El monstruo y su última presa Capítulo 28
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Capítulo 28

R eyna entró al penthouse vacío sintiéndose completamente agotada. Se quitó las botas apenas cruzó la entrada; tenía los pies cubiertos de ampollas y el alma hecha trizas.

Se movió como un fantasma desde la sala hasta su habitación y se deshizo de lo poco que quedaba de su ropa de burdel. Aunque fuera ridículo, volvió a ponerse el saco de Beckham y se metió a la cama. Aún olía a él, y no estaba lista para desprenderse de eso.

Una parte de ella quería mandar todo al diablo, recoger sus cosas y largarse, pero no sabía si sería una decisión impulsiva de la que se arrepentiría después. Estaba demasiado cansada por lo vivido, y aunque se fuera… ¿a dónde iría a estas horas?

No se dio cuenta de que se había quedado dormida hasta que el sonido del ascensor la sacó del letargo. Miró el reloj y notó que había dormido todo el día. Se tensó, esperando que Beckham viniera, que le explicara, que le dijera qué había pasa do.

Escuchó sus pasos en el departamento, luego el sonido de sus pisadas alejándose. No fue a verla, ni siquiera se asomó para ver si estaba bien. Nada.

Bien podría haberse ido ya del departamento, y él no lo sabría… ni le importaría. Debería haber dejado de preocuparse por lo que pensara Beckham Anderson; debería haberlo entendido anoche, pero, en lugar de eso, el dolor volvió con toda su fuerza.

Reyna se levantó de la cama y estiró los músculos entumidos.

Sacó un bolso negro del armario y lo lleno con sus escasas pertenencias.

El bolso era más elegante que cualquier cosa que hubiese tenido antes, pero en su clóset solo había bolsos de diseñador.

Se puso unos jeans y una camiseta, sus Converse y la gorra de béisbol casi sobre los ojos.

Cuando terminó, se dio cuenta de que en realidad no llevaba mucho: tres mudas de ropa, algunos artículos de higiene y la tarjeta negra.

Decidió que vaciaría lo que quedara en su cuenta al salir y luego cortaría la tarjeta.

Dejó el celular sobre la cómoda y salió de su cuarto.

Al llegar a la sala, esperaba que Beckham apareciera, listo para confrontarla, pero no salió de su cuarto. Frustrada, estaba por irse cuando vio su nombre en un estuche de cuero sobre la barra de la cocina. La abrió, dentro había una nota. La desdobló:

Libertad

Frunció el ceño y sacó el otro objeto del estuche: era un cheque. Quedó boquiabierta al ver la cantidad de ceros escritos con la letra de Beckham.

El pecho se le encogió y se le secó la garganta. Esa suma de dinero significaba que nunca tendría que volver a trabajar. Podía vivir cómoda, sacar a sus hermanos del agujero donde vivían, ir a la universidad, tener una vida, hacer lo que quisiera.

Sin embargo, el dinero no era libertad, como él sugería.

La estaba dejando ir sin siquiera despedirse.

Apartó el estuche con manos temblorosas.

Solo tomaría el dinero que se le debía, el que había ganado.

No quería sentir jamás que él la había comprado.

Nunca querría deberle nada a Beckham. Tenía que ser un cierre limpio, así que miró el cheque por última vez y salió del departamento con la mochila al hombro.

Everett no estaba de turno en el valet. Por un lado, le alegró no tener que despedirse, pero también le entristeció no poder hacerlo. Aun así, esto era necesario, por más difícil que fuera… incluso más que la decisión de entrar a trabajar en Visage.

Tomó un taxi hasta un banco y transfirió el resto del dinero a las cuentas de sus hermanos. No quería saber más del dinero ni de la cuenta que Visage había abierto para sus depósitos.

Después, se encaminó hacia el Distrito de Almacenes.

Le parecía surrealista estar de regreso.

Lo había pensado tantas veces, pero se había resignado a no volver a ver a su familia.

Pagó el taxi con la tarjeta negra, jurando que sería la última vez que usaba el dinero sucio de Beckham, y bajó del auto.

Miró hacia el edificio donde solía vivir.

Se veía oscuro y amenazante, no había nadie en la calle y todas las ventanas estaban bien cerradas. Hogar, dulce hogar.

Tres pisos después, Reyna estaba frente a su puerta. Esta colgaba ligeramente de una de las bisagras, algo que no recordaba de antes. Se puso tensa y tocó.

—¿Quién es? —gruñó Brian—. No tenemos nada, prueba en otro lado.

—¿Brian? —susurró. Se abrazó a sí misma en la oscuridad.

La puerta se abrió de golpe.

—¿Reyna? —preguntó Brian—. ¡Dios mío! ¿Eres tú?

Drew se levantó del sofá desvencijado y corrió hacia ella. La envolvió en un abrazo tan fuerte que casi la levantó del suelo.

—¿Qué haces aquí? Pensamos que nunca te volveríamos a ver.

Sus palabras reflejaban tan perfectamente lo que ella había pensado muchas veces que no pudo evitarlo: rompió en llanto. Lágrimas de alegría por verlos y de dolor por lo que había dejado atrás.

—Estoy tan feliz de verlos. Los he extrañado muchísimo, no tienen idea —dijo entre sollozos.

—Me alegra que estés en casa. —Brian se unió al abrazo—. Deja de llorar y pasa.

Los hizo entrar de nuevo al departamento, cerró y le puso seguro a la puerta, otro detalle nuevo.

Sus ojos recorrieron la habitación, se veía vacía con la luz tenue.

No solo en comparación con el impecable penthouse de Beckham, sino también con lo que recordaba de su hogar.

Todo parecía reducido al mínimo, como si alguien se hubiera mudado y dejado solo lo esencial.

—¿Estás de vacaciones o de permiso? —preguntó Brian, con curiosidad.

—Ninguna de las dos —respondió Reyna, apartando sus pensamientos. Se limpió los ojos, todavía hipando por el llanto—. Me fui. No podía más.

—¿Te estaban maltratando? —preguntó Drew.

—¿Te hicieron daño? —añadió Brian.

Ambos se pusieron en modo hermano mayor, y casi la hicieron sonreír.

—No. —¿Cómo explicar lo que había pasado? Era un mundo que ellos jamás entenderían, y sinceramente esperaba que nunca lo intentaran—. Nunca llegaron a morderme siquiera.

El rostro de Brian se ensombreció; no lo culpaba por no querer oír detalles.

—¿Entonces qué hiciste todo este tiempo? —preguntó Drew.

—No me creerían aunque les contara.

Drew la invitó a sentarse.

—Empieza desde el principio. ¿Nadie se alimentó de ti?

Reyna les mostró el cuello. De cerca, era evidente que estaba intacto. Ni una marca, ni siquiera de las más pequeñas. No es que fuera el único lugar donde podían morderla, pero sí el más habitual.

—¿Qué hice? —repitió con una risa amarga—. Ir a bailes con vestidos de diseñador, salir de fiesta, comprar en boutiques carísimas y aprender fotografía. Nada que tenga utilidad en la vida real.

Brian y Drew se miraron, confundidos.

—Eso suena a algo de un cuento de hadas —apuntó Drew.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué te fuiste? —Brian se sentó a su lado. Sus dos hermanos parecían sinceramente contentos de verla, y Reyna esperaba que eso significara que querían que se quedara.

—Al principio sí lo fue —explicó con cautela—, pero los peligros de ese mundo son demasiados. No puedo explicarlo, tendrán que confiar en mí.

—Hablaremos cuando estés lista —asintió Drew con naturalidad. Siempre había sido más confiado que Brian, que la miraba con ganas de preguntar más, pero por ahora se contuvo.

—Gracias por enviar el dinero, por cierto.

—Ay, chicos, lo siento —se disculpó de inmediato—. Voy a buscar trabajo para cubrir lo que cueste estar de regreso.

—Nos las arreglaremos —aseguró Brian—. Estamos felices de que hayas vuelto.

—¿Y qué pasó aquí? —preguntó al fin, señalando la sala.

Ambos bajaron la mirada. Nadie quería contarlo. Al final, Brian suspiró.

—Después de que varios se enteraron de que mandabas dinero, saquearon el departamento. No quedó nada, Reyna.

Abrió la boca, horrorizada. Todo ese tiempo creyó que estaba ayudando, y en realidad les había complicado aún más la vida.

—Lo siento tanto.

—No fue tu culpa —dijo Drew con dulzura.

—Sí lo fue.

—No —insistió Brian—. Hemos trabajado turnos dobles para reponernos.

Reyna se cubrió el rostro con las manos. Había intentado darles lo que merecían, que trabajaran menos y vivieran su vida. Y todo se había vuelto en su contra.

Se levantó con determinación.

—Transferí el resto de mi sueldo a su cuenta, pero empezaré a buscar trabajo desde hoy.

—No nos importa el dinero, Rey. Nos importas tú —replicó Drew tomándole la mano. Al ver que no cedía, añadió—: Tómate un par de días. Ya veremos qué hacer.

Reyna dudó, pero al final pensó que unos días de descanso no le harían daño. Necesitaba tiempo para adaptarse.

—Entonces… ¿de qué me perdí?

Brian se sonrojó al instante. Siempre se ponía nervioso, seguramente de ahí lo había heredado ella.

—Laura y yo estamos saliendo en serio —confesó.

Drew se echó a reír.

—Ya te está presionando por un anillo.

—¿No lleva haciéndolo desde que empezaron a salir?

—Sí, pero durante el tiempo que no estuviste… —Carraspeó y desvió la mirada.

—Ahora que no tenías que cuidar de alguien más —completó Reyna.

—No lo dice explícitamente, pero estoy ahorrando para el anillo.

Reyna se miró las manos. Su hermano iba a comprometerse. ¡Vaya! Sabía que todo cambiaría durante su ausencia, pero no imaginó cuanto ni qué tan rápido.

