toda la atención de la sala. El miedo emanaba de ella, y no podía hacer nada para ocultarlo.

—Nuestra pequeña exquisitez puede parecer asustada —explicó la madame , dándole un golpecito en los labios rojos perfectos—.

Y probablemente lo esté, ¿verdad, querida?

—La joven asintió, temblando, mientras la mujer la rodeaba—.

Pero todo lo que se le hará esta noche, y se le hará de todo, es exactamente lo que pidió.

—Luego, la golpeó suavemente con un látigo—. Diles tu palabra de seguridad.

Reyna tomó la mano de Beckham al escuchar aquello. Pensó que la apartaría, pero la rodeó con sus dedos.

—¿A dónde me trajiste?

Su mirada le ardía sobre el cuerpo, y cuando ella se volteó hacia él, lo sorprendió contemplando su garganta expuesta, para luego lamerse los labios con un apetito que nunca había mostrado. Beckham deslizó el brazo libre por el respaldo de su silla y se inclinó para susurrarle:

—Justo a donde me pediste.

—¿Es un... burdel de sangre? —preguntó, atónita.

—Exactamente —respondió, susurrándole en el hueco de la garganta.

Reyna se sentía al mismo tiempo aterrada y fascinada por la idea. La mujer del escenario temblaba como una hoja, pero no huía ni gritaba, y se vio reflejada en ella. Descartando el penthouse y el trato de lujo, en el fondo era lo mismo.

—¿Y van a tener sexo ahí... delante de todos? —Su voz era temblorosa.

Los labios de Beckham rozaron su piel.

—Es una escena. Todos han aceptado participar, pero ¿y tú? ¿Quieres verlos?

—Yo... —¿Quería hacerlo?

Dos hombres salieron de detrás del escenario y se acercaron a la mujer.

Uno le apartó el cabello del rostro y reveló que no era tan joven como Reyna había creído al principio; quizá estaba al inicio de sus veintes.

El que estaba a su derecha, de cabello corto y oscuro, la besó con cautela, pero el otro, con el pelo rubio hasta los hombros, lo apartó con rudeza y tomó sus labios con fiereza.

Reyna estaba hipnotizada. Mentiría si dijera que no quería estar allí, igual que la mujer del escenario.

—¿Reyna?

—Quiero mirar.

El segundo hombre la empujó hasta ponerla de rodillas, sacó su enorme pene de los shorts y lo apoyó contra sus labios.

Su quejido resonó entre el público, pero abrió la boca y lo recibió por completo.

Tras unos segundos moviéndose hacia adelante y hacia atrás, le sujetó la cabeza y comenzó a embestir con fuerza, hasta dejarla jadeando y sin aliento.

La mujer se dobló hacia adelante, tosiendo.

El otro hombre, más amable, la tomó en brazos y la llevó con delicadeza hasta la cama, dejándola con las piernas hacia el público.

Le quitó la diminuta tanga blanca, que lanzó al suelo con dramatismo.

Luego cayó de rodillas entre sus piernas y la lamió con tal intensidad que sus gritos se volvieron casi violentos.

Reyna apretó las piernas debajo de la mesa.

Nunca había visto algo así, y aunque estaba llena de dudas sobre lo que ocurría, la mujer parecía estar disfrutando de verdad.

Los dos hombres también, eso era evidente.

Y media audiencia también lo estaba haciendo.

Reyna no pudo evitar excitarse con la idea de hacer eso con Beckham, y el componente exhibicionista solo intensificó su deseo.

—Reyna —gimió Beckham en su oído—, estás tan excitada.

—N-no lo estoy —mintió entre susurros.

Beckham soltó su mano, metió la suya bajo la mesa y le abrió las piernas. Nadie podía ver lo que hacían, pero aun así Reyna se sonrojó hasta la raíz. La mano del vampiro subió hasta su ropa interior de encaje negro y presionó contra ella.

—Puedo olerte —insistió—. ¿Estás segura?

—¿Por qué no lo averiguas? —lo retó.

Él recorrió la tela a un lado y acarició su piel húmeda y sensible. Ella se mordió el labio para no gemir. Luego deslizó dos dedos dentro de ella y comenzó a moverse con un ritmo suave y constante. Reyna se inclinó hacia adelante, apoyándose sobre la mesa y entreabriendo la boca. ¡Oh, Dios!

Nadie les prestaba atención, pero Beckham la estaba masturbando en pleno club, mientras otros tenían sexo en el escenario.

Ella trató de concentrarse en lo que ocurría ahí arriba, cualquier cosa que la ayudara a no perder el control.

Uno de los hombres se posicionó entre las piernas de la mujer y comenzó a penetrarla; el rubio se sentó sobre su rostro, la abofeteó con el pene y luego lo introdujo en su boca con violencia.

Reyna temblaba por los movimientos de los dedos de Beckham y tuvo que cerrar los ojos. Él le rozó el cuello con los dientes.

—Abre los ojos —ordenó—. No querrás perderte esto.