El monstruo y su última presa Capítulo 24
70%

Capítulo 24

— ¿Q ué demonios es la Bóveda ? —preguntó más tarde, mientras salían del restaurante.

—Ya verás.

—¿No vas a decirme?

—No —contestó Beckham con frialdad.

Reyna se mordió el labio. La manera en que habían hablado del lugar durante el almuerzo lo hacía parecer tan emocionante como aterrador. ¿En qué carajos se estaba metiendo? ¿Y por qué Beckham se negaba a decirle a dónde iban?

Cuando por fin regresaron al departamento y Beckham iba ya camino a su habitación, ella volvió a hablar:

—¿Vas a decirme algo al respecto? ¿Qué debo ponerme? ¿A dónde vamos? ¿Qué se supone que vamos a hacer?

—Aceptaste venir y manipulaste todo para estar ahí, así que tendrás que asumir las consecuencias. Solo sigue mis instrucciones y haz lo que te digo. Todo lo demás lo decidirán por ti.

—Sé seguir instrucciones, hasta puedo venirme cuando me lo ordenan —dijo en voz baja, con un doble sentido apenas disfrazado.

Beckham alzó una ceja, pero no respondió. Ella ya estaba acostumbrada a eso y, aun así, no dejaba de irritarla. Beckham desapareció el resto de la tarde, dejándola a solas con sus pensamientos, rumiando todo lo que había pasado últimamente entre ellos y preguntándose qué era lo que iban a hacer.

Le mandó un mensaje a Everett para despejarse un poco.

¿Te animas a hacer eso que dijimos este fin de semana?

Tengo planes el viernes, pero ¿qué tal el sábado?

Su amigo respondió casi de inmediato.

No creo que sea buena idea. ¿Y si nos descubren?

Tenía un punto. No sabía qué pasaría si los descubrían colándose en un banco de sangre clandestino, pero no creía que la situación fuera precisamente color de rosa.

Entonces no dejemos que nos atrapen.

Como si fuera tan fácil.

La vez pasada, el cuarto estaba sin vigilancia por el alboroto.

¿Y si hacemos que algo así suceda de nuevo?

¿Y cómo esperas lograrlo?

Buena pregunta. No tenía idea, pero quería volver a entrar y descubrir qué tramaban.

No sé.

Podríamos vernos el fin de semana y planear algo.

Lo pensó por un momento antes de encogerse de hombros. No tenía planes a excepción de su visita a la Bóveda, así que le pareció bien.

¿El sábado en la noche?

Okey, nos vemos cuando salga del trabajo.

El viernes, el tiempo transcurrió con una lentitud tortuosa.

Reyna estaba encerrada en su cuarto, esperando que fuera hora de ir a la Bóveda .

Aguardar por algo de lo que no sabía nada la tenía hecha un manojo de nervios.

Cuando buscó información en internet, solo encontró páginas sin relación. Nada que justificara tanto secretismo.

Alrededor de las once de la noche, dos mujeres aparecieron en su habitación para ocuparse de su cabello y maquillaje.

Intentó entablar conversación con ellas, pero se mantuvieron en silencio.

No sabía si tenían órdenes de Beckham de no revelar nada, o si simplemente no sabían lo que ocurría.

De cualquier modo, transformaron su rostro hasta que apenas pudo reconocerse en esa versión sexy y sofisticada de sí misma: llevaba un maquillaje ahumado y el cabello recogido en un peinado sensual, con mechones sueltos que le enmarcaban la cara.

Al salir del baño, encontró una bolsita blanca sobre la cama. La abrió con curiosidad y se quedó boquiabierta. De todas las cosas que Beckham podría haberle enviado, lo último que imaginaba era lencería atrevida. Esperaba que hubiese algo más para ponerse encima.

Pasó las manos por la tela suave y los encajes del conjunto, y luego se quitó el vestido que llevaba puesto.

Un minuto después, una de las mujeres entró para ayudarla a ajustarse el corsé negro con rojo.

Lo ajustó con fuerza hasta que Reyna pensó que no podría respirar.

La prenda venía acompañada de unos shorts con holanes negros, medias hasta los muslos sujetas con liguero y unas botas negras de tacón.

Se sentía ridícula... pero también más sexy de lo que jamás se había sentido.

—¿Dónde está mi vestido? —preguntó.

La mujer le entregó un kimono negro de seda que apenas parecía cubrirle el trasero.

—Aquí tienes.

—Espera, ¿y el vestido que va encima?

—Esto fue todo lo que nos dieron.

Reyna se colocó el kimono y lo cerró por delante, pero no sirvió de gran cosa: era evidente que llevaba puesto muy poco.

Reprimió la incomodidad y decidió resignarse.

Había logrado que la invitaran a la Bóveda, así que no iba a echarse para atrás solo por ir más ligera de ropa de lo habitual.

Beckham ya la había visto medio desnuda, esto no podía ser peor.

Beckham volteó a verla cuando salió de la habitación, y ella dejó caer el frente del kimono.

Sus ojos la recorrieron de pies a cabeza, inhaló profundamente y, durante un brevísimo instante, la comisura de su labio se curvó hacia arriba.

Intentaba con todas sus fuerzas mantener la compostura, sin embargo, Reyna podía ver que su atuendo lo afectaba.

Podía estar furiosa con él, pero seguía siendo agradable sentirse deseada.

—Quédate cerca de mí —indicó, caminando hacia ella—. Todos van a querer manosearte con eso puesto.

—¿Todos?

—Oh, sí… todos —repitió, mostrándole una sonrisa ladina.

—¿Incluso tú?

Sus ojos se oscurecieron y desvió la mirada.

—Solo no te alejes. No tienes idea de lo que viene.