—Me alegro por ti. Quizá ya va siendo hora de ese anillo.

—Eso llevo rato diciéndole —intervino Drew, dándole un codazo a su hermano.

—¿Y tú? —inquirió la joven—. ¿Alguna mujer en tu vida? ¿O sigues siendo un soltero empedernido?

Él se encogió de hombros y desvió la mirada.

—No hay ninguna, Rey. —Después, se aclaró la garganta y volvió a mirarla—. Solo tú. Me alegra que estés de vuelta, lo demás puede esperar.

Ella le pasó un brazo por la cintura y se recostó en él.

Era lindo sentirse querida de nuevo, tener la compañía tranquila de su familia.

No obstante, aquello no calmaba la punzada de extrañar a Beckham.

Se preguntaba si ya habría notado que se había ido y dejado el cheque.

¿Qué pensaría al verlo? ¿La dejaría ir? ¿Le importaría siquiera?

Trató de no pensar en eso, ya no podía hacer nada. El pasado era el pasado y, de volver a pasar por todo aquello, dudaba tomar decisiones diferentes.

Se quedaron hablando hasta la medianoche, hasta que sus hermanos insistieron en ir a dormir para no atrasarse. Al día siguiente, que era su único día libre, pasaron el tiempo como solían hacerlo en los viejos tiempos.

En la mañana, Reyna preparó el desayuno y le alegró tener con quién compartirlo. Pasearon por el barrio y, aunque seguía sintiéndose como su hogar, le hizo extrañar el parque limpio donde había tomado una foto de Beckham. Le hizo extrañar su cámara.

Reyna decidió darles un gusto y almorzaron en el restaurante del barrio, aunque no era exactamente lujoso.

Por la noche jugaron juegos de mesa y leyeron en voz alta capítulos de la novela de fantasía favorita de Drew.

Estar con ellos era cálido y reconfortante, pero su corazón seguía extrañando a Beckham.

Aunque se odiara por pensarlo, se acostó deseando que él estuviera cerca.

A la mañana siguiente, se levantó más temprano para acompañar a sus hermanos al almacén, como había hecho tantas otras veces. Observó el departamento con nostalgia y bajó tras ellos. El día era bonito, a pesar del nudo en su pecho.

Al llegar, se despidieron con abrazos y la promesas de encontrarse al salir. Mientras los veía alejarse, tuvo pensamientos encontrados: una parte de ella estaba feliz de haber vuelto con ellos; la otra se sentía más sola que nunca y carente de opciones.

Antes, al menos, había tenido Visage como último recurso.

Si no conseguía trabajo, podía ser acompañante de sangre.

Siempre odió la idea, no por prejuicio, sino por miedo: a lo desconocido, a las agujas, a convertirse en fuente de alimento.

Ahora, ese temor ya se había hecho realidad y no podía volver a eso. Ni ahora ni nunca.

Suspiró y se dio la vuelta para volver a casa. Apenas avanzó unos pasos cuando oyó que la llamaban por su nombre. Era extraño volver a un lugar donde alguien la reconocía. En toda la ciudad, pocas personas sabían quién era. Y en los almacenes, apareció la última persona que quería ver: Steven.

—Hola —saludó, fingiendo calma. Después de su último encuentro, quería darle un puñetazo, pero él era mucho más grande, y esta vez sus hermanos no estarían para sacarla del lío.

—¡La pequeña Reyna Carpenter! —dijo en tono burlón—. Por fin regresaste de tus días como puta de sangre.

Reyna puso los ojos en blanco.

—¿Qué quieres?

Él le sonrió. ¿Cómo había llegado a encontrarlo atractivo? No era nadie comparado con Beckham.

—¿Los vampiros se cansaron de tu sangre? ¿O fue otra cosa? —La recorrió con una mirada lasciva.

—Tuve un fin de semana muy largo, no tengo ganas de aguantarte —replicó con fastidio. Nada de lo que Steven decía era cierto, pero aún le dolía que Beckham la hubiera dejado ir.

—Vamos a divertirnos como antes, Reyna.

—No, gracias. No quiero tu diversión.

Intentó alejarse, pero él le agarró el brazo.

—No me digas que prefieres la verga de vampiro a la mía.

—¿Y si sí? —escupió.

Steven la miró con hostilidad, pero de pronto abrió mucho los ojos, sin responder.

—¿Qué pasa? —preguntó, girándose para ver qué era lo que lo había dejado mudo.

—Tu carruaje te espera —murmuró.

Reyna no pudo procesar lo que veía: ese auto negro tan conocido estaba estacionándose frente al almacén. La puerta trasera se abrió antes de que el vehículo se detuviera por completo. Después, Beckham bajó y se dirigió hacia ella.

Estaba segura de que lo estaba imaginando. Parpadeó dos veces y hasta pensó en pellizcarse: esto tenía que ser un sueño. Sin embargo, Steven aún le sujetaba el brazo… y sus sueños nunca captaban del todo lo increíblemente guapo que era Beckham.