Quiso pedirle que se lo explicara, pero la expresión de su rostro la silenció. Sabía de antemano que no iba a responderle: Beckham estaba saboreando sus nervios.

En vez de seguir insistiendo, se concentró en grabarse su imagen en la mente: de pie con la cabeza ligeramente ladeada, llevaba un traje negro con camisa negra desabotonada en el cuello.

Todo de negro, de pies a cabeza, y absolutamente perfecto.

Tal vez sería más fácil aguantarse si no fuera tan irresistiblemente atractivo.

En lugar del auto habitual, los esperaba una limusina negra y reluciente. A Reyna se le iluminaron los ojos, nunca había estado en una limusina. Ni siquiera había soñado con subirse a una. El chofer le abrió la puerta y ella se deslizó hacia el interior. Beckham subió detrás.

—Hay una última pieza para tu atuendo —avisó cuando el auto se puso en marcha.

—Ah, ¿sí? —preguntó, intrigada.

Él sacó una gruesa cinta de seda negra de su bolsillo. En la penumbra del auto, tenía un aire perverso.

—¿Alguna vez te han vendado los ojos?

Reyna tragó saliva.

—¿Es necesario?

—La Bóveda tiene medidas de seguridad muy estrictas. Nadie debe conocer su ubicación exacta a menos que sea miembro de élite, por precaución. —Hizo una seña girando el dedo—. Date la vuelta.

Obedeció con lentitud. Su corazón palpitaba con fuerza, desbordado por la anticipación.

Se odiaba por alterarse tanto, pero, carajo, cuánto lo deseaba.

Él deslizó la tela sobre sus ojos, y todo se oscureció.

Ató un nudo firme en la parte trasera de su cabeza y su mano bajó por su espalda cuando terminó.

—¿Qué tal?

—No veo nada.

Juntó las piernas con fuerza. Sin la vista, todos los demás sentidos se intensificaban: el aroma de su colonia almizclada, el roce de su mano, la cercanía de sus cuerpos… y ese deseo urgente de eliminar la distancia entre ambos.

Sin embargo, después de acariciarle la espalda, Beckham volvió a dejar espacio entre ambos.

Su ausencia se sintió fría, vacía, pero no sería ella quien cruzara la línea, no después de lo ocurrido en la azotea.

Los nervios la devoraban, y con cada kilómetro y cada curva del trayecto, su miedo a lo desconocido crecía.

Media hora más tarde, el auto descendió al subsuelo de la ciudad y, finalmente, se detuvo.

Estaba lista para arrancarse la venda y descubrir a dónde habían llegado.

Llevaba más de media hora completamente desorientada, sin esperanza alguna de poder llevar a alguien hasta ese sitio secreto.

Entonces, Beckham se inclinó hacia ella y le retiró la venda.

Se encontró con sus ojos oscuros mientras se acostumbraba a la luz.

—Hemos llegado —anunció.

—¿A dónde?

Él negó con la cabeza.

—Será mejor que yo sea el único que hable.

—Está bien —respondió con cautela.

—Y te traje algo.

—¿Qué? ¿Algo más?

Él sacó una cajita negra del bolsillo interior de su saco y se la entregó. Reyna la tomó, asombrada: era una caja de joyería. ¿Quién hubiera dicho que alguna vez tendría algo digno de una caja de terciopelo negro?

Abrió la tapa con cuidado y se quedó mirando la pulsera más hermosa que jamás había visto: una esclava de plata con incrustaciones de diamantes. En la parte superior, estaba grabado: ANDERSON, O- . Se quedó boquiabierta, incapaz de reaccionar. ¿Una pulsera de diamantes?

Beckham se la colocó en la muñeca. Sintió el frío del metal contra su piel.

—No te la quites una vez dentro, es prueba de que estás conmigo. Te protegerá.

—¿De qué?

—De todo.

De nuevo, le dijo algo que no respondía nada, pero al menos confiaba en que él la mantendría a salvo.

Le gustaba sentir la pulsera en la piel, aunque solo se la hubiera dado por lo que fuese que ocurría en la Bóveda.

Le encantaba porque significaba que estaba con él, aunque también implicaba, de algún modo, que le pertenecía.

—¿Estás lista?

—Lo más lista que puedo estar.

Beckham abrió la puerta y la ayudó a bajar.

Frente a ellos había una puerta que se confundía con el concreto circundante.

Se abrió sola cuando se acercaron y entraron a un pasillo casi completamente oscuro.

Al final, había una sala pequeña con una enorme puerta acorazada.

Beckham pasó una tarjeta blanca por una ranura junto a la puerta, y alguien del otro lado les deslizó dos tarjetas similares.

—Bienvenidos a la Bóveda —dijo una mujer con voz seductora.

—¿Y esto qué es? —preguntó Reyna, señalando las tarjetas.

—Tarjetas de participación. Tú no vas a necesitar la tuya.

Reyna arqueó una ceja.

—¿Por qué no?

—Porque no vas a participar —gruñó.

—¿Y si quiero participar en lo que sea que sea esto? —cuestionó con una mirada desafiante. Beckham la atrajo hasta que casi quedaron pegados.

—Esa pulsera dice que eres mía, pequeña. Nadie puede tocarte más que yo, y serían unos idiotas si lo intentaran.

Reyna asintió, aunque por dentro todo le decía que debería correr. La conversación no tenía sentido: tarjetas de participación, pulseras que la marcaban como su propiedad… así que se preparó mentalmente para lo que fuera que estuviera a punto de presenciar.

La enorme manija de la puerta giró varias veces y luego empujaron hacia adentro. Cuando la puerta se abrió por completo, Reyna sintió que se transportada a otro mundo, y se le escapó un grito ahogado.

—Es un club sexual —susurró